Fuera de la Iglesia Católica No
Hay Absolutamente Ninguna Salvación
Hno.
Pedro Dimond, O.S.B.
Listado de las secciones
1. La
Cátedra de Pedro sobre fuera de la
Iglesia no hay salvación
2. Las
llaves de San Pedro y su fe infalible
·
La
Cátedra de San Pedro dice la verdad que enseñó Cristo mismo
3. Se
debe creer en el dogma que una vez declaró la Santa Madre Iglesia
4. Otros
Papas sobre fuera de la Iglesia no hay
salvación
5. El
sacramento del bautismo es la única puerta de entrada a la Iglesia
6. La
única Iglesia de los fieles
7. La
sujeción a la Iglesia y al Romano Pontífice
8. El
sacramento del bautismo es necesario para la salvación
9. El
agua es necesaria para el bautismo y Juan 3, 5 es literal
10.
Los infantes no se pueden salvar sin
el bautismo
11.
Quienes mueren en pecado original o
pecado mortal descienden a los infiernos
12.
Hay un solo bautismo, no tres
13.
El Credo Atanasiano y No hay salvación
para los miembros del islam, del judaísmo y de las otras sectas no católicas,
sean heréticas o cismáticas
·
La
enseñanza católica específica contra el judaísmo
·
La
enseñanza católica específica contra el islam
·
La
enseñanza católica específica contra las sectas protestantes y cismáticas
·
Referente
a los niños miembros de las sectas no católicas válidamente bautizados
14.
El bautismo de deseo y el bautismo de
sangre – Tradiciones erróneas de los hombres
·
Los Padres son unánimes desde el principio sobre el bautismo de
agua
·
La
teoría del bautismo de sangre – una tradición del hombre
·
Las
dos primeras declaraciones sobre el bautismo de sangre
·
¿Santos no bautizados? – las Actas de los
Mártires
·
Los
cuarenta mártires de Sebaste
·
San
Albano y su guardia convertido
·
Resumiendo los hechos sobre el bautismo de sangre
·
La teoría del bautismo de deseo – una tradición del
hombre
·
San
Gregorio Nacianceno y el Breviario Romano
·
La tradición litúrgica y la tradición
apostólica de la sepultura
·
El Concilio dogmático de Vienne (1311-1312)
·
Santo Tomás de Aquino rechazó la “ignorancia
invencible”
15.
El Papa San León Magno termina el
debate
·
El Papa San León Magno
declara infaliblemente que el agua del bautismo es inseparable del espíritu de
justificación
16.
Principales Objeciones
-
Sesión 6, cap. 4 del Concilio de Trento
·
“Aut” antes significaba “y” en el contexto de los Concilios
·
Un
email interesante sobre este pasaje de Trento
-
El dogma, el Papa Pío IX y la ignorancia
invencible
·
Singulari quadem
(una alocución a los cardenales)
o San Pablo, Padre Francisco de Vitoria, San Agustín y
San Próspero contra la ignorancia invencible.
·
Otros
Papas y santos contra la ignorancia invencible
o Papa Benedicto XIV, Papa San Pío X, Papa Paulo III,
Papa San Gregorio Magno, Padre Pierre-Jean De Smet, Papa Pelagio I, etc.,
contra de la ignorancia invencible.
o San Justino Mártir, Hechos de los Apóstoles, Epístolas
de San Pablo, San Ireneo, San Clemente, Tertuliano, etc., sobre la inmediata
diseminación del Evangelio
o Hechos 2, 47: el Señor añadía
cada día a la Iglesia los que debían ser salvos
o Evidencia antigua en China y en América del Norte y del
Sur
·
Salvación para los “invenciblemente ignorantes”
reducida a su principio absurdo
·
Jesucristo
contra la ignorancia invencible
-
La objeción “interpretación privada”
·
El Catecismo del Concilio de Trento
·
Sesión 7, can. 4 sobre los sacramentos – en
realidad refuta el bautismo de deseo como puede verse cuando se compara con
otros similares cánones dogmáticos
·
El
Código de Derecho Canónico de 1917
·
El argumento de que el bautismo es imposible
para algunos recibirlo
·
¿Cómo puede ser que el bautismo de deseo sea
contrario al dogma cuando…?
·
El buen ladrón y los santos inocentes
·
La herejía “no se puede juzgar”
·
La herejía “subjetivo-objetivo”
·
La objeción “dentro
pero no miembro” de Mons. Joseph Clifford Fenton
·
Las falsas apariciones de Bayside, Medjugorje,
entre otras
18.
La herejía del alma de la Iglesia
19.
El bautismo de deseo vs la enseñanza
universal y constante de los teólogos
·
Tuas libenter y el
llamado consentimiento común de los teólogos
·
Los mismos teólogos que ellos presentan refutan su
posición
·
Los teólogos son unánimes en que sólo los
bautizados en agua forman parte de la Iglesia
·
Los teólogos definen unánimemente a la
Iglesia católica como una unión de sacramentos
·
La tradición universal
sobre el bautismo afirmado incluso por los catecismo heréticos modernos
·
El catecismo atribuido al Papa San Pío X
20.
Exultate
Deo también termina la discusión
21.
El Nuevo Testamento es claro en que el
sacramento del bautismo es indispensable para la salvación
·
El
gran mandato: Mateo 18 y Marcos 16
·
Gálatas
3 – La fe es el bautismo
·
Tito
3, 5 – El bautismo nos salva
·
Hechos 2 y el primer sermón papal
·
Hechos 16 – el carcelero y su casa entera
son bautizados inmediatamente
·
1 Pedro 3, 20-21 – El bautismo de agua y el arca
22.
Otras consideraciones de la Escritura
·
El bautismo de Dios
·
Juan 3, 5 vs Juan 6, 54
23.
Toda verdadera justicia y las causas
de la justificación
·
Toda verdadera
justificación se encuentra en los sacramentos
·
Las causas instrumentales y
eficaces de la justificación
27.
El Protocolo 122/49 (Suprema haec sacra)
28.
La herejía antes del Vaticano II
29.
Mystici
Corporis
30.
El Papa Pío XII, el Padre Feeney y el
dogma
33.
Una nota para los que creen en el
bautismo de deseo
34.
El resultado degenerado de la herejía
en contra de este dogma
·
Los errores del actual Centro San Benito
·
La
Fraternidad Sacerdotal San Pío X (Contra
las herejías; Carta abierta a los católicos perplejos; Bombas de Tiempo del
Segundo Concilio Vaticano; El obispo Fellay dice que los hindúes se pueden
salvar; El Bautismo de Deseo; ¿Es el Feeneyismo Católico?)
·
El
CMRI (Congregación de María Reina Inmaculada) y otros sacerdotes
36.
Conclusión
Apéndice
·
La profesión de fe para los conversos a la fe católica
INTRODUCCIÓN
El
dogma fuera de la Iglesia católica no hay
salvación y la necesidad del sacramento del bautismo, en realidad se pueden
explicar en una página (véanse las secciones 1 y 8). Esto es porque esta
verdad es exactamente la misma como fue definida por nuestro primer Papa:
“… en nombre de Jesucristo Nazareno (…) En
ningún otro hay salvación, pues
ningún otro nombre se nos ha dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual
podamos ser salvos” (Hechos 4, 12).
No
hay salvación fuera de Jesucristo y de la Iglesia católica que es su cuerpo
místico. Puesto que no hay entrada en la Iglesia católica sin el sacramento del
bautismo, esto significa que sólo se pueden salvar los católicos bautizados que
mueren en estado de gracia (y quienes se hagan católicos bautizados y mueren en
estado de gracia).
“El que no permanece en mí es echado fuera,
como el sarmiento y se seca, y los amontonan y los arrojan al fuego para que
ardan” (Juan 15, 6).
La única razón de por qué
este documento que usted está viendo tiene aproximadamente 300 páginas e
investiga minuciosamente una variedad de cuestiones, se debe simplemente a los ataques casi incesantes en contra de estas
verdades – y cómo casi todo el mundo las niega en nuestros días –, las que, por
lo demás, se expresan de manera tan simple.
El lector advertirá que me
he focalizado en contestar toda objeción importante planteada contra el
verdadero significado del dogma fuera de
la Iglesia católica no hay salvación y la necesidad del sacramento del
bautismo, mientras que las personas que escriben libros y artículos contra
estas verdades, casi nunca abordan ninguno de los argumentos de la enseñanza de
la Iglesia que presentamos, simplemente porque ellos no pueden refutar los
hechos.
Algunos liberales que lean
este documento objetarán que es “amargo” y “falto de caridad”. Pero ello no es
cierto. El “fundamento de la caridad es la fe pura e inmaculada” (Papa
Pío XI, Mortalium animos, # 9). Las
afirmaciones de este documento, relacionadas con el dogma fuera de la Iglesia no hay salvación son hechas con la intención de
ser fiel a Jesucristo y a su verdad. Lo que simplemente hace un católico es
decirle a su prójimo la verdad sobre esta cuestión, sin compromiso y porque él
ama a su prójimo.
Papa Pío XI, Mortalium animos, # 9, 6 de enero de 1928: “Nadie, ciertamente, ignora que San Juan, el Apóstol mismo de la
caridad, el cual en su Evangelio parece descubrirnos los secretos del
Corazón Santísimo de Jesús, y que solía inculcar continuamente a sus discípulos
el nuevo precepto ‘Amaos unos a los otros’, prohibió absolutamente todo
trato y comunicación con aquellos que no profesaran, íntegra y pura, la
doctrina de Jesucristo: ‘Si alguno viene a vosotros y no trae esta
doctrina, no le recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis’ (2 Juan 10)”.
Un católico que se rehúsa
denunciar la herejía y a los herejes (cuando es necesario) no está actuando
caritativamente, más bien lo contrario, él está faltando a la caridad.
Papa León XIII, Sapientiae christianae, # 14, 10 de enero de 1890: “Pero cuando la
necesidad apremia, no sólo deben guardar incólume la fe los que mandan, sino
que, como enseña Santo Tomás, ‘cada uno esté obligado a propagar la fe
delante de los otros, ya para instruir y confirmar a los demás fieles, ya para
reprimir la audacia de los infieles’. Ceder el puesto al enemigo, o callar
cuando de todas partes se levanta incesante clamoreo para oprimir a la verdad,
propio es, o de hombre cobarde, o de quien duda estar en posesión de las
verdades que profesa”.
El lector advertirá que
cada sección de este libro se propone ser, en general, completa en sí misma; es
decir, se puede leer un capítulo individual de este documento y encontrar las
citas pertinentes de las enseñanzas de la Iglesia sin tener que buscarlas en
otra parte del documento.
Aliento vigorosamente al
lector que lea por entero el documento porque todos los temas tratados son
importantes; pero, en mi opinión, las secciones más importantes de este
documento que el lector definitivamente no querrá omitir son: 1-4, 6-8, 13-16,
18, 21, 24-27, 31-34.
El lector verá que las
conclusiones formadas en este documento se basan todas en la enseñanza
infalible de la Cátedra de San Pedro. Por consiguiente, aquellos que rechazan
estos hechos, no están rechazando apenas mis opiniones; ellos están rechazando
las enseñanzas de la Cátedra de San Pedro (la enseñanza dogmática de la Iglesia
católica).
Papa Gregorio XVI, Mirari vos, # 13, 15 de agosto de 1832:
“Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo (Ef. 4,
5), entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al
puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra
Cristo, pues no están con Cristo (Luc. 11, 23) y que los que no recolectan
con Cristo, esparcen miserablemente, por
lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y
no la guardan íntegra y sin mancha (Credo
Atanasiano)”.
Hno. Pedro Dimond, O.S.B.
(3 de mayo de 2004)
Segunda
edición inglesa (30 de octubre de 2006)
Primera
edición española (19 de septiembre de 2011)
1.
La Cátedra de
Pedro sobre fuera de la Iglesia no hay
salvación
Las siguientes
declaraciones sobre el dogma fuera de la
Iglesia católica no hay salvación provienen de la más alta autoridad
docente de la Iglesia católica. Se trata de decretos papales ex cathedra (decretos desde la Cátedra
de Pedro). Por lo tanto, constituyen la enseñanza entregada por Jesucristo a
los Apóstoles. Tales enseñanzas son inalterables y se clasifican como parte del
magisterio solemne (el magisterio extraordinario de la Iglesia católica).
Papa Inocencio III, Cuarto Concilio de Letrán, constitución 1, 1215, ex
cathedra:
“Y
una sola es la Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual absolutamente
nadie se salva, y en ella el mismo sacerdote es sacrificio, Jesucristo”[1].
Papa
Bonifacio VIII, Unam sanctam, 18 de
noviembre de 1302, ex cathedra:
“Por apremio de la fe, estamos obligados a
creer y mantener que hay una sola y
santa Iglesia católica y la misma Apostólica, y nosotros firmemente la
creemos y simplemente la confesamos, y
fuera de ella no hay salvación ni remisión de los pecados. (…) Ahora bien, someterse al Romano Pontífice,
lo declaramos, lo decimos, definimos y pronunciamos como de toda necesidad de
salvación para toda criatura humana”[2].
Papa Clemente V, Concilio de Vienne, decreto # 30, 1311-1312, ex cathedra: “Puesto que
hay tanto para regulares y seglares, para superiores y súbditos, para exentos y
no exentos, una Iglesia universal, fuera de la cual no hay salvación,
puesto que para todos ellos hay un solo
Señor, una fe, un bautismo…”[3].
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, sesión 8, 22 de noviembre de 1439, ex
cathedra: “Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester
que mantenga la fe católica; y el que no la guardare íntegra e inviolada, sin
duda perecerá para siempre”[4].
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Cantate Domino”, 1441, ex cathedra:
“[La
Iglesia] Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la
Iglesia católica, no sólo los paganos, sino también judíos o herejes y
cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irá al fuego
eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles (Mt. 25, 41), a no ser
que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la
unidad en el cuerpo de la Iglesia que sólo a quienes en él permanecen les
aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los
ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia
cristiana. Y que nadie, por más limosnas
que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede
salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia católica”[5].
Papa León X, Quinto Concilio de Letrán, sesión 11, 19 de diciembre de 1516, ex
cathedra: “Así que regulares y seglares, prelados y súbditos, exentos y
no exentos, pertenecen a una Iglesia
universal, fuera de la cual absolutamente nadie es salvo, y todos ellos
tienen un Señor, una fe”[6].
Papa Pío IV, Concilio de Trento, “Iniunctum nobis”, 13 de noviembre de 1565, ex
cathedra: “Esta verdadera fe católica, fuera de la cual nadie puede salvarse,
y que al presente espontáneamente profeso y verazmente mantengo…”[7].
Papa Benedicto XIV, Nuper ad nos, 16 de marzo de 1743, Profesión de fe: “Esta fe de la Iglesia católica, fuera de la
cual nadie puede salvarse, y que motu proprio ahora profeso y firmemente
mantengo…”[8].
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, sesión 2, Profesión de fe, 1870, ex
cathedra:
“Esta
verdadera fe católica, fuera de la que nadie puede ser salvo, que ahora
voluntariamente profeso y verdaderamente mantengo…”[9].
2.
Las llaves de San Pedro y su fe infalible
Es un hecho de la historia,
de la Escritura y de la tradición que nuestro Señor Jesucristo fundó su Iglesia
universal (la Iglesia católica) sobre San Pedro.
Mateo 16, 18-19: “Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra
edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra
ella. Y yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en
la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será
desatado en los cielos”.
Nuestro Señor Jesucristo
constituyó a San Pedro como el primer Papa, a él le confió el rebaño entero, y
le dio la suprema autoridad en la Iglesia universal de Cristo.
Juan 21, 15-17: “Dijo Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que a
éstos? Él le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis corderos. Por segunda vez le
dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor, tú sabes
que te amo. Jesús le dijo: Apacienta
mis ovejas. Por tercera vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntase: ¿Me amas? Y le dijo:
Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas”.
Es por la suprema
autoridad que nuestro Señor Jesucristo le confirió a San Pedro (y a sus
sucesores, los Papas) que viene lo que se llama la infalibilidad papal. La
infalibilidad papal es inseparable de la supremacía papal – no tendría sentido
que Cristo constituyera a San Pedro cabeza de su Iglesia (como claramente hizo)
si San Pedro y sus sucesores, los Papas, pudiesen errar cuando ejercieran
esa suprema autoridad para enseñar un punto de fe –. La suprema autoridad
debe ser infalible sobre materias vinculantes de fe y costumbres (moral); de lo
contrario, ésta no sería en absoluto la autoridad de Cristo.
La infalibilidad papal no
significa que un Papa no pueda errar en absoluto y no significa que un Papa no
pueda perder su alma y condenarse al infierno por pecado grave. Ella significa
que los sucesores de San Pedro (los Papas de la Iglesia católica) no pueden
errar cuando enseñan autoritariamente sobre un punto de fe o costumbres que
debe ser aceptado por toda la Iglesia de Cristo. Encontramos la promesa de
la fe infalible para San Pedro y sus sucesores a la que se refiere Cristo en
Lucas 22.
Lucas 22, 31-32: “Simón, Simón, Satanás os
busca para zarandearos como trigo: pero
yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe, y tú, una vez
convertido, confirma a tus hermanos”.
Satanás quería zarandear a
todos los Apóstoles (plural) como al trigo, pero Jesús rogó sólo por Simón
Pedro (singular), para que su fe no desfallezca. Jesús está diciendo que San
Pedro y sus sucesores (los Papas de la Iglesia católica) tienen una fe
infalible cuando autoritativamente enseñan un punto de fe o costumbres que debe
ser creído por toda la Iglesia de Cristo.
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, 1870, ex
cathedra: “ASÍ, PUES, ESTE
CARISMA DE LA VERDAD Y DE LA FE NUNCA DEFICIENTE, FUE DIVINAMENTE CONFERIDO A
PEDRO Y A SUS SUCESORES EN ESTA CÁTEDRA…”[10].
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, 1870, ex
cathedra: “Esta Sede de San Pedro
permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino
Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: Yo he rogado por ti, a fin de
que no desfallezca tu fe…”[11].
Y esta verdad ha sido
mantenida desde los primeros tiempos de la Iglesia católica.
Papa San Gelasio I, epístola 42 o decreto de recipiendis et non recipiendis libris,
495: “Consiguientemente, la primera es la
Sede del Apóstol Pedro, la de la Iglesia romana, que no tiene mancha ni arruga ni
cosa semejante (Ef. 5, 27)”[12].
La palabra “infalible” en
realidad significa que “no puede errar” o “indefectible”. Por consiguiente, el
mismo término infalibilidad papal
viene directamente de la promesa de Cristo a San Pedro (y sus sucesores) en
Lucas 22, esto es, que Pedro tiene una fe indefectible. Si bien que esta verdad
ha sido creída desde el comienzo de la Iglesia, ella fue definida
específicamente como dogma en el Primer Concilio Vaticano en 1870.
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, 1870, sesión 4, cap. 4: “… el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra – esto es, cuando
cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su
suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser
sostenida por toda la Iglesia universal –, por la asistencia divina que fue
prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad que el Redentor divino quiso que
estuviera provista su Iglesia en la
definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las
definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el
consentimiento de la Iglesia”[13].
¿Pero cómo se puede saber
cuándo un Papa usa su fe indefectible para enseñar infaliblemente desde la
Cátedra de Pedro? La respuesta es que lo sabemos por las palabras que usa el
Papa o por la manera que enseña. El Concilio Vaticano I definió que deben
cumplirse dos requisitos: 1) cuando el Papa cumple su cargo de pastor y doctor
de todos los cristianos según su suprema autoridad apostólica; 2) y
enseña una doctrina sobre la fe o costumbres que debe ser sostenida por toda la
Iglesia de Cristo. Un Papa puede cumplir estos dos requisitos en una sola
línea, sea anatematizando una opinión falsa (como en muchos concilios
dogmáticos), o bien diciendo “Por nuestra autoridad apostólica declaramos…” o
bien diciendo “Creemos, profesamos, enseñamos” o usando palabras de similar
importancia y sentido, lo cual indica que el Papa está enseñando sobre la fe, en
una manera definitiva y obligatoria, a toda la Iglesia.
Entonces, cuando un Papa
enseña desde la Cátedra de Pedro de la manera estipulada arriba, él no puede
errar. Si él errase bajo esas condiciones, entonces la Iglesia de Cristo
estaría oficialmente guiando en el error, y la promesa de Cristo a San Pedro y
a su Iglesia defeccionaría (lo que es imposible). Lo que se enseña desde la
Cátedra de Pedro por los Papas de la Iglesia católica es la enseñanza de
Jesucristo mismo. Rechazar lo que es enseñado desde la Cátedra de Pedro por los
Papas de la Iglesia católica es la enseñanza de Jesucristo mismo. Rechazar lo
que es enseñado desde la Cátedra de Pedro es, simplemente, desprecia a
Jesucristo mismo.
Lucas 10, 16: “El que a vosotros oye, a mí
me oye, y el que a vosotros desecha, a mí me desecha…”.
Mateo 18, 17: “Si los desoyere, comunícalo
a la Iglesia, y si a la Iglesia desoye, sea para ti como gentil y publicano”.
Papa León XIII, Satis cognitum, 1896: “Jesucristo instituyó en la Iglesia un
magisterio vivo, auténtico y además perpetuo, (…) pues si en cierto modo pudiera ser falso, se seguiría de ello, lo cual
es evidentemente absurdo, que Dios mismo sería el autor del error de los
hombres”[14].
LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO
DICE LA VERDAD QUE ENSEÑÓ CRISTO MISMO
Las verdades de fe que han
sido proclamadas por los Papas hablando infaliblemente desde la Cátedra de
Pedro se llaman dogmas. Los dogmas constituyen lo que se llama el depósito de
la fe. Y el depósito de la fe se concluyó con la muerte del último de los
Apóstoles.
Papa San Pío X, decreto Lamentabili, contra los errores del
modernismo # 21: “La revelación que constituye el objeto de la fe católica, no
quedó completa con los Apóstoles”. – Condenado[15]
Esto significa que cuando
un Papa define un dogma desde la Cátedra de Pedro, él no hace que el
dogma sea verdadero, sino más bien, él proclama lo que ya es verdadero, lo que ya
ha sido revelado por Cristo y entregado a los Apóstoles. Por consiguiente,
los dogmas son inmutables. Uno de estos dogmas en el depósito de la fe es que fuera de la Iglesia católica no hay
salvación. Puesto que esta es la enseñanza de Jesucristo, no está permitido
disputar este dogma o cuestionarlo; uno simplemente debe aceptarlo. No importa
si a uno no le gusta el dogma, no entiende el dogma, o no ve justicia en el dogma. Si uno no lo acepta como verdad
infalible, entonces simplemente uno no acepta a Jesucristo, porque el dogma nos
viene de Jesucristo.
Papa León XIII, Satis cognitum, # 9, 29 de junio de 1896: “… ¿puede ser permitido a alguien rechazar alguna de esas verdades sin
precipitarse abiertamente en la herejía, sin separarse de la Iglesia y sin
repudiar en conjunto toda la doctrina cristiana? Pues tal es la naturaleza
de la fe, que nada es más imposible que creer esto y dejar de creer aquello. La
Iglesia profesa efectivamente que la fe
es ‘una virtud sobrenatural por la que, bajo la inspiración y con el auxilio
de la gracia de Dios, creemos que lo que nos ha sido revelado por Él es
verdadero; y lo creemos no a causa de la verdad intrínseca de las cosas, vista
con la luz natural de nuestra razón, sino a causa de la autoridad de Dios
mismo, que nos revela esas verdades y que no puede engañarse ni engañarnos’
(Conc. Vat. I, ses. 3, cap. 3). (…) Al
contrario, quien en un solo punto rehúsa su asentimiento a las verdades
divinamente reveladas, realmente abdica de toda la fe, pues rehúsa
someterse a Dios en cuanto a que es la soberana verdad y el motivo propio de la fe”[16].
Los que se niegan creer en
el dogma fuera de la Iglesia no hay
salvación porque no entienden
cómo hay justicia en él, están negando su fe en la revelación de Cristo.
Los que tienen la verdadera fe en Cristo (y en su Iglesia), primero
aceptan su enseñanza y, segundo, entienden la verdad que hay en ella (es decir,
por qué es verdadero). Un católico no
retiene su creencia en la revelación de Cristo hasta que él pueda entenderla.
Esa es la mentalidad de un hereje que posee un orgullo insufrible. San Anselmo
resume la verdadera perspectiva católica sobre este punto.
San Anselmo, doctor de la
Iglesia, Prosologion, cap. 1: “Porque no busco entender para poder creer,
sino que creo a fin de entender. Por esto también creo, porque si no creyera, no entendería”[17].
Romanos 11, 33-34: “¡Oh profundidad de la riqueza, de la
sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e
inescrutables sus caminos! Porque, ¿quién conoció el pensamiento del Señor?
O ¿quién fue su consejero? O ¿quién primero le dio, para tener derecho a
retribución?”.
Isaías 55, 8-9: “Porque no son mis pensamientos vuestros
pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos, dice el Señor. Cuanto son los cielos más altos que la
tierra, tanto están mis caminos por encima de los vuestros, y por encima de
vuestros pensamientos”.
3.
Se debe creer en el dogma que una vez declaró la Santa Madre
Iglesia
Sólo hay una sola manera de
creer en el dogma: tal como la santa madre Iglesia una vez lo ha declarado.
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, sesión 3, cap. 2
sobre la revelación, 1870, ex cathedra:
“De ahí que también hay que mantener perpetuamente
aquel sentido de los sagrado dogmas que una vez declaró la santa madre
Iglesia y jamás hay que apartarse de ese sentido so pretexto y nombre de
una comprensión más profunda”[18].
Esta definición del
Concilio Vaticano I es de vital importancia para la pureza del dogma, porque la
principal manera con que el diablo intenta corromper las doctrinas de Cristo,
es logrando que los hombres se aparten de los dogmas de la Iglesia que una vez han sido declarados. No hay un
sentido de un dogma que no sea el que
las palabras mismas dicen y declaran, es por eso que el diablo intenta
hacer que los hombres “comprendan” e “interpreten” esas palabras de una manera
que es diferente de cómo la santa madre Iglesia los ha declarado.
Muchos de nosotros hemos
tratado con personas que intentan explicar el claro significado de las
definiciones fuera de la Iglesia no hay
salvación diciendo, “usted debe entenderlos”.
Lo que en realidad ellos quieren decir es que usted tiene que entenderlos de
una manera diferente de lo que las
palabras mismas dicen y declaran. Y esto es exactamente lo que el Concilio
Vaticano I condena. Él condena el alejarse de la comprensión de un dogma
a un significado diferente a como una vez lo ha declarado la santa madre
Iglesia, bajo el pretexto (falso) de una “comprensión más profunda”.
Además de los que
sostienen que hay que “entender” los dogmas de una manera diferente de lo que
las palabras dicen y declaran, hay quienes que, cuando se les presentan las
definiciones dogmáticas sobre fuera de la
Iglesia no hay salvación, dicen, “esa es tú interpretación”. Ellos
desestiman las palabras de una fórmula dogmática a nada más que una
interpretación privada. Y esto también es herejía.
Papa San Pío X, decreto Lamentabili contra los errores del
modernismo, 3 de julio de 1907, # 22: “Los
dogmas que la Iglesia presenta como revelados, no son verdades bajadas del
cielo, sino una interpretación de hechos religiosos que la mente humana se
elaboró con trabajoso esfuerzo”. – Condenado[19]
Papa San Pío X, decreto Lamentabili contra los errores del
modernismo, 3 de julio de 1907, # 54: “Los
dogmas, los sacramentos, la jerarquía, tanto
en su noción como en su realidad, no son sino interpretaciones y
desenvolvimientos de la inteligencia cristiana que por externos acrecentamientos
aumentaron y perfeccionaron el exiguo germen oculto en el Evangelio”. – Condenado[20]
Los dogmas de la fe, como fuera de la Iglesia no hay salvación, son verdades bajadas del cielo; no son
interpretaciones. Acusar a quien adhiere fielmente a esas verdades bajadas del
cielo de incurrir en una “interpretación privada” es decir una herejía.
El propósito de una DEFINICIÓN dogmática es DEFINIR con precisión y exactitud
lo que la Iglesia quiere decir por las palabras mismas de la fórmula. Si no se hiciera
esto por las palabras mismas de la fórmula o del documento (como dicen
los modernistas), entonces ella fracasaría en su objetivo principal – el
definir – y sería inútil y sin valor.
El que dice que debemos interpretar
o entender el significado de una definición dogmática, de una manera que
contradice su redacción real, niega todo el propósito de la Cátedra de Pedro,
de la infalibilidad papal y de las definiciones dogmáticas. Él está afirmando
que las definiciones dogmáticas son inútiles, sin valor y fatuas, y que la
Iglesia es inútil, sin valor y fatua por hacer tal definición.
Además, los que dicen que
las definiciones infalibles deben interpretarse por declaraciones no
infalibles (por ejemplo, los teólogos, los catecismos, etc.) están negando
todo el propósito de la Cátedra de Pedro. Ellos están subordinando la enseñanza
dogmática de la Cátedra de Pedro (las
verdades bajadas del cielo) a la reevaluación de documentos falibles
humanos, invirtiendo de ese modo su autoridad, pervirtiendo su integridad y
negando su propósito.
Papa Gregorio XVI, Mirari vos, # 7, 15 de agosto de 1832: “… nada debe quitarse de
cuanto ha sido definido, nada mudarse, nada añadirse, sino que debe conservarse puro, tanto en la palabra como en el sentido”[21].
Por lo tanto, no hay una
interpretación “rigurosa” o “liberada” del dogma fuera de la Iglesia no hay salvación, como les gusta decir a los
liberales herejes; sólo debe entenderse como la Iglesia lo ha una vez
declarado.
4.
Otros Papas sobre fuera de
la Iglesia no hay salvación
Además de
las declaraciones ex cathedra (desde
la Cátedra de Pedro) de los Papas, un católico también debe creer lo que enseña
la Iglesia católica como divinamente
revelado en su magisterio ordinario y universal, es decir, en la
autoridad docente de la Iglesia.
Papa Pío IX, Concilio Vaticano
I, sesión 3, cap. 3, ex cathedra:
“Ahora bien, deben creerse con fe divina y católica todas aquellas cosas que se
contienen en la palabra de Dios escrita o tradicional, y son propuestas por la
Iglesia para ser creídas como divinamente
reveladas, ora por solemne juicio, ora por su ordinario y universal
magisterio”[22].
La enseñanza
del magisterio ordinario y universal consiste en las doctrinas que los Papas
proponen, por su enseñanza común y universal, y que deben ser creídas por la
Iglesia como divinamente reveladas.
Por ejemplo, en su magisterio común y universal, aproximadamente unos diez
Papas han denunciado como heréticos los conceptos de libertad de conciencia y
de culto por ser contrarios a la revelación. Un católico no puede
rechazar esa enseñanza. La enseñanza del magisterio ordinario y universal nunca
puede contradecir, por supuesto, la enseñanza de la Cátedra de Pedro (las
definiciones dogmáticas), puesto que ambas son infalibles. Por consiguiente, el
magisterio ordinario y universal en realidad no debe considerarse en absoluto
en lo que respecta al dogma fuera de la
Iglesia no hay salvación, porque este dogma ha sido definido desde la
Cátedra de Pedro y nada en el magisterio ordinario y universal podría
contradecir la Cátedra de Pedro. Por lo tanto, téngase cuidado con
aquellos herejes que tratan de encontrar la manera de negar la enseñanza
dogmática sobre el dogma fuera de la
Iglesia no hay salvación llamándola como parte del “magisterio ordinario y
universal” – utilizando declaraciones falibles no magisteriales que
contradicen este dogma – cuando no lo son. Esta es una hábil estratagema de los
herejes.
Sin
embargo, téngase en consideración las siguientes citas de diversos Papas que
reafirman el dogma fuera de la Iglesia no
hay salvación. Estas enseñanzas de los Papas son parte del magisterio
ordinario y universal – puesto que reiteran la enseñanza de la Cátedra de Pedro
sobre el dogma católico fuera de la
Iglesia no hay salvación –.
Papa San Gregorio Magno,
citado en Summo iugiter studio,
590-604: “La santa Iglesia universal enseña que no es posible adorar verdaderamente
a Dios excepto en ella, y asevera que todos los que están fuera de ella no
serán salvos”[23].
Papa Inocencio III, Eius exemplo, 18 de diciembre de 1208:
“De corazón creemos y con la boca confesamos una sola Iglesia, no de herejes,
sino la santa, romana, católica y apostólica, fuera de la cual creemos nadie
se salva”[24].
Papa Clemente VI, Super quibusdam, 20 de septiembre de
1351: “En segundo lugar, preguntamos si creéis tú y los armenios que te
obedecen que ningún hombre viador podrá finalmente salvarse fuera de la fe
de la misma Iglesia y de la obediencia de los Romanos Pontífices”[25].
Papa San Pío V, bula excomulgando a la herética reina Isabel
de Inglaterra, 25 de febrero de 1570: “La soberana jurisdicción de la
única Santa Iglesia Católica y Apostólica, fuera de la cual no hay salvación,
ha sido dada por Él [Jesucristo], a quien se le ha dado todo el poder en el
cielo y en la tierra, el Rey que reina en las alturas, sino a una única persona
sobre la faz de la tierra, a Pedro, el príncipe de los Apóstoles. (…) Si alguno
infringiese Nuestro decreto, Nos lo obligamos con el mismo vínculo de anatema”[26].
Papa León XII, Ubi primum, # 14, 5 de mayo de 1824: “Es
imposible que el Dios verdadero, que es la Verdad misma, el mejor, el más
sabio proveedor y el premiador de los buenos, apruebe todas las sectas que
profesan enseñanzas falsas que a menudo son inconsistentes y
contradictorias entre sí, y otorgue premios eternos a sus miembros (…)
porque por la fe divina confesamos un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo.
(…) Por eso confesamos que no hay salvación fuera de la Iglesia”[27].
Papa León XII, Quod hoc ineunte, # 8, 24 de mayo de
1824: “Nos dirigimos a todos vosotros que todavía estáis apartados de la
verdadera Iglesia y del camino a la salvación. En este júbilo universal,
una cosa falta: que habiendo sido llamados por la inspiración del Espíritu
celestial y habiendo roto todo lazo decisivo, podáis estar de acuerdo
sinceramente con la Madre Iglesia, fuera de cuyas enseñanzas no hay
salvación”[28].
Papa Gregorio XVI, Mirari vos, # 13, 15 de agosto de 1832:
“Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo (Ef. 4,
5), entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al
puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra
Cristo, pues no están con Cristo (Luc. 11, 23) y que los que no recolectan
con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que
perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y
sin mancha (Credo Atanasiano)”[29].
Papa Gregorio XVI, Summo iugiter studio, # 2, 27 de mayo de
1832:
“Finalmente, algunas de
estas personas descarriadas intentan persuadirse a sí mismos y a otros que los hombres
no se salvan sólo en la religión católica, sino que incluso los herejes pueden
obtener la vida eterna”[30].
Papa Pío IX, Ubi primum, # 10, 17 de junio de 1847: “Puesto
que hay una sola Iglesia universal fuera de la cual absolutamente nadie se
salva; ella contiene prelados regulares y seculares junto con los que están
bajo su jurisdicción, todos quienes profesan un Señor, una fe y un bautismo”[31].
Papa Pío IX, Nostis et nobiscum, # 10, 8 de diciembre
de 1849: “En particular hay que procurar que los mismos fieles tengan fijo
en sus almas y profundamente grabado el dogma de nuestra santa Religión de que
es necesaria la fe católica para obtener la eterna salvación. (Esta
doctrina recibida de Cristo y enfatizada por los Padres y Concilios, está
contenida también en las fórmulas de profesión de fe usadas por los católicos
latinos, griegos y orientales)”[32].
Papa Pío IX, Syllabus de errores modernos, 8 de
diciembre de 1864, proposición 16: “Los hombres pueden encontrar en el culto de
cualquier religión el camino de la salvación eterna y alcanzar la eterna
salvación. – Condenada”[33].
Papa León XIII, Tametsi futura prospicientibus, # 7, 1
de noviembre de 1900:
“Cristo es el ‘Camino’ del
hombre; la Iglesia también es su ‘Camino’. (…) De aquí que todos los que
quieran encontrar la salvación fuera de la Iglesia son descarriados y se
esfuerzan en vano”[34].
Papa San Pío X, Iucunda sane, # 9, 12 de marzo de 1904:
“Pero al mismo tiempo no podemos dejar recordar a todos, grandes y pequeños,
como lo hizo el Papa San Gregorio, de la necesidad absoluta de recurrir a
esta Iglesia para tener salvación eterna…”[35].
Papa San Pío X, Editae saepe, # 29, 26 de mayo de 1910:
“La Iglesia sola posee junto con su magisterio el poder de gobernar y
santificar la sociedad humana. Por sus ministros y sirvientes (cada uno en su
propia posición y cargo), ella confiere sobre la humanidad los medios
apropiados y necesarios de salvación”[36].
Papa Pío XI, Mortalium animos, # 11, 6 de enero de
1928: “Sólo la Iglesia católica es la que conserva el culto verdadero.
Ella es la fuente de la verdad, la morada de la fe, el templo de Dios; quienquiera
que en él no entre o de él salga, ha perdido la esperanza de vida y de
salvación”[37].
5.
El sacramento del bautismo es la única puerta de entrada a la
Iglesia
La Iglesia católica siempre ha
enseñado que la recepción del sacramento del bautismo es la única vía para
entrar a la Iglesia de Cristo, fuera de la cual no hay salvación.
Papa Julio III, Concilio de Trento, sobre los
sacramentos del bautismo y de la penitencia, sesión 14, cap. 2, ex cathedra: “Por lo demás, por
muchas razones se ve que este sacramento [la penitencia] se diferencia del bautismo.
Porque, aparte de que la materia y la forma, que constituyen la esencia del
sacramento, están a larguísima distancia; consta ciertamente que el ministro
del bautismo no tiene que ser juez, como quiera que la Iglesia en nadie ejerce juicio que no haya antes entrado en ella misma por la
puerta del bautismo. Porque ¿qué se me da
a mí – dice el Apóstol – de juzgar a
los que están fuera? (1 Cor. 5, 12). Otra cosa es que los domésticos de la
fe, a los que Cristo Señor, por el lavatorio del bautismo, los hizo una vez
‘miembros de su cuerpo’ (1 Cor. 12, 13)”[38].
Esta
definición tiene particular significancia porque prueba que sólo por el
bautismo de agua es uno incorporado en el cuerpo
de la Iglesia. La significancia de esto se volverá más clara en las siguientes
secciones, en donde se prueba qué tipo de pertenencia en el cuerpo de la
Iglesia es necesaria para la salvación.
Papa Eugenio IV, Concilio
de Florencia, “Exultate Deo”, 22 de noviembre de 1439 ex cathedra: “El primer lugar
entre los sacramentos lo ocupa el santo bautismo, que es la puerta de la
vida espiritual pues por él nos hacemos miembros de Cristo y del cuerpo de
la Iglesia. Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos,
‘si no renacemos por el agua y el Espíritu’, como dice la Verdad, ‘no podemos
entrar en el reino de los cielos’ (Juan 3, 5). La materia de este sacramento es
el agua verdadera y natural”[39].
Papa Pío XII, Mystici corporis, # 22, 29 de junio de
1943: “Pero entre los miembros de la Iglesia, sólo se han de contar de hecho
los que recibieron las aguas regeneradoras del bautismo y profesan la verdadera
fe”[40].
Papa Pío XII, Mystici corporis, # 27, 29 de junio de
1943: “Él (Cristo) también determinó que por el bautismo (Juan 3, 5) los que
creyeren serían incorporados en el cuerpo de la Iglesia”[41].
Papa Pío XII, Mediator Dei, # 43, 20 de noviembre de
1947: “Así como el bautismo distingue a los cristianos y los separa de
aquellos que no han sido lavados en el agua purificadora y no son miembros de
Cristo, así el sacramento del orden distingue a los sacerdotes de todos los
demás cristianos no consagrados”[42].
6.
La única Iglesia de los fieles
Papa Inocencio III, Cuarto Concilio de Letrán, constitución 1, 1215, ex cathedra: “Y
UNA SOLA ES LA IGLESIA UNIVERSAL DE LOS FIELES, fuera de
la cual absolutamente nadie se salva, y en
ella el mismo sacerdote es sacrificio, Jesucristo”[43].
La
primera definición dogmática de la Cátedra de Pedro sobre fuera de la Iglesia no hay salvación (del Papa Inocencio III)
enseñó que la Iglesia católica es la única Iglesia “de los fieles”, fuera de la
cual absolutamente nadie se salva.
¿Pero quiénes son “los fieles”? ¿Es posible considerar como parte de “los
fieles” a quien no ha recibido el bautismo? Si consultamos la tradición
católica, la respuesta es un rotundo “no”.
Como
muchos de ustedes saben, la Misa católica se divide en dos partes: la Misa de
los catecúmenos (los que se están preparando para recibir el bautismo) y la
Misa de los fieles (los bautizados).
En la
Iglesia primitiva, los catecúmenos aún no bautizados (es decir, los que no
habían recibido el sacramento del bautismo) tenían que salir una vez
terminada la Misa de los catecúmenos, que era en el momento en que los fieles
profesaban el Credo. A los no bautizados no se les permitía quedarse en la
Misa de los fieles, porque es sólo quien ha recibido el sacramento del
bautismo quien es miembro de los fieles. Esta es la enseñanza de tradición.
Casimir Kucharek, La Liturgia Bizantina-Eslava de San Juan
Crisóstomo:
“En el canon 19 del Sínodo de
Laodicea (343-381 d.C.), por ejemplo, leemos: ‘Después de los sermones de los
obispos, la oración por los catecúmenos se dice primero por ellos; cuando
los catecúmenos han salido, la oración por los que hacen penitencia; y
después de estás (…) deben ser ofrecidas las
tres oraciones de los fieles…”[44].
Vemos
aquí a la tradición afirmando, en el Sínodo de Laodicea del siglo IV, que los
catecúmenos sin bautizar tenían que salir de la liturgia antes que empezara la
Misa de los fieles. Y esta distinción entre la Misa de los catecúmenos y la
Misa de los fieles estaba establecida en los ritos antiguos de la Iglesia
católica. Es por eso que el P. Casimir Kucharek, en su gran obra sobre La Liturgia Bizantina-Eslava de San Juan
Crisóstomo, dice que la liturgia de los catecúmenos está “presente en todos
los ritos…”[45].
En otras palabras, todos los ritos católicos antiguos dan testimonio del
hecho que ninguna persona sin bautizar podía ser considerada como parte de los fieles ¡porque en todos se ordenaba que salieran los
catecúmenos sin bautizar antes que empezara la Misa de los fieles!
De aquí
que el P. Casimir Kucharek escribe también:
“[San] Atanasio menciona que a
ellos (los catecúmenos) no se les permitía estar presente en los misterios, y
Cirilo de Alejandría cuenta que tenían que salir antes que empezaran las partes
más solemnes del servicio”[46].
La
Enciclopedia Católica reconoce la misma enseñanza de la tradición.
Enciclopedia Católica, “Fiel”,
vol. 5, p. 769: “San Agustín (dice): ‘Pregúntale
a un hombre: ¿eres cristiano? Si es pagano o judío, responderá: No soy
cristiano. Pero si dice: Soy cristiano, pregúntale otra vez: ¿eres
catecúmeno, o uno de los fieles?’”[47].
En el
siglo tercero, el padre de la Iglesia primitiva Tertuliano, criticó la
costumbre de ciertos herejes que ignoraban esta distinción crucial entre los
sin bautizar y los fieles.
Enciclopedia Católica,
“Catecúmeno”, vol. 3, p. 430: “Tertuliano reprochaba a los herejes de ignorarlo;
acerca de ellos, él dice, ‘quien no
sabe quién es catecúmeno y quién es fiel, todos por igual acuden [a los
misterios], todos oyen los mismo
discursos, y dicen las mismas oraciones”[48].
Finalmente,
citaré una oración de la antigua liturgia bizantina-eslava de San Juan
Crisóstomo. La oración era recitada en la despedida de los catecúmenos antes de
la Misa de los fieles.
Liturgia bizantina-eslava de
San Juan Crisóstomo, Despedida de los
catecúmenos: “Oremos, los
fieles, por los catecúmenos, que el Señor tenga misericordia en
ellos (…) Señor y Dios, Jesucristo, como salvador de la humanidad: baja tu mirada sobre tus siervos, los
catecúmenos, que inclinan sus cabezas ante ti. A su debido tiempo hazlos
dignos de las aguas de la regeneración, del perdón de sus pecados, y del manto
de inmortalidad. Únelos a tu santa, católica, y apostólica Iglesia, y
cuéntalos entre tu rebaño escogido”[49].
Aquí
vemos que el antiguo rito de la liturgia oriental de San Juan Crisóstomo hace
una notoria distinción entre los no bautizados (los catecúmenos) y los fieles. Ella confirma que los
catecúmenos no bautizados no están entre los
fieles, que no se les han perdonado sus pecados, ni se han unido a la
Iglesia católica. Los no bautizados no pertenecen a la única Iglesia de los
fieles. Esto es parte de la antigua fe católica. Y obviamente, este hecho no
prueba que sea parte de la antigua fe católica simplemente porque un Padre de
la antigua Iglesia lo haya dicho – ya que una declaración de un Padre de la
Iglesia antigua en particular no prueba esto definitivamente – sino más bien se
prueba porque los testimonios de los antedichos santos están en perfecta
armonía con la clara enseñanza del culto litúrgico católico, que hace una
distinción entre la Misa de los catecúmenos y la Misa de los fieles. Esta es,
por siguiente, la enseñanza y regla del culto católico de que ninguna persona
sin bautizar debe ser considerada parte de los
fieles. Por esta razón desde el principio se les negaba la sepultura
cristiana – en todas partes en la Iglesia universal – a todos los que morían
sin el sacramento del bautismo.
Y porque
esta era la regla universal de culto en la Iglesia católica, ella era la
expresión de la fe y de la tradición universal de la Iglesia católica.
Papa Pío XI, Quas primas, # 12, 11 de diciembre de
1925: “En esta perpetua alabanza a Cristo Rey se descubre fácilmente la armonía
tan hermosa entre nuestro rito y el rito oriental, de modo que se ha
manifestado también en este caso el axioma: Legem
credendi lex statuit supplicandi. La ley de la oración constituye la ley
de la creencia”[50].
Por lo
tanto, sería contrario a la tradición aseverar que una persona que no haya
recibido el sacramento del bautismo pertenece a los fieles.
San Juan Crisóstomo, patriarca
de Constantinopla y doctor de la Iglesia, Hom.
In lo. 25, 3, siglo IV: “Porque el catecúmeno es un extraño para los
fieles (…) Uno tiene a Cristo por su Rey; el otro al pecado y al diablo; la
comida de uno es Cristo; la del otro, esa carne que se corrompe y perece (…)
Así es que nosotros no tenemos nada en común, ¿en qué, dime, hemos de tener
comunión? (…) Seamos diligentes para hacernos ciudadanos de la ciudad de arriba
(…) porque si viniere a pasar (¡que Dios no lo quiera!) que
por la súbita llegada de la muerte fallezcamos como los no iniciados [no
bautizados, aunque tuviéremos diez mil virtudes, nuestra parte no será otra que
el infierno, y el gusano venenoso, y el fuego inextinguible, y el
cautiverio eterno”.
San Ambrosio, obispo y doctor
de la Iglesia, siglo IV: “Ahora os instruiré sobre el sacramento que habéis
recibido; de cuya naturaleza no era conveniente os habláramos antes; porque
en el cristiano lo que viene primero es la fe. Y por esta razón en Roma los que han sido bautizados son llamados los fieles
(fideles)”[51].
Es por
esta enseñanza de la tradición que en el rito tradicional del bautismo se le
pregunta al catecúmeno no bautizado qué es lo que él desea de la santa Iglesia,
y él responde “la fe”. El catecúmeno sin bautizar no tiene “fe”, por eso
él pide a la Iglesia el “sacramento de la fe” (el bautismo), el cual lo
convierte en uno de “los fieles”. Esto es porque el sacramento del bautismo ha
sido conocido desde tiempos apostólicos como “el sacramento de la fe”.
Catecismo del Concilio de Trento, del bautismo – efectos del bautismo:
“… el bautismo (…) es sacramento de la fe…”[52].
Catecismo del Concilio de Trento, del bautismo – efecto segundo: el carácter
sacramental: “… el bautismo (…) Por él somos calificados para recibir los
otros sacramentos, y el cristiano se distingue de los que no profesan la fe”[53].
Papa Clemente VI, Super quibusdam, 20 de septiembre de
1351: “… todos aquellos que en el bautismo recibieron la misma fe católica…”[54].
Papa Paulo III, Concilio de Trento, sesión 6, cap. 7
sobre la justificación, ex cathedra:
“… EL
SACRAMENTO DEL BAUTISMO, QUE ES EL ‘SACRAMENTO DE LA FE’ (…) ESTA FE, POR TRADICIÓN APOSTÓLICA, LA PIDEN LOS CATECÚMENOS
A LA IGLESIA ANTES DEL BAUTISMO al pedir
la fe que da la vida eterna (Rit. Rom., Ordo Baptismi)”[55].
Y con
estos hechos en consideración (que un catecúmeno “pide” la fe puesto que no es
parte de los fieles), recuérdese la definición del Papa Inocencio III en el
Cuarto Concilio de Letrán: “En efecto existe una Iglesia universal de los
fieles, fuera de la cual absolutamente nadie se salva…”. El latín
original dice: “Una vero est fidelium
universalis ecclesia, extra quam nullus omnino salvatur…”.
Las palabras latinas nullus omnino significan
“absolutamente nadie”. Absolutamente nadie fuera de la única Iglesia de los
fieles se salva. Y debido a que la única Iglesia de “los fieles” sólo incluye a
los que han recibido el sacramento del bautismo – como muestra la tradición
apostólica, la tradición litúrgica, y el dogma de la Iglesia – significa que
absolutamente nadie se salva sin el sacramento del bautismo.
7.
La sujeción a la Iglesia y al Romano Pontífice
La segunda definición de la
Cátedra de Pedro sobre fuera de la
Iglesia no hay salvación viene del Papa Bonifacio VIII en la bula Unam sanctam.
Papa Bonifacio VIII, Unam sanctam,
18 de noviembre de 1302, ex cathedra:
“Por
apremio de la fe, estamos obligados a creer y mantener que hay una sola y santa Iglesia católica y la misma Apostólica, y
nosotros firmemente la creemos y simplemente la confesamos, y fuera de ella no hay salvación ni
remisión de los pecados. (…) Ahora
bien, someterse al Romano Pontífice, lo declaramos, lo decimos, definimos y
pronunciamos como de toda necesidad de salvación para toda criatura humana”[56].
Esto
significa infaliblemente que toda
criatura humana debe estar sujeta al Romano Pontífice para la salvación. Obviamente, esto no significa que uno debe
estar sujeto a un antipapa para la salvación, que es lo que tenemos hoy.
Significa que todos deben estar sujetos al Papa verdadero, siempre y cuando
tenemos uno.
¿Pero
cómo se someten los niños al Romano Pontífice? Esta es una buena pregunta.
Téngase en cuenta que el Papa Bonifacio VIII no declaró que toda criatura
humana debe conocer al Romano
Pontífice, sino que toda criatura humana debe estar sometida al Romano Pontífice. Los infantes se sujetan al Romano
Pontífice por su bautismo en la única Iglesia de Cristo, de la cual el Romano
Pontífice es la cabeza.
Papa León XIII, Nobilissima, # 3, 8 de febrero de 1884:
“La Iglesia, guardiana de la integridad de la fe, que, en virtud de su
autoridad, delegada por Dios su fundador, debe convocar a todas las naciones al
conocimiento de la tradición cristiana, y en consecuencia, está obligada a
vigilar minuciosamente sobre la enseñanza y educación de los niños puestos
bajos su autoridad por el bautismo…”[57].
Los niños
son puestos bajo la autoridad de la Iglesia por el bautismo. Por lo tanto, por
su bautismo se someten al Romano
Pontífice, porque el Romano Pontífice posee la suprema autoridad en la Iglesia
(Primer Concilio Vaticano, de fide).
Esto demuestra que el bautismo es en realidad el primer componente para
determinar si una persona está sujeta o no al Romano Pontífice. Quien no haya
sido bautizado, entonces no puede estar
sujeto al Romano Pontífice, porque la Iglesia no ejerce juicio (es decir,
jurisdicción) en nadie que no haya entrado a la Iglesia por el sacramento del
bautismo (de fide).
Papa Julio III, Concilio de Trento, sobre los
sacramentos del bautismo y de la penitencia, sesión 14, cap. 2, ex cathedra: “… la Iglesia en
nadie ejerce juicio, que no haya antes entrado en ella misma por la puerta del
bautismo. Porque, ¿qué me da a mí – dice el Apóstol – de juzgar a los que están fuera? (1 Cor.
5, 12). Otra cosa es de los domésticos de la fe, a los que Cristo Señor, por el
lavatorio del bautismo, los hizo una vez ‘miembros de su cuerpo’ (1 Cor. 13,
13)”[58].
No es posible, por siguiente, estar
sujeto al Romano Pontífice sin haber recibido el
sacramento del bautismo, porque
la Iglesia (y el Romano Pontífice) no puede ejercer juicio (jurisdicción) sobre
una persona que no está bautizada (de
fide, Trento). Y porque no es posible estar sujeto al Romano Pontífice
sin el sacramento del bautismo, no es posible salvarse sin el sacramento del
bautismo, porque toda criatura humana debe estar sujeta al Romano Pontífice
para la salvación (de fide,
Bonifacio VIII).
8.
El sacramento del bautismo es necesario para la salvación
Para
mostrar además que el sacramento del bautismo es necesario para la salvación,
voy a citar varias otras declaraciones infalibles de la Cátedra de San Pedro.
Papa Paulo III, Concilio
de Trento, sesión 7, can. 5 sobre el sacramento del bautismo, ex cathedra: “Si alguno dijere que
el bautismo [el sacramento] es libre, es decir, no necesario para la salvación
(Juan 3, 5), sea anatema”[59].
Esta
definición dogmática infalible de la Cátedra de San Pedro condena a quién dice
que el sacramento del bautismo no es necesario para la salvación. El sacramento
del bautismo es necesario para todos para su salvación, primero, porque como el
Concilio de Trento define, toda la humanidad (excepto la Santísima Virgen
María) es concebida en un estado de pecado original como resultado del
pecado de Adán, el primer hombre. El sacramento del bautismo también es
necesario para la salvación de todos porque es el medio por el cual la persona
queda marcada como miembro de Jesucristo e incorporada a su cuerpo místico. Y
al definir la verdad de que todos los hombres son concebidos en el estado de
pecado original, el Concilio de Trento, en su decreto sobre el pecado original,
declaró específicamente que la Santísima Virgen María fue una excepción[60].
Pero al definir la verdad de que el sacramento del bautismo es necesario para
la salvación, el Concilio de Trento no hizo ninguna excepción en absoluto.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Exultate Deo”,
22 de noviembre de 1439, ex cathedra:
“El primer lugar entre los sacramentos lo ocupa el santo bautismo, que es la
puerta de la vida espiritual pues por él nos hacemos miembros de Cristo y del
cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en
todos, ‘si no renacemos por el agua y el Espíritu’ como dice la Verdad, ‘no
podemos entrar en el reino de los cielos’ (Juan 3, 5). La materia de
este sacramento es el agua verdadera y natural”[61].
Papa Inocencio III, Cuarto Concilio de Letrán, constitución
1, 1215, ex cathedra: “En cambio,
el sacramento del bautismo (que se consagra en el agua por la invocación de
Dios y de la indivisa Trinidad, es decir, del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo) aprovecha para la salvación, tanto a los niños como a los adultos
fuere quienquiera el que lo confiera debidamente en la forma de la Iglesia”[62].
Papa Benedicto XIV, Nuper ad nos, 16 de marzo de 1743,
Profesión de fe: “Igualmente [profeso], que el bautismo es necesario para la
salvación y, por ende, si hay inminente peligro de muerte, debe conferirse
inmediatamente sin dilación alguna y que es válido por quienquiera y cuando
quiera que fuere conferido bajo la debida materia y forma e intención”[63].
Papa Pío XI, Quas primas, # 15, 11 de diciembre de
1925: “Tal se nos propone ciertamente en los Evangelios que para entrar en este
reino los hombres han de prepararse haciendo penitencia, y no pueden de
hecho entrar si no es por la fe y el bautismo, sacramento este que, si
bien es un rito externo, significa y produce, sin embargo, la
regeneración interior”[64].
Vemos
aquí que nadie puede entrar al reino del cielo sin la fe y el rito externo del
bautismo (es decir, el sacramento del bautismo).
9.
El agua es necesaria para el bautismo y Juan 3, 5 es literal
“RESPONDIÓ
JESÚS: EN VERDAD, EN VERDAD TE DIGO QUE QUIEN NO RENACIERE DEL AGUA Y DEL
ESPÍRITU, NO PUEDE ENTRAR EN EL REINO DE LOS CIELOS” (Juan 3, 5).
La
Iglesia católica es la guardiana e intérprete de la Sagradas Escrituras. Ella
sola ha recibido el poder y la autoridad para determinar infaliblemente el
verdadero sentido de los textos sagrados.
Papa Pío IX, Primer Concilio Vaticano, sesión 3, cap.
2 sobre la revelación, 1870:
“… Nos, renovando el mismo
decreto, declaramos que su mente es que en materias de fe y costumbres que
atañen a la edificación de la doctrina cristiana, ha de tenerse por
verdadero sentido de la Sagrada Escritura aquel que sostuvo y sostiene la santa
madre Iglesia, a quien toca juzgar del verdadero sentido e interpretación de
las Escrituras santas; y, por tanto, a nadie es lícito interpretar la misma
Escritura Sagrada contra este sentido ni tampoco contra el sentir unánime de
los Padres”[65].
Pero no
toda Escritura es entendida por la Iglesia católica en el sentido literal. Por
ejemplo, en Mateo 5, 29, nuestro Señor Jesucristo nos dice que si nuestro ojo
nos escandaliza debemos arrancarlo, porque es mejor perderlo que todo nuestro
cuerpo caiga en el infierno.
Mateo 5, 29: “Si, pues, tu ojo
derecho te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti, porque mejor te es que
perezca uno de tus miembros que no que todo el cuerpo sea arrojado al
infierno”.
Pero las
palabras nuestro Señor aquí no son entendidas literalmente. Sus palabras están
hablando figurativamente para describir una ocasión de pecado o algo en la vida
que pueda escandalizarnos y ser un obstáculo para nuestra salvación. Tenemos
que arrancarla y cortarla, dice nuestro Señor, porque es mejor no tenerlas que
perecer por completo en el infierno.
Por otra
parte, otros versículos en la Escritura son entendidos por la Iglesia en
sentido literal. Por ejemplo:
Mateo 26, 26-28: “Mientras
comían, Jesús tomó pan, lo bendigo, lo partió y, dándoselo a los discípulos, dijo:
Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias, se
lo dio, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre de la
alianza, que será derramada por muchos para remisión de los pecados”.
Cuando
nuestro Señor Jesucristo dice en Mateo 26, 26: “Éste es mi cuerpo”, y en Mateo
26, 28: “Ésta es mi sangre”, sus palabras son entendidas por la Iglesia
católica exactamente como están escritas porque sabemos que nuestro Señor
Jesucristo estaba en efecto refiriéndose a su cuerpo y sangre real, no como una
figura o símbolo.
Por lo
tanto, la cuestión es: ¿Cómo entiende la Iglesia católica las palabras de
Jesucristo en Juan 3, 5 – “En verdad, en verdad te digo que quien no
renaciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos”?
¿La Iglesia católica entiende estas palabras tal como están escritas o de una
manera distinta? ¿La Iglesia católica entiende estas palabras en el sentido de
que cada hombre debe nacer de nuevo del agua y del Espíritu Santo para
salvarse, como dice nuestro Señor? La respuesta es clara: toda declaración
dogmática que ha emitido la Iglesia católica, sin excepción, que trata de las
palabras de nuestro Señor en Juan 3, 5, ella la entiende literalmente, tal como
están escritas.
Papa Eugenio IV, Concilio
de Trento, “Exultate Deo”, 22 de noviembre de 1439, ex cathedra: “El primer lugar entre los sacramentos lo ocupa el
santo bautismo, que es la puerta de la vida espiritual pues por él nos hacemos
miembros de Cristo y del cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el primer
hombre entrado la muerte en todos, ‘si no renacemos por el agua y el
Espíritu’ como dice la Verdad, ‘no podemos entrar en el reino de los cielos’
(Juan 3, 5). La materia de este sacramento es el agua verdadera y natural”[66].
Esto significa
que la declaración de nuestro Señor Jesucristo de que ningún hombre puede
salvarse sin haber nacido de nuevo del agua y del Espíritu Santo es un
dogma literal de la Iglesia católica.
Papa Paulo III, Concilio
de Trento, can. 2 sobre el sacramento del bautismo, sesión 7, 1547, ex cathedra: “Si alguno dijere que el
agua verdadera y natural no es necesaria en el bautismo y, por tanto, desviare
a una especie de metáfora las palabras de nuestro Señor Jesucristo: ‘Si alguno
no renaciere del agua y del Espíritu Santo’ (Juan 3, 5), sea anatema”[67].
Papa Paulo III, Concilio
de Trento, can. 5 sobre el sacramento del bautismo, sesión 7, 1547, ex cathedra: “Si alguno dijere
que el bautismo [el sacramento] es libre, es decir, no necesario para la
salvación (Juan 3, 5), sea anatema”[68].
Papa Paulo III, Concilio
de Trento, del pecado original, sesión V, ex cathedra: “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el
pecado la muerte (…) para que en ellos por la regeneración se limpie lo que por
la generación contrajeron. ‘Porque
si uno no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino
de Dios (Juan 3, 5)”[69].
Papa San Zósimo, Concilio de Cartago XVI, sobre el pecado
original y la gracia: “Porque cuando el Señor dice: ‘Quien no renaciere de
agua y el Espíritu Santo, no entrará al reino de Dios’ [Juan 3, 5], ¿qué
católico puede dudar que será partícipe del diablo el que no mereció ser
coheredero de Cristo? Porque el que no está a la derecha, irá sin duda alguna a
la izquierda”[70].
Papa Gregorio IX, Cum, sicut ex, 8 de julio de 1241, a
Sigurdo de Nidaros: “Como quiera que, según por tu relación hemos sabido, a
causa de la escasez de agua se bautizan alguna vez los niños de esa tierra con
cerveza, a tenor de las presentes te respondemos que quienes se bautizan con
cerveza no deben considerarse debidamente bautizados, puesto que, según la
doctrina evangélica, ‘hay que renacer del agua y del Espíritu Santo’ (Juan
3, 5)”[71].
10.
Los infantes no se pueden salvar sin el bautismo
La enseñanza de la Iglesia católica ya citada
muestra que nadie puede salvarse sin el sacramento del bautismo. Obviamente,
por lo tanto, esto significa que los niños e infantes tampoco pueden ir al
cielo sin el bautismo puesto que han sido concebidos en un estado de pecado
original, el cual no puede quitarse sin el sacramento del bautismo. Pero esta
verdad de la Iglesia católica es hoy negada por mucha gente. Ellos ven la
horrible tragedia del aborto – los millones de niños sacrificados – y concluyen
que esos niños deben ser destinados al cielo. Pero tal conclusión es herética.
Lo peor del aborto es el hecho que a estos niños se les impide la entrada al
cielo; no lo es el que no lleguen a vivir en este mundo pagano. Satanás se
deleita en el aborto porque sabe que sin el sacramento del bautismo esas almas
nunca podrán ir al cielo. Si los niños abortados fuesen directamente al cielo
sin el sacramento del bautismo, como muchos creen hoy, entonces Satanás no estaría
detrás de los abortos.
La Iglesia enseña que los niños e infantes abortados
que mueren sin el bautismo descienden inmediatamente al infierno, pero no
sufren los fuegos del infierno (la pena de los sentidos). Ellos van a un lugar
en el infierno llamado el limbo de los niños. La definición más específica de
la Iglesia que prueba que no hay posibilidad alguna para que un niño se salve
sin el sacramento del bautismo es del Papa Eugenio IV.
Papa Eugenio IV, Concilio
de Florencia, sesión 11, 4 de febrero de 1442, ex cathedra: “En cuanto a los niños advierte que, por razón
del peligro de muerte, que con frecuencia puede acontecerles, como quiera
que no puede socorrérseles con otro remedio que con el bautismo, por el que
son librados del dominio del diablo [el pecado original] y adoptados por hijos
de Dios, no ha de diferirse el sagrado bautismo por espacio de cuarenta o
de ochenta días o por otro tiempo según la observancia de algunos…”[72].
El Papa Eugenio IV define aquí desde la Cátedra de Pedro que no hay ningún otro remedio para que los niños sean arrebatados del
dominio del diablo (es decir, del pecado original) que no sea por el sacramento
del bautismo. Esto significa que si alguien enseña obstinadamente que los infantes
pueden salvarse sin recibir el sacramento del bautismo, ese tal es un hereje,
porque aquí el Papa está enseñando que no hay otro remedio para el pecado original en los niños que sea
distinto del sacramento del bautismo.
Papa Martín V, Concilio
de Constanza, sesión 15, 6 de julio de 1415 – condenando los artículos de
John Wyclif – Proposición 6: “Los que afirman que los hijos de los fieles
que mueren sin bautismo sacramental no serán salvos, son estúpidos e
impertinentes por decir esto”. – Condenado[73]
Esta
es una proposición fascinante del Concilio
de Constanza. Desafortunadamente esta proposición no se
encuentra en el Denzinger, que sólo contiene algunos de los decretos del
Concilio, pero se encuentra en la colección completa del Concilio de Constanza.
El archi-hereje John Wyclif decía que son estúpidos aquellos que enseñan (como
nosotros) que los niños que mueren sin el agua
del bautismo (es decir, el sacramento)
no se pueden salvar. Él fue anatematizado por esta afirmación, entre muchas
otras. Y esto es lo que el Concilio de Constanza tuvo que decir acerca de las
proposiciones anatematizadas de John Wyclif, como la # 6 citada arriba.
Papa Martin V, Concilio
de Constanza, sesión 15, 6 de julio de 1415: “Los libros y folletos de John
Wyclif, de maldita memoria, fueron examinados cuidadosamente por los
doctores y maestros de la Universidad de Oxford (…) Este santo sínodo, por
siguiente, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, repudia y condena, por
este decreto perpetuo, los antedichos artículos y cada uno en particular; y
prohíbe de ahora en adelante a todos y cada uno de los católicos, bajo pena de
anatema, predicar, enseñar, o mantener los dichos artículos o cualquier uno de
ellos”[74].
Por lo tanto, que los que critican a los católicos
que afirman que ningún niño puede salvarse sin el sacramento del bautismo en
realidad están proponiendo una herejía anatematizada de John Wyclif. He aquí
hay otras definiciones dogmáticas sobre el tema:
Papa San Zósimo, Concilio
de Cartago, canon sobre el pecado y la gracia, 417: “También se ha
decidido, que si alguno dijese que por esta razón el Señor dijo: ‘En la casa de mi Padre hay muchas moradas’
(Juan 14, 2), que ello puede entenderse que en el reino de los cielos habrá
algún lugar intermedio o cualquier otro lugar donde viven los niños benditos
que partieron de esta vida sin el bautismo, sin el cual no pueden entrar en el
reino de los cielos, que es la vida eterna, sea anatema”[75].
Papa Paulo III, Concilio
de Trento, del pecado original, sesión V, ex cathedra: “Si alguno niega que hayan de ser bautizados los niños
recién salidos del seno de su madre, aun cuando procedan de padres bautizados, o
dice que son bautizados para la remisión de los pecados, pero que de Adán no
contraen nada del pecado original que haya necesidad de ser expiado en el
lavatorio de la regeneración para conseguir la vida eterna, de donde se
sigue que la forma del bautismo para la remisión de los pecados se entiende en
ellos no como verdadera, sino como falsa: sea anatema”[76].
Esto significa que todo aquel que afirma que los
niños no necesitan el lavatorio de la regeneración (el bautismo de agua) para
alcanzar la vida eterna está enseñando la herejía.
11.
Quienes mueren en pecado original o pecado mortal descienden a los infiernos
Como he
demostrado anteriormente, no hay manera posible de que los niños sea liberados
del pecado original que no sea por el sacramento del bautismo. Esto, por
supuesto, prueba que no hay manera que se salven los niños que no sea a través
del sacramento del bautismo. Por lo mismo, las siguientes definiciones afirman
simplemente lo que ya ha sido establecido: no es posible que un niño entre en
el reino de los cielos sin recibir el bautismo de agua, sino que, al contrario,
descenderá al infierno.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Laetentur
coeli”, sesión 6, 6 de julio de 1439, ex
cathedra: “Asimismo definimos (…) las almas de aquellos que mueren en
pecado mortal actual o con solo el original, bajan inmediatamente al infierno,
para ser castigadas, si bien con penas diferentes”[77].
Papa Pío VI, Auctorem fidei, 28
de agosto de 1794: “26. La doctrina que reprueba como
fábula pelagiana el lugar de los infiernos (al que corrientemente designan los
fieles con el nombre de limbo de los párvulos), en que las almas de los que
mueren con sola la culpa original son castigadas con pena de daño sin la pena
de fuego – como si los que suprimen en
él la pena del fuego, por este mero hecho introdujeran aquel lugar y estado
carente de culpa y pena, como intermedio entre el reino de Dios y la
condenación eterna, como lo imaginaban los pelagianos –, es falsa, temeraria
e injuriosa contra las escuelas católicas”[78].
Aquí el
Papa Pío VI condena la idea de algunos teólogos de que los niños (párvulos) que
mueren en pecado original sufren los fuegos del infierno. Al mismo tiempo, él
confirma que esos niños van a la parte de las regiones inferiores (es decir, el
infierno) llamado limbo de los niños. Ellos no van al cielo, sino a algún lugar
en el infierno donde no hay fuego. Esto está en perfecta concordancia con todas
las otras definiciones de la Iglesia que enseñan que los niños que mueren sin
el bautismo de agua descienden a los infiernos, pero sufren un castigo
diferente de los que mueren en pecado mortal. Su castigo es la separación
eterna de Dios.
Papa Pío XI, Mit brenneder sorge, # 25, 14 de marzo
de 1937: “‘El pecado original’ es la culpa hereditaria, propia, aunque
no personal, de cada uno de los hijos de Adán, que en él pecaron (Rom. 5, 12); es
pérdida de la gracia – y, consiguientemente, de la vida eterna – y
propensión al mal, que cada cual ha de sofocar y domar por medio de la gracia,
de la penitencia, de la lucha y del esfuerzo moral”[79].
12.
Hay un solo bautismo, no tres
Está
definido como dogma que hay solamente un bautismo. Esta es la razón de por qué
el Credo dogmático de Nicea, profesado históricamente todos los domingos en el
rito romano se lee: “Confieso un solo bautismo para la remisión de los
pecados”. Y este dogma de que hay un solo bautismo para la remisión de los
pecados viene de nuestro Señor Jesucristo y los Apóstoles. San Pablo lo afirma
en Efesios 4, 5: “Un Señor, una fe, un bautismo”. ¿Podría ser posible que haya
más de un solo bautismo para la remisión de los pecados cuando los católicos
han rezado y creído por 2000 años que hay solo uno? No.
Papa Pío XI, Quas primas, # 12, 11 de diciembre de
1925: “En esta perpetua alabanza a Cristo Rey se descubre fácilmente la armonía
tan hermosa entre nuestro rito y el rito oriental, de modo que se ha
manifestado también en este caso el axioma: Legem
credendi lex statuit supplicandi. La ley de la oración constituye la ley
de la creencia”[80].
A través
de la historia, muchos Papas han reiterado expresamente esta regla de fe: que
hay un solo bautismo para el perdón de los pecados.
Credo Niceno-Constantinopolitano, 381, ex
cathedra: “Confesamos un bautismo para la remisión de los pecados”[81].
Papa San Celestino I, Concilio de Éfeso, 431: “Después de
haber leído estas santas frases y encontrándonos de acuerdo (de que hay ‘un
Señor, una fe, un bautismo’ [Ef. 4, 5]), hemos dado gloria a Dios, que
es el Salvador de todos…”[82].
Papa San León IX, Congratulamu vehementer, 13 de abril de
1053: “Creo que hay una sola verdadera Iglesia santa, católica y apostólica, en
la que se da un solo bautismo y verdadera remisión de todos los pecados”[83].
Papa Bonifacio VIII, Unam sanctam, 18 de noviembre de 1302, ex cathedra: “‘Una sola es mi
paloma, una sola es mi perfecta’. (…) Ella representa un solo cuerpo místico,
cuya cabeza es Cristo, y la cabeza de Cristo, Dios. En ella hay ‘un solo Señor,
una sola fe, un solo bautismo’ (Ef. 4, 5)”[84].
Papa Clemente V, Concilio de Vienne, decreto # 30,
1311-1312, ex cathedra:
“Puesto que hay tanto para regulares y seglares, para superiores y súbditos,
para exentos y no exentos, una Iglesia
universal, fuera de la cual no hay salvación, puesto que para todos ellos
hay un solo Señor, una fe, un bautismo…”[85].
Papa Pío VI, Inscrutabile, # 8, 25 de diciembre de
1775: “… Os exhortamos y avisamos que seáis todos de una mente y en armonía
mientras lucháis por el mismo objetivo, exactamente como la Iglesia tiene
una fe, un bautismo, y un espíritu”[86].
Papa León XII, Ubi primum, # 14, 5 de mayo de 1824: “Por
ella estamos enseñados, y por fe divina mantenemos un Señor, una fe, un
bautismo, y que ningún otro nombre bajo los cielos es dado a los hombres excepto
el nombre de Jesucristo en que debemos ser salvos. Esto es porque profesamos
que no hay ninguna salvación fuera de la Iglesia”[87].
Papa Pío VIII, Traditi humilitati, # 4, 24 de mayo de
1829: “Contra estos experimentados sofistas al pueblo debe enseñársele que la
profesión de la fe católica es exclusivamente verdadera, como el apóstol
proclama: un Señor, una fe, un bautismo (Ef. 4, 5)”[88].
Papa Gregorio XVI, Mirari vos, # 13, 15 de agosto de 1832:
“Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo (Ef.
4, 5), entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va
al puerto de salvación”[89].
Papa León XIII, Graves
de communi re, # 8, 18 de enero de 1901: “De ahí que la doctrina del
Apóstol que nos advierte que ‘somos un solo cuerpo y espíritu llamado a la
única esperanza en nuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo…’”[90].
Decir que
hay “tres bautismos” como muchos lo hacen por desgracia, es herético. Hay un
solo bautismo, que se realiza en agua (de
fide).
Papa Clemente V, Concilio
de Vienne, 1311-1312, ex cathedra:
“Además ha de ser por todos fielmente confesado un bautismo único
que regenera a todos los bautizados en Cristo, como ha de confesarse ‘un solo
Dios y una fe única’ (Ef. 4, 5); bautismo que, celebrado en agua
en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, creemos ser
comúnmente, tanto para los niños como para los adultos, perfecto remedio de
salvación”[91].
Aquí el
Papa Clemente V define como dogma que debe ser confesado por todos UN BAUTISMO, que
se celebra en agua. Esto significa que todos los católicos deben profesar
un bautismo de agua, no tres bautismos: de agua, de sangre y deseo. Confesar
“tres bautismos”, y no uno, es contradecir el dogma católico definido. Los que
creen que hay tres bautismos, ¿se han preguntado por qué los Papas innumerables
veces han profesado que solo hay un bautismo y ninguno de ellos se ha tomado la
molestia de hablarnos de los llamados “otros dos”?
El Credo
Atanasiano es uno de los credos más importantes de la fe católica. Él contiene
un hermoso resumen de la creencia católica sobre la Trinidad y la Encarnación, que
son los dos dogmas fundamentales del cristianismo. Antes de los cambios en la
liturgia de 1971, el Credo Atanasiano, que consiste en 40 declaraciones
rítmicas, había sido usado en el oficio dominical por más de mil años. El credo
Atanasiano establece la necesidad de creer en la fe católica para la salvación.
Él cierra con las palabras: “Ésta es la fe católica y el que no la creyere fiel
y firmemente, no podrá salvarse”. Este credo fue compuesto por el mismo gran
San Atanasio, como lo confirma el Concilio de Florencia.
Papa Eugenio IV, Concilio
de Florencia, sesión 8, 22 de noviembre de 1439, ex cathedra: “Sexto, ofrecemos a los enviados esa regla compendiosa
de la fe compuesta por el bendito Atanasio, que es la siguiente:
“Todo el que quiera
salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la
guardare íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre.
“Ahora bien, la fe católica es que veneremos a un solo Dios en
la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni
separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y
otra la del Espíritu santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen
una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. (…) Y en esta Trinidad,
nada es antes o después, nada mayor o menor, sino que las tres personas son
entre sí coeternas y coiguales, de suerte que, como antes se ha dicho, en todo
hay que venerar lo mismo la unidad en la Trinidad que la Trinidad en la unidad.
El que quiera, pues, salvarse, así ha de sentir de la Trinidad.
“Pero es necesario para la eterna salvación creer también
fielmente en la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo (…) hijo de Dios, es
Dios y hombre. (…) Ésta es la fe católica y el que no la creyere fiel y
firmemente, no podrá salvarse”[92].
La
definición anterior del Credo Atanasiano en el Concilio ecuménico de Florencia
significa que este credo cumple los requisitos de un pronunciamiento de la
Cátedra de San Pedro (una declaración ex
cathedra). Negar lo que se profesa en el Credo Atanasiano es dejar de ser
católico. El credo declara que el que quiera salvarse tiene que mantener
la fe católica y creer en la Trinidad y en la Encarnación. Nótese bien la frase
“el que quiera salvarse” (quicunque vult salvus ese).
Esta frase
es sin duda producto e inspiración del Espíritu Santo. Nos dice que todo el “quiera” debe creer en los misterios de
la Trinidad y de la Encarnación para salvarse. ¡Esto no incluye a los bebés y
los menos de la edad de la razón, ya que no pueden querer! Los niños son
contados entre los fieles católicos, desde que reciben el hábito de la fe
católica en el sacramento del bautismo. Pero, al estar debajo de la edad de la
razón, no pueden hacer ningún acto de fe en los misterios católicos de la
Trinidad y de la Encarnación, un acto que es absolutamente necesario para la
salvación de todos los mayores de la edad de la razón (para todos los que quieran salvarse). ¿No es notable cómo
Dios redactó la enseñanza de este credo infalible sobre la necesidad de la fe en
los misterios de la Trinidad y de la Encarnación de una manera que no incluye a
los infantes? El credo, por lo tanto, enseña que todo el que esté por sobre la
edad de la razón debe tener conocimiento y creer en los misterios de la
Trinidad y de la Encarnación para salvarse – sin excepciones –. Este credo,
por lo tanto, elimina la
teoría de la ignorancia invencible (que alguien por sobre la edad de la
razón pueda salvarse sin conocer a Cristo o la verdadera fe) y, además,
demuestra que quienes la predican, no profesan este credo con honestidad.
Y el
hecho de que todo el que quiera
salvarse no puede salvarse in el conocimiento y la creencia en los misterios de
la Trinidad y la Encarnación es la razón por la cual el Santo Oficio, bajo el
Papa Clemente XI, respondió que un misionero debe, antes de bautizar, explicar
al adulto que está a punto de morir estos misterios que son absolutamente
necesarios.
Respuesta del Santo Oficio al
obispo de Quebec, 25 de enero de 1703:
“P. Si antes de conferir el
bautismo a un adulto, está obligado el ministro a explicarle todos los
misterios de nuestra fe, particularmente si está moribundo, pues esto podría
turbar su mente. Si no bastaría que el moribundo prometiera que procurará
instruirse apenas salga de la enfermedad, para llevar a la práctica lo que se
le ha mandado.
“R. Que
no basta la promesa, sino que el misionero está obligado a explicar al adulto,
aun al moribundo, que no sea totalmente incapaz, los misterios de la fe que
son necesarios con necesidad de medio, como son principalmente los misterios de
la Trinidad y de la Encarnación”[93].
Al mismo
tiempo, se planteó otra pregunta que fue respondida de la misma manera.
Respuesta del Santo Oficio al
obispo de Quebec, 25 de enero de 1703:
“P. Si puede bautizarse a un
adulto rudo y estúpido, como sucede con un bárbaro, dándole sólo conocimiento
de Dios y de alguno de sus atributos, (…) aunque no crea explícitamente en
Jesucristo.
“R. Que el misionero no
puede bautizar al que no cree explícitamente en el Señor Jesucristo, sino que
está obligado a instruirle en todo lo que es necesario con necesidad de medio
conforme a la capacidad del bautizado”[94].
La
necesidad absoluta en la creencia en el dogma de la Trinidad y la Encarnación para
la salvación de todos los mayores de la edad de la razón también es la
enseñanza de Santo Tomás de Aquino, el Papa Benedicto XIV y el Papa San Pío X.
Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica: “Mas en el tiempo
de la gracia revelada, mayores y menores están obligados a tener fe
explícita en los misterios de Cristo, sobre todo en cuanto que son
celebrados solemnemente en la Iglesia y se proponen en público, como son los
artículo de la Encarnación de que hablamos en otro lugar”[95].
Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica: “Por consiguiente, en
el tiempo subsiguiente a la divulgación de la gracia están todos obligados a
creer explícitamente el misterio de la Trinidad”[96].
Papa Benedicto XIV, Cum religiosi, # 1, 26 de junio de 1754:
“No pudimos alegrarnos, sin embargo, cuando se Nos informó posteriormente que
en el curso de la instrucción religiosa preparatoria a la confesión y a la
santa comunión, se encontraba muy a menudo que estas personas eran ignorantes
de los misterios de la fe, incluso en aquellos aspectos que deben ser conocidos
por necesidad de medio; en
consecuencia, no estaban habilitados para participar de los sacramentos”[97].
Papa Benedicto XIV, Cum religiosi, # 4: “Mirad que cada
ministro lleve a cabo cuidadosamente las medidas establecidas por el santo
Concilio de Trento (…) que los confesores deben cumplir esta parte de su deber
cuando alguien se encuentra ante su tribunal y no sabe lo que debe saber por necesidad de medio para salvarse…”[98].
Los mayores
de la edad de la razón que ignoran estos misterios absolutamente necesarios de
la fe católica – estos misterios que son una “necesidad de medio” – no pueden contarse entre los elegidos, es lo
que confirma el Papa San Pío X.
Papa San Pío X, Acerbo nimis, # 3, 15 de abril de 1905:
“Y por eso Nuestro predecesor Benedicto XIV escribió justamente: ‘Declaramos
que un gran número de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua
desgracia por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben
saber y creer para ser contados entre los elegidos’”[99].
Así que
los que creen que la salvación es posible para aquellos que no creen en Cristo
y en la Trinidad (que es “la fe católica” definida en término de sus misterios
más simples) deben cambiar su posición y ajustarla al dogma católico. Pues no se ha dado a los hombres otro Nombre
debajo de todo el cielo por el cual debamos salvarnos más que el del Señor
Jesús (Hechos 4, 12). ¡Que no contradigan el Credo Atanasiano y que
confiesen que el conocimiento de estos misterios es absolutamente necesario
para la salvación de todos los que quieran salvarse! Ellos deben sostener esto
firmemente para que ellos mismos puedan tener la fe católica y profesar este
credo con honestidad, tal y como lo hicieron nuestros antepasados católicos.
Estos
misterios esenciales de la fe católica se han difundido y enseñado a la mayoría
por medio del Credo de los Apóstoles (que aparece en el Apéndice). Este vital
credo incluye las verdades fundamentales sobre Dios Padre, Dios Hijo (Nuestro
Señor Jesucristo – su concepción, la crucifixión, la ascensión, etc.–) y Dios Espíritu Santo. También contiene una profesión de
fe en las verdades fundamentales de la Santa Iglesia Católica, la comunión de
los santos, el perdón de los pecados y la resurrección de los cuerpos.
Hasta
ahora hemos visto que es un dogma infaliblemente definido que todos los que
mueren como no católicos, incluyendo a todos los judíos, paganos, herejes,
cismáticos, etc., no se pueden salvar. Ellos deben convertirse para obtener la
salvación. Ahora debemos dar un breve vistazo a lo que la Iglesia dice
específicamente acerca de algunas de las principales religiones no católicas,
como el judaísmo, el islam y las sectas protestantes y cismáticas del oriente.
Esto ilustrará, una vez más, que aquellos que sostienen que los miembros de
religiones no católicas se pueden salvar, no sólo están contra las
declaraciones solemnes que ya se han citado, sino también contra las enseñanzas
específicas que citamos a continuación.
LA
ENSEÑANZA CATÓLICA ESPECÍFICA CONTRA EL JUDAÍSMO
Los judíos
practican la antigua ley y rechazan la divinidad de Cristo y la Trinidad. La
iglesia enseña lo siguiente acerca de la cesación de la antigua ley y sobre
todos los que siguen observándola:
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, 1441, ex cathedra: “La sacrosanta Iglesia
romana (…) Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo
testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos
sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituidas en
la gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran
convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor
Jesucristo, quien por ellas fue significado, y empezaron los sacramentos del
Nuevo Testamento. Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las
observancias legales su esperanza después de la pasión, y se someta a ellas,
como necesarias a la salvación, como si la fe de Cristo no pudiera salvarnos
sin ellas. No niega, sin embargo, que desde la pasión de Cristo hasta la promulgación
del Evangelio, no pudiesen salvarse, a condición, sin embargo, de que no se
creyesen en modo alguno necesarias para la salvación; pero después de
promulgado el Evangelio, afirma que, sin pérdida de la salvación eterna, no
pueden salvarse. Denuncia consiguientemente como ajenos a la fe de Cristo a
todos los que, después de aquel tiempo, observan la circuncisión y el sábado y
guardan las demás prescripciones legales y que en modo alguno pueden ser
partícipes de la salvación eterna, a no ser que un día se arrepientan de esos
errores”[100].
Papa Benedicto XIV, Ex quo primum, # 61, 1 de marzo de 1756:
“La primera consideración es que las ceremonias de la ley mosaica fueron
derogadas por la venida de Cristo y que ya no pueden ser observadas sin
pecado después de la promulgación del Evangelio”[101].
Papa Pío XII, Mystici Corporis Christi, # 29-30, 29 de
junio de 1943: “Y, en primer lugar, con la muerte del Redentor, a la Ley
Antigua abolida sucedió el Nuevo Testamento (…) en el patíbulo de su muerte
Jesús abolió la Ley con sus decretos (Ef. 2, 15) (…) y constituyó el
Nuevo en su sangre, derramada por todo el género humano. Pues, como dice San
León Magno, hablando de la Cruz del Señor, ‘de tal manera en aquel momento se
realizó un paso tan evidente de la Ley al Evangelio, de la Sinagoga a la
Iglesia, de los muchos sacrificios a una sola hostia, que, al exhalar su
espíritu el Señor, se rasgó inmediatamente de arriba abajo aquel velo
místico que cubría a las miradas el secreto sagrado del templo’. En la Cruz,
pues, murió la Ley Vieja, que en breve había de ser enterrada y resultaría
mortífera…”[102].
LA ENSEÑANZA CATÓLICA ESPECÍFICA CONTRA EL ISLAM
Papa Eugenio IV, Concilio de Basilea, 1434: “… existe la
esperanza de que un gran número de la abominable secta de Mahoma
será convertido a la fe católica”[103].
Papa Calixto III: “Yo prometo
(…) exaltar la fe verdadera, y exterminar la secta diabólica de los
reprobados e infieles de Mahoma [islam] en el Oriente”[104].
La
Iglesia católica considera el islam una secta “abominable” y “diabólica”.
(Nota: el Concilio de Basilea, sólo se considera ecuménico/aprobado en las
primeras 25 sesiones, como indica la Enciclopedia
Católica en el vol. IV, “Concilios”, edición inglesa, pp. 425-426). Una “abominación”
es algo que es aborrecible a la vista de Dios. Es algo por lo que Él no tiene
respeto y estima. Algo “diabólico” es
algo que es del diablo. El islam rechaza, entre muchos otros dogmas, la
divinidad de Jesucristo y la Trinidad. Sus seguidores están fuera de los
límites de la salvación, siempre y cuando se mantengan musulmanes.
Papa
Clemente V, Concilio de Vienne, 1311-1312: “Es un insulto para el
santo nombre y una deshonra para la fe cristiana que en ciertas partes del
mundo sujetas a príncipes cristianos donde viven sarracenos [es decir, los
seguidores el islam, también llamados musulmanes], a veces separados, a veces
mesclados con los cristianos, los sacerdotes sarracenos, comúnmente llamados
zabazala, en sus templos y mezquitas, donde los sarracenos se reúnen para
adorar al infiel Mahoma, invocado en voz alta y exaltando su nombre cada
día a ciertas horas en un lugar elevado (…) Hay un lugar, además, donde fue
enterrado un sarraceno que otros sarracenos veneran como santo. Esto trae
descrédito a nuestra fe y da gran escándalo a los fieles. Estas prácticas no se
pueden tolerar sin disgustar a la divina majestad. Nos, por tanto, con
la aprobación del sagrado concilio, prohibimos estrictamente esas prácticas, a
partir de ahora, en tierras cristianas. Nos lo ordenamos a todos y cada uno
de los príncipes católicos (…) Ellos deben eliminar esta ofensa en
sus territorios y velar para que sus súbditos la eliminen, para que así puedan alcanzar la recompensa de la felicidad eterna. Se
les prohíbe expresamente la invocación pública del sacrílego nombre de Mahoma
(…) Los que presuman actuar de otra manera deberán ser castigados por los
príncipes por su irreverencia, para que otros puedan ser disuadidos de tal
osadía”[105].
La Iglesia, además de enseñar que todos los que
mueren como no católicos se pierden, también enseña que a nadie se le debe
obligar a abrazar el bautismo, porque la creencia es un acto libre de la
voluntad.
Papa
León XIII, Immortale Dei, #36, 1 de noviembre de 1885: “Es, por otra
parte, costumbre de la Iglesia vigilar con mucho cuidado para que nadie sea
forzado a abrazar la fe católica contra su voluntad, porque, como observa
acertadamente San Agustín, ‘el hombre no puede creer más que de buena
voluntad’”[106].
La enseñanza del Concilio de Vienne de que los
príncipes cristianos deben hacer valer su autoridad civil para prohibir la
expresión de la falsa religión del islam muestra, una vez más, que el islam es
una religión falsa que lleva las almas al infierno y desagrada a Dios.
LA ENSEÑANZA CATÓLICA ESPECÍFICA CONTRA LAS SECTAS
PROTESTANTES Y CISMÁTICAS
La Iglesia católica también enseña que las personas
bautizadas que abrazan las sectas heréticas o cismáticas perderán sus almas.
Jesús fundó su Iglesia sobre San Pedro como ya vinos, y declaró que todo aquel
que no escuche a la Iglesia debe ser considerado como gentil y publicano (Mateo
18, 17). Él también ordenó a sus discípulos que observaran “todas las cosas”
que Él les había ordenado (Mateo 28, 20). Las sectas cismáticas orientales
(como la “ortodoxa”) y las sectas protestantes, son movimientos desprendidos de
la Iglesia católica. Al separarse de la única Iglesia de Cristo, ellos
abandonaron el camino de la salvación y entraron en el camino de la perdición.
Estas sectas, obstinada y pertinazmente rechazan
una o más de las verdades que Cristo claramente instituyó, como el papado
(Mateo 16, Juan 21, etc.), la confesión (Juan 20, 23), la Eucaristía (Juan 6,
54) y otros dogmas de la fe católica. Para salvarse es necesario asentir a
todas las cosas que la Iglesia católica, basada en la Escritura y la tradición,
ha definido infaliblemente como dogmas de fe.
A continuación siguen solo algunos de los
dogmas infalibles de la fe católica que son rechazados por los protestantes y
por los cismáticos de la Iglesia “ortodoxa” (en el caso del papado). La Iglesia
anatematiza (una forma grave de excomunión) a todos los que afirman
obstinadamente lo contrario a sus definiciones dogmáticas.
“Para
entender la palabra anatema… primero debemos remontarnos al verdadero
significado de herem, del cual es equivalente. Herem viene de la
palabra haram, cortar, separar, maldecir, e indica que lo que está
maldito y condenado será cortado o exterminado, sea persona o cosa, y, en
consecuencia, se le prohíbe al hombre hacer uso. Este es el sentido de anatema
en el siguiente pasaje del Deuteronomio VII, 26: ‘Y no has de introducir en tu
casa la abominación, para no hacerte como lo que ella es, anatema. Detéstalo y
abomínalo como abominación por ser cosa dada al anatema’”[107].
Por tanto, un protestante o un “ortodoxo oriental”
que rechaza obstinadamente estas enseñanzas dogmáticas es
anatematizado y separado de la Iglesia, fuera de la cual no hay salvación. Es
muy interesante que, al pronunciar estos cánones dogmáticos, la Iglesia dice:
“si alguno dijere… sea anatema (anathema sit)” en vez de decir “si
alguno dijere… él es anatema (anathema est)”. Esta calificación
de “sea” deja espacio para los católicos que no pueden estar conscientes
de un dogma particular y que se conformarían a la enseñanza del canon tan
pronto como se les muestre. Sin embargo, la persona que es obstinada y
deliberadamente contradice la enseñanza dogmática de la Iglesia recibe
automáticamente toda la fuerza de la condena.
El punto aquí es que si alguien pudiese rechazar
estos dogmas y todavía se salvara, entonces estas definiciones infalibles, y
sus anatemas que la acompañan, no tendrían ningún significado, valor o fuerza.
Sin embargo, ellas sí tienen significado, valor y fuerza, puesto que son enseñanzas
infalibles protegidas por Jesucristo. Por lo tanto, todos los que rechazan
estos dogmas son anatematizados y están en el camino a la condenación.
Papa Pío XI, Rerum omnium perturbationem, # 4, 26 de
enero de 1923: “El santo fue nada menos que Francisco de Sales (…) parecía
haber sido enviado especialmente por Dios para luchar contra las herejías
sostenidas por la reforma [protestante]. Son en estas herejías que
descubrimos los inicios de esa apostasía de la humanidad de la Iglesia, los
efectos tristes y desastrosos que lamenta, incluso en la hora presente, toda
mente justa”[108].
Papa Julio III, Concilio de Trento, sesión 13, canon 1
sobre la Eucaristía, ex cathedra: “Si
alguno negare que el Santísimo Sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera,
real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la
divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por ende, Cristo entero; sino que
dijere que sólo está en él como en señal y figura o por su eficacia, sea
anatema”[109].
Papa Julio III, Concilio de Trento, sesión 14, canon 3
sobre el sacramento de la penitencia: “Si alguno dijere que las palabras del
Señor Salvador nuestro: ‘Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonareis los
pecados, les son perdonados; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos’
(Juan 20, 22), no han de entenderse del poder de remitir y retener los
pecados en el sacramento de la penitencia, (…) sea anatema”[110].
Papa Julio III, Concilio de Trento, sesión 14, sobre la
extremaunción y la penitencia: “Esto es lo que acerca de los sacramentos de
la penitencia y de la extremaunción profesa y enseña este santo Concilio
ecuménico y propone a todos los fieles de Cristo para ser creído y
mantenido. Y manda que inviolablemente se guarden los siguientes cánones y perpetuamente
condena y anatematiza a los que afirmen lo contrario”[111].
Papa Julio III, Concilio de Trento, sesión 6, cap. 16, ex cathedra: “Después de esta
exposición de la doctrina católica sobre la justificación – doctrina que quien
no la recibiere fiel y firmemente, no podrá justificarse –, plugo al
santo Concilio añadir los cánones siguientes, a fin de que todos sepan no sólo
qué deben sostener y seguir, sino también evitar y huir”[112].
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, 1870, sesión 4,
cap. 3, ex cathedra: “… todos
los fieles de Cristo deben creer que la Santa Sede Apostólica y el Romano
Pontífice poseen el primado sobre todo el orbe, y que el mismo Romano
Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y
verdadero vicario de Jesucristo y cabeza de toda la Iglesia (…) Enseñamos,
por ende, y declaramos, que la Iglesia Romana, por disposición del Señor, posee
el principado de potestad ordinaria sobre todas las otras (…) Tal es la
doctrina de la verdad católica, de la que nadie puede desviarse sin menoscabo
de su fe y salvación”[113].
REFERENTE A LOS NIÑOS MIEMBROS DE LAS SECTAS NO
CATÓLICAS VÁLIDAMENTE BAUTIZADOS
La Iglesia católica siempre ha enseñado que cualquier
persona (incluyendo un laico y un no católico) puede bautizar válidamente si
adhiere a la materia y forma adecuada del sacramento y si tiene la intención de
hacer lo que hace la Iglesia.
Papa
Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Exultate Deo”, 1439: “Pero en caso
de necesidad, no sólo puede bautizar el sacerdote o el diácono, sino también un
laico y una mujer y hasta un pagano y hereje, con tal de que guarde la forma de
la Iglesia y tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia”[114].
La
Iglesia siempre ha enseñado que los niños bautizados en las iglesias heréticas
y cismáticas se hacen católicos, miembros de la Iglesia y sujetos al Romano
Pontífice, incluso si las personas que los bautizan son herejes que están fuera
de la Iglesia católica. Esto se debe a que el niño, siendo menor de la edad de
la razón, no puede ser un hereje o cismático. Él no puede tener un obstáculo
que impida al bautismo hacerlo un miembro de la Iglesia.
Papa Paulo III, Concilio de Trento, sesión 7, canon 13
sobre el sacramento del bautismo: “Si alguno dijere que los párvulos por
el hecho de no tener el acto de creer no han de ser contados entre los
fieles después de recibido el bautismo (…) sea anatema”[115].
Esto significa que todos los niños bautizados, estén
donde estén, incluso los bautizados en iglesias heréticas no católicas por
ministros herejes, se hacen miembros de la Iglesia católica. Ellos también
están sujetos al Romano Pontífice (si lo hay) como
vimos anteriormente en la enseñanza del Papa León XIII. Pero, ¿en qué momento
este niño católico bautizado se convierte en un no católico – separándose de la
Iglesia y de la sumisión al Romano Pontífice–? Después que el niño bautizado
llega a la edad de la razón, él o ella se convierte en un hereje o cismático y
rompe su pertenencia a la Iglesia y corta su sujeción al Romano Pontífice cuando
él o ella rechaza obstinadamente cualquier enseñanza de la Iglesia
católica o pierde la fe en los misterios esenciales de la Trinidad y la
Encarnación.
Papa
Clemente VI, Super quibusdam, 20 de septiembre de 1351: “Preguntamos: Primeramente,
si creéis tú y la Iglesia de los armenios que te obedece que todos aquellos
que en el bautismo recibieron la misma fe católica y después se apartaron o en
lo futuro se aparten de la comunión de la misma fe de la Iglesia romana que
es la única católica, son cismáticos y herejes, si perseveran obstinadamente
divididos de la fe de la misma Iglesia romana. En segundo lugar
preguntamos si creéis tú y los armenios que te obedecen que ningún hombre
viador podrá finalmente salvarse fuera de la fe de la misma Iglesia y de la
obediencia de los Romanos Pontífices”[116].
Por tanto, hay que tener claro los siguientes
puntos: 1) Los no bautizados (judíos, musulmanes, paganos, etc.) deben todos
unirse a la Iglesia católica recibiendo el bautismo y la fe católica o todos se
perderán. 2) Todos los niños bautizados, son católicos, miembros de la Iglesia
y sujetos al Romano Pontífice por el bautismo. Sólo se separan de esa
pertenencia (que ellos ya poseen) cuando rechazan obstinadamente
cualquier dogma o crean algo contrario a los misterios esenciales de la
Trinidad y la Encarnación. En la enseñanza del Papa Clemente VI, vemos enseñado
claramente este segundo punto: todos los que reciben la fe católica en el
bautismo, pierden esa fe y se convierten en cismáticos y herejes si ellos “si
perseveran obstinadamente divididos de la fe de la misma Iglesia romana”.
El hecho es que todos los protestantes que rechazan
a la Iglesia católica o sus dogmas sobre los sacramentos, el papado, etc., se
han separado obstinadamente de la fe de la Iglesia romana y por ello han roto
su pertenencia a la Iglesia de Cristo. Lo mismo ocurre con los “ortodoxos
orientales” que rechazan obstinadamente los dogmas sobre el papado y la infalibilidad
papal. Ellos necesitan convertirse a la fe católica para salvarse.
14.
El bautismo de deseo y el bautismo de sangre – Tradiciones erróneas de los
hombres
En este documento, he demostrado
que la Iglesia católica enseña infaliblemente que el sacramento del bautismo es
necesario para la salvación. También he demostrado que sólo por la recepción
del sacramento del bautismo es que uno se incorpora a la Iglesia católica,
fuera de cual no hay salvación. También he demostrado que la Iglesia católica
enseña infaliblemente que las palabras de Jesucristo en Juan 3, 5 – En verdad, en verdad te digo, que quien no
renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios
– deben ser entendidas literalmente: según están escritas. Esta es la enseñanza infalible de la Iglesia y excluye cualquier
posibilidad de salvación sin haber renacido del agua y del Espíritu Santo.
Sin embargo, a través de la historia de la Iglesia, muchos han creído en las
teorías llamadas bautismo de deseo y bautismo de sangre, esto es, que el deseo
por el sacramento del bautismo o el martirio de por la fe suple la falta de
renacer del agua y del Espíritu Santo. Aquellos que creen en el bautismo de sangre
y en el bautismo de deseo plantean algunas objeciones a la necesidad absoluta
de recibir el sacramento del bautismo para la salvación. Por consiguiente, con
el fin de ser exhaustivo, responderé a todas las principales objeciones hechas
por los defensores del bautismo de deseo y del bautismo de sangre, y en el
proceso, voy a dar una visión general de la historia de los errores del
bautismo de deseo y del bautismo de sangre. Al hacer esto, demostraré que ni el
bautismo de sangre, ni el bautismo de deseo son una enseñanza de la Iglesia
católica.
LOS PADRES SON
UNÁNIMES DESDE EL PRINCIPIO SOBRE EL BAUTISMO DE AGUA
En el primer milenio de la
Iglesia vivieron cientos de hombres santos que son llamados “Padres de la
Iglesia”. Tixeront, en su obra Handbook
of Patrology [Manual de la Patrología], abarca más de quinientos cuyos
nombres y escritos han llegado hasta nosotros[117]. Los
Padres (o los primeros prominentes escritores cristianos católicos) desde el
principio son unánimes en que nadie entra en el cielo o se libera del pecado
original sin el bautismo en agua.
En la carta de Bernabé, de
fecha tan temprana como el año 70 d.C., se lee:
“… nosotros
bajamos al agua rebosando pecados y suciedad, y subimos llevando fruto en
nuestro corazón…”[118].
En 140 d.C., el
Padre primitivo de la Iglesia, Hermas, cita a Jesús en Juan 3, 5, y escribe:
“Ellos tenían que salir a través del
agua, para que pudieran recibir la vida; porque de otro modo no habrían podido entrar en el reino de Dios”[119].
Esta afirmación es
obviamente una paráfrasis de Juan 3, 5; lo que demuestra que, desde el comienzo
de la era apostólica, era creído y enseñado por los Padres que nadie podía
entrar en el cielo sin haber renacido del
agua y del Espíritu fundamentándose específicamente en la declaración de
nuestro Señor Jesucristo en Juan 3, 5.
En 155 d.C., el
mártir San Justino escribe:
“… los llevamos a un lugar donde hay agua,
y allí ellos renacen del mismo modo de renacimiento en que renacimos (…) en el
nombre de Dios, (…) ellos reciben el lavatorio de agua. Porque Cristo dijo: ‘Si
no renaciereis, no entraréis en el reino de los cielos’. La razón para
hacer esto lo aprendimos de los apóstoles”[120].
Nótese que San Justino
Mártir, como Hermas, también cita las palabras de Jesús en Juan 3, 5, y, en
base a las palabras de Cristo, enseña que es de la tradición apostólica que
nadie en absoluto puede entrar al cielo sin haber renacido del agua y del
Espíritu Santo en el sacramento del bautismo.
En su diálogo con el judío
Trifón, también el 155 d.C., San Justino Mártir escribe:
“… apresuraos en aprender de qué forma
obtendrás el perdón de los pecados y una esperanza de la herencia. No hay otra manera que esta:
reconocer a Cristo, ser lavado en el lavatorio anunciado por Isaías [el
bautismo]…”[121].
En 180 d.C., San
Ireneo escribe:
“… dando a los discípulos el poder de la
regeneración en Dios, Él les dijo: ’Id y enseñad a todas las naciones, bautizándolas’ (…) Al igual que el
trigo seco sin humedad no puede convertirse en masa o pan, así también, nosotros, siendo muchos, no podemos ser uno
en Jesucristo, sin el agua del cielo (…) Nuestros cuerpos logran la
unidad a través del lavado (…) las almas, sin embargo, por medio del Espíritu. Ambos son, pues, necesarios”[122].
Aquí vemos de nuevo un
claro anuncio de la tradición constante y apostólica de que nadie se salva sin
el sacramento del bautismo, nada menos que del gran padre apostólico San
Ireneo, en el siglo segundo. San Ireneo conoció a San Policarpo y San Policarpo
conoció al mismo apóstol San Juan.
En 181 d.C., San
Teófilo continúa la tradición:
“… aquellas cosas que fueron creadas de las
aguas fueron bendecidas por Dios, para que esto pudiera ser también un signo de
que los hombres en el futuro
recibirán el arrepentimiento y el perdón de los pecados a través del agua y el
baño de la regeneración…”[123].
En 203 d.C.,
Tertuliano escribe:
“…
de hecho, está prescrito que nadie puede alcanzar la salvación sin el bautismo,
especialmente en vista de la declaración del Señor, que dice: ‘Si uno no renaciere del agua y del Espíritu
Santo no entrará en el reino de los cielos’ [Juan 3, 5]…”[124].
Nótese cómo Tertuliano
afirma la misma tradición apostólica de que nadie se salva sin el bautismo en
agua basada en las palabras de Jesús mismo.
Tertuliano escribe además
en 203 d.C.:
“Un tratado sobre nuestro sacramento de
agua, por el cual son lavados los pecados de nuestra ceguera anterior (…) ni podemos ser salvos de otra manera,
sino permaneciendo permanentemente en el agua”[125].
El bautismo también se ha llamado
desde los tiempos apostólicos el sello, el signo y la iluminación, porque sin
este sello, signo o iluminación a nadie se le perdona el pecado original o es
signado como miembro de Jesucristo.
“Es Dios quien a nosotros y a vosotros nos confirma
en Cristo, nos ha ungido, nos ha signado
y ha depositado las arras del Espíritu en nuestros corazones (2 Cor. 1,
21-22)”.
Ya en 140 d.C.,
Hermas había enseñado esta verdad – que el bautismo es el sello – transmitida
por los Apóstoles de Jesucristo.
Hermas, 140 d.C.: “… antes que un hombre
lleve el nombre del Hijo de Dios, está muerto; pero cuando recibe el sello, deja a un lado la mortalidad y
recibe de nuevo la vida. El sello, por tanto, es el agua. Ellos se
sumergen muertos en el agua y salen vivos de ella”[126].
En la famosa obra titulada
La Segunda Epístola de Clemente a los
Corintios, 120-170 d.C., Hermas dice:
“Para
aquellos que no han llevado el sello del
bautismo, ‘su gusano no morirá, y su fuego no se extinguirá’”.[127]
San Efraín, 350 d.C.: “… somos ungidos en el bautismo, por el que tenemos su sello”[128].
San Gregorio de Nisa, 380 d.C.:
“¡Apresuraos, oh ovejas, hacia el signo
de la cruz y el sello [bautismo], que os salvará de vuestra miseria!”[129].
San Clemente de
Alejandría, 202 d.C.:
“Cuando somos bautizados, somos iluminados.
Al ser iluminados, somos adoptados como hijos (…) Esta obra se llama
indistintamente gracia, iluminación, perfección, lavado. Se trata de un lavado
por la que somos limpiados de los pecados…”[130].
Orígenes, 244 d.C.:
“La Iglesia ha recibido de los Apóstoles la
tradición de dar el bautismo, incluso a los niños (…) en todos están las
manchas innatas del pecado, que deben
ser lavadas por el agua y el Espíritu”[131].
San Afraates, el mayor de
los Padres sirios, escribe en el 336 d.C.:
“Esta, entonces, es la fe: que el hombre
cree en Dios (…) en su Espíritu (…) en su Cristo (…) También, que el hombre
cree en la resurrección de la muerte, y,
además, cree en el sacramento del bautismo. Esta es la creencia de la
Iglesia de Dios”[132].
Además, el mismo Padre
sirio escribe:
“Pues por el bautismo recibimos el Espíritu
de Cristo (…) Porque el Espíritu está
ausente de todos los que han nacido de la carne, hasta que lleguen a las
aguas del renacimiento”[133].
Aquí vemos, en los escritos
de San Afraates, la misma enseñanza de la tradición sobre la necesidad absoluta
del bautismo de agua para la salvación, basada en las palabras de Cristo en
Juan 3, 5.
San Cirilo de Jerusalén,
350 d.C.:
“Él dice, ’El que no renaciere’ – y agrega las palabras ‘del agua y del Espíritu’ – no
podrá entrar en el reino de Dios… si un hombre es virtuoso en sus actos,
pero no recibe el sello a través del agua, no entrará en el reino de los
cielos. Un dicho audaz, pero no el mío, porque
es Jesús el que lo ha declarado”[134].
Vemos que San Cirilo
continúa la tradición apostólica de que nadie entra al cielo sin haber renacido
del agua y del Espíritu; nuevamente en una comprensión absoluta de las propias
palabras de nuestro Señor en Juan 3, 5.
San Basilio Magno, 355
d.C.:
“¿De dónde es que somos cristianos? A
través de la fe, responderán todos. ¿Cómo
somos salvos? Renaciendo en la
gracia del bautismo (…) Porque
es la misma pérdida para cualquiera que deja esta vida sin haber sido
bautizado, que recibir un bautismo en que se ha omitido alguna cosa que ha sido
trasmitida”[135].
San Gregorio de Elvira, 360
d.C.:
“Cristo es llamado la Red, porque a través
de Él y en Él la diversa multitud de los
pueblos son reunidos del mar del mundo, a través del agua del bautismo y
en la Iglesia, de donde se hace una diferencia entre el bueno y el malo”[136].
San Efraín, 366 d.C.:
“Esto es lo que profesa la sagrada Iglesia
católica. En esta misma Santísima
Trinidad ella bautiza hacia la vida eterna”[137].
Papa San Dámaso, 382
d.C.:
“Esta,
entonces, es la salvación de los
cristianos: creer en la Trinidad, es decir, en el Padre, y en el Hijo y en
el Espíritu Santo, y bautizados en
ella…”[138].
San Ambrosio, 387 d.C.:
“… nadie
asciende al reino de los cielos, sino por el sacramento del bautismo”[139].
San Ambrosio, 387 d.C.:
“‘Quien
no renace del agua y del Espíritu Santo, no podrá entrar el reino de Dios’. Nadie está exento: ni el
infante, ni el que está impedido por alguna necesidad”[140].
San Ambrosio, De mysterii, 390-391 d.C.:
“Habéis leído, por tanto, que los tres
testigos en el bautismo son uno: el agua, la sangre y el espíritu, y si se
retira uno de ellos, el sacramento del bautismo no es válido. Porque, ¿qué es
el agua sin la cruz de Cristo? Un elemento común sin ningún efecto sacramental.
Por otra parte, tampoco hay misterio
alguno de la regeneración sin el agua: porque ‘si no renacéis del agua y el
Espíritu, no podéis entrar en el reino de Dios’ [Juan 3, 5]. Hasta un catecúmeno cree en la cruz del Señor Jesús, por la cual
él también es signado, pero, a menos que fuere bautizado en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo, no
puede recibir la remisión de los pecados ni ser beneficiario del don de
la gracia espiritual”[141].
San Juan Crisóstomo, 392
d.C.:
“¡Llorad por los incrédulos; llorad por los
que no difieren de ellos un ápice, aquellos que van, por lo tanto, sin iluminación, sin el sello! (…) Ellos
están fuera de la magnífica ciudad (…) con los condenados. ‘En verdad, os digo, que quien no renace del
agua y el Espíritu, no entrará en el reino de los cielos’”[142].
San Agustín, 395 d.C.:
“… Dios
no perdona los pecados, excepto a los bautizados”[143].
Papa San Inocencio, 414
d.C.:
“Puesto que vuestra fraternidad hace valer
la predicación de los pelagianos, de que
incluso sin la gracia del bautismo los niños pueden ser premiados con las
recompensas de la vida eterna, es bastante estúpido”[144].
Papa San Gregorio Magno, 590
d.C.:
“El
perdón del pecado se nos ha dado únicamente por el bautismo de Cristo”[145].
Teofilacto, patriarca de
Bulgaria, 800 d.C.:
“El
que creyere y fuere bautizado, será salvo. No basta creer; el que cree, y aún no está bautizado, sino sólo es un
catecúmeno, aún no ha adquirido la salvación”[146].
Podrían citarse muchos
otros pasajes de los Padres, sin embargo es un hecho que los Padres de la
Iglesia son unánimes desde el comienzo de la era apostólica – basados en las
palabras de Jesucristo en Juan 3, 5 –, de que nadie en absoluto puede ser salvo
sin recibir el sacramento del bautismo. El eminente erudito patrístico, el P.
William Jurgens, quien literalmente ha leído miles de textos de los Padres
(a pesar que cree en el bautismo de deseo), en sus tres volúmenes sobre los
Padres de la Iglesia, se vio obligado
a admitir lo siguiente:
P. William Jurgens: “Si no hubiese una tradición constante
en los Padres de que el mensaje evangélico de ‘Quien no renaciere del agua y el Espíritu Santo, no puede entrar en el
reino de Dios’ debe ser tomado en absoluto, sería fácil decir que
nuestro Salvador simplemente no consideró oportuno mencionar las excepciones
obvias de la ignorancia invencible y de la imposibilidad física. Pero la tradición, de hecho está ahí,
y es bastante probable que se encuentre tan constante como para constituir
revelación”[147].
El eminente erudito P.
Jurgens está admitiendo aquí tres cosas importantes:
1)
Los padres son constantes
en su enseñanza de que Juan 3, 5 es absoluta y sin excepciones, es decir,
absolutamente nadie entra en el cielo sin haber renacido del agua y del
Espíritu;
2)
Los padres son tan
constantes en este punto que probablemente constituye revelación divina, sin
siquiera considerar la enseñanza infalible de los Papas;
3)
La enseñanza constante de
los Padres, de que todos deben recibir el bautismo de agua para la salvación –
a la luz de Juan 3, 5 –, excluye las excepciones para los casos de “ignorancia
invencible” o “imposibilidad física”.
Y basada en esta verdad,
declarada por Jesucristo en el Evangelio (Juan 3, 5), trasmitida por los Apóstoles
y enseñada por los Padres, la Iglesia católica – como ya hemos visto – ha
definido infaliblemente como dogma que absolutamente nadie entra en el cielo
sin el sacramento del bautismo.
Papa Paulo III, Concilio de Trento, sesión 7, can. 5 sobre
el sacramento del bautismo, ex cathedra: “Si alguno dijere que el
bautismo [el sacramento] es libre, es decir, no necesario para la salvación,
sea anatema”[148].
Pero, como ocurre con
muchas otras materias, no todos los Padres permanecían consistentes en sus propias
afirmaciones acerca de la necesidad absoluta del bautismo de agua para la
salvación.
A pesar que existe desde
el principio una tradición constante de que en absoluto no hay salvación sin el
bautismo de agua, no todos los Padres fueron siempre consistentes con sus propias
afirmaciones sobre este punto. Y ahí es
donde nos topamos con las teorías del “bautismo de sangre” y del “bautismo de
deseo”, cada una de las cuales se discutirá en su momento. Pero hay que
entender que los Padres de la Iglesia en muchos aspectos se equivocaban
y eran inconsistentes con sus propias enseñanzas y la tradición apostólica; ya
que eran hombres falibles que cometieron algunos errores.
P. William Jurgens: “… hay que destacar que
un texto patrístico particular [una
declaración particular de un Padre] en ningún caso debe considerarse como una
‘prueba’ de una doctrina particular. Los dogmas no se ‘prueban’ por las
declaraciones patrísticas, sino por los instrumentos de la enseñanza infalible
de la Iglesia. El valor de los Padres y escritores es este: que en su
conjunto [es decir, en su totalidad], ellos demuestran lo que la Iglesia cree y
enseña; y además, en su conjunto [en su totalidad], ellos dan un testimonio
del contenido de la tradición, esa tradición que es en sí misma un vehículo de
la revelación”[149].
Los Padres de la Iglesia
sólo son testigos ciertos de la tradición cuando expresan un punto creído universal
y constantemente o cuando expresan algo que está en consonancia con el dogma
definido. Pero, tomados individualmente o incluso de a varios, existe la
posibilidad que ellos puedan estar equivocados o incluso ser peligrosos en
algunas opiniones. San Basilio Magno dijo que el Espíritu Santo está en segundo
orden y dignidad después del Hijo de Dios en un intento fallido e incluso
herético de explicar la Santísima Trinidad.
San Basilio, 363: “El Hijo no está, sin
embargo, en segundo lugar al Padre en naturaleza, porque la divinidad es una en
cada uno de ellos, y claramente también, en el Espíritu Santo, aun cuando en
el orden y la dignidad, Él es segundo al Hijo (¡sí, esto lo admitimos!),
aunque no de esa manera, es claro, que Él sea de otra naturaleza”[150].
Cuando San Basilio dice
aquí que la divinidad es una en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, él está
afirmando la tradición universal y apostólica de manera correcta. Pero cuando
dice que el Espíritu Santo es el segundo en dignidad,
deja de seguir siendo coherente con esta tradición y cae en el error (de hecho,
en herejía material). Y es un hecho que los Padres cometieron varios errores al
tratar de defender o expresar la fe.
San Agustín escribió un
libro entero de correcciones. San Fulgencio y una multitud de otros, entre
ellos San Agustín, declaró que él estaba seguro que los niños que mueren sin el bautismo descienden a los fuegos del
infierno, una posición que más tarde fue condenada por el Papa Pío VI. El
Papa Pío VI confirmó que los niños no bautizados van al infierno, pero van un
lugar en el infierno donde no hay fuego[151].
Pero San Agustín era tan
abierto a favor de este error que se convirtió en la enseñanza común y
básicamente incuestionada durante más de 500 años, según la Enciclopedia Católica.
Enciclopedia Católica, vol. 9, “Limbo”, p.
257: “Sobre la cuestión especial, sin
embargo, del castigo del pecado original después de la muerte, San Anselmo
junto con San Agustín consideraba que los niños no bautizados compartían los
sufrimientos positivos de los condenados, y Abelardo fue el primero en
rebelarse contra la severidad de la tradición agustiniana sobre este punto”[152].
Por esta razón es que los
católicos no forman conclusiones doctrinarias definitivas a partir de la
enseñanza de un Padre de la Iglesia o de un puñado de Padres. Un católico debe
seguir la enseñanza infalible de la Iglesia, proclamada por los Papas, y un católico
debe asentir a la enseñanza de los Padres de la Iglesia cuando ellos se
encuentran en conformidad universal y constante desde el principio y de
acuerdo con la enseñanza católica dogmática.
Papa Benedicto XIV, Apostolica, # 6, 26 de junio de 1749: “La sentencia de la Iglesia es preferible a
la de un Doctor conocido por su santidad y enseñanza”[153].
Papa Alejandro VIII, Contra los errores de los jansenistas,
# 30: “Siempre que uno hallare una
doctrina claramente fundada en Agustín, puede mantenerla y enseñarla
absolutamente, sin mirar a bula alguna del Pontífice – Condenado”[154].
Papa Pío XII, Humani generis, # 21, 12 de agosto de
1950: “Y el divino Redentor no ha
confiado, la interpretación auténtica de este depósito a cada uno de los
fieles, ni aun a los teólogos, sino sólo al magisterio de la Iglesia”[155].
La Iglesia católica no
reconoce infalibilidad en ningún santo, teólogo o Padre de la Iglesia
primitiva. Sólo un Papa operante con la autoridad del magisterio está protegido
por el Espíritu Santo de no enseñar error en la fe o las costumbres. Por tanto
está demostrado cómo es 100% consistente con la enseñanza de la Iglesia (que
siempre ha reconocido que todo eclesiástico, no importa cuán grande sea, puede
cometer algunos errores, incluso importantes) el que algunos eclesiásticos
hayan errado en los temas del bautismo de deseo y de sangre. Finalmente, después de lidiar con el
bautismo de deseo y de sangre, voy a citar a un Papa, quien también es uno de
los primeros Padres de la Iglesia, cuya enseñanza pone fin a todo el debate
sobre el tema. Ahora voy a discutir el bautismo de sangre y el bautismo de
deseo.
LA TEORÍA DEL
BAUTISMO DE SANGRE – UNA TRADICIÓN DEL HOMBRE
Un pequeño número de los
Padres – aproximadamente 8 de un total
de cientos – son citados a favor del llamado “bautismo de sangre”: la idea
de que el catecúmeno, es decir, quien se prepara para recibir el bautismo
católico, que derrama su sangre por Cristo puede salvarse sin haber recibido el
sacramento del bautismo. Es fundamental tener primero en cuenta de que ninguno de los Padres consideraba a nadie más
que a un catecúmeno como la posible excepción a la recepción del sacramento
del bautismo: todos ellos condenarían y rechazarían como herética y ajena a la
enseñanza de Cristo la herejía moderna de la “ignorancia invencible”, que
salva a los que mueren en las otras religiones. Por lo tanto, de todos los
Padres, sólo unos 8 se citan a favor del bautismo de sangre para los
catecúmenos. Y, sólo un Padre de
cientos, San Agustín, puede citarse enseñando de la manera más clara lo que hoy
se llama “bautismo de deseo”: la idea de que un catecúmeno pueda salvarse
por su deseo explícito por el bautismo en agua. Esto significa que todos, de
los pocos Padres que creían en el bautismo de sangre, excepto San Agustín, rechazaron
el concepto del bautismo de deseo. Por ejemplo, tomemos a San Cirilo de
Jerusalén.
San Cirilo de Jerusalén, 350 d.C.: “Si alguno no recibe el bautismo, no
obtiene la salvación. Sólo se exceptúan los mártires…”[156].
Aquí vemos que San Cirilo
de Jerusalén creía en el bautismo de sangre pero rechazaba el bautismo de
deseo. San Fulgencio expresó lo mismo.
San Fulgencio, 523: “A partir del momento en
que nuestro Salvador dijo: ‘Si alguno no
renace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos’,
nadie puede [salvarse], sin el sacramento del bautismo, con excepción de
aquellos que, en la Iglesia católica, sin el bautismo derraman su sangre por
Cristo…”[157].
Aquí vemos que San
Fulgencio creía en el bautismo de sangre, pero rechazaba la idea del bautismo
de deseo. Y lo irónico y particularmente deshonesto es que los apologistas del
bautismo de deseo (como los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío
X) citan estos textos patrísticos (como los dos anteriores) en sus libros
escritos para probar el bautismo de deseo,
sin señalar a sus lectores que estos pasajes realmente niegan el bautismo de
deseo, porque podemos ver que San Fulgencio, mientras expresa la creencia en el
bautismo de sangre, rechaza el bautismo de deseo, permitiendo sólo a los
mártires como una posible excepción de recibir el bautismo. (¿Qué diría San
Fulgencio acerca de la versión moderna de la herejía del bautismo de deseo,
también enseñada por los sacerdotes de la FSSPX, SSPV, CMRI, etc. por el cual
los judíos, los musulmanes, los hindúes y los paganos pueden salvarse sin el
bautismo?).
San Fulgencio, Sobre el Perdón de los Pecados, 512 d.C.: “Cualquiera que esté fuera de esta Iglesia, que recibió las llaves
del reino de los cielos, está caminando un camino no en dirección al cielo,
sino al infierno. Él no se está dirigiendo a la casa de la vida eterna, sino
que se apresura al tormento de la muerte eterna”[158].
San Fulgencio, La Regla de la Fe, 526 d.C.: “Mantengan muy firmemente y nunca
duden en lo más mínimo que no sólo todos los paganos, sino también todos los
judíos y todos los herejes y cismáticos que terminan esta vida presente fuera
de la Iglesia católica están a punto de ir al fuego eterno que fue preparado para el diablo y sus
ángeles”[159].
Podemos ver que San
Fulgencio hubiera condenado severamente – como todos los otros Padres – a los
herejes modernos que sostienen que pueden salvarse los que mueren como no católicos.
Pero lo más interesante de
esto es que en el mismo documento
en el que San Fulgencio expresa su error sobre el bautismo de sangre (ya
citado), él comete un error diferente y significativo.
San Fulgencio, 523: “Mantengan muy firmemente y nunca duden en lo más mínimo que no
solamente los hombres que tienen el uso de la razón, sino incluso los niños que (…) de
pasar de este mundo sin el sacramento del santo bautismo (…) han de ser
castigados en el tormento eterno del fuego eterno”[160].
San Fulgencio dice “Mantengan muy firmemente y nunca duden”
que los niños que mueren sin el bautismo han “de ser castigados en el tormento eterno del fuego eterno”. Esto es
incorrecto. Los niños que mueren sin el bautismo descienden al infierno, pero a
un lugar en el infierno donde no hay fuego (Papa Pío VI, Auctorem fidei)[161].
Por lo tanto, San
Fulgencio demuestra que su opinión en favor del bautismo de sangre es bastante
falible al cometer un error diferente en el mismo documento. Es muy
notable, de hecho, que en casi todos los
casos, cuando un Padre de la Iglesia u otra persona expresa su error sobre el
bautismo de sangre o el bautismo de deseo, ese mismo Padre o esa misma persona
comete, como veremos, otro error significativo en su misma obra.
También es importante
señalar que algunos de los Padres utilizan el término “bautismo de sangre” para
describir el martirio católico de quien ya está bautizado, no como un posible reemplazo para el bautismo en agua. Este
es el único uso legítimo del término.
San Juan Crisóstomo, El Panegírico de San Luciano, siglo 4
d.C.: “No se sorprendan que yo llame a un martirio como un bautismo, porque
aquí también el Espíritu viene a toda prisa y hay una remisión de los pecados y
una limpieza maravillosa y admirable del alma, y así como los que son
bautizados se lavan en agua, así también los que son martirizados se lavan en
su propia sangre”[162].
San Juan describe aquí el
martirio del sacerdote San Luciano, una persona ya bautizada. Él no está
diciendo que el martirio reemplaza el bautismo. San Juan Damasceno lo describe
de la misma manera:
San Juan Damasceno: “Estas cosas
fueron bien comprendidas por nuestros santos e inspirados Padres; ellos se
esforzaron, después del santo
bautismo, en mantenerlo (…) sin mancha y sin mácula. De dónde algunos
de ellos también creyeron estar en condiciones de recibir el otro bautismo: quiero decir de
aquel que es por la sangre y el martirio”[163].
Esto es importante porque
muchos estudiosos deshonestos de hoy (como los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal
San Pío X) distorsionan la enseñanza en este punto; ellos citan un pasaje sobre
el bautismo de sangre donde San Juan simplemente habla del bautismo de sangre
como un martirio católico para aquel que ya ha sido bautizado, y ellos lo
presentan como si estuviera enseñando que el martirio puede reemplazar el
bautismo – cuando tal cosa no es declarada en ninguna parte –.
Algunos pueden preguntarse
por qué fue utilizado el término bautismo
de sangre. Creo que la razón del uso del término “bautismo de sangre” por
algunos de los Padres era porque nuestro Señor describe su Pasión como un
bautismo en Marcos 10, 38-39.
Marcos 10, 38-39: “Jesús les respondió: ¡No sabéis lo que pedís! ¿Podéis beber el
cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que yo he de ser
bautizado? Le contestaron: Sí que podemos. Les dijo Jesús: El cáliz que yo he
de beber, lo beberéis, y con el bautismo con que yo he de ser bautizado, seréis
bautizados vosotros”.
Vemos en el pasaje
mencionado, que nuestro Señor, si bien ya había sido bautizado por San Juan en
el Jordán, se refiere a otro bautismo que Él ha de recibir. Éste es su martirio
en la cruz, y no un sustituto del bautismo de agua. Es su “segundo bautismo”,
si se quiere, no el primero. Por lo tanto, nuestro Señor describe el bautismo
de sangre de la misma forma como lo hace San Juan Damasceno, esto es, no
significa un sustituto del bautismo de una persona no bautizada, sino más bien
un martirio católico, que remite toda la culpa y el castigo por el pecado.
El término bautismo se utiliza en una variedad de
maneras en las Escrituras y por los Padres de la Iglesia. Los bautismos: de
agua, de sangre, del espíritu, de Moisés y de fuego son todos términos que han
sido implementados por los Padres de la Iglesia para caracterizar ciertas
cosas, pero no necesariamente para describir que un mártir no bautizado puede
alcanzar la salvación. Léase el versículo de la Escritura que dice cómo el
término bautismo era usado por los
antepasados del Antiguo Testamento:
1 Cor. 10, 2-4: “Y todos bajo Moisés fueron BAUTIZADOS en la nube y en el mar;
todos comieron el mismo manjar espiritual, y todos bebieron la misma bebida
espiritual (porque ellos bebían agua que salía de la misteriosa roca, y los iba
siguiendo y la roca era Cristo)”.
Creo que esto explica el
por qué un número de los Padres erraron
al creer que el bautismo de sangre suplía el bautismo de agua. Ellos reconocían
que nuestro Señor se refería a su propio martirio como un bautismo, y ellos concluyeron
erróneamente que el martirio por la verdadera fe podía servir como un sustituto
de renacer del agua y del Espíritu Santo. Pero la realidad es que no hay
excepciones en las palabras de nuestro Señor en Juan 3, 5, como la enseñanza
infalible de la Iglesia católica lo confirma. Toda persona de buena voluntad que esté dispuesta a derramar su sangre
por la verdadera fe no será privada de estas aguas que salvan. No es nuestra
sangre, sino la sangre de Cristo en la Cruz, que se nos ha comunicado en el sacramento
del bautismo, la que nos libera del estado de pecado y nos permite entrar en el
reino de los cielos (más sobre esto más adelante).
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Cantate Domino”, ex cathedra: “Y que nadie,
por más limosnas y obras de caridad que hiciere, aun cuando derramare su
sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en
el seno y unidad de la Iglesia católica”[164].
LAS DOS PRIMERAS DECLARACIONES SOBRE
EL BAUTISMO DE SANGRE
Dos de las pocas
declaraciones de Padres que pueden citarse a favor del bautismo de sangre como
posible sustituto del bautismo real vienen de San Cipriano y Tertuliano.
San Cipriano, a Jubaianus, 254 d.C.: “Los catecúmenos que sufren el martirio antes de haber recibido el
bautismo con agua no son privados del sacramento del bautismo. Más bien,
son bautizados con el más glorioso y grandioso bautismo de sangre…”[165].
Examinemos este pasaje. Si
bien enseña el bautismo de sangre, nótese que San Cipriano comete un error
significativo en la misma frase. Él dice:
“Los
catecúmenos que sufren el martirio antes de haber recibido el bautismo con agua
no son privados del sacramento del bautismo”.
Esto es completamente
erróneo, incluso desde el punto de vista de los defensores del bautismo de
sangre y de deseo. Todos los defensores del bautismo de deseo y de sangre
admiten que ninguno de los dos es un sacramento, porque no confieren el
carácter indeleble que imprime en el alma el sacramento del bautismo. Por lo
tanto, incluso los defensores más firmes del bautismo de sangre admitirían que
las palabras de San Cipriano aquí están erradas. Por lo tanto, en la misma frase en que San Cipriano enseña el
error del bautismo de sangre, comete un error significativo al explicarlo – él
lo llama “sacramento del bautismo” –. ¿Qué otra prueba más se necesitaría para
demostrar a los liberales que la enseñanza individual de los Padres no es
infalible y no representa la tradición universal e incluso puede ser peligrosa,
si se mantiene obstinadamente? ¿Por qué citan estos pasajes tan erróneos para
intentar “enseñar” a los fieles cuando ni siquiera están de acuerdo con ellos?
Por otra parte, ¡los
errores de San Cipriano en este mismo documento (a Jubaianus) no terminan aquí! En el mismo documento, San Cipriano
enseña que los herejes no pueden administrar el bautismo válido.
San Cipriano, a Jubaianus, 254: “… con respecto a lo que yo podría pensar sobre
el asunto del bautismo de los herejes (…) Este bautismo no podemos
reconocerlo como válido…”[166].
Esto también es
completamente erróneo, ya que el Concilio de Trento definió que los herejes,
siempre y cuando cumplan la materia y la forma correcta, confieren válidamente
el bautismo. ¡Pero en realidad San Cipriano sostuvo que era de tradición
apostólica que los herejes no podían conferir un bautismo válido! Y esta
falsa idea fue rechazada en aquel entonces por el Papa San Esteban y más tarde
condenada por la Iglesia católica. ¡Esto en cuanto a la afirmación de que la
carta a Jubainaus de San Cipriano es
una representación segura de la tradición apostólica! De hecho, San Cipriano y
otros 30 obispos declararon en un concilio regional, en 254 d.C.:
“Nos (…) juzgamos y mantenemos como cierto
que nadie más allá de los límites [es decir, fuera de la Iglesia] es capaz de
ser bautizado…”[167].
Esto demuestra una vez más
el punto: Jesucristo sólo le dio la infalibilidad a San Pedro y sus sucesores
(los Papas).
Lucas 22, 31-32: “Simón, Simón, Satanás os busca para zarandearos como trigo; pero yo he rogado por ti para que no
desfallezca tu fe, y tú, una vez convertido confirma a tus hermanos”.
Jesucristo no dio la fe
indefectible a los obispos, a los teólogos ni a los padres de la Iglesia, Él
sólo la prometió a Pedro y a sus sucesores cuando hablan desde la Cátedra de
Pedro o cuando proponen una doctrina que debe ser creída como divinamente
revelada por todos los fieles.
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, 1870, ex cathedra:
“Así, pues, este carisma de la verdad Y DE LA FE NUNCA DEFICIENTE, FUE
DIVINAMENTE CONFERIDO A PEDRO Y A SUS SUCESORES EN ESTA CÁTEDRA…”[168].
Otro Padre primitivo que
se cita con frecuencia a favor del bautismo de sangre es Tertuliano. Su
declaración es la más antigua que se registra de la enseñanza del bautismo de
sangre.
Tertuliano, Sobre el Bautismo, 203 d.C.: “Si ellos pueden ser lavados en
agua, ellos necesariamente deben serlo por la sangre. Este es el bautismo, que
sustituye al de la fuente, cuando no se ha recibido, y lo restaura cuando se ha
perdido”[169].
Pero sabe qué. En la misma
obra en que Tertuliano expresa su opinión a favor del bautismo de sangre, él
también comete un error diferente y significativo. ¡Él dice que los bebés
no deben ser bautizados hasta que sean adultos!
Tertuliano, Sobre el Bautismo, 203 d.C.: “De acuerdo a las circunstancias y la
disposición e incluso la edad de la persona individual, puede ser mejor retrasar el bautismo, y
sobre todo en el caso de los niños pequeños (…) Que vengan, pues, cuando crezcan…”[170].
Esto contradice la
tradición católica universal, recibida de los Apóstoles, y después enseñada
infaliblemente por los Papas de que los niños deben ser bautizados lo más
pronto posible.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, ex cathedra: “En cuanto a los niños (…) no
ha de diferirse el sagrado bautismo…”[171].
Pero además de esto, en la
misma obra Sobre el Bautismo,
Tertuliano en realidad afirma la enseñanza universal de la tradición sobre la
necesidad absoluta del bautismo en agua, que es contraria a la idea del
bautismo de sangre.
Tertuliano, Sobre el Bautismo, 203: “… está, de hecho, prescrito que nadie
puede alcanzar la salvación sin el bautismo, especialmente en vista de esa
declaración del Señor que dice: ‘Si uno no renaciera del agua y del Espíritu
Santo no entrará en el reino de los cielos’ [Juan 3, 5]…”[172].
Por lo tanto, aquellos que
piensan que el bautismo de sangre es una enseñanza de la Iglesia católica, sólo
porque este error fue enseñado por algunos Padres, están simplemente
equivocados, al igual que los Padres que declararon que los niños no bautizados
sufren el fuego del infierno y que los herejes no pueden bautizar válidamente.
La teoría del bautismo de sangre no fue enseñada universal o constantemente en
la tradición católica y nunca ha sido enseñada o mencionado por ninguno Papa,
concilio o en alguna encíclica papal.
Una de las mayores
objeciones por parte de los defensores del bautismo de deseo/sangre es la
afirmación de que la Iglesia católica reconoce santos que nunca recibieron el
sacramento del bautismo. La respuesta a esto es que la Iglesia católica nunca ha reconocido que hay santos en el cielo que
no hayan sido bautizados. Algunos historiadores han escrito relatos de las vidas de algunos
santos en que esos santos murieron sin el bautismo de agua – por el “bautismo
de sangre”–; pero las afirmaciones de esos historiadores no prueban nada.
No toda la información que
rodea la muerte de los mártires es exacta. Por ejemplo, “Según San Ambrosio, Prudencio y el Padre Butler, Santa Inés fue
decapitada. Otros habían dicho que [Santa Inés] fue quemada hasta la muerte.
Nuestro punto es que no todos los datos que figuran en la descripción del
martirio son necesariamente precisos, coherentes, o completos”[173].
Papa San Gelasio, Decretal, 495: “Del mismo
modo las acciones de los santos mártires (…) [las cuales], con singular cautela, como quiera que se ignoran
completamente los nombres de los que las escribieron, no se leen en la
Santa Iglesia romana, a fin de no dar ni la más leve ocasión de burla”[174].
El Papa San Gelasio dice
aquí que los actos y hechos registrados de los mártires son inciertos. Sus
autores son desconocidos, los relatos pueden contener errores y ni siquiera se
leen en la Santa Iglesia romana para evitar el escándalo y la burla que pueda
derivarse de cualquier afirmación falsa contenida en ellos. De hecho, en su obra
The Age of Martyrs [La Edad de los
Mártires], el renombrado abad historiador de la Iglesia, Giuseppe Ricciotti,
dice: “Por guías tenemos los documentos
apropiados. Estos, sin embargo, como ya hemos visto, son a menudo dudosos y nos llevarían por completo por el mal camino.
Especialmente poco fiables son las Actas o Pasiones de los mártires”[175]. La
enseñanza infalible de la Iglesia católica, en cambio, es absolutamente
confiable, y nunca ha enseñado que las almas pueden salvarse por el “bautismo
de sangre” sin el sacramento del bautismo. Así, en resumen, no hay ninguna
prueba de que algún santo mártir de la fe católica no haya nunca recibido el
sacramento del bautismo.
LOS CUARENTA
MÁRTIRES DE SEBASTE
Un ejemplo de cómo los
defensores del bautismo de sangre yerran sobre este asunto es cuando afirman
que el cuadragésimo mártir de Sebaste no estaba bautizado. Ellos dicen que no
estaba bautizado, pero que se unió a los otros treinta y nueve mártires y se
congeló hasta morir en el lago por Cristo. El hecho es que no hay pruebas de
que el cuadragésimo mártir de Sebaste no estuviese bautizado, cuya identidad se
desconoce. Los relatos de la historia revelan que él “gritó con voz alta que
era cristiano”, probablemente porque ya estaba bautizado católico y fue
impulsado al martirio por el ejemplo de los otros treinta y nueve. Además, en
el Martirologio Romano, en la fecha del 9 de septiembre, leemos:
“En Sebaste de Armenia, San Severiano,
siendo soldado del Emperador Licinio, y, visitando
a menudo a los cuarenta mártires presos en la cárcel, fue por orden del
presidente Lisias colgado en el aire con una gran piedra atada a los pies…”[176].
Lo cierto es que Severiano
no fue el cuadragésimo mártir (dada la fecha y circunstancias de su muerte).
Vemos en este relato que otras personas y soldados podían visitar a los
cuarenta en la cárcel. Por lo tanto, los cuarenta mártires fácilmente podrían
haber bautizado a cualquier soldado que mostrase interés y simpatía por su
causa, incluyendo aquel que se unió a
ellos después (si es que todavía no estaba bautizado). Por lo tanto, no hay
nada que pruebe que el cuadragésimo mártir no haya sido bautizado, y sabemos que él lo estaba por la verdad
de nuestra fe. Lo mismo puede decirse de todos de los aproximadamente 20 casos
que son presentados por los defensores del bautismo de sangre.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Exultate Deo”,
22 de noviembre de 1439, ex cathedra:
“Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos, si no renacemos por el agua y el Espíritu,
como dice la Verdad, no podemos entrar en
el reino de los cielos (Juan 3, 5). La materia de este sacramento es el
agua verdadera y natural”[177].
Cito
textualmente, del hermano Robert Mary, el libro Father Feeney and The Truth About Salvation [El Padre Feeney y la
Verdad sobre la Salvación] pp. 173-175, que aclara algunas de las confusiones
que se producen en torno a este tema:
“Ahora vamos a examinar la evidencia
histórica planteada por aquellos que afirman que ‘el bautismo de sangre’ es un
sustituto del sacramento del bautismo (e incluso superior a éste). Esta
evidencia se encuentra en los numerosos escritos que han llegado hasta nosotros
durante los siglos, como se registra en varios martirologios, las actas de los
mártires, las vidas de los santos y fuentes similares. La información más
concisa sobre los mártires se encuentra en los martirologios.
“El actual Martirologio Romano es un catálogo de los santos honrados por la
Iglesia, no sólo aquellos martirizados por la fe. Apareció por primera vez en
1584, y se deriva de martirologios antiguos que existieron en el siglo IV,
además de los registros oficiales y no oficiales tomados de las actas de los mártires
que se remontan al siglo II. Se ha revisado varias veces desde su
primera compilación. Cuando fue destinado a revisar los relatos antiguos, San
Roberto Belarmino tuvo que ser contenido por las supresiones de redacciones
excesivamente escépticas.
“En primer lugar, quienes informaron
por primera vez de las circunstancias de las muertes de los mártires, no tenían
la intención de proporcionar la información de ‘los registros de bautismo’ que
más tarde pudo ser compilada. Si el cronista no hace mención del bautismo del
mártir, no significa necesariamente que nunca haya sido bautizado. Un ejemplo
de ello es el de San Patricio. Él no era un mártir, pero su bautismo nunca fue
registrado. Sin embargo, sabemos positivamente que recibió el sacramento,
puesto que era obispo.
“A continuación, aun cuando un cronista
afirme positivamente que un mártir no haya sido bautizado, debe entenderse en
el sentido de que no ‘estaba registrado’ como si hubiera sido bautizado. En
aquellos tiempos, sobre todo, nadie podía esperar saber con certeza que otro no
hubiera sido bautizado.
“En tercer lugar, si un cronista dice que
un mártir fue ‘bautizado en su propia sangre’, esto no excluye automáticamente
la recepción anterior del sacramento por agua. Cuando Cristo se refirió a su Pasión
venidera como un ‘bautismo’, Él ya había sido bautizado por San Juan en el
Jordán.
“En cuarto lugar, el ‘bautismo de sangre’
debe entenderse como el mayor acto de amor de Dios que un hombre puede hacer.
Dios lo premia con la entrada directa al cielo para aquellos que ya están
bautizados y dentro de la Iglesia: no hay purgatorio; es una confesión
perfecta. Si el ‘bautismo de sangre’ pudiera sustituir a algún sacramento,
ese sería el sacramento de la penitencia, porque la penitencia no obliga como
necesidad de medios, sino sólo de precepto.
“En su libro Church History [Historia de la Iglesia], el Padre John Laux, M. A.,
escribe:
‘Si
él [el cristiano] estaba destinado a perder su vida, se le había enseñado que
el martirio era un segundo bautismo, que lava toda mancha, y que el alma
del mártir estaba segura en la admisión inmediata en la felicidad perfecta del
cielo’.
“En quinto lugar, cuando un mártir se
conoce como un ‘catecúmeno’, no siempre quiere decir que no estuviera
bautizado. Un catecúmeno era una persona que está aprendiendo la fe, como
estudiante en una clase llamada catecumenado, con un maestro llamado
catequista. Que los estudiantes continuasen en sus clases incluso después de
ser bautizados, se confirma de manera concluyente por estas palabras de San
Ambrosio a sus catecúmenos: ‘Sé muy bien que muchas cosas todavía tienen que
ser explicadas. Es posible que les parezca extraño que no se les haya dado una
enseñanza completa sobre los sacramentos antes de que se los bautizara. Sin
embargo, la antigua disciplina de la Iglesia nos prohíbe revelar los misterios
cristianos a los no iniciados. Porque el pleno significado de los sacramentos
no puede ser comprendida sin la luz que ellos mismos derraman en vuestros
corazones’ (Sobre los Misterios y Sobre los Sacramentos, San Ambrosio)”.
Puesto
que los no bautizados no eran considerados parte de los fieles hasta que eran bautizados (siempre se les exigía que se
retirase antes de comenzar la Misa de los fieles), el Hno. Robert Mary está
señalando que algunas personas que habían sido recién bautizadas se encontraban
realizando la instrucción, ellas eran ocasionalmente referidas como
“catecúmenos”.
Papa San
Silvestre I, Primer Concilio de Nicea,
325 d.C., canon 2: “Porque un catecúmeno necesita tiempo y más libertad
condicional después del bautismo…”[178].
En
la tradición, la Iglesia no revelaba ciertas cosas, excepto a los iniciados
(los bautizados). Así, después que una persona era bautizada, él o ella
frecuentemente continuaba con la instrucción catequística, y, por lo tanto, a
veces se denomina “catecúmeno”. El hecho que haya una distinción entre los
catecúmenos no bautizados y los
catecúmenos bautizados está implícito
en la siguiente cita del Concilio de Braga de 572.
Concilio de
Braga, 572, canon 17: “Ni la conmemoración del sacrificio [oblationis] ni el servicio de canto
[psallendi] se debe emplear para
los catecúmenos que han muerto sin el bautismo”[179].
Si
aquellos descritos como “catecúmenos” no siempre estaban bautizados, entonces no
habría necesidad de que el Concilio dijera que ni el canto o el sacrificio
deban emplearse para los catecúmenos “que han muerto sin el bautismo”.
Por lo tanto, el hecho que el Martirologio Romano describa algunos santos como
“catecúmenos”, tales como Santa Emerenciana, no prueba que no hayan sido
bautizados, aun cuando el término “catecúmeno” normalmente significa no
bautizados. Además, el Martirologio Romano no es infalible y contiene
errores históricos.
Donald Attwater, Un Diccionario Católico, p. 310: “Una
declaración histórica en el ‘Martirologio’, como tal, no tiene autoridad… Se
encuentran una serie de entradas en el Martirologio Romano que no son
satisfactorias cuando son examinadas”[180].
En
cuanto al Breviario Romano, Dom Prosper Guéranger, uno de los liturgistas más
célebres en la historia de la Iglesia, parece corregir algunos errores en el
Breviario Romano:
Dom Prosper
Guéranger, Año Litúrgico, vol. 8
(Santos Tiburcio, etc.), p. 315: “La solemnidad del 22 de noviembre, antes
precedida por una vigilia, está marcada en el breviario Romano como el día
de su martirio [de Santa Cecilia]; pero, en realidad, es el
aniversario de su basílica en Roma”[181].
Más
adelante, en la sección dedicada a San Gregorio Nacianceno (pp. 76-77), vemos
que si se aplicara como infalible la enseñanza del Breviario sobre temas
teológicos, entonces habría que rechazar el bautismo de deseo. Sigo con la cita
del Hno. Robert Mary:
“En sexto lugar, en aquellos días, un
bautismo formal era una ceremonia muy impresionante realizada por el obispo.
Sin embargo, la Iglesia siempre ha enseñado que, en caso de necesidad,
cualquier persona, de cualquier sexo que ha alcanzado el uso de la razón,
católico o no católico, puede bautizar utilizando las palabras correctas y con
la intención de hacer lo que la Iglesia hace por el sacramento. Por lo tanto,
en la Iglesia primitiva, los cristianos bautizados y los catecúmenos no
bautizados eran instruidos para que, en las ocasiones que estallaban las
persecuciones, se administrasen el sacramento el uno al otro, siempre y cuando
la necesidad lo impusiera”.
“En séptimo lugar, la salvación se nos
hizo posible cuando, en la Cruz del Calvario, nuestro Señor Jesucristo
sacrificó su sagrado cuerpo y sangre en expiación por nuestros pecados. Por
lo tanto, un hombre es salvo, no por el sacrificio de su sangre humana, sino
por el sacrificio de la preciosísima sangre divina de nuestro Santísimo
Salvador.
“Vamos a decirlo de otra manera: En
nuestra opinión, la certeza absoluta de la remisión del pecado original y la
incorporación en Cristo y su Iglesia, se efectúan exclusivamente por el agua a
la que, solamente Cristo ha dado ese poder. La sangre de un hombre no tiene
tal poder. El martirio es el mayor acto de amor de Dios que un hombre puede
hacer, pero no puede sustituir el sacramento del bautismo”.
No hay necesidad de examinar en detalle todos los menos de 20 casos individuales de
martirios de santos (entre miles), que algunos dicen se produjeron sin el
bautismo. Por ejemplo, en el caso de Santa Emerenciana – que fue
martirizada mientras rezaba públicamente ante la tumba de Santa Inés durante la
persecución de Diocleciano –, se podría señalar que el relato de su martirio
ofrece una situación que, en sí misma, sugiere que ya estaba bautizada, porque
ella no se habría expuesto al peligro de esa manera durante la persecución si
aún no hubiese estado bautizada. O incluso si no fue bautizada antes de que
ella fuera atacada (lo que es muy poco probable), ella ciertamente pudo haber
sido bautizada después del ataque por su madre que la acompañaba en la tumba
para orar (según los relatos).
Hay
tantas historias que dan una impresión totalmente diferente y tienen un
significado distinto si sólo un pequeño detalle es omitido. Tomemos, por
ejemplo, el caso de San Venancio. A los 15 años de edad, San Venancio fue
llevado ante el gobernador durante la persecución del emperador Decio:
“Uno de los
funcionarios, de nombre Anastasio, al notar la valentía con que él [San
Venancio] sufrió sus tormentos, y habiendo visto a un ángel con una túnica
blanca caminando por encima del humo, y liberando nuevamente a Venancio,
[Anastasio] creyó en Cristo, y junto con su familia fue bautizado por el
sacerdote Porfirio, con quien él después mereció recibir la palma del
martirio”[182].
Esta
interesante historia nos muestra, una vez más, cómo Dios bautiza a todos sus
elegidos, pero adviértase cuán fácil podría ser mal interpretado si un simple
detalle se hubiera omitido. Si el único punto acerca de cómo Anastasio y su
familia fueron bautizados por Porfirio se hubiera omitido, es casi seguro que
el lector tendría la impresión que Anastasio fue un mártir por Cristo que nunca
recibió el bautismo – recibiendo en cambio el “bautismo de sangre”.
El hecho es que no hay necesidad
de pasar por todos estos pocos casos y demostrar que: 1) no hay ninguna prueba
de que el santo – de quien dicen no fue bautizado – no haya sido bautizado, y
2) hay muchas explicaciones para saber cómo el santo pudo haber sido y fue
bautizado. Todo lo que es necesario para refutar la afirmación de que hay
santos no bautizados es mostrar que la Iglesia ha enseñado infaliblemente que nadie puede ir al cielo sin haber renacido
del agua y del Espíritu Santo por el sacramento del bautismo.
Papa Paulo III, Concilio de Trento, canon 5
sobre el sacramento del bautismo, ex cathedra: “Si alguno dijere que el bautismo [el sacramento] es libre, es decir, no
necesario para la salvación (Juan 3, 5), sea anatema”[183].
Sin embargo, un presunto caso
del “bautismo de sangre” es particularmente interesante.
SAN ALBANO Y SU
GUARDIA CONVERTIDO
San Albano fue el
protomártir de Inglaterra (303 d.C.). El relato de su martirio es particularmente
interesante e instructivo sobre este tema. En el camino a su martirio, uno de
los guardias que lo llevó a su ejecución se convirtió a Cristo. El Martirologio
Romano (un documento falible), así como el
Butler’s Lives of the Saints [Vidas de los Santos de Butler], dice que el
guardia fue “bautizado en su propia sangre”. San Beda el Venerable, un
historiador de la Iglesia, que también relata la historia (y que es uno de los
cerca de 8 Padres que son citados en favor del bautismo de sangre), dice que el
martirio del guardia se produjo sin la “purificación del bautismo”. Pero vea
esto: al relatar la historia de los martirios de San Albano y su guardia, San
Beda y La Vida de los Santos de Butler revelan un punto muy importante.
San Beda: “Al llegar a la cumbre, San Albano le pidió a Dios que le diera agua,
y de repente un manantial perenne brotó a sus pies…”. Butler:
“La súbita conversión del cacique ocasionó un retraso en la ejecución. Mientras
tanto, el santo confesor (Albano), con la muchedumbre, subió la colina (…) Allí Albano, cayendo de rodillas, en
oración, una fuente brotó, con cuya
agua refrescó su sed (…) El
soldado, junto con San Albano, que se había negado manchar sus manos en su
sangre, y se había declarado cristiano, fue también decapitado, siendo
bautizado en su propia sangre”[184].
El lector puede estar
confundido en este punto, y con razón, así que permítanme explicar. Tenemos dos
relatos (falibles) del martirio de San Albano y su guardia, el de San Beda y La Vida de los Santos de Butler. ¡Ambos registran que justo antes del
martirio de San Albano y su guardia, San Albano oró por el “agua”, que
milagrosamente brotó! ¡San Beda luego dice que el guardia murió sin ser
bautizado! ¡Butler dice que el agua no era más que para “refrescar” la sed de Albano! Con el debido respeto a San Beda y las cosas buenas
de Butler, ¿qué tan obvio es? Un santo, que tenía unos pocos minutos para vivir
y que tenía un converso que deseaba entrar en la Iglesia de Cristo, ¡no pediría
el agua milagrosa para “refrescar su sed”! Es obvio que pidió el agua milagrosa
para bautizar al guardia convertido, y Dios la proporcionó por la
sincera conversión, ya que “quien no
renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios”.
Este es un excelente ejemplo de cómo los errores del bautismo de sangre y de
deseo se han perpetuado – pasando por conclusiones falibles de hombres falibles
–. Y este ejemplo de San Albano y su
guardia, que en realidad muestra la absoluta necesidad del sacramento del
bautismo, es con frecuencia y falsamente utilizado contra la necesidad del
sacramento del bautismo.
RESUMIENDO LOS
HECHOS SOBRE EL BAUTISMO DE SANGRE
Como ya se ha dicho, la
teoría de bautismo de sangre nunca ha sido enseñada por un Papa, ni por un
Concilio ni en ninguna encíclica papal. Al menos 5 concilios dogmáticos de
la Iglesia católica emitieron definiciones detalladas sobre el bautismo, y ni
uno de ellos menciona el concepto o el término bautismo de sangre. El Concilio
de Trento tiene 14 cánones sobre el bautismo, y el bautismo de sangre no se
menciona en ninguna parte. Y, de hecho, todas las declaraciones infalibles de
los Papas y de los concilios excluyen la idea.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Cantate Domino”, ex cathedra: “Y que nadie,
por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre
de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la
Iglesia católica”[185].
¡El Papa Eugenio IV excluye
explícitamente de la salvación incluso a aquellos que “derramen su sangre por
el nombre de Cristo” si no permanecieren en el seno y unidad de la Iglesia! ¡Y,
como ya se ha demostrado, los no bautizados no viven en el seno y unidad de la
Iglesia (de fide)! Los no bautizados
no están bajo la jurisdicción de la Iglesia católica (de fide, Concilio de Trento, sesión 14, cap. 2)[186]; los
no bautizados no son miembros de la Iglesia católica (de fide, Pío XII, Mystici Corporis, # 22)[187]; y los
no bautizados no tienen la marca de cristianos (de fide, Pío XII, Mediator
Dei, # 57)[188].
Si el “bautismo de sangre”
verdaderamente sirviera como sustituto para el sacramento del bautismo, Dios
nunca habría permitido que la Iglesia católica entendiera en sus decretos infalibles
a Juan 3, 5 como según está escrito
(Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia,
“Exultate Deo”, 22 de noviembre de 1439, etc.). Esto es cierto porque la
Iglesia no puede errar en la comprensión oficial de las Escrituras.
Además, Dios no hubiera permitido
que el infalible Concilio de Trento dejase pasar completamente alguna mención
de esta “excepción” en sus cánones sobre el bautismo y en sus capítulos sobre
la justificación como forma alternativa de alcanzar el estado de gracia. Él
nunca hubiera permitido que todas las definiciones infalibles de los Papas
sobre un solo bautismo evitaran
alguna mención del “bautismo de sangre”.
Y Dios no habría permitido
que el Papa Eugenio IV definiese que nadie, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse si no
se hallare en el seno y unidad de la Iglesia católica, sin que mencionase la
excepción del “bautismo de sangre”. Dios
nunca ha permitido que se enseñe la teoría del bautismo de sangre en un
concilio, ni por un Papa, ni en un decreto infalible, salvo los teólogos
falibles y los falibles Padres de la Iglesia. Todo esto se debe a que el
bautismo de sangre no es una enseñanza de la Iglesia católica, sino una
especulación errónea de ciertos Padres que también erraban a menudo en sus
mismos documentos.
No hay ninguna necesidad
que Dios salve a alguien por el bautismo de sangre (o bautismo de deseo), ya
que Él puede mantener con vida a cualquier alma sincera hasta que se bautice,
como vimos en el caso de San Albano y el guardia convertido. San Martín de Tours devolvió a la vida un
catecúmeno que había muerto para poder bautizarlo[189]. Santa
Juana de Arco devolvió a la vida un niño muerto para que ella lo bautizara[190]. Hay
muchos milagros similares. Un ejemplo llamativo es el que ocurrió en la vida
del mismo San Pedro. Mientras estaba encadenado a un pilar en la cárcel
Mamertina en Roma, bautizó a dos de sus guardias, Proceso y Martiniano, con agua que milagrosamente brotó del suelo
a poca distancia de las manos de San Pedro. Estos guardias fueron
encarcelados también con San Pedro y debieron someterse a la ejecución al día
siguiente porque eran conversos. Su deseo por el bautismo (bautismo de deseo) y
su martirio por la fe (bautismo de sangre) no habrían sido suficientes.
Tuvieron que ser bautizado con el “agua y el Espíritu Santo” (Juan 3, 5). Y
Dios al ver que realmente deseaban el sacramento, lo suministró milagrosamente.
La historia también
registra que San Patricio – quien resucitó de entre los muertos a más de
cuarenta personas – resucitó de entre los muertos a una serie de personas precisamente
para bautizarlos, algo que era totalmente innecesario si alguien pudiese
salvarse sin ser bautizado. Así lo
señala un erudito:
“En
total, San Patricio trajo a la vida cerca de cuarenta infieles en Irlanda,
uno de los cuales fue el rey Echu. (...) Al resucitarlo de entre los muertos,
San Patricio lo instruyó y lo bautizó, preguntándole lo que había visto del
otro mundo. El rey Echu contó cómo en
realidad había visto el trono preparado para él en el cielo debido a haber
estado en su vida abierto a la gracia de Dios Todopoderoso, pero que no se
le permitió entrar, precisamente porque
no estaba aún bautizado. Después de recibir los sacramentos (...)
murió en el acto y se marchó a su recompensa”[191].
El mismo estudioso además
nota:
“Se registran muchos santos que resucitaron
adultos específicamente y exclusivamente para el sacramento del bautismo, incluyendo
a San Pedro Claver, Santa Winifred [Wenefrida] de Gales, San Julián de Mans,
San Eleuterio, y otros. Pero aún más, hasta niños pequeños resucitaron para el
sacramento de la salvación: San Gregorio Nacianceno, (…) San Hilario, (…) Santa
Isabel, (…) Santa Coleta, (…) Santa Francisca Romana, (…) Santa Juana de Arco,
(…) San Felipe Neri, (…) San Francisco Javier, (…)San
Gildas, (…) San Gerardo Mayela, (…) por nombrar algunos”[192].
Uno de los casos más
interesantes es la historia de Agustina, la esclava, que se relaciona en la
vida de San Pedro Claver, un misionero jesuita en Colombia del siglo XVII.
“Cuando el Padre Claver llegó a su lecho de
muerte, Agustina estaba fría al tacto, su cuerpo ya se estaba preparando para
el entierro. Él oró junto a su cama durante una hora, cuando de repente la
mujer se incorporó, vomitó un charco de sangre, y declaró al ser preguntada por
los asistentes: ‘Vengo de un viaje a
través de un largo camino. Después de haber recorrido el largo camino, me
encontré con un hombre blanco de gran belleza que estaba ante mí y me dijo:
¡Alto! Usted no puede ir más lejos’. (…) Al oír esto, el Padre Claver
despejó la sala y se dispuso a escuchar su confesión, pensando que estaba en la
necesidad de la absolución por algún pecado que pudo haber olvidado. Pero en el
transcurso del ritual, San Pedro Claver fue inspirado para darse cuenta de que ella
nunca había sido bautizada. Él cortó su confesión y se negó a darle la
absolución, pidió en cambio el agua con la que la bautizaría. El amo de Agustina
insistió en que no necesitaba el bautismo ya que había estado a su servicio
durante veinte años y nunca había fallado ir a Misa, a la confesión, la
comunión todo ese tiempo. Sin embargo, el
Padre Claver insistió en bautizarla, después de lo cual murió Agustina de nuevo
con alegría y en paz en presencia de toda la familia”[193].
El gran “Apóstol de las
Montañas Rocosas”, el P. Pierre de Smet, quien fue el extraordinario misionero
para los indios americanos en el siglo XIX, también fue un testigo – al igual que
sus compañeros misioneros jesuitas – de muchas personas que volvieron para el
bautismo en circunstancias milagrosas.
P. de Smet, 18 de diciembre de 1839: “A
menudo he observado que muchos de los niños parecen esperar el bautismo antes
de su volar al cielo, porque mueren casi
inmediatamente después de recibir el sacramento”[194].
P. de Smet, 9 de diciembre de 1845: “… más
de un centenar de niños y once personas de edad fueron bautizadas. Muchos de estos últimos [los ancianos], que fueron
llevados sobre pieles de búfalo, parecía
que sólo esperaban esta gracia antes de ir a descansar en el seno de Dios”[195].
En este punto, el lector
también querrá mirar la sección de San Isaac Jogues y San Francisco Javier más
adelante en este libro.
En la vida extraordinaria del
misionero irlandés San Columbano (543 a 615 d.C.), leemos acerca de una
historia similar de la providencia de Dios queriendo llevar a todas las almas
de buena voluntad al bautismo.
“[Columbano dijo]: ‘Hijos míos, hoy podrán ver un antiguo jefe picto, que ha mantenido
fielmente toda su vida los preceptos de la Ley Natural, llegar a esta isla; él
viene a ser bautizado y morir’. Inmediatamente,
se vio un barco acercarse con un hombre viejo y débil sentado en la proa, que
fue reconocido como el jefe de una de las tribus vecinas. Dos de sus compañeros
lo presentaron ante el misionero, a cuyas palabras escuchó con atención. El anciano pidió ser bautizado, e
inmediatamente después exhaló su último suspiro y fue enterrado en el mismo
lugar”[196].
El Padre Point, S.J. fue
compañero del P. de Smet en las misiones a los indios en el siglo XIX. Él
cuenta una historia muy interesante acerca de la resurrección milagrosa para el
bautismo de una persona que había sido instruida en la fe, pero murió al
parecer sin recibir el sacramento.
Padre Point, S.J., citado en La Vida del Padre de Smet, edición
inglesa, pp. 165-166: “Una mañana, al salir de la iglesia me encontré con una
mujer india, que dijo: ‘Tal persona no está bien’. Ella [la persona que no
estaba bien] no era todavía un catecúmeno y yo le dije que iría a verla. Una
hora más tarde la misma persona [que vino y le dijo que la persona no estaba
bien], que era su hermana, vino a mí
diciendo que ella había muerto. Corrí a la tienda, con la esperanza que ella
pudiese estar equivocada, y encontré una multitud de familiares alrededor de la
cama, repitiendo: ‘Está muerta – no ha respirado durante algún tiempo’. Para
asegurarme, me incliné sobre el cuerpo; no había ninguna señal de vida.
Reproché a estas excelentes personas por no haberme comunicado la gravedad de
la situación, y agregó: ‘¡Que Dios me perdone!’ Entonces, con cierta
impaciencia, dije: ‘¡Orad!’ y todos cayeron de rodillas y oraron devotamente.
”Me incliné nuevamente sobre el supuesto cadáver y dije: ‘La
túnica negra está aquí: ¿deseáis que os bautice?’ En la palabra bautismo vi un ligero temblor del labio inferior;
luego ambos labios se movieron, dándome a entender que ella quería. Ella ya
había sido instruida, por lo que la bauticé al instante, y ella se
levantó de su ataúd, haciendo la señal de la cruz. Hoy en día ella está de
cacería, y está totalmente convencida que ella murió en el momento en que me
avisaron”[197].
Este es otro ejemplo de
una persona que ya había sido instruida en la fe, pero tuvo que ser resucitada
milagrosamente específicamente para el sacramento del bautismo, y la
resurrección milagrosa se produjo en el momento en que el sacerdote pronunció
la palabra “bautismo”.
En la vida de San
Francisco de Sales, también encontramos a un niño milagrosamente resucitado de
entre los muertos específicamente para el sacramento del bautismo.
“Un
bebé, hijo de una madre protestante, había muerto sin el bautismo.
San Francisco había ido a hablar con la madre acerca de la doctrina católica, y oró para que el niño fuera devuelto a la
vida por el tiempo suficiente para recibir el bautismo. Su oración fue
concedida, y toda la familia se hizo católica”[198].
San Francisco de Sales
resume la verdad de manera maravillosamente simple acerca de este tema cuando
diserta contra los herejes protestantes.
San Francisco de Sales,
Doctor de la Iglesia, La Controversia
Católica, 1602, pp. 156-157: “La forma en que se deduce un artículo de fe
es esta: la Palabra de Dios es infalible;
la Palabra de Dios declara que el bautismo es necesario para la salvación, por
lo tanto el bautismo es necesario para la salvación”[199].
He aquí otra descripción
de un niño recién nacido que murió sin el sacramento del bautismo y fue
resucitado de entre los muertos por la intercesión de San Esteban.
“En
Uzale, una mujer tenía un niño pequeño (…) Desafortunadamente, murió antes de
que tuvieran tiempo para bautizarlo. Su madre estaba
abrumada por el dolor, más por su
privación de la vida eterna que por ya estar muerto para ella. Llena de
confianza, tomó al niño muerto y públicamente lo llevó a la Iglesia de San
Esteban, el primer mártir. Allí comenzó
a rezar por el hijo que acababa de perder. Su hijo se movió, lanzó un grito, y
fue restaurado a la vida de repente. De inmediato lo llevó a los
sacerdotes, y, después de recibir los sacramentos del bautismo y confirmación,
murió de nuevo”[200].
En sólo los Hechos de los
Apóstoles nos encontramos con tres intervenciones milagrosas involucrando el
bautismo: Cornelio el centurión, el eunuco de Candace, y Saulo de Tarso. Y en
cada caso no sólo es evidente la manifestación de la Providencia de Dios,
también los individuos involucrados son obligados a ser bautizados con el agua,
siempre que sea clara su intención de hacer la voluntad de Dios.
El hecho es que Dios
mantendrá con vida a toda alma sincera hasta el bautismo; Él es Todopoderoso
y Él ha decretado que nadie entra al cielo sin el bautismo.
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, ex cathedra: “Todo lo que Dios creó, con su providencia
lo conserva y gobierna, ‘alcanzando de un confín a otro poderosamente y
disponiéndolo todo suavemente’…”[201].
De hecho, la primera
definición infalible que declara que los elegidos ven la visión beatífica
inmediatamente después de la muerte fue del Papa Benedicto XII en Benedictus Deus. Es interesante examinar
lo que declara infaliblemente acerca de los santos y mártires que fueron
al cielo.
Papa Benedicto XII, Benedictus Deus, 1336, ex
cathedra, sobre las almas de los justos que reciben la visión
beatífica: “Por esta constitución que ha de valer para siempre, por autoridad
apostólica declaramos, (…) los santos Apóstoles, los mártires, confesores, vírgenes y los otros
fieles que murieron después de
recibir el bautismo de Cristo, en los que no había nada que purgar al
salir de este mundo (…) y que las almas de los niños renacidos por el mismo bautismo de Cristo o de los que han de ser
bautizados cuando hubieren sido bautizados, que mueren antes del uso
del libre albedrío, (…) estuvieron, están y estarán en el cielo…”[202].
Al definir que los
elegidos (incluidos los mártires) en los que no había nada que purgar están en
el cielo, el Papa Benedicto XII menciona tres veces que han sido
bautizados. Obviamente, de acuerdo con esta infalible definición dogmática,
ningún apóstol, mártir, confesor o virgen podría recibir la visión
beatífica sin haber recibido el bautismo.
LA TEORÍA DEL
BAUTISMO DE DESEO – UNA TRADICIÓN DEL HOMBRE
Aquellos que han sido
lavados del cerebro por los apologistas de la teoría del bautismo de deseo
quizás se sorprenderán al saber que de todos los Padres de la Iglesia, apenas uno sólo puede ser presentado por
los defensores del bautismo de deseo de haber enseñado el concepto. Así es,
sólo uno, San Agustín. Los defensores del bautismo de deseo harán un débil
intento de presentar un segundo Padre, San Ambrosio, como veremos más adelante;
pero incluso si eso fuera cierto, apenas serían dos Padres – entre cientos que
pueden ser citados –, que han especulado acerca del concepto del bautismo de
deseo. Entonces, ¿qué puede decirse acerca de las siguientes afirmaciones de
los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX), que han
escrito tres libros por separado sobre el “bautismo de deseo”?
P. Jean-Marc Rulleau (FSSPX), El Bautismo de Deseo, p. 63: “Este
bautismo de deseo compensa la falta del bautismo sacramental (…) La existencia de
este modo de salvación es una verdad enseñada por el magisterio de la Iglesia y
sostenida desde los primeros siglos por
todos los Padres. Ningún teólogo católico la ha impugnado”[203].
P. Francois Laisney (FSSPX), ¿Es el Feeneyismo Católico?, p. 79,
sobre el bautismo de deseo: “No sólo es
la enseñanza común, sino la enseñanza unánime;
no sólo desde los principios de este milenio, sino más bien desde el principio
de la Iglesia…”[204].
Estas declaraciones son
totalmente falsas y gravemente mentirosas, tergiversan por completo la
enseñanza de la tradición y corrompen la fe de la gente, como veremos. Los padres son unánimes en contra de la idea de que
cualquier persona (incluyendo un catecúmeno), pueda salvarse sin el bautismo en
agua, como hemos demostrado. Pero examinemos la enseñanza de un padre, San Agustín, que sí
expresó la creencia (al menos a veces) en la idea de que un catecúmeno puede
salvarse sin el sacramento del bautismo por su deseo de él.
San Agustín es citado a
favor del concepto del bautismo de deseo, pero lo cierto es que él luchó con la
cuestión, a veces claramente oponiéndose a la idea de que los catecúmenos no bautizados podrían lograr la salvación, y otras
veces apoyándola.
San Agustín, 400: “Que el bautismo a veces
es suplido por el sufrimiento es apoyado por un argumento de peso que extrae el
mismo beato Cipriano (…) Teniendo en
cuenta esto una y otra vez, yo
encuentro que no sólo el sufrimiento por el nombre de Cristo puede
suplir lo que falta por medio del bautismo, sino incluso la fe y la conversión
del corazón, si (…) el recurso no puede tenerse para la celebración del
misterio del bautismo”[205].
Hay dos puntos
interesantes acerca de este pasaje. El primero se refiere al bautismo de
sangre: nótese que San Agustín dice que su creencia en el bautismo de sangre se
apoya en una conclusión o argumento de San Cipriano, no arraigada en la
tradición de los Apóstoles o los Romanos Pontífices. Como ya hemos visto,
varias de las conclusiones de San Cipriano fueron incorrectas, por decirlo
amablemente, tal como su “conclusión”, de que era de “tradición apostólica”,
que los herejes no pueden conferir el bautismo. Por lo tanto, San Agustín está
revelando aquí un punto muy importante: que
su creencia, incluso en el bautismo de sangre, tiene sus raíces en la falible
especulación humana, no en la revelación divina o en la tradición infalible.
Él admite que podría estar equivocado y,
de hecho, él lo está.
En segundo lugar, cuando
San Agustín concluye que él también cree que la fe (es decir, la fe en el
catolicismo) y un deseo por el bautismo podría tener el mismo efecto que el
martirio, dice: “Teniendo en cuenta esto
una y otra vez…”. Al decir que lo consideraba una y otra vez, San Agustín
está admitiendo que su opinión sobre el
bautismo de deseo es algo que también ha salido de su propio examen,
no de la tradición o la enseñanza infalible. Esto es algo con que él
ciertamente luchó y se contradijo a sí mismo, como se mostrará. Todo esto sirve
para probar, una vez más, que el bautismo de deseo como el bautismo de sangre, es
una tradición del hombre, nacida de la errónea y falible especulación
humana (aunque sean de algunos grandes hombres), y no tiene sus raíces o se
deriva de alguna tradición de los Apóstoles o de los Papas.
Curiosamente, en el
mismo conjunto de obras sobre el bautismo ya citada, San Agustín cometió un
error diferente, que más tarde corrigió en su Libro de Retractaciones.
En ese conjunto de obras, originalmente había declarado que el buen ladrón, que
murió en la cruz junto a nuestro Señor, era un ejemplo del bautismo de sangre.
Más tarde corrigió esto, señalando que el buen ladrón no podía ser utilizado
como un ejemplo del bautismo de sangre, porque no sabemos si el buen ladrón fue
alguna vez bautizado[206]. Pero
en realidad, el buen ladrón no se puede utilizar como un ejemplo del bautismo
de sangre, sobre todo porque el buen ladrón murió bajo la Antigua Ley, no bajo
la Nueva Ley; murió antes que la ley del bautismo fuera instituida por nuestro
Señor Jesucristo después de la Resurrección. Por esa razón, el buen ladrón, al
igual que los Santos Inocentes, no constituye ningún argumento en contra de
la necesidad de recibir el sacramento del bautismo para la salvación.
Catecismo del Concilio de Trento, El
bautismo hecho obligatorio después de la Resurrección de Cristo, p. 171: “Porque
están conformes los sagrados escritores que, después de la resurrección del
Señor, cuando manda a los Apóstoles: Id
e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del
Hijo, y del Espíritu Santo, desde
entonces todos los hombres, que habían de conseguir la salvación eterna,
comenzaron a estar obligados a la ley del bautismo”[207].
De hecho, cuando nuestro
Señor le dijo al buen ladrón: “Hoy
estarás conmigo en el paraíso”, Jesús no se refería al cielo, sino en
realidad al infierno. Como los católicos saben, nadie entró al cielo hasta que
nuestro Señor lo hizo, después de su Resurrección. En el día de la Crucifixión,
Cristo descendió a los infiernos, como dice el Credo de los Apóstoles. Él
no descendió al infierno de los condenados, sino al lugar en el infierno
llamado el Limbo de los Padres, el lugar de espera de los justos del
Antiguo Testamento, quienes no podían entrar al cielo hasta que viniera el
Salvador.
1 Pedro 3, 18-19: “Porque también Cristo
murió una vez por nuestro pecado, (…) En el cual fue a predicar a los
espíritus encarcelados”.
A fin de probar el punto de
que el buen ladrón no se fue al cielo en el día de la Crucifixión, está el
hecho de que en el Domingo de la Resurrección, cuando María Magdalena se
encontró con el Señor resucitado, Él le dijo: “No me toques, porque aún no
he subido a mi Padre”.
Juan 20, 17: “[En el día de la
Resurrección] Jesús le dice: ‘María’. Vuelta ella, le dice: ‘Rabboni’ (que
quiere decir: ‘Maestro’). Jesús le dice: ‘No me toques, porque aún no he
subido a mi Padre…”.
Nuestro Señor ni siquiera
había ascendido al cielo en el Domingo de la Resurrección. Por tanto, es
un hecho que nuestro Señor y el buen ladrón no estaban juntos en el cielo el
Viernes Santo, sino que estaban en el Limbo de los Padres, la prisión descrita
en 1 Pedro 3, 18-19. Jesús llamó a este lugar paraíso porque Él estaría allí
con los justos del Antiguo Testamento. Así que, como San Agustín admitió más
tarde, él cometió un error al referirse al buen ladrón como un ejemplo
para este punto. Esto demuestra, una vez más, que sólo la enseñanza dogmática
de los Papas es infalible, así como la tradición universal y constante. Pero el mismo San Agustín, en muchos,
muchos lugares, afirma la tradición universal de los Apóstoles de que nadie se
salva sin el sacramento del bautismo; y, de hecho él negó en numerosas ocasiones
el concepto de que un catecúmeno puede ser salvo sin el sacramento del bautismo
por su sólo deseo.
San Agustín, 395: “… Dios no perdona los
pecados, excepto a los bautizados”[208].
San Agustín, 412: “… los cristianos púnicos
no llaman sino al bautismo salvación (…) ¿De dónde se deriva, excepto de una
antigua y, como supongo, apostólica tradición, por la cual las Iglesias
de Cristo creen inherentemente que sin el bautismo y la participación en la
mesa del Señor es imposible que alguien alcance ya sea el reino de Dios o la
salvación y la vida eterna? Este
es también el testimonio de la Escritura”[209].
San Agustín, 391: “Cuando
nos encontremos ante su vista [de Dios], vamos a contemplar la equidad de la
justicia de Dios. Entonces nadie dirá: (…) ¿Por qué éste hombre fue
llevado por el mandato de Dios a ser bautizado, mientras que aquél hombre,
aunque vivió correctamente como un catecúmeno, fue asesinado en un desastre repentino, y no fue
bautizado? Busca recompensas, y encontrarás nada más que
castigos”[210].
Aquí vemos a San Agustín
rechazar completamente el concepto del bautismo de deseo. ¡Nada podría ser más
claro! ¡Él dice que Dios mantiene con vida a los catecúmenos sinceros
hasta su bautismo, y que aquellos que buscan recompensas de esos catecúmenos
no bautizados encontrarán nada más que castigos! ¡San Agustín hasta
pone especial énfasis en afirmar que el Todopoderoso no permite que los
catecúmenos no bautizados sean asesinados, excepto por una razón! Aquellos
que dicen que San Agustín defendió el bautismo de deseo, por lo tanto,
simplemente no están siendo coherentes con los hechos. Ellos deberían agregar
la reserva de que él, en varias ocasiones, rechazó la idea y estuvo en
ambos lados de la cuestión. Por lo tanto, el único Padre que los defensores del
bautismo de deseo pueden citar a favor del concepto (San Agustín), en realidad
negó el concepto del bautismo de deseo muchas veces.
San Agustín: “Por
mucho que avance el catecúmeno, todavía lleva la carga de su maldad:
ni se le quitara de él a menos que venga al bautismo”[211].
Aquí vemos otra vez a San
Agustín afirmando la verdad apostólica – al decir que ningún catecúmeno puede
ser liberado del pecado sin el bautismo – de que nadie entra al cielo sin el
bautismo en agua y negando explícitamente el concepto del bautismo de deseo.
Todo esto demuestra que el bautismo de deseo no pertenece a la tradición
universal de los Apóstoles; totalmente contraria es la tradición universal
de los Apóstoles y de los Padres, esto es, que ningún catecúmeno puede ser
salvo sin el bautismo en agua.
De entre los cientos de
los Padres de la Iglesia, el otro que citan los defensores del bautismo de
deseo es San Ambrosio. Ellos creen que en su discurso fúnebre a su amigo (el
emperador Valentiniano) enseñó que el emperador (que sólo fue un catecúmeno) se
había salvado por el deseo del bautismo. Pero el discurso fúnebre de San
Ambrosio para Valentiniano es extremadamente ambiguo y puede interpretarse de
diversas maneras. Por tanto, es gratuito que ellos afirmen que él enseñe
claramente la idea del bautismo de deseo.
San Ambrosio, Oración fúnebre de Valentiniano, siglo IV: “Pero he oído que os
afligís porque él no recibió los sacramentos del bautismo. Decidme,
¿qué otra cosa hay en vuestro poder que no sea el deseo, la súplica? Pero él
incluso tuvo este deseo durante mucho tiempo, que, cuando él viniera a Italia,
él se iniciaría (…) ¿No obtuvo, entonces, la gracia que deseaba? ¿No obtuvo la
gracia que pidió? Y porque él pidió, el recibió, y por eso se dice: ‘Mas el
justo, aunque sea arrebatado de muerte prematura, estará en el lugar de reposo’
(Sab. 4, 7)… O si os perturba el hecho de que los misterios no hayan sido
celebrados solemnemente, entonces
debéis comprender que ni siquiera los mártires son coronados si ellos son
catecúmenos, porque ellos no son coronados si no están iniciados. Pero
si son lavados en su propia sangre, su piedad y deseo los han lavado, también”[212].
Reflexionemos por un
momento de lo que él acaba de decir. Todos los fieles congregados por el
servicio memorial estaban afligidos y de luto. ¿Por qué estaban afligidos?
Ellos lo estaban porque no hay evidencia de que Valentiniano, un conocido
catecúmeno, haya sido bautizado. Pero si el bautismo de deseo fuera algo
contenido en el depósito de fe y parte de tradición apostólica, ¿por qué
estaban afligidos? ¿No deseó fervientemente Valentiniano el bautismo? Con todo,
esos fieles estaban afectados por el dolor porque a todos ellos se les había
enseñado, y por lo tanto, era lo que creían, que nadie que no “renaciere de
agua y el Espíritu Santo, puede entrar al reino de Dios” (Juan 3, 5). A
todos ellos se les había enseñado que nadie es salvo sin el sacramento del
bautismo. Su maestro era su obispo, San Ambrosio[213].
Por otra parte, la oración
fúnebre de San Ambrosio por Valentiniano es extremadamente ambigua, como es
obvio para cualquiera que lea lo anterior. En su discurso, San Ambrosio dice
claramente que “los mártires no
son coronados [es decir, no se salvan] si ellos son catecúmenos”, una afirmación que directamente
niega la idea de bautismo de sangre y es perfectamente consistente con sus otras
afirmaciones sobre la tema, que serán citadas. San Ambrosio a continuación
enfatiza el mismo punto, diciendo de nuevo que los catecúmenos “no son
coronados si no están iniciados”. La “iniciación” es un término para el
bautismo. Por siguiente, San Ambrosio está repitiendo la verdad apostólica de
que los catecúmenos que derraman su sangre por Cristo no pueden salvarse si no
están bautizados. Él luego dice que si ellos son lavados en su propia sangre,
su piedad y deseo (de Valentiniano) lo han lavado a él también, lo que parece
contradecir directamente lo que acaba de decir y parece enseñar el bautismo de
deseo y de sangre, aunque no está claro, ya que no dice que Valentiniano se
salvó sin el bautismo. Pero si eso fue lo que San Ambrosio quiso decir, entonces
su oración fúnebre no tiene sentido, porque ya negó claramente dos veces que
los mártires puedan ser coronados si son catecúmenos. ¡Y este es el
“texto” más antiguo citado a favor de la idea de bautismo de deseo! Él es, ante
todo, contradictorio; en segundo lugar, es ambiguo; y en tercer lugar, si se
interpreta en el sentido de que un catecúmeno se salva sin el bautismo de agua,
se opone a todas las otras declaraciones que San Ambrosio hizo formalmente
sobre la cuestión.
Pero quizás hay otra
explicación. San Ambrosio afirma que los fieles estaban afligidos porque
Valentiniano no recibió los sacramentos del bautismo. ¿Por qué usó el
término “sacramentos” en vez de “sacramento”? ¿Estaba lamentando el
hecho que Valentiniano no pudo recibir la confirmación y la eucaristía, que
usualmente eran administrados juntos con bautismo en la Iglesia primitiva? Esto
correspondería con su declaración sobre la multitud perturbada porque los
misterios no fueron celebrados “solemnemente”, en otras palabras, con todas las
ceremonias formales que preceden la celebración solemne del bautismo.
Exactamente lo que San Ambrosio quiso decir en este discurso, nunca podremos
saberlo en este mundo, pero se nos permite suponer que su intención no era
contradecir en un elogio cargado de emoción lo que él había escrito con mucha
reflexión y precisión en De mysteriis y en otros lugares[214].
Curiosamente, el famoso
teólogo del siglo XII, Pedro Abelardo, cuya ortodoxia sin embargo es sospechosa
en otros puntos, señala que si San Ambrosio alguna vez enseñó el bautismo de
deseo “él contradice la
tradición sobre esta cuestión”[215],
sin mencionar su propia enseñanza que repite la necesidad del sacramento del
bautismo, como veremos a continuación.
Y
esto es lo que San Ambrosio escribió con mucha reflexión y precisión, lo que
elimina el concepto mismo de bautismo de deseo y afirma la tradición
universal de todos los Padres de que nadie (incluyendo los catecúmenos) se
salva sin el bautismo de agua.
San Ambrosio, De
mysteriis, 390-391 d.C.:
“Habéis
leído, por lo tanto, que los tres testigos en el bautismo son uno: el agua, la
sangre, y el espíritu; y si quitáis uno de ellos, el sacramento del bautismo no
es válido. Porque ¿qué es agua sin la cruz de Cristo? Un elemento común sin
todo efecto sacramental. Por otra parte no hay ningún misterio de
regeneración sin agua: porque ‘quien no renaciere del agua y del Espíritu,
no puede entrar al reino de Dios’ [Juan 3, 5]. Hasta un catecúmeno
cree en la cruz del Señor Jesús, por cual él también es santiguado; pero, si él
no es bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no
puede recibir la remisión de los pecados ni ser receptor del don de
gracia espiritual”[216].
Aquí vemos a San Ambrosio negando
claramente el concepto de bautismo de deseo. ¡No puede haber nada más claro!
San
Ambrosio, Los Deberes del Clero, 391 d.C.:
“La Iglesia fue redimida al precio de la
sangre de Cristo. Judío o griego, no hay diferencia; pero si él ha creído debe
circuncidarse de sus pecados para que puede ser salvo; (…) porque nadie asciende al reino de los
cielos, sino por el sacramento del bautismo”[217].
San
Ambrosio, Los Deberes del Clero, 391 d.C.:
“‘Quien no
renace del agua y del Espíritu Santo, no podrá entrar el reino de Dios’.
Nadie está exento: ni el infante, ni el que está impedido por alguna
necesidad”[218].
A diferencia de San Cirilo
de Jerusalén y San Fulgencio, quienes al mismo tiempo mencionan su creencia que
había excepciones a Juan 3, 5 sólo en el caso de los mártires, San
Ambrosio no reconoce excepciones, lo que excluye el bautismo de deseo y el bautismo de sangre.
Y con eso llegamos
al fin de la enseñanza de los Padres sobre el llamado “bautismo de deseo”. Es
verdad; uno o a lo más dos Padres de cientos, San Agustín y San Ambrosio,
podrían ser citados. San Agustín admitió que luchaba con esta cuestión, se
contradecía a sí mismo sobre ella, y lo más importante, frecuentemente
confirmaba la tradición universal de que nadie – incluso un catecúmeno – entra al
cielo sin el bautismo de agua. Y San Ambrosio muchas veces negó, clara y
repetidamente, el concepto del bautismo de deseo, al negar que toda persona –
incluyendo un catecúmeno – pueda salvarse sin renacer del agua y del Espíritu
en el sacramento del bautismo.
Y cuando estos hechos son
conocidos, se puede ver cuán engañados y descaminados están muchos
llamados católicos y católicos tradicionalistas que escuchan a esos maestros
mentirosos, muchos de los cuales se presentan como sacerdotes “tradicionalistas”,
quienes buscan por mar y tierra para intentar pervertir la enseñanza de la
tradición y llevar a las personas al cielo sin el bautismo. Estos maestros
mentirosos están convenciendo a muchos de la ridícula mentira de que “los
Padres eran unánimes a favor del bautismo de deseo”. Tal afirmación no es más
que una tontería y una perversión mortalmente pecaminosa de la tradición
católica. Como un autor lo dijo correctamente:
“Los Padres de la
Iglesia, por lo tanto, en su conjunto, sólo se puede decir que han verificado
definitivamente la enseñanza oficial y auténtica de la única verdadera Iglesia
de que es absolutamente necesario para la salvación de toda criatura humana el
ser bautizado en el agua del sacramento real instituido por nuestro Señor
Jesucristo. Por otra parte, es intelectualmente deshonesto sugerir lo
contrario. Y exaltar las opiniones de un puñado de teólogos – incluso un
puñado impresionante y conocido – al rango de tradición eclesiástica o incluso de
infalibilidad magisterial; no solamente es un ejercicio de prestidigitación
verbal, sino también un tipo de miopía superficial inadmisible en cualquier
estudio serio de Teología Patrística”[219].
La tradición universal de
los Apóstoles sobre la necesidad absoluta del bautismo de agua para la
regeneración y la salvación, afirmada por Hermas tan temprano como el siglo I,
y repetida por todos los otros, incluyendo a San Justin Mártir, San Teófilo,
Orígenes, Tertuliano, San Basilio, San Cirilo, San Agustín, San Ambrosio, etc.,
etc. etc., se resume en la declaración ya citada de San Ambrosio.
San Ambrosio: “Ni
por otra parte hay ningún misterio de regeneración sin agua: porque ‘quien no
renaciere del agua y del Espíritu, no puede entrar al reino de Dios’ [Juan 3,
5]. Hasta un catecúmeno cree en la cruz
del Señor Jesús, por cual también es santiguado; pero, si él no es bautizado en
el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no puede recibir la
remisión de los pecados ni ser receptor del don de la gracia espiritual”[220].
Esta es la enseñanza
unánime de los padres de la Iglesia sobre esta cuestión.
P. William Jurgens: “Si no hubiera una
tradición constante en los Padres de que debe ser entendido absoluto el
mensaje Evangélico de ‘quien no renaciere de agua y el Espíritu Santo, no
puede entrar al reino de Dios’, sería fácil decir que nuestro Salvador
simplemente no estimó pertinente mencionar las obvias excepciones de la
ignorancia invencible y la imposibilidad física. Pero la tradición de
hecho existe; y es bastante probable que se encuentre tan constante como
para constituir revelación”[221].
SAN GREGORIO
NACIANCENO (329-389)
Es apropiado también examinar
las enseñanzas de algunos de los otros Padres. San Gregorio Nacianceno es uno
de los cuatro grandes Doctores orientales de la Iglesia católica. Él rechazó
explícitamente el concepto de bautismo de deseo.
San Gregorio Nacianceno, 381 d.C.: “De todos
los que no han sido bautizados algunos son completamente animales y bestiales,
según si sean necios o malvados. A esto, pienso, debe añadírseles sus otros
pecados, que ellos no tienen ninguna reverencia por este don, sino que lo
consideran como cualquier otro don, para aceptarlo si se les da, o abandonado
si no se les da. Otros conocen y honran el don; pero demoran, algunos por
descuido, algunos por el deseo insaciable. Sin embargo otros no pueden
recibirlo, posiblemente por causa de la infancia, o alguna circunstancia
perfectamente involuntaria que les impide recibir el don, incluso si lo
desean…
“Si sois capaz de juzgar a un hombre que tiene la intención de
cometer un asesinato, tan sólo en su intención y sin ningún acto de asesinato,
entonces también podéis considerar como bautizado a quien deseó el bautismo,
sin haber recibido el bautismo. Pero, ya que no podéis hacer lo primero,
¿cómo podéis hacer esto último? Yo no veo cómo. Si os parece, digámoslo
de esta manera: si en vuestra opinión el deseo tiene el mismo poder que el
bautismo real, entonces haced el mismo juicio con respecto a la gloria.
Entonces os podéis contentar con anhelar la gloria, como si ese mismo anhelo
fuese la gloria. ¿Sufrís algún daño por no alcanzar la gloria real, con tal que
tengáis un deseo de ella?”[222].
¡Esto en cuanto a la
afirmación de que “los Padres son unánimes” a favor del bautismo de deseo!
Cuando los sacerdotes de la FSSPX aseveran públicamente esto, ellos están diciendo
exactamente lo opuesto a la verdad y mienten descaradamente. Y lo que hace que
esta mentira sea mucho más increíble, es el hecho de que ¡la FSSPX cita la
declaración anterior de San Gregorio en las páginas 64-65 de su libro, ¿Es
el Feeneyismo Católico?!
Esto es lo que la liturgia
dice sobre la enseñanza del gran San Gregorio Nacianceno, quien claramente
rechazó el bautismo el de deseo. En el Breviario Romano, una lección para la
fiesta de San Gregorio Nacianceno (el 9 de mayo) declara:
Breviario Romano, 9 de mayo: “Él [San Gregorio] escribió mucho,
tanto en prosa como en verso, con una admirable piedad y elocuencia. En la
opinión de hombres sabios y los santos, no se encuentra nada en sus escritos
que no sea conforme a la verdadera piedad y fe católica, ni que alguno pudiere
razonablemente poner en duda”[223].
Este
hecho, bastante significativo, refuta totalmente a los defensores el bautismo
de deseo/sangre que argumentan que la enseñanza del Breviario prueba que los
hombres pueden salvarse sin el bautismo (lo cual vimos que no es cierto). San
Gregorio Nacianceno rechazó claramente el bautismo de deseo (véase arriba), ¡y el Breviario dice aquí que no hay nada en
sus escritos que no esté conforme a la religión católica o que se pueda poner
en duda! Por consiguiente, si aceptamos que la enseñanza del Breviario sea
infalible sobre materias teológicas, entonces tendríamos que rechazar el
bautismo de deseo. Como dice el defensor del bautismo de deseo Juan Daly: “Y, por supuesto, los teólogos consideran
imposible que haya error teológico en el Breviario...” (2 de septiembre de
2006). Parece que este defensor del bautismo de deseo tendrá que rechazar el
bautismo de deseo o revisar sus argumentos (espero lo primero). En realidad,
San Gregorio fue el único Doctor en toda la historia de la Iglesia que tiene
por sobrenombre “el teólogo”.
El famoso Abad
Benedictino Dom Prospero Guéranger: “Es Gregorio [Nacianceno] (…) el único de todos los Gregorios
que ha merecido y recibido el glorioso nombre de Teólogo, debido a la
solidez de sus enseñanzas, la sublimidad de sus ideas, y la magnificencia de su
dicción”[224].
Esto en cuanto a la
mentira de que “los teólogos” son unánimes a favor del bautismo de deseo. ¡El
único Doctor en la historia de la Iglesia apellidado “el teólogo”, lo rechazó
explícitamente!
Además de San Gregorio y
los otros, San Juan Crisóstomo nos proporciona una gran cantidad de
citas explícitamente en contra de la idea de salvación para los catecúmenos sin
bautizar (los que se preparan para recibir el bautismo) por el bautismo de
deseo. Que alguien más – aparte de los catecúmenos sin bautizar – pudiera
calificar para la salvación sin antes recibir el sacramento del bautismo no era
incluso considerado como una posibilidad que valiera la pena refutar en este
contexto. (¿Cuán horrorizados estarían estos Padres por la versión moderna
de la teoría del bautismo de deseo, que salva a los paganos, judíos, herejes y
cismáticos?).
San Juan Crisóstomo, El Consuelo de la
Muerte: “Y así debería lamentarse el pagano, que no conociendo a Dios,
muriendo se va directamente al castigo. Bien debe el judío lamentar, que no
creyendo en Cristo, ha designado su alma a la perdición”[225].
Cabe señalar que dado que el
término “bautismo de deseo” no se usaba en ese tiempo, no se encuentra a
San Juan Crisóstomo o cualquier otro Padre rechazando explícitamente ese
término. Ellos rechazan el bautismo de deseo cuando rechazan el concepto
de que los catecúmenos sin bautizar pueden salvarse sin el bautismo, como San
Juan Crisóstomo repetidamente hace.
San Juan Crisóstomo, El
Consuelo de la Muerte: “Y claramente debemos lamentarnos por nuestros
propios catecúmenos, en caso de que, o por su propia incredulidad o su
propio descuido, dejen esta vida sin la gracia salvadora del bautismo”[226].
Esta declaración rechaza
claramente el concepto de bautismo de deseo.
San Juan Crisóstomo, Hom. In lo. 25, 3: “Porque el catecúmeno
es un extraño para los fieles (…) Uno tiene a Cristo por su Rey; el otro al
pecado y al diablo; la comida de uno es Cristo; la del otro, esa carne que se
corrompe y perece (…) Así es que nosotros no tenemos nada en común, ¿en qué,
dime, hemos de tener comunión? (…) Seamos diligentes para hacernos ciudadanos
de la ciudad de arriba (…) porque si viniere a pasar (¡que Dios no lo
quiera!) que por la súbita llegada de la
muerte fallezcamos como los no iniciados [no bautizados, aunque tuviéremos
diez mil virtudes, nuestra parte no será otra que el infierno, y el
gusano venenoso, y el fuego inextinguible, y el cautiverio eterno”[227].
Esta declaración rechaza
totalmente el concepto de bautismo de deseo.
San Juan Crisóstomo, Homilía III. de Phil. 1, 1-20: “¡Llorad por los incrédulos; llorad
por los que no difieren de ellos un ápice, aquellos que van, por lo tanto, sin iluminación, sin el sello! (…) Ellos
están fuera de la magnífica ciudad (…) con los condenados. ‘En verdad, os digo, que quien no renace del
agua y el Espíritu, no entrará en el reino de los cielos’”[228].
El
“sello” es el término de los Padres para referirse a la marca del
sacramento del bautismo. Y aquí vemos a San Juan afirmando la verdad apostólica
mantenida por todos los Padres: que nadie – incluyendo el catecúmeno – se salva
sin haber renacido de agua y el Espíritu en el sacramento del bautismo. San
Juan Crisóstomo rechazó claramente toda posibilidad de salvación para quien no
ha recibido el sacramento del bautismo. Él ratificó las palabras de Cristo en
Juan 3, 5 con una comprensión claramente literal, que es la enseñanza unánime
de la tradición y de la enseñanza del dogma católico definido.
LA TRADICIÓN LITÚRGICA
Y LA TRADICIÓN APOSTÓLICA DE LA SEPULTURA
Además de estos claros
testimonios de los Padres contra la teoría del bautismo de deseo, tal vez lo
más interesante es el hecho que en la historia de la Iglesia católica no hay
ni una sola tradición que pueda citarse para orar por – o dar entierro
eclesiástico a – los catecúmenos que murieron sin el bautismo. La
Enciclopedia Católica (1907) dice lo siguiente sobre la verdadera tradición
de la Iglesia al respecto:
“Una cierta declaración en
la oración fúnebre de San Ambrosio sobre el emperador Valentiniano II ha sido
presentada como una prueba que la Iglesia ofrecía sacrificios y oraciones por
los catecúmenos que morían antes del bautismo. No hay vestigio en ninguna parte de tal costumbre (…) La
práctica de la Iglesia se muestra más exactamente en el canon (XVII) del
segundo Concilio de Braga (572 d.C.): ‘Ni
la celebración del sacrificio [oblationis]
ni el servicio de la salmodia [psallendi] se empleará para los catecúmenos que han muerto sin bautizar”[229].
¡He aquí la enseñanza de
la tradición católica! ¡Ningún catecúmeno que moría sin el sacramento del
bautismo recibía la oración, el sacrificio, o el entierro cristiano! El
Concilio de Braga, en 572 d.C., prohibió la oración por los catecúmenos que
morían sin el bautismo. El Papa San León Magno y el Papa San Gelasio habían
antes confirmado la misma disciplina de la Iglesia – que era práctica universal
– prohibiendo a los católicos que orasen por los catecúmenos que hubiesen
muerto sin bautizar[230]. Esto
significa que la creencia abrumadora en la Iglesia primitiva y la tradición
litúrgica era que no había tal cosa del bautismo de deseo, sin mencionar la
posterior enseñanza infalible de la Iglesia sobre Juan 3, 5. No fue sino
hasta la Edad Media que la teoría del bautismo de deseo – que postulaba la
posible salvación de los catecúmenos que morían sin el bautismo – se convirtió
en una creencia extendida, sobre todo, cuando Santo Tomás de Aquino y algunos
otros eminentes teólogos la hicieron suya, causando que posteriormente muchos
otros teólogos, por deferencia a ellos, la adoptasen.
La verdadera enseñanza de
la tradición apostólica y católica sobre este tema también se ve por la
enseñanza de la liturgia católica, de la que todos los cultos católicos en la
Iglesia primitiva confesaban y creían, a saber: que ningún catecúmeno o persona
sin bautizar era considerada parte de los fieles (véase la sección sobre
“La única Iglesia de los fieles”). Esta era la creencia de todos los Padres, y
esto era lo que se enseñaba a los católicos en la liturgia.
Dr. Ludwig Ott, Manual de Teología
Dogmática, Calidad de miembro de la Iglesia, p. 309: “3. Los Padres trazan
una línea clara de división entre los catecúmenos y ‘los fieles’”[231].
Esto significa que ninguna
persona sin bautizar puede salvarse, porque el dogma católico ha definido que
nadie se salva fuera de la única Iglesia de los fieles.
Papa Gregorio XVI, Summo iugiter studio,
27 de mayo de 1832, sobre la no salvación fuera la Iglesia: “Los actos oficiales
de la Iglesia proclaman el mismo dogma. Así, en el decreto sobre la fe que
Inocencio III publicó con el sínodo IV de Letrán, está escrito lo siguiente: ‘Hay una Iglesia universal de todos los
fieles fuera de cual nadie se salva’”[232].
En su carta al obispo de
Tarragona en el año 385, el Papa San Siricio también muestra cómo la creencia
en la Iglesia antigua rechazaba todo concepto de bautismo de deseo.
Papa San Siricio, Carta a Himerio,
385:
“En cuanto mantenemos que
la observancia del santo tiempo Pascual no debe ser relajada de ninguna manera,
de la misma manera deseamos que los infantes quienes, por causa de su edad,
todavía no pueden hablar, o los que, en cualquier necesidad, carecen del
agua del santo bautismo, sean socorridos a la mayor brevedad
posible, por miedo a que, si dejasen este mundo, fuesen privados de la vida
del reino por haber sido rechazada la fuente de salvación que deseaban, esto
puede conducir a la ruina de nuestras almas. Si los que están en peligro de
naufragio, o de ataque de enemigos, o en un cerco incierto, o puestos en una
condición desesperada por causa de una enfermedad física, pidan lo que en su
fe es su única ayuda, que reciban en el mismo momento en que piden el
premio de la regeneración por el que ruegan. ¡Basta ya de los errores del
pasado! A partir de ahora, que todos los sacerdotes observen la regla antedicha
si no quieren ser separados de la sólida piedra apostólica en que Cristo ha
fundado su Iglesia universal”[233].
Esta
cita del Papa San Siricio es sorprendente, ya que de nuevo muestra claramente
cómo la Iglesia primitiva rechazó la creencia en el concepto de bautismo de deseo.
Él comienza afirmando que la observancia del tiempo Pascual no debe ser
relajada (él se refiere al hecho de que los bautismos se administraban
históricamente durante el tiempo Pascual). Tras afirmar que esta tradición debe
ser mantenida, advierte que los niños y los que por cualquier necesidad o
peligro deben ser bautizados inmediatamente, por temor a que sean “privados de
la vida del reino por haberles sido negado la fuente de salvación que
ellos desean”. El latín
del crítico pasaje es: “… ne ad nostrarum
perniciem tendat animarum, si negato desiderantibus fonte salutari
exiens unusquisque de saeculo et regnum perdat et vitam”[234].
En otras palabras, ¡el
hombre que desea el bautismo de agua y pide la regeneración todavía se le niega
el cielo si no lo recibe! ¡Nada podría rechazar más claramente el concepto
de bautismo de deseo! (Esto también prueba que el retraso en bautizar a los
adultos era para instruir y probar a los catecúmenos, no porque se creyera que
los catecúmenos podrían salvarse sin el bautismo).
Este punto es hecho otra
vez por el Papa en la segunda parte de la cita, donde dice que cuando esas
personas sin bautizar “piden lo que en su fe es su única ayuda, que reciban en el mismo momento en que lo
piden el premio de la regeneración por el que ruegan”. ¡Esto significa que recibir el
bautismo de agua es la única ayuda para la salvación de esas personas
que desean con ahínco recibir el bautismo! ¡No hay ninguna ayuda para la
salvación de esas personas en su deseo o martirio, sino sólo en recibir el
sacramento del bautismo!
Ahora que hemos demostrado
que la enseñanza de la tradición definitivamente no favorece el bautismo de
deseo, ¿de dónde viene este furor por el bautismo de deseo que ahora vemos?
¿Por qué llegó más tarde a convertirse en una creencia tan difundida? El
bautismo de deseo nunca ha sido enseñado a la Iglesia por ningún Concilio,
definición dogmática o encíclica papal, sin embargo, la mayoría de los católicos
hoy cree que es una enseñanza de la Iglesia. Como ya se ha dicho, la teoría
viene de una enseñanza errónea de San Agustín y de un pasaje ambiguo de San
Ambrosio en el siglo cuarto. Pero debido a la enorme estatura de San Agustín
como teólogo, muchos en la Edad Media adoptaron su opinión sobre el
bautismo de deseo, a pesar de que era contraria a la creencia abrumadora en la
Iglesia primitiva. Y cuando los ilustres San Bernardo y Santo Tomás de Aquino
hicieron suya la teoría del bautismo de deseo en base a los pasajes de San
Agustín y el pasaje ambiguo de San Ambrosio, ello hizo que muchos teólogos,
desde la Edad Media y hasta nuestros días, subsiguientemente adoptasen el
bautismo de deseo por deferencia a su gran erudición (particularmente la de
Santo Tomás); una posición sobre la posible salvación de los catecúmenos que
mueren sin el bautismo que era contraria a la abrumadora creencia y tradición
litúrgica de la Iglesia primitiva, por no hablar de la posterior enseñanza
infalible de la Iglesia sobre el sacramento del bautismo, de Juan 3, 5 y del
único bautismo, como veremos.
San Bernardo, Tractatus de baptismo,
II, 8, c. 1130: “Así que, creedme, sería difícil para mí apartarme de estos dos pilares – quiero decir de Agustín
y Ambrosio –. Confieso que, ya sea por error o conocimiento, estoy
con ellos; porque creo que un hombre puede salvarse por la sola fe, con tal
que desee recibir el sacramento, en un caso cuando la muerte sorprenda el
cumplimiento de su deseo religioso, o algún otro poder invencible se
interponga en su camino”[235].
Hay una serie de puntos
muy importantes en este pasaje: En primer lugar, vemos que San Bernardo
admite explícitamente que su creencia en el bautismo de deseo se basa solamente
en lo que él cree que San Agustín y San Ambrosio enseñaron, dando
mayor credibilidad a nuestro punto de que el bautismo de deseo es una tradición
del hombre, no una enseñanza de Dios. Y como ya hemos visto, incluso los dos
Padres que él cita (Agustín y Ambrosio) negaron claramente el concepto al
afirmar muchas veces que ningún catecúmeno puede salvarse sin el
sacramento del bautismo. De hecho, como se dijo – y vale la pena repetir – el
P. Jean-Marc Rulleau (de la FSSPX) se ve obligado a admitir en su libro El Bautismo
de Deseo (p. 37) que fue realmente durante el período de San
Bernardo, cuando la idea del bautismo de deseo, basada en los pasajes de San
Agustín y el discurso fúnebre de San Ambrosio por Valentiniano, empezó a tomar
impulso. El conocido Pedro Abelardo (cuya ortodoxia sin embargo es sospechosa
en otros puntos) afirmó que cualquier idea del bautismo de deseo basada en
San Ambrosio “contradice la
tradición en esta materia”[236].
Por lo tanto es evidente que San Bernardo no sólo basa su opinión en dos
doctores falibles, sino que plantea una opinión claramente contraria al
testimonio abrumador de la tradición, como se ha demostrado.
En
segundo lugar, y quizás
lo más importante, al expresar su creencia en el bautismo de deseo, ¡San
Bernardo admite explícitamente que puede estar equivocado!
San Bernardo:
“quiero decir de Agustín y Ambrosio. Confieso que, ya sea por error o
conocimiento, estoy con ellos; porque creo que un hombre puede salvarse
por la sola fe, con tal que desee recibir el sacramento…”.
Es
importante notar que el P. Francois Laisney, de la Fraternidad Sacerdotal San
Pío X, al citar este pasaje de San Bernardo en su libro ¿Es el Feeneyismo
Católico? (p. 67) omite deliberadamente la declaración de San Bernardo,
“sea por error o conocimiento...”. Así es como aparece el pasaje en su libro ¿Es
el Feeneyismo Católico?:
“Creedme, será
difícil separarme de estas dos columnas, por cuales refiero a Agustín y
Ambrosio (…) creyendo con ellos que las personas pueden salvarse por la sola fe
y el deseo de recibir el sacramento…”.
Las
palabras “ya sea por error o conocimiento” fueron eliminadas por el P.
Laisney y reemplazadas por puntos suspensivos (...). Por supuesto, es
perfectamente justificable el uso de puntos suspensivos (...) cuando se citan
textos, para omitir las partes de la cita que no son cruciales o necesarias en
la discusión. Pero, en este caso, a los lectores del libro del P. Laisney les
habría servido ver esta breve y crucial admisión de San Bernardo: de que
él podría estar correcto o equivocado sobre el bautismo de deseo. El P. Laisney
deliberadamente la eliminó porque sabe que es devastadora para su argumento
de que el bautismo de deseo es una enseñanza de la Iglesia basada en las
opiniones de los santos. Esta admisión de San Bernardo, de hecho, echa por
tierra la tesis del libro del P. Laisney, por tanto, tuvo que ser desechada.
Pero a pesar del intento del P. Laisney de la FSSPX de esconder esto a sus
lectores, el hecho es que: San Bernardo admite que no estaba seguro sobre el
bautismo de deseo porque la idea no se basa en ninguna enseñanza de la Iglesia
o tradición infalible, sino solamente en la opinión de hombre.
En
tercer lugar, como ya he
señalado, es un hecho increíble que en casi todos los casos en que un santo o
teólogo expresa su opinión en favor del bautismo de deseo o de sangre, él a
veces comete un error distinto en el mismo documento (probando así su
falibilidad). En el documento citado arriba, San Bernardo usa tres veces
la frase “la sola fe” (que fue condenada posteriormente cerca de 13
veces por el Concilio de Trento en el siglo XVI).
San
Bernardo, Tractatus de baptismo, II, 8, c. 1130: “Así que, creedme,
sería difícil para mí apartarme
de estos dos pilares – quiero decir de Agustín y Ambrosio –. Confieso que, ya
sea por error o conocimiento, estoy con ellos; porque creo que un
hombre puede salvarse por la sola fe, con tal que desee recibir el
sacramento, en un caso cuando la muerte sorprenda el cumplimiento de su
deseo religioso, o algún otro poder invencible se interponga en su
camino (…) Esto implica que a veces la fe sola basta para la salvación
(…) De la misma manera, la fe sola y conversión de la mente a Dios, sin
el derramamiento de sangre o el vertimiento de agua, trae sin duda la salvación
a quien tiene la voluntad pero no el medio (…) para ser bautizado”[237].
Papa
Paulo III, Concilio de Trento, sesión 6, can. 9: “Si alguno dijere
que el impío se justifica por la sola fe, de modo que entienda no requerirse
nada más con que coopere a conseguir la gracia de la justificación y que por
parte alguna es necesario que se prepare y disponga por el movimiento de su
voluntad, sea anatema”.
Papa
Paulo III, Concilio de Trento, sesión 7, can. 8: “Si alguno dijere que
por medio de los mismos sacramentos de la Nueva Ley no se confiere la gracia ex opere operato, sino que la fe
sola en la promesa divina basta para conseguir la gracia, sea anatema”.
Papa
Paulo III, Concilio de Trento, sesión 6, can. 19: “Si alguno dijere
que nada está mandado en el Evangelio fuera de la fe (…) sea anatema”.
Papa
Paulo III, Concilio de Trento, sesión 6, cap. 11: “Así, pues, nadie
debe lisonjearse a sí mismo en la sola fe, pensando que por la sola fe
ha sido constituido heredero y ha de conseguir la herencia, aun cuando no
padezca juntamente con Cristo, para ser juntamente con Él glorificado (Rom. 8,
17)”.
Papa
Paulo III, Concilio de Trento, sesión 6, cap. 10: “‘Veis que por las
obras se justifica el hombre y no sólo por la fe’ (Sant. 2, 24)”.
Estoy
seguro que San Bernardo en realidad no creía que la fe sola justifica y salva
(la doctrina herética de Lutero); ¡pero esta es la frase que él utiliza tres
veces! Esto hace aparecer el punto con claridad cristalina: que si alguien
dogmatizara las enseñanzas de los santos (como les gusta hacer a muchos
propugnadores del bautismo de deseo) y las citara como textos de prueba,
entonces es posible que terminen con algún error e inclusive en herejía. Y ello
demuestra, una vez más, que las expresiones de San Bernardo no son la enseñanza
de la Iglesia católica, sino opiniones que no gozan del carisma de la
infalibilidad y en las que podría estar equivocado (como él mismo admite), como
es en este caso, en que está definitivamente equivocado.
En
cuarto lugar, al expresar su
opinión sobre el bautismo de deseo, San Bernardo dice que uno puede ser
impedido de recibir el bautismo por algún “poder invencible”. Esto también es
teológicamente incorrecto. ¡Dios es omnipotente; Él solo es el “poder invencible”!
Nada le puede impedir a Él conducir al bautismo a un alma de buena voluntad.
Papa
Pío IX, Concilio Vaticano I, ex
cathedra: “Todo lo que Dios creó, con su providencia lo conserva y gobierna,
‘alcanzando de un confín a otro poderosamente y disponiéndolo todo
suavemente’…”[238].
E,
irónicamente, al hacer la antedicha declaración sobre un catecúmeno que se vea
impedido de recibir el bautismo por algún “poder invencible”, San Bernardo también
contradice directamente a San Agustín, sobre quien intenta apoyar su falible
opinión sobre el bautismo de deseo.
San Agustín, 391:
“Cuando nos encontremos ante su vista [de Dios], vamos a contemplar la equidad
de la justicia de Dios. Entonces nadie dirá: (…) ¿Por qué éste hombre fue
llevado al mandato de Dios para ser bautizado, mientras que aquél hombre,
aunque vivió correctamente como un catecúmeno, fue asesinado en un desastre repentino, y no fue
bautizado? Buscas recompensas, y encontrarás nada más que
castigos”[239].
Todo esto prueba que la
sanción de San Bernardo por el bautismo de deseo era defectuosa,
contradictoria, confesadamente falible y basada solamente en lo que él
creía eran las opiniones de los hombres. Ellas pierden todo valor frente al
indefectible, perfectamente consistente e infalible dogma que proclama que
ningún hombre puede ser salvo sin el sacramento del bautismo.
Papa Eugenio IV, Concilio
de Florencia, “Exultate Deo”, 22 de noviembre 1439, ex cathedra:
“El primer lugar entre los
sacramentos lo ocupa el santo bautismo, que es la puerta de la vida espiritual
pues por él nos hacemos miembros de Cristo y del cuerpo de la Iglesia. Y
habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos, ‘si no
renacemos por el agua y el Espíritu’, como dice la Verdad, ‘no podemos entrar
en el reino de los cielos’ (Juan 3, 5). La materia de este sacramento
es el agua verdadera y natural”[240].
Y esta tradición del
hombre (el bautismo de deseo) ganó más impulso después de San Bernardo, cuando lamentablemente
Santo Tomás de Aquino la hizo suya, basado de nuevo en los pocos pasajes de San
Agustín, el único de San Ambrosio y su propio razonamiento teológico
especulativo.
Santo Tomás de Aquino, a
pesar de todos sus fabulosos escritos y su inigualable erudición sobre la fe
católica, siendo como todos nosotros un hombre falible, cometió algunas
equivocaciones, por ejemplo cuando, en la Summa Theologica, declaró
explícitamente que “La carne de la Virgen fue concebida en pecado original”[241]. Un
escolástico señaló que el libro que Santo Tomás estaba escribiendo cuando
murió, se llamaba Compendio de Teología, y que en él se encuentran al
menos nueve errores explícitos[242]. De hecho,
“hace más que treinta años, el Dr. Andre Daignes, profesor de filosofía en
Buenos Aires, Argentina, señaló veinticuatro errores formales en la Summa de
Santo Tomás”[243].
Esto simplemente demuestra que algunas de las especulaciones teológicas de
nuestros mayores santos teólogos, a pesar de su admirable erudición, pueden, a
veces, estar sujetas a error, puesto que ellos no gozan del carisma de la
infalibilidad. Es sólo San Pedro y sus sucesores, los Papas, cuando
hablan desde la Cátedra de Pedro, quienes gozan exclusivamente del carisma de
la fe indefectible.
Pío
IX, Concilio Vaticano I, 1870, ex
cathedra:
“Así, pues, este carisma de la verdad y DE LA FE NUNCA DEFICIENTE,
FUE DIVINAMENTE CONFERIDO A PEDRO Y A SUS SUCESORES EN ESTA CÁTEDRA…”[244].
En la Summa Theologica III,
q. 66, a. 11, Santo Tomás trata de explicar su creencia en el bautismo de deseo
y de sangre. Él intenta explicar cómo puede haber “tres bautismos” (agua,
sangre y deseo) cuando San Pablo declara, en Efesios 4, 5, que hay sólo uno. Él
dice:
“Los
otros dos bautismos quedan incluidos en el bautismo de agua, que recibe su
eficacia de la pasión de Cristo y del Espíritu Santo”[245].
Con el mayor de los
respetos a Santo Tomás, hay que decir que esto es un débil intento de responder
a la objeción de cómo es posible que pueda haber “tres bautismos” cuando Dios
ha revelado que hay sólo uno. Es un intento débil ya que Santo Tomás dice que
los otros dos bautismos, de deseo y sangre, están incluidos en el
bautismo de agua. Ahora bien, esto es falso, porque quien recibe el bautismo de
agua no recibe el bautismo de deseo y el bautismo de sangre, conforme incluso a
la opinión de los defensores del bautismo de deseo. Por siguiente, es falso
decir, como hace Santo Tomás, que los otros dos bautismos se incluyen en
el bautismo de agua; ya que ciertamente no lo están.
Además, al enseñar la
teoría del bautismo de deseo, Santo Tomás admite repetidas veces que ninguno de
ellos es sacramento.
Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, III, q. 66, a. 11, respuesta 2:
“Como ya se dijo más arriba (q. 60 a. 1), el sacramento pertenece a la
categoría de los signos. Pero los otros dos convienen con el bautismo de agua
no porque sean signos, sino en el efecto del bautismo. Y por eso no son sacramentos”[246].
El fiero defensor del
bautismo de deseo, el P. Laisney, admite lo mismo en su libro, ¿Es el
Feeneyismo Católico?, p. 9:
P. Laisney, ¿Es el Feeneyismo Católico?,
p. 9: “El bautismo de deseo no es un sacramento; no tiene el signo
exterior que se requiere en los sacramentos. Los teólogos, siguiendo a Santo
Tomás (…) lo llaman ‘bautismo’ sólo porque produce la gracia del bautismo (…)
pero no produce el carácter sacramental”[247].
Ahora bien, el Concilio de
Trento (unos pocos siglos después de Santo Tomás, en 1547) definió infaliblemente
como dogma que ¡EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO es necesario para la
salvación!
Papa Paulo III, Concilio
de Trento, can. 5 sobre el sacramento
del bautismo, sesión 7, 1547, ex cathedra: “Si alguno dijere que el bautismo
[el sacramento] es libre, es decir, no necesario para la salvación, sea anatema”[248].
Por
tanto, ¿a quién hay que seguir? ¿A Santo Tomás o al infalible Concilio de
Trento? Compárese a ambos:
Santo Tomás de
Aquino, Summa Theologica, III,
q. 68, a. 2: “… parece que sin el sacramento del bautismo es
posible conseguir la salvación por la santificación invisible…”.
Papa Paulo III, Concilio
de Trento, canon 5 sobre el sacramento del bautismo, sesión
7, 1547, ex cathedra: “Si alguno dijere que el bautismo [el
sacramento] es libre, es decir, no necesario para la salvación, sea anatema”[249].
Aquí
hay una contradicción obvia. Santo Tomás de Aquino dice que es posible obtener
la salvación sin el sacramento del bautismo, mientras que el infalible
Concilio de Trento define que el sacramento es necesario para la salvación.
¿Y qué significa “necesario”? Según la Parte III, q. 68, a. 2, obj. 3 en la
propia Summa Theologica de Santo Tomás, “necesario es aquello sin lo cual una
cosa no puede existir, como se dice en V
Metaphys”[250].
Por lo tanto, “necesario” significa aquello sin lo cual una cosa no puede ser o
existir, entonces, no puede haber salvación – es imposible – sin el sacramento
del bautismo (de fide, Concilio
de Trento). Los católicos deben aceptar esta verdad y rechazar la
opinión de Santo Tomás sobre el bautismo de deseo en la Summa Theologica.
Papa Benedicto
XIV, Apostolica, # 6, 26 de junio de
1749: “La sentencia de la Iglesia es preferible a la de un Doctor
conocido por su santidad y enseñanza”[251].
Papa Pío XII, Humani
generis, # 21, 12 de agosto de 1950: “Y el divino Redentor no ha
confiado la interpretación auténtica de este depósito a cada uno de sus fieles,
ni un a los teólogos, sino sólo al Magisterio de la Iglesia”[252].
Papa San Pío X, Pascendi
dominici gregis, # 45, 8 de septiembre de 1907: “A la verdad, si hay
alguna cosa tratada por los escolásticos con demasiada sutileza o enseñada
inconsideradamente, si hay algo menos concorde con las doctrinas comprobadas de
los tiempos modernos, o finalmente, que de ningún modo se puede aprobar, de
ninguna manera está en Nuestro ánimo el proponerlo para que sea seguido en
nuestro tiempo”[253].
Y
si alguien sostiene que se puede recibir el sacramento del bautismo sin agua,
cito la definición del Concilio de Trento en el canon 2.
Papa
Paulo III, Concilio de Trento, can. 2 sobre el sacramento del
bautismo, sesión 7, 1547, ex cathedra: “Si alguno dijere que el agua
verdadera y natural no es necesaria en el bautismo y, por tanto, desviare a una
especie de metáfora las palabras de nuestro Señor Jesucristo: ‘Si alguno no
renaciere del agua y del Espíritu Santo’ (Juan 3, 5), sea anatema”[254].
EL CONCILIO
DOGMÁTICO DE VIENNE (1311-1312)
Hubiera sido interesante
ver, sin embargo, lo que Santo Tomás habría dicho si hubiese vivido hasta el Concilio
dogmático de Vienne
en 1311. Santo Tomás murió en 1274, 37 años antes del Concilio. El
Concilio de Vienne definió infaliblemente como dogma que sólo hay un
bautismo que debe ser confesado por todos los católicos, y que el único
bautismo es el bautismo de agua.
Papa Clemente V, Concilio
de Vienne, 1311-1312, ex cathedra: “Además ha de ser por todos fielmente confesado un
bautismo único que regenera a todos los bautizados en Cristo, como ha
de confesarse ‘un solo Dios y una fe única’ (Ef. 4, 5); bautismo que, celebrado
en agua en nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, creemos
ser comúnmente, tanto para los niños como para los adultos, perfecto remedio de
salvación”[255].
Esta definición es crucial
para este debate, porque no se puede afirmar un bautismo de agua y al mismo
tiempo aferrarse obstinadamente a la creencia de que hay “tres bautismos”, de
los cuales dos no son de agua. Eso es una contradicción evidente. Los que
entienden y comprenden este dogma deben repudiar los llamados “tres bautismos”.
SANTO TOMÁS DE
AQUINO RECHAZÓ LA “IGNORANCIA INVENCIBLE”
También es muy importante
señalar que si bien Santo Tomás de Aquino estaba equivocado sobre el bautismo
de deseo, él mantenía el dogma fuera de
la iglesia no hay salvación y rechazaba la herejía moderna de que pueden
salvarse quienes son “invenciblemente ignorantes” de Jesucristo. En muchos
lugares Santo Tomás aborda directamente la cuestión llamada ignorancia
invencible.
Santo Tomás de Aquino, De Veritate,
14, a. 11, ad 1: Objeción – “Es posible que alguien pueda ser criado en el
bosque, o en medio de lobos; tal hombre no puede saber nada explícitamente
sobre la fe. Santo Tomás responde – Es característica de la Divina
Providencia proporcionar a cada hombre lo necesario para la salvación (…)
siempre que de su parte no haya ningún obstáculo. En el caso de un hombre que busca
el bien y se aparta del mal por la guía de la razón natural, Dios o le
revelará a través de la inspiración interior lo que ha de creer, o le enviará
algún predicador de la fe…”[256].
Santo Tomás de Aquino, Sent. II, 28, q. 1, a. 4, ad 4: “Si un hombre
nacido entre las naciones bárbaras, hace lo que puede, Dios mismo le mostrará
lo qué es necesario para la salvación, ya sea por inspiración o el envío de un
maestro para él”[257].
Santo
Tomás de Aquino, Sent. III,
25, q. 2, a. 2, solute. 2: “Si un hombre
no tuviere a alguien que lo instruyese, Dios le mostrará, a menos que
quiera culpablemente permanecer donde está”[258].
En la Summa Theologica,
Santo Tomás enseña de nuevo la verdad que todos hombres por sobre la edad de
razón están obligados a conocer los misterios principales de Cristo para la
salvación sin excepciones como la ignorancia.
Santo Tomás, Summa Theologica: “Mas
en el tiempo de la gracia revelada, mayores y menores están obligados a
tener fe explícita en los misterios de Cristo, sobre todo en cuanto
que son celebrados solemnemente en la Iglesia y se proponen en público, como son los artículos de la Encarnación
de que hablamos en otro lugar”[259].
Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica:
“Por consiguiente, en el tiempo subsiguiente a la divulgación de la gracia están
todos obligados a creer explícitamente el misterio de la Trinidad”[260].
Por lo tanto, Santo Tomás,
como todos los Padres de la Iglesia, rechazó la herejía moderna de la
“ignorancia invencible” que salva a los que mueren como no católicos. Su
especulación y enseñanza errada sobre el bautismo de sangre/deseo sólo se
refería a los catecúmenos. Y este punto verdaderamente muestra la falta de
honradez de los herejes modernos, a quienes les gusta citar a Santo Tomás de
Aquino sobre el bautismo de deseo para justificar de algún modo su idea
herética de que los miembros de las religiones falsas pueden salvarse por el
“bautismo de deseo”.
15.
El Papa San León Magno termina el debate
Hemos visto cómo la
tradición no enseña el bautismo de deseo y cómo la enseñanza infalible de la
Iglesia sobre el sacramento del bautismo y Juan 3, 5 lo excluye. Y hemos visto
que este error se mantuvo en la Edad Media por pasajes imperfectos de textos de
eclesiásticos falibles. Ahora abordaremos la que posiblemente es la declaración
más interesante sobre este tema, la carta dogmática del Papa San León Magno a
Flaviano, que excluye los conceptos mismos de bautismo de deseo y bautismo de
sangre.
Papa San León Magno, carta dogmática a
Flaviano, Concilio de Calcedonia, 451:
“Dejad que
preste atención a lo que el bienaventurado apóstol Pedro predica, que la
santificación por el Espíritu se realiza por la aspersión de la sangre de
Cristo (1 Pedro 1,
2), y no dejéis que pasen más allá de las mismas palabras del apóstol, considerando
que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de vuestros
padres, no con plata ni oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de
Cristo, como cordero sin defecto ni mancha (1 Pedro 1, 18). Tampoco
hay que resistir el testimonio del bienaventurado Apóstol Juan: y la
sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado (1 Juan 1, 7); y
otra vez, ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Y
quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?
Él es el que vino por el agua y por la sangre, Jesucristo; no en agua sólo,
sino en agua y en la sangre. Y es el Espíritu el que lo certifica, porque el
Espíritu es la verdad. Porque tres son
los que testifican: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres se reducen a
uno solo (1 Juan. 5, 4-8). EN OTRAS PALABRAS, EL ESPÍRITU DE
SANTIFICACIÓN Y LA SANGRE DE REDENCIÓN Y EL AGUA DEL BAUTISMO. ESTOS TRES SON
UNO Y PERMANECEN INDIVISIBLES. NINGUNO DE ELLOS ES SEPARABLE DE SU VÍCULO CON
LOS DEMÁS”[261].
Antes de tratar de la
tremenda importancia de esta declaración, daré algunos antecedentes sobre esta
carta dogmática. Esta es la famosa carta dogmática del Papa San León Magno a
Flaviano, escrita originalmente en 449, y posteriormente aceptada por el
Concilio de Calcedonia – el cuarto Concilio general de la Iglesia – en 451
(citado en Los Decretos de los Concilios Ecuménicos, Georgetown Press,
vol. 1, pp. 77-82). Este es uno de los documentos más importantes en la
historia de la Iglesia. Esta es la famosa carta que, cuando fue leída en voz
alta en el Concilio dogmático de
Calcedonia, hizo que todos los Padres del Concilio (más que 600) se
levantaran y proclamaran: “¡Esta es la fe de los Padres, la fe de los
Apóstoles; Pedro ha hablado por la boca de León!”. La carta misma personifica el
término ex cathedra (hablando desde la Cátedra de Pedro), como lo
demuestra la reacción de los padres de Calcedonia. Esta carta dogmática del Papa
León fue aceptada por el Concilio de Calcedonia en su definición de Fe,
que fue aprobada autoritariamente por el mismo Papa León.
Y si esto no fuera
suficiente para probar que la carta del Papa León es sin duda infalible y
dogmática, téngase en cuenta el hecho que también fue aprobada por el Papa
Virgilio en el Segundo Concilio de Constantinopla (533)[262] y por
el Papa San Agato en el Tercer Concilio de Constantinopla (680-681)[263].
También fue confirmada infaliblemente por una serie de otros Papas, incluyendo:
el Papa San Gelasio, 495[264], el
Papa Pelagio II, 533[265], y el
Papa Benedicto XIV, Nuper ad nos, 1743[266].
Debido a la enorme
importancia de la carta del Papa León en el tema que nos ocupa, citaré un
extracto del Papa San Gelasio que dice que nadie puede contradecir, ni en lo
más mínimo, esta epístola dogmática del Papa San León a Flaviano.
Papa San Gelasio, Decreto,
495: “Igualmente la carta dogmática del bienaventurado Papa León a Flaviano (…) si alguno disputare de su texto sobre
una sola tilde, y no la recibiere en todo con veneración, sea anatema”[267].
Aquí tenemos al Papa San
Gelasio hablando ex cathedra para condenar a todo aquel que se desviare,
incluso en una sola tilde, del texto de la epístola dogmática del Papa León a
Flaviano.
Ahora, en la sección de la
carta dogmática del Papa León, anteriormente citada, él trata de la
santificación por el Espíritu. “Santificación por el Espíritu” es el término
para la justificación del estado de pecado. La justificación es el
estado de gracia. Nadie puede llegar al cielo sin la santificación por el
Espíritu [la justificación], como admiten todos los que se profesan
católicos. El Papa San León afirma, por la autoridad de los santos apóstoles
Pedro y Juan, que esta santificación por el Espíritu se realiza por la aspersión
de la sangre de Cristo. Él demuestra que sólo es mediante la
recepción de esta sangre de Redención que la persona puede cambiar del estado
de Adán (pecado original) al estado de gracia (justificación/santificación). Es
solamente por esta sangre que la santificación por el Espíritu surte efecto.
Este dogma fue definido también por el Concilio de Trento.
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 5, del pecado original, ex cathedra: “Si alguno afirma que este pecado de Adán (…) se quita por las fuerzas de la naturaleza humana o por otro remedio
que por el mérito del solo mediador, nuestro Señor Jesucristo, el cual, ‘hecho
para nosotros justicia, santificación y redención’ (1 Cor. 1, 30) nos reconcilió con el Padre en su sangre;
o niega que el mismo mérito de Jesucristo se aplique tanto a los adultos
como a los párvulos por el sacramento del bautismo, (…) sea anatema”[268].
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 6, cap. 3, ex cathedra: “Más, aun cuando Él murió por todos, no
todos, sin embargo, reciben el beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunica el mérito de su pasión”[269].
Es una verdad divinamente
revelada que nadie puede ser liberado del estado de pecado y santificado sin que
se le aplique la sangre de la Redención. De esto ningún católico puede dudar.
Los defensores del
bautismo de deseo/sangre – y esto incluye también al Centro San Benito, porque
ellos también creen en la justificación por el deseo – arguyen que la sangre de
Redención, que realiza la santificación por el Espíritu, se aplica al alma por
el deseo del bautismo o por su martirio, sin el bautismo de agua.
Recuerde que: los defensores del bautismo de deseo/sangre argumentan que la
sangre de Redención, que realiza la santificación por el Espíritu, se
aplica al alma sin el bautismo de agua. ¡Pero esto es exactamente
lo opuesto de lo que definió dogmáticamente el Papa San León Magno! Citaré de
nuevo las partes cruciales de su declaración:
Papa
San León Magno, Concilio de Calcedonia, carta dogmática a
Flaviano, 451:
“Dejad
que preste atención a lo que el bienaventurado apóstol Pedro predica, que la
santificación por el Espíritu se realiza por la aspersión de la sangre de
Cristo (1 Pedro 1,2), (…) Él es el que vino por el agua y por la sangre, Jesucristo; no en agua
sólo, sino en agua y en la sangre. Y es el Espíritu el que lo certifica, porque
el Espíritu es la verdad. Porque tres son los que testifican: el Espíritu, el
agua y la sangre, y los tres se reducen a uno solo (1 Jn. 5,4-8). EN
OTRAS PALABRAS, EL ESPÍRITU DE SANTIFICACIÓN Y LA SANGRE DE
REDENCIÓN Y EL AGUA DEL BAUTISMO. ESTOS TRES SON UNO Y PERMANECEN
INDIVISIBLES. NINGUNO DE ELLOS ES SEPARABLE DE SU VÍCULO CON LOS DEMÁS”[270].
El
Papa San León define que en la santificación, el Espíritu de santificación y la
sangre de Redención ¡no se pueden separar
del agua del bautismo! Por lo tanto, no puede haber justificación sin el
sacramento del bautismo.
Esto excluye
infaliblemente el concepto mismo del bautismo de deseo y bautismo de sangre,
esto es, que es posible la santificación sólo por el Espíritu y la sangre, sin
el agua.
A la luz de esta carta
dogmática, además de los otros hechos ya presentados, no se puede sostener el
bautismo de deseo y bautismo de sangre; porque estas teorías separan el
Espíritu y la sangre del agua en la santificación.
Y para que nadie intente
encontrar fallas en esta definición infalible con el argumento de que la
bienaventurada Virgen María es una excepción a ella, hay que reconocer que el
Papa San León está definiendo sobre santificación/justificación del
estado de pecado.
Papa
San León Magno, carta dogmática a Flaviano, Concilio
de Calcedonia, 451:
“Dejad
que preste atención a lo que el bienaventurado apóstol Pedro predica, que la
santificación por el Espíritu se realiza por la aspersión de la sangre de
Cristo (1 Pedro 1,2), y no dejéis que pasen más allá de las
mismas palabras del apóstol, considerando que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de
vuestros padres, no con plata ni oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa
de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha (1 Pedro 1,18). Tampoco hay
que resistir el testimonio del bienaventurado Apóstol Juan: y la sangre de
Jesús, su Hijo, nos purifica de todo
pecado (1 Juan 1,7)…”.
La bienaventurada Virgen
María no tenía pecado. Ella fue concebida en un estado de santificación
perfecta. Puesto que el Papa San León está definiendo sobre la
santificación/justificación del pecador, su definición de ninguna manera se
aplica a ella.
Por lo tanto, no puede
haber justificación de un pecador sin el bautismo de agua (de fide). No
se puede aplicar la sangre redentora de Cristo sin el bautismo de agua (de
fide). No puede haber salvación sin el bautismo de agua (de fide).
A fin de probar el punto
de que esta declaración dogmática elimina específicamente la teoría del
bautismo de deseo, nótese cómo Santo Tomás de Aquino (al enseñar el
bautismo de deseo) dice exactamente lo contrario de lo que definió el Papa San
León Magno.
Santo Tomás de
Aquino, Summa Theologica, III,
q. 68, a. 2: “… parece que sin el sacramento del bautismo es posible conseguir la
salvación por la santificación
invisible…”.
Santo Tomás dice que el
bautismo de deseo da la santificación sin el agua del bautismo.
¡El Papa San León Magno dice dogmática e infaliblemente que no se puede obtener
la santificación sin el agua de bautismo! Un católico debe aceptar la enseñanza
del Papa San León Magno.
Papa San León el Grande, Concilio de Calcedonia, carta dogmática
a Flaviano, 451: “EN OTRAS PALABRAS, EL ESPÍRITU DE SANTIFICACIÓN
Y LA SANGRE DE REDENCIÓN Y EL AGUA DEL BAUTISMO. ESTOS
TRES SON UNO Y PERMANECEN INDIVISIBLES. NINGUNO DE ELLOS ES
SEPARABLE DE SU VÍCULO CON LOS DEMÁS”[271].
La importancia del
pronunciamiento del Papa San León es extraordinaria. Naturalmente, aplasta toda
idea de salvación para los supuestamente “ignorantes invencibles”. Estas almas
no pueden ser santificadas y limpiadas por la sangre de Cristo sin
recibir las aguas salvadoras del bautismo, a la cual Dios llevará a todos los
de buena voluntad.
El dogma de que la sangre
de Cristo se aplica a un pecador en el sacramento del bautismo fue definido por
el Concilio de Trento; sin embargo, la definición de Trento no es tan
específica como la del Papa León. La diferencia es que, mientras que la
definición de Trento sobre la sangre de Cristo establece el principio de que la
sangre de Cristo se aplica a un pecador en el sacramento del bautismo, la
definición del Papa León confirma que esto significa que la sangre de
Cristo sólo se puede aplicar a un pecador por el
sacramento del bautismo.
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 5, del pecado original, ex cathedra: “Si alguno afirma que este
pecado de Adán (…) se quita por las fuerzas de la naturaleza humana o por otro
remedio que por el mérito del solo mediador, nuestro Señor Jesucristo, el cual, ‘hecho para nosotros
justicia, santificación y redención’ (1 Cor. 1, 30) nos reconcilió con el
Padre en su sangre; o niega que el mismo mérito de Jesucristo
se aplique tanto a los adultos como a los párvulos por el sacramento del
bautismo, (…) sea anatema”[272].
El pronunciamiento del
Papa San León también confirma radicalmente la compresión constante de la Iglesia
sobre las palabras de Jesucristo en Juan 3, 5 en su sentido absolutamente
literal: Quien no renaciere del agua y
del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.
Eugenio IV, Concilio de
Florencia, “Exultate Deo”, 22 de noviembre de 1439, ex cathedra:
“Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos, ‘si no renacemos
por el agua y el Espíritu’, como dice la Verdad, ‘no podemos entrar en el reino
de los cielos’ (Juan 3, 5). La
materia de este sacramento es el agua verdadera y natural”[273].
Papa
Paulo III, Concilio de Trento, del pecado original, sesión V: “Por un
hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (…) para que en
ellos por la regeneración se limpie lo que por la generación contrajeron. ‘Porque si uno no renaciere del agua y del
Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios’ (Juan 3, 5)”[274].
Papa Paulo III, Concilio de Trento, can. 2 sobre el
sacramento del bautismo, sesión 7, 1547, ex cathedra: Si alguno dijere que el agua verdadera y
natural no es necesaria en el bautismo y, por tanto, desviare a una especie de
metáfora las palabras de nuestro Señor Jesucristo: ‘Si alguno no renaciere
del agua y del Espíritu Santo’ (Juan 3, 5), sea anatema”[275].
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
can. 5 sobre el sacramento del bautismo, sesión 7, 1547, ex
cathedra: “Si alguno dijere
que el bautismo es libre, es decir, no necesario para la salvación (Juan 3, 5),
sea anatema”[276].
Puede
verse la armonía de la declaración dogmática del Papa San León Magno con todas
estas otras: no hay salvación sin agua y el Espíritu porque la sangre de
Cristo – sin la cual nadie es justificado – es por sí misma inseparable del
agua y el Espíritu.
Los
que comprehenden este pronunciamiento del Papa San León deben rechazar toda
creencia en las teorías del bautismo de deseo y de sangre. Deben admitir que
los teólogos que creían en el bautismo de deseo y de sangre estaban
equivocados. Deben dejar de creer y enseñar que la santificación por el
Espíritu viene sin el agua de bautismo. Los que se niegan a hacer esto
están obstinadamente contradiciendo la enseñanza de la Iglesia.
Contradecir obstinadamente la enseñanza de la Iglesia es caer en herejía. Caer
en herejía sin arrepentirse es perder la salvación.
Algunos
pueden preguntarse por qué algunos santos y teólogos enseñaban el bautismo de
deseo y de sangre incluso después de la fecha de la declaración del Papa León.
La respuesta es simple: Ellos no estaban conscientes de la declaración
definitiva del Papa León respecto a esto; erraban de buena fe; eran seres
humanos falibles; no estaban conscientes de que su posición era contraria a
esta enseñanza infalible de la Iglesia católica.
Pero
una vez que se reconoce que esta posición sobre el bautismo de deseo y de sangre
es contraria a la enseñanza infalible de la Iglesia católica – como lo prueba
un examen pormenorizado de la declaración del Papa León – se debe cambiar de
posición si se quiere permanecer católico y salvar el alma. San
Pedro ha hablado por la boca de León y nos ha confirmado que el Espíritu de
santificación y la sangre de redención no pueden ser separados de su relación
con el bautismo de agua, por lo que debemos ajustar nuestra posición con esto
o, de lo contrario, no tenemos la fe de Pedro.
16.
Principales Objeciones
SESIÓN 6, CAP. 4 DEL CONCILIO DE
TRENTO
OBJECIÓN:
¡En la sesión 6, capítulo 4 de su decreto sobre la justificación, el Concilio
de Trento enseña que la justificación se puede realizar por el agua del
bautismo o su deseo! ¡Ahí lo tenéis!
RESPUESTA: [Nota
preliminar: Si la sesión 6, cap. 4 de Trento enseñara lo que afirman los
defensores del bautismo de deseo (cosa que no lo es), entonces significaría
que todo hombre debe recibir el bautismo o por lo menos tener el real
deseo/voto de recibir el bautismo para salvarse. Esto significaría que
sería una herejía decir que todo aquel que no estuviere bautizado
podría salvarse si por lo menos no tuviese el deseo/voto por el bautismo de
agua. ¡Pero el 99% de las personas que citan este pasaje a favor del
bautismo de deseo ni siquiera creen que alguien deba desear al bautismo para
salvarse! Ellos creen que los judíos, budistas, hindúes, musulmanes, etc., que
no desean el bautismo de agua se pueden salvar. Por lo tanto, el 99% de los
que citan este pasaje rechazan incluso lo que ellos afirman que Trento
enseña. Francamente, este sólo hecho demuestra la deshonestidad y la mala
voluntad de la mayoría de los defensores del bautismo de deseo en su intento de
citar este pasaje como si ellos fueran fieles a su enseñanza cuando, en
realidad, ellos no creen en absoluto en ella y están en herejía al enseñar que
los no católicos se pueden salvar sin siquiera desear el bautismo de agua].
Habiendo hecho esta
observación, este pasaje del Concilio de Trento no enseña que la
justificación pueda ocurrir por el agua del bautismo o su deseo. El
pasaje dice que la justificación en los impíos NO PUEDE OCURRIR SIN
el agua del bautismo o su deseo. Esto es totalmente diferente de la idea de que
la justificación puede ocurrir por el agua del bautismo o su deseo.
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 6, cap. 4: “Por las cuales palabras se insinúa la descripción de la
justificación del impío, de suerte que sea el paso de aquel estado en que el
hombre nace hijo del primer Adán, al estado de gracia y de adopción de hijos de
Dios (Rom. 8, 15) por el segundo Adán, Jesucristo Salvador nuestro; paso,
ciertamente que, después de la promulgación del Evangelio, NO PUEDE OCURRIR SIN el lavatorio de la regeneración (can. 5 sobre
el bautismo) o su deseo, SEGÚN ESTÁ
ESCRITO: ‘Quien no renaciere del agua
y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3, 5)”[277].
Primero que nada, el
lector debe notar que este crucial pasaje de Trento ha sido mal traducido en la
versión popular inglesa del Denzinger, El
Magisterio de la Iglesia, antes citado. [N. del t.: Aunque este problema no
aparece en la versión española del Denzinger, aún así traduciré esta sección
para una comprensión más amplia de este pasaje de Trento y cuál es la mala
traducción promovida por los herejes].
La frase crítica “el paso (…) después de la promulgación del
Evangelio, no puede ocurrir sin el
lavatorio de la regeneración o su deseo” ha sido mal traducida como: “el paso (…) después de la promulgación del
Evangelio, no puede ocurrir sino a
través del lavatorio de la regeneración o su deseo…”. Este error de
traducción de la palabra latina “sine” (sin) – que se encuentra en el latín
original[278]
– a “sino a través” altera por completo el significado del pasaje para
favorecer el error del bautismo de deseo. Esto es importante tener en cuenta ya
que este error de traducción sigue siendo utilizado por los apologistas del
bautismo de deseo (a menudo deliberadamente), incluso en publicaciones
recientes de la FSSPX y la CMRI. Hecha esta observación, procederé a discutir
lo que en realidad el Concilio dice aquí.
Al
recurrir a una correcta traducción, que se encuentra en muchos libros, el
lector también debe notar que, en este pasaje, el Concilio de Trento enseña que
Juan 3, 5 debe tomarse según está
escrito (latín: sicut scriptum
est), lo que excluye cualquier posibilidad de salvación sin renacer del agua
en el sacramento del bautismo. No hay manera que el
bautismo de deseo pueda ser cierto si Juan 3, 5 debe tomarse según está
escrito, porque Juan 3, 5 dice que todo hombre debe renacer del agua y
del Espíritu Santo, que es lo que niega la teoría del bautismo de deseo. La
teoría del bautismo de deseo y una interpretación de Juan 3, 5 según está
escrito son mutuamente excluyentes (ambas no pueden ser verdaderas al mismo
tiempo) – y todos los defensores del bautismo de deseo admiten esto –. Es por
eso que todos ellos tienen – y lo hacen – que optar por una interpretación no
literal de Juan 3, 5.
P. Francois Laisney (creyente en el
bautismo de deseo), ¿Es el Feeneyismo Católico?, p. 33: “El mejor
argumento del P. Feeney era que las palabras de nuestro Señor ‘quien no renaciera del agua y del Espíritu
Santo, no puede entrar en el reino de Dios’ (Juan 3, 5) significa la
necesidad absoluta del bautismo de agua sin ninguna excepción (…) La gran
pregunta es, entonces, ¿cómo explica la Iglesia estas palabras de nuestro
Señor?”.
El P. Laisney, un fiero
defensor del bautismo de deseo, admite aquí que Juan 3, 5 no se puede
entender según está escrito si el bautismo de deseo es verdadero. Él,
por lo tanto, sostiene que la verdadera comprensión de Juan 3, 5 es que ella no
se aplica literalmente a todos los hombres; es decir, Juan 3, 5 no debe ser
entendido según está escrito. Pero ¿cómo entiende la Iglesia católica
estas palabras? ¿Qué dice el pasaje de Trento que acabamos de discutir?: Él
dice infaliblemente, “SEGÚN ESTÁ ESCRITO, QUIEN NO RENACIERE DEL AGUA Y DEL ESPÍRITU SANTO, NO PUEDE ENTRAR EN EL
REINO DE DIOS”.
Pero ¿qué hay de los que
reivindican el bautismo de deseo?: que el uso de la palabra “o” (en latín: aut)
en el pasaje anterior significa que la justificación puede
ocurrir por el agua del bautismo o su deseo. Una mirada cuidadosa de la
traducción correcta de este pasaje muestra que esta afirmación es falsa.
Suponga que yo dijera, “Esta ducha no puede ocurrir sin el agua o el
deseo de tomar una”. ¿Significa esto que una ducha puede ocurrir por el
deseo de tomar una ducha? No. Significa que ambas (el agua y el deseo) son
necesarias.
O supongamos que yo
dijera, “No puede haber una boda sin una novia o un novio”.
¿Significa esto que puede haber una boda con un novio y sin una novia? Por
supuesto que no. Significa que ambos son necesarios para la boda. Se pueden dar
cientos de otros ejemplos. Asimismo, el pasaje antes citado de Trento dice que
la justificación NO PUEDE OCURRIR SIN el agua o el deseo;
en otras palabras, que ambos son necesarios. ¡No dice que la
justificación ocurre ya sea por el agua o el deseo!
“AUT” (
O ) ANTES SIGNIFICABA “Y” EN EL CONTEXTO DE LOS
CONCILIOS
De hecho, la palabra
latina aut (“o”) se utiliza de forma similar en otros pasajes del
Concilio de Trento y de otros Concilios. En la famosa bula Cantate Domino
del Concilio de Florencia, encontramos la palabra latina aut (“o”) usada
en un contexto que sin duda hace que signifique “y”.
Papa Eugenio IV, Concilio
de Florencia, “Cantate Domino”, 1441, ex cathedra:
“[La Santa Iglesia romana]
Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia
católica, no sólo los paganos, sino también judíos o [aut] herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida
eterna, sino que irán al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus
ángeles (Mat. 25, 41), a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y
que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia que sólo a quienes
en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen
premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de
la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare
su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el
seno y unidad de la Iglesia católica”[279].
Aquí vemos al Concilio de
Florencia usando la palabra “o” (aut) en un significado que equivale a
“y”. El Concilio declara que no solamente paganos, sino también judíos o
(aut) herejes y cismáticos no pueden salvarse. ¿Esto significa que o los judíos
o los herejes se salvarán? Por supuesto que no. Claramente significa que ningún
judío y ningún hereje se pueden salvar. Por lo tanto, este es un ejemplo de un
contexto en que la palabra latina aut (o) sí tiene un significado que es
claramente “y”. Este ejemplo prueba absolutamente que la palabra latina aut puede ser, y ha sido usada en
declaraciones solemnes magisteriales de la manera que estamos diciendo que se
ha utilizado en la sesión 6, cap. 4 de Trento.
En la introducción del
decreto sobre la justificación, el Concilio de Trento prohíbe estrictamente que
nadie “crea, predique o enseñe”
(credere, praedicare aut docere) de otro modo que esté definido y
declarado en el decreto sobre la justificación.
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 6, Introducción (Preámbulo): “… prohibiendo con todo rigor que nadie en
adelante se atreva a creer, predicar o
enseñar de otro modo que como por el presente decreto se establece o declara”[280].
¿“O”
(aut) en este pasaje significa que sólo está prohibido predicar en
contra el decreto del Concilio sobre la
justificación, pero se permite enseñar lo contrario? No, obviamente “o” (aut)
significa que tanto la predicación y la enseñanza están prohibidas. Al
igual que en el capítulo 4 citado arriba, “o” significa que la
justificación no puede ocurrir sin el agua y su deseo. Otro ejemplo del
uso de aut para significar “y” (o “ambos”) en Trento se encuentra en la
sesión 21, cap. 2, el decreto sobre la comunión bajo las dos especies (Denz.
931).
Papa Pío IV, Concilio de Trento,
sesión 21, cap. 2: “Por eso, la santa Madre Iglesia (…) decretó fuera tenida
por ley, que no es lícito rechazar o
a su arbitrio cambiar, sin la autoridad de la misma Iglesia”[281].
¿Significa aut en
esta declaración que el decreto del Concilio no puede ser rechazado, pero puede
ser cambiado? No, obviamente significa que tanto un rechazo y un cambio
están prohibidos. Este es otro ejemplo de cómo la palabra latina aut
puede ser usada en contextos que hacen que su significado sea “y” o “ambos”. Y
estos ejemplos, si tenemos en cuenta la redacción del pasaje, refutan la
afirmación de los partidarios del bautismo de deseo: que el significado de aut
en capítulo 4, sesión 6 es el que favorece el bautismo de deseo.
Pero ¿por qué Trento
define que el deseo del bautismo, junto con el bautismo, es necesario para la
justificación? En el pasado no respondimos esta pregunta tan bien como podríamos,
porque pensábamos que la sesión 6, cap. 4 estaba distinguiendo entre los
adultos y los infantes. Pero un estudio más profundo del pasaje revela que en
este capítulo Trento está definiendo lo que es necesario para la iustificationis
impii[282] – la justificación del impío (véase la cita
arriba) –. Los impii (“impíos”) no se refiere a los infantes – quienes
son incapaces de cometer pecados actuales (Trento, sesión V, Denz. 791).
La palabra “impii” en latín es, en realidad, una palabra muy fuerte, según un latinista
a quien he consultado, y él está de acuerdo en que es demasiado fuerte para
describir a un infante en sólo pecado original. A veces se traduce como
“malvado” o “pecador”. Por lo tanto, en este capítulo, Trento está tratando de
los mayores de la edad de la razón que han cometido pecados actuales, y para
esas personas el deseo del bautismo es necesario para la justificación.
De hecho, los siguientes capítulos de Trento sobre la justificación (caps. 5-7)
son todos acerca de la justificación de los adultos, demostrando así que el
contexto es sobre la justificación de los pecadores adultos, especialmente
cuando se considera la palabra impii. Es por eso que el capítulo declara
que la justificación no puede ocurrir sin el agua del bautismo o
su deseo (ambos son necesarios).
Catecismo del Concilio de Trento, Del Bautismo – Disposiciones para el bautismo, p.
180: “DISPOSICIONES – (…) En primer lugar, es necesario que deseen y
estén resueltos a recibir el bautismo”[283].
UN EMAIL INTERESANTE SOBRE ESTE PASAJE DE TRENTO
Curiosamente, se me
ocurrió enviar por email una pregunta a una latinista de Inglaterra sobre este
pasaje del Concilio de Trento y el uso de la palabra “o” (aut), sólo
para saber qué pensaba ella. Yo ni siquiera conozco a esta persona y no creo
que ella sea católica. Ella es una erudita latinista de Oxford y creo que ella
respondió honesta e imparcialmente. Su respuesta es muy interesante e
importante, especialmente para aquellas personas que están convencidas que el
Concilio de Trento enseñó el “bautismo de deseo”. Le escribí lo siguiente:
“El pasaje en latín es el siguiente: quae
quidem translatio (…) sine lavacro regenerationis aut eius voto fieri non
potest...”.
“Se traduce como sigue: ‘Esta transición
(…) no puede ocurrir sin el lavatorio de la regeneración o su deseo”.
“Esto dice literalmente que la transición
no puede ocurrir sin el lavatorio de la regeneración o un deseo de él (lo que
significa que se deben tener ambos). No dice que puede ocurrir con cualquiera
de los dos, ¿no le parece? ¿No equivale a decir: Esta ducha no puede ocurrir
sin agua o el deseo de tomar una (significando que ambos son necesarios); y no
es equivalente a decir: este artículo no se puede escribir sin lápiz o papel
(significando que ambos son necesarios)? Se puede entender el aut de
esta manera en latín, ¿qué piensa usted?
“Cualquier consideración que usted tenga me
sería muy interesante. Gracias”.
Y ella respondió, el 1 de
diciembre de 2003 lo siguiente:
“¡Esto no es fácil! Es posible entenderlo de ambas maneras, con
aut como “o” y como “y”.
“Aut como “o” es más común, pero
aquí la interpretación depende de si usted cree que el deseo del bautismo es suficiente
por sí sólo o si la frase significa que se necesita tener el deseo además del
sacramento mismo.
¡Le dejo a usted que
decida!
Mis mejores deseos
Carolinne White
LATÍN DE OXFORD”
La declaración de Sra. White
es muy importante e interesante ya que muestra que, en su opinión profesional
como académica latinista, el pasaje que usa “o” (aut) ¡definitivamente
puede leerse como “y”, algo que muchos de los defensores del bautismo de deseo
rechazan como absolutamente imposible! Ella además admite que la interpretación
depende de si uno cree que el deseo del bautismo es suficiente – ¡una
declaración muy honesta por su parte, creo yo! –. Y ella dice esto sin que yo
le diese el resto del contexto; a saber, donde el Concilio de Trento declara, inmediatamente
después de usar las palabras “o su deseo”, que Juan 3, 5 debe ser entendido
según está escrito.
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 6, cap. 4: “[la justificación]…no
puede ocurrir sin el lavatorio de la regeneración o su deseo, SEGÚN ESTÁ ESCRITO: Quien no renaciere del agua y del Espíritu
Santo, no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3, 5)”[284].
El punto es, por tanto,
que, al menos, todos los defensores del bautismo de deseo deben admitir
que este pasaje se puede leer en ambos sentidos, y por lo tanto, que el
entendimiento depende de si uno cree que el deseo del bautismo es suficiente o
no. Pero si un defensor del bautismo de deseo admite (como debe, si es honesto)
que este pasaje no puede enseñar el bautismo de deseo, entonces él está
admitiendo que el entendimiento debe inferirse no solo del contexto inmediato
(el cual afirma Juan 3, 5 según está escrito y por lo tanto
excluye el bautismo de deseo), sino también de todas las otras declaraciones
sobre el bautismo y la justificación en Trento. ¿Y qué dicen todos los
otros pasajes de Trento sobre la necesidad del bautismo? ¿Enseñan un
entendimiento abierto al bautismo de deseo, o excluyen toda salvación sin el
bautismo de agua? La respuesta es innegable.
Papa Paulo III, Concilio
de Trento, sesión 7, can. 5 sobre el sacramento del bautismo, ex
cathedra: “Si alguno dijere que el bautismo [el sacramento] es libre, es
decir, no necesario para la salvación (Juan 3, 5), sea anatema”[285].
Papa
Paulo III, Concilio de Trento, del pecado original, sesión V, ex
cathedra: “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la
muerte (…) para que en ellos por la regeneración se limpie lo que por la
generación contrajeron. ‘Porque si uno
no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios’
(Juan 3, 5)”[286].
Papa Paulo III, Concilio
de Trento, can. 2 sobre el sacramento del bautismo, sesión 7, 1547, ex
cathedra: Si alguno dijere que el agua verdadera y natural no es
necesaria en el bautismo y, por tanto, desviare a una especie de metáfora las
palabras de nuestro Señor Jesucristo: ‘Quien no renaciere del agua y del
Espíritu Santo’ (Juan 3, 5), sea anatema”[287].
La interpretación de “o”
en la sesión 6, cap. 4 como “y” no sólo es posible (como la Sra. White admite),
sino que es perfectamente compatible con todas estas definiciones infalibles,
mientras que la interpretación de “o” en el sentido de bautismo de deseo
es incompatible con todas estas definiciones, sin mencionar (lo más
importante) las palabras “según está escrito, quien no
renaciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”, que
siguen inmediatamente después
de “o su deseo” y en la misma frase.
La interpretación de “o” en
el sentido del bautismo de deseo también es incompatible con la enseñanza del
Concilio de Florencia sobre Juan 3, 5, y no puede haber falta de armonía entre
los concilios dogmáticos.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia,
“Exultate Deo”, 22 de Noviembre 1439, ex cathedra: “El primer lugar entre los sacramentos lo
ocupa el santo bautismo, que es la puerta de la vida espiritual pues por él nos
hacemos miembros de Cristo y del cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el
primer hombre entrado la muerte en todos, ‘si no renacemos por el agua y el
Espíritu’, como dice la Verdad, ‘no podemos entrar en el reino de los
cielos’ (Juan 3, 5). La materia de este sacramento es el agua verdadera y
natural”[288].
La interpretación de “o”
en el sentido del bautismo de deseo es también incompatible con la definición
extensiva del Concilio de Trento en los tres capítulos posteriores sobre las
causas de la justificación. Sólo tres capítulos más adelante, el Concilio
enumera las cuatro razones para la justificación de los impíos.
Papa Paulo III, Concilio de Trento, sesión 6, cap. 7, las causas de la
justificación: “Las causas de esta justificación son: la final, la
gloria de Dios y de Cristo (…) la eficiente, Dios misericordioso (…) la
meritoria, su Unigénito muy amado (…) la
instrumental, el sacramento del bautismo, que es el ‘sacramento de la fe’,
sin la cual a nadie se le concedió la justificación (…) Esta fe, por tradición apostólica, la piden los catecúmenos a la Iglesia antes del bautismo al pedir
la fe y la vida eterna…”[289].
Al enumerar todas las
causas de la justificación, ¿por qué el Concilio no mencionó la posibilidad del
“bautismo de deseo”? Tuvo una gran oportunidad para hacerlo,
del mismo modo que enseña claramente no menos de tres veces que las gracias del
sacramento de la penitencia se pueden alcanzar por el deseo de ese sacramento
(sesión 14, cap. 4; y dos veces en la sesión 6, cap. 14). Pero el “bautismo de
deseo” no se menciona en ninguna parte, simplemente porque no es verdad. Y
además, es interesante considerar que la palabra “deseo” no aparece en el
capítulo 7 sobre las causas de la justificación, sino en el capítulo 4
donde el Concilio trata de lo que no puede faltar en la justificación de los
impíos (es decir, ni el agua ni el deseo pueden faltar en la
justificación de los impíos).
Pero algunos dirán: “Puedo
ver su punto y no puedo negarlo, pero ¿por qué el pasaje no usó la palabra “y”
en lugar de “o”; no habría sido entonces más claro?”. Esta pregunta se
responde mejor al considerar una serie de cosas:
En primer lugar,
se debe recordar que el pasaje describe que la justificación NO PUEDE OCURRIR SIN (es decir, lo que
no puede faltar en la justificación); pero no dice que la justificación se
realiza ya sea por el agua o el deseo.
En segundo lugar,
el Concilio no tuvo que usar “y” porque “o” puede significar “y” en el contexto
de palabras que figuran en el pasaje, como ya se ha mostrado.
En tercer lugar,
quienes hacen esta pregunta deben considerar otra, a saber: Si el
bautismo de deseo fuera cierto y fuera la enseñanza de Trento, ¿por qué el
Concilio no dijo en ningún lugar (cuando tuvo tantas oportunidades de
hacerlo) que puede haber justificación sin el sacramento o antes
de recibir el sacramento como tan clara y repetidamente lo hizo
en relación al sacramento de la penitencia? Esta asombrosa omisión
simplemente confirma los puntos que he hecho anteriormente, porque si el pasaje
significara el bautismo de deseo, lo hubiera dicho (es obvio que ello es porque
el Espíritu Santo no permitió que el Concilio enseñase el bautismo de deseo en
sus numerosas declaraciones sobre la necesidad absoluta del bautismo).
En cuarto lugar,
la pregunta anterior se responde mejor con un ejemplo paralelo: En 381, el
Concilio de Constantinopla definió que el Espíritu Santo procede del Padre. El
Concilio no dijo que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. La
omisión de las palabras “y del Hijo” (filioque en latín) hizo que
muchos millones concluyesen erróneamente que el Espíritu Santo no procede del
Hijo, una herejía que fue posteriormente condenada por la Iglesia. Si el
Concilio de Constantinopla hubiese simplemente incluido esa pequeña
declaración, que el Espíritu Santo también procede del Hijo, se habrían evitado
más que mil años de controversia con los cismáticos orientales – una
controversia que aún continúa en nuestros días –. Esa pequeña frase (“y del
Hijo”), si se hubiera incluido en Constantinopla, probablemente habría impedido
que millones de personas saliesen de la Iglesia católica y abrasasen la
“ortodoxia” oriental, porque los “ortodoxos” orientales piensan y todavía creen
que la enseñanza de la Iglesia católica de que el Espíritu Santo procede del
Padre y del Hijo es contraria al Concilio de Constantinopla, que se
limitó a decir que el Espíritu Santo procede del Padre.
Entonces, ¿el Concilio de
Constantinopla se equivocó? Por supuesto que no. ¿Pero Constantinopla pudo
haber sido más claro al añadir esa pequeña frase que
habría eliminado una controversia? Por supuesto. Entonces, ¿por qué Dios
permitió que se produzca esta controversia, cuando Él pudo evitarla con sólo
inspirar a los Padres del Concilio de Constantinopla en 381 que incluyesen esa
pequeña frase? La respuesta es que debe haber herejías.
1 Cor., 11, 19: “Pues
es necesario que haya también herejías, para que los que son aprobados, sean
manifiestos entre vosotros”.
Dios permite que surjan
herejías con el fin de ver quién va a creer en la verdad y quién no, para ver
quién busca la verdad con sinceridad y quién pervierte los hechos para
satisfacer con sus propios deseos heréticos. Dios nunca permite que sus
Concilios, como el de Constantinopla y de Trento, enseñen error alguno, pero Él
puede permitir que la verdad sea dicha de manera que pueda dar la oportunidad de
torcer y pervertir el significado de las palabras usadas, si ellos lo desean
(sin la intención de juego de palabras), como lo hicieron los cismáticos
orientales en relación a la omisión de Constantinopla de la frase: y del
Hijo.
De hecho, ni siquiera
importa si algunos de los Padres conciliares de Constantinopla creyesen que el
Espíritu Santo no procede del Hijo; y probablemente hubo algunos que no
creían que el Espíritu Santo procede del Hijo. Lo único que importa es lo que
en realidad declaró el Concilio de Constantinopla, una declaración que no dice
nada contrario al hecho de que el Espíritu Santo sí procede del Hijo.
Las intenciones de los Padres conciliares de Constantinopla o de
cualquier otro Concilio no tienen nada que ver con la infalibilidad papal. Lo
único que importa es que el dogma real aprobado por el Papa sea declarado o
finalizado en una profesión de fe.
Pío IX, Concilio
Vaticano I, sesión 3, cap. 2 sobre la revelación, 1879, ex cathedra: “De ahí que también hay que
mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez
declaró la santa madre Iglesia y jamás hay que apartarse de ese sentido so
pretexto y nombre de una más alta inteligencia”[290].
Interesante es en este
sentido es el hecho que numerosos Papas señalan que en el canon 28 del Concilio
de Calcedonia, los Padres de Calcedonia elaboraron un canon que elevó el
status del obispo de Constantinopla. Los padres del Concilio de
Calcedonia, por lo tanto, intentaron elevar el status de la Sede de
Constantinopla en la elaboración del canon 28. Sin embargo, el canon fue
rechazado por el Papa San León Magno en su confirmación de los actos de
Calcedonia, y por lo tanto se consideró sin valor.
Papa
León XIII, Satis cognitum, # 15, 29 de junio de 1986: “El vigésimo octavo
canon del concilio de Calcedonia, desprovisto de la aprobación y de la
autoridad de la Sede Apostólica, ha quedado, como todos saben, sin vigor ni
efecto”[291].
Esto demuestra que la
intención o los pensamientos de los Padres de un concilio ecuménico no tienen
valor sin la aprobación del Papa. Lo único que importa es lo que la Iglesia
realmente declara. Por lo tanto, el hecho que algunos de
los Padres de Trento – e incluso eminentes y santos teólogos después de Trento
– piensen que el antedicho pasaje de Trento enseñó el bautismo de deseo no
significa nada; porque los Padres en Calcedonia también pensaron que el
Concilio estaba elevando el status de Constantinopla, cuando no fue así; y
algunos de los Padres de Constantinopla probablemente pensaron que el Concilio
estuvo negando que el Espíritu Santo procede del Hijo, cuando no fue así. El
punto esencial es que sólo importan aquellas cosas que son declaradas por los
Concilios y finalmente aprobadas – nada más. Y el pasaje citado de Trento no
enseña el bautismo de deseo; no enseña que el deseo justifica sin el bautismo;
y él no contiene error.
El hecho es que Dios se
aseguró que las palabras “según está escrito” fueran incluidas en esa misma
frase para asegurar que el Concilio no estaba enseñando el bautismo de
deseo por su redacción en este pasaje. El pasaje por tanto enseña – según
está escrito – quien no renaciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en
el reino de Dios. ¡Y si lo que dicen los defensores del bautismo de
deseo fuera correcto, entonces tendríamos que lo que enseña el Concilio en la
primera parte de la frase, que Juan 3, 5 no debe ser entendida según
está escrito (que a veces el deseo es suficiente), mientras simultáneamente
se contradice en la segunda parte de la frase diciéndonos que tomemos a Juan 3,
5 según está escrito (sicut scriptum est)! Pero esto es
absurdo, por supuesto. Los que insisten obstinadamente que este pasaje
enseña el bautismo de deseo están simplemente equivocados y están
contradiciendo las propias palabras que figuran en el pasaje de Juan 3, 5. La
inclusión de “SEGÚN ESTÁ ESCRITO, quien no renaciere del
agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3, 5)”, muestra
la perfecta armonía de ése pasaje de Trento con todos los otros pasajes de
Trento y los otros Concilios que afirman la necesidad absoluta del bautismo de
agua sin excepción.
EL DOGMA, EL PAPA PÍO IX Y LA
IGNORANCIA INVENCIBLE
OBJECIÓN:
¿Qué hay de la ignorancia invencible?
RESPUESTA:
2 Corintios 4, 3: “Si
nuestro evangelio queda encubierto, es para los que van a la perdición, para los incrédulos, cuyas inteligencias cegó
el dios de este siglo [satanás] para que no brille en ellos la luz del
Evangelio, de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios”.
Papa Paulo III, Concilio de Trento, sesión 6 sobre la justificación, cap. 15: “Hay
que afirmar (…) que no sólo por la infidelidad, por la que también se pierde la
fe, sino por cualquier otro pecado mortal, se pierde la gracia recibida de la
justificación, aunque no se pierde la fe; defendiendo la doctrina de la divina
ley que no sólo excluye del reino de los cielos a los infieles, sino
también a los fieles que sean ‘fornicarios, adúlteros, afeminados, sodomitas,
ladrones, avaros, borrachos, maldicientes, rapaces’ (1 Cor. 6, 9), y a todos
los demás que cometen pecados mortales…”[292].
El dogma fuera de la Iglesia católica no hay
salvación ha sido definido solemnemente por lo menos siete veces por los
Papas hablando desde la Cátedra de San Pedro. Ni una sola vez se menciona
acerca de las excepciones como la “ignorancia invencible”. De hecho, es justo
lo contrario: todas las excepciones siempre fueron excluidas.
Papa Inocencio III, Cuarto Concilio de Letrán, constitución
1, 1215, ex cathedra:
“Y una sola es la Iglesia universal de
los fieles, fuera de la cual absolutamente nadie se salva, y en ella el
mismo sacerdote es sacrificio, Jesucristo”[293].
Papa
Bonifacio VIII, Unam sanctam, 18 de
noviembre de 1302, ex cathedra:
“Por apremio de la fe, estamos
obligados a creer y mantener que hay una sola y santa Iglesia católica y la misma
Apostólica, y nosotros firmemente la creemos y simplemente la confesamos, y
fuera de ella no hay salvación ni remisión de los pecados. (…) Ahora
bien, someterse al Romano Pontífice, lo declaramos, lo decimos, definimos y
pronunciamos como de toda necesidad de salvación para toda criatura humana”[294].
Papa Clemente V, Concilio de Vienne, decreto # 30, 1311-1312, ex cathedra: “Puesto que hay tanto para regulares y seglares, para
superiores y súbditos, para exentos y no exentos, una Iglesia universal, fuera de la cual no hay salvación,
puesto que para todos ellos hay un solo
Señor, una fe, un bautismo…”[295].
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, sesión 8, 22 de noviembre de 1439, ex cathedra: “Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester
que mantenga la fe católica; y el que no la guardare íntegra e inviolada, sin
duda perecerá para siempre”[296].
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Cantate Domino”, 1441, ex cathedra:
“[La Iglesia] Firmemente cree, profesa
y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia católica, no sólo los
paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede
hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está
aparejado para el diablo y sus ángeles (Mt. 25, 41), a no ser que antes de su
muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de
la Iglesia que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su
salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y
demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie,
por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de
Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia
católica”[297].
Papa León X, Quinto Concilio de Letrán, sesión 11, 19 de diciembre de 1516, ex cathedra: “Así que regulares y
seglares, prelados y súbditos, exentos y no exentos, pertenecen a una Iglesia
universal, fuera de la cual absolutamente nadie es salvo, y todos ellos
tienen un Señor, una fe”[298].
Papa Pío IV, Concilio de Trento, “Iniunctum nobis”, 13 de noviembre de 1565, ex cathedra: “Esta verdadera fe católica, fuera de la cual nadie puede
salvarse, y que al presente espontáneamente profeso y verazmente mantengo…”[299].
Papa Benedicto XIV, Nuper ad nos, 16 de marzo de 1743,
Profesión de fe: “Esta fe de la Iglesia católica, fuera de la cual nadie
puede salvarse, y que motu proprio ahora profeso y firmemente mantengo…”[300].
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, sesión 2, Profesión de fe, 1870, ex cathedra:
“Esta verdadera fe católica, fuera de la
que nadie puede ser salvo, que ahora voluntariamente profeso y
verdaderamente mantengo…”[301].
La Iglesia católica es
infalible; sus definiciones dogmáticas son infalibles; los Papas cuando hablan
desde la Cátedra de Pedro son infalibles. Por lo tanto, es muy simple: Si fuera
cierto que pudieran salvarse los llamados “ignorantes invencibles” no
católicos, entonces ¡DIOS NUNCA HABRÍA
PERMITIDO QUE LA IGLESIA CATÓLICA DEFINIERA EL DOGMA QUE ABSOLUTAMENTE NADIE
PUEDE SALVARSE FUERA DE LA IGLESIA CATÓLICA! Pero Dios sí
permitió a su Iglesia infalible definiese esta verdad, QUE EXCLUYE ESPECÍFICAMENTE DE LA SALVACIÓN A TODOS
LOS QUE MUEREN NO CATÓLICOS.
Por lo tanto, la idea de
que un no católico que es ignorante de la fe pueda salvarse es herética;
ella es una negación directa del dogma que “nadie” (Papa Pío IV;
Benedicto XIV; Pío IX), “absolutamente nadie” (Inocencio III), “nadie, (…) aun cuando
derramare su sangre por el nombre de Cristo” (Eugenio IV), puede salvarse
en cuanto no católico. Esto es una negación del dogma de que “toda
criatura humana” (Bonifacio VIII) debe ser católico, y que “solo
a quienes” (Eugenio IV) permanecen en el seno y la unidad de la Iglesia
pueden lograr la salvación.
Gregorio XVI, Summo iugiter studio, #2, 27 de mayo de 1832: “Finalmente, algunas de estas personas descarriadas intentan persuadirse a sí mismos y a otros
que los hombres no se salvan sólo en la religión católica, sino que incluso
los herejes pueden obtener la vida eterna”[302].
Los que insisten que la
“ignorancia invencible” puede posiblemente salvar a una persona que muere no
católica simplemente se apartan y niegan la enseñanza dogmática de la Iglesia
católica.
EL PAPA PÍO IX Y LA
IGNORANCIA INVENCIBLE
¿Qué hay del Papa Pío IX?
¿No es verdad que él enseñó en dos documentos que el invenciblemente ignorante
podría salvarse? ¿Qué ocurre con Singulari quadem y Quanto
conficiamur moerore?
La confusión sobre este tema
se ha incrementado como consecuencia de algunas declaraciones malinterpretadas
del Papa Pío IX. Al analizar estas declaraciones, es imprescindible tener
presente que, aun cuando el Papa Pío IX hubiese enseñado en estas dos
ocasiones, que los ignorantes invencibles podrían salvarse, no significa que
tal posición sea verdadera, ya que eran documentos falibles que pueden
contener error. Ningún Papa puede cambiar o contradecir el dogma. El Papa
Honorio, que reinó en el siglo séptimo, fue, de hecho, posteriormente condenado
por propagar la herejía, si bien que no lo hizo en su capacidad de enseñar
solemnemente a la Iglesia universal. Por lo tanto, nadie, ni siquiera un Papa,
puede cambiar el dogma de que nadie que muere fuera la Iglesia católica,
ignorante o no, puede salvarse. Aquí hay algunas citas adicionales sobre la
ignorancia.
Papa Benedicto XV, Humani generis
redemptionem, # 14, 15 de junio de 1917: “… ‘la ignorancia es la madre de todos los errores’, como observa con
veracidad el Cuarto Concilio de Letrán”[303].
Errores de Pedro Abelardo,
condenados por Inocencio II, 16 de julio de 1140, # 10: “No pecaron los que
crucificaron a Cristo por ignorancia, y cuanto
se hace por ignorancia no debe atribuirse a culpa”. – Condenado[304]
SINGULARI
QUADEM, UNA ALOCUCIÓN (DISCURSO
A LOS CARDENALES)
El primero de los
documentos del Papa Pío IX, frecuentemente citado por los que creen en la
salvación fuera de la Iglesia, es Singulari quadem, una alocución (un discurso
a los cardenales) del 9 de diciembre de 1854:
“… quienes
sufren ignorancia de la verdadera religión, si aquélla es invencible, no son
ante los ojos del Señor reos por ello de culpa alguna”[305].
En primer lugar, se trata
de un discurso del Papa Pío IX a los cardenales. No es un
pronunciamiento dogmático, ni siquiera una encíclica, ni siquiera una encíclica
dirigida a toda la Iglesia.
¿Pero, el Papa Pío IX está
diciendo que los ignorantes invencibles pueden ser justificados y salvarse en
su condición? No. Más bien, él está afirmando que los “ignorantes invencibles”
no se hacen responsables por el pecado de infidelidad, pero, aún así irán al
infierno. Lea cuidadosamente la última parte de la frase, “no son reos POR
ELLO de culpa alguna”, es decir, en lo que concierne a la infidelidad.
Santo Tomás de Aquino explica que los incrédulos que nunca han oído hablar
del Evangelio se condenan por sus otros pecados, los que no pueden ser remitidos sin la fe, no por el pecado de
infidelidad (o falta de fe en el Evangelio)[306]. Estos
otros pecados de los incrédulos sirven como razón por la cual Dios no les
revela el Evangelio y que, en última instancia, los excluye de la salvación. Si
uno entre ellos, sin embargo, fuera verdaderamente sincero y de buena voluntad,
y cooperara con la ley natural, entonces Dios le enviará un predicador (incluso
milagrosamente, si fuera necesario) para llevarle a él la fe católica y el
bautismo. En la misma alocución, el Papa Pío IX dice lo siguiente respecto a
una persona de buena voluntad que es invenciblemente ignorante:
“… y
en modo alguno han de faltar los dones de la gracia celeste a aquellos que con
ánimo sincero quieran y pidan ser recreados por esta luz”.
Santo Tomás de Aquino, De Veritate,
14, a. 11, ad 1: Objeción: “‘Es posible
que alguien pueda criarse en el bosque, o en medio de lobos; tal hombre no
puede saber nada explícitamente de la fe’. Santo Tomás responde: ‘Es
característica de la divina providencia proporcionar a cada hombre lo necesario
para la salvación (…) siempre que de su parte no ponga obstáculo alguno. En el
caso de un hombre que busca el bien y se aparta del mal, por la guía de la
razón natural, Dios, o le revelará a
través de la inspiración interior lo que debe ser creído, o le enviará un
predicador de la fe…”[307].
Santo Tomás de Aquino, Sent. II, 28, q. 1, a. 4, ad 4: “Si un hombre nacido entre
naciones bárbaras, hace lo que puede, Dios mismo le mostrará lo que es
necesario para la salvación, ya sea por la inspiración o el envío de un maestro
para él”[308].
Santo
Tomás de Aquino, Sent. III,
25, q. 2, a. 2, solute. 2: “Si un hombre
no tiene a nadie para instruirle, Dios le mostrará, a menos que desee
culpablemente permanecer donde está”[309].
Por lo tanto, el Papa Pío
IX no estaba enseñando que las personas que son ignorantes de la fe católica se
pueden salvar; él estaba diciendo que tales infieles no se condenan por la
infidelidad. El hecho que todos los que mueren como ignorantes no
católicos no se salvan, es la afirmación de toda la tradición católica y de
todos los santos, además de ser la enseñanza dogmática de la Iglesia católica.
San Alfonso de Ligorio (†1760): “Cuántos han nacido entre los paganos,
entre los judíos, entre los mahometanos y herejes, y todos están perdidos”[310].
San Alfonso: “Si eres ignorante de las verdades
de la fe, estás obligado a aprenderlas. Todo cristiano está obligado a aprender
el Credo, el Padrenuestro y el Avemaría, bajo pena de pecado mortal. Muchos no tienen idea de la Santísima
Trinidad, de la Encarnación, del pecado mortal, del juicio, del paraíso, del
infierno o la eternidad; y esta ignorancia deplorable los condena”[311].
San Alfonso, Preparación para la Muerte:
“¡Cuán agradecidos debemos estar de Jesucristo por el don de la fe! ¿Qué hubiera sido de nosotros si hubiésemos
nacido en Asia, África, América, o en medio de herejes y cismáticos? El que no
cree está perdido. Esta fue, pues, la gracia primera y más grande que nos
ha sido dada: nuestro llamado a la fe verdadera. Oh Salvador del mundo, ¿qué sería de nosotros si no nos hubieras
iluminado? Hubiéramos sido como nuestros antepasados, que adoraban animales o
bloques de piedra y madera: y así todos habríamos perecido”[312].
Si bien que la Singulari
quadem de Pío IX no enseñó la HEREJÍA de que hay salvación sin la fe
católica por la ignorancia invencible, ella está débilmente redactada. El Papa
Pío IX simplemente debió haber repetido el dogma definido muchas veces – esto
es, que todos los que mueren sin la fe católica están perdidos –, y haber
explicado claramente que nadie de buena voluntad se quedará en la ignorancia de
la verdadera religión. Pero, debido a su declaración débilmente redactada, y la
siguiente que vamos a examinar, ha resultado un verdadero desastre. Casi
todos los que pretenden defender su creencia herética de que puede haber salvación
fuera la Iglesia católica citan esta declaración falible del Papa Pío IX
y la otra que vamos a examinar.
Lo que es interesante, sin
embargo, y además confirma el punto anterior, es que en Singulari quadem,
después de explicar que los ignorantes invencibles no son reos por ello
de culpa alguna, ¡el Papa Pío IX declara que un católico debe mantener un
Señor, una fe y un bautismo, y que es ilícito ir más allá en la inquisición! –
probablemente en un intento de contener el progreso de la creencia de que habría
salvación fuera la Iglesia por el “bautismo de deseo”. Las personas que creen
en la salvación fuera la Iglesia casi nunca citan esta parte de la alocución.
Papa Pío IX, Singulari quadem: “A la verdad, cuando libres
de estos lazos corpóreos, ‘veamos a Dios tal como es’ (1 Juan, 3, 2),
entenderemos ciertamente con cuán estrecho y bello nexo están unidas la
misericordia y la justicia divinas; mas en tanto nos hallamos en la tierra
agravados por este peso mortal, que embota el alma, mantengamos firmísimamente según la doctrina católica que hay ‘un solo
Dios, una sola fe, un solo bautismo’ (Ef. 4, 5): Pasar más allá en
nuestra inquisición es ilícito”[313].
Por lo tanto, incluso el Papa
Pío IX, en la misma declaración citada malamente por los liberales contra
el dogma fuera la Iglesia no hay
salvación, amonesta que tal teoría sobre la salvación por los otros
bautismos y otras creencias es ilícita.
El Papa Pío IX habló nuevamente
de la ignorancia invencible siete años después en su encíclica Quanto conficiamur moerore del 10 de
agosto de 1863. Quanto conficiamur
moerore no reúne los requisitos de la infalibilidad, puesto que se trata
sólo de una encíclica dirigida sólo a los obispos de Italia[314].
Papa Pío IX, Quanto conficiamur moerore: “Y aquí, queridos hijos y venerables
hermanos, es menester recordar y reprender nuevamente el gravísimo error en que
míseramente se hallan algunos católicos, al opinar que hombres que viven en el
error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica pueden llegar a la
eterna salvación. Lo que ciertamente se opone en sumo grado a la doctrina
católica. Notoria cosa es a Nos y a vosotros que aquellos que sufren ignorancia
invencible acerca de nuestra santísima religión, QUE CUIDADOSAMENTE GUARDAN LA
LEY NATURAL Y SUS PRECEPTOS, ESCULPIDOS POR DIOS EN LOS CORAZONES DE TODOS Y
ESTÁN DISPUESTOS A OBEDECER A DIOS Y LLEVAN VIDA HONESTA Y RECTA, pueden
conseguir la vida eterna, POR LA OPERACIÓN DE LA VIRTUD DE LA LUZ DIVINA Y DE
LA GRACIA, pues Dios (…) no consiente en modo alguno, según su suma bondad y
clemencia, que nadie sea castigado con eternos suplicios, si no es reo de culpa
voluntaria”[315].
En primer lugar,
nótese que el Papa Pío IX condena específicamente la idea de que los hombres
“que viven en el error y ajenos a la verdadera fe” se pueden salvar. ¿Cuál, se
puede saber, es la idea de salvación para los “invenciblemente ignorantes”?
Pues, por supuesto, es la idea de que los hombres que viven en el error y
ajenos de la verdadera fe se pueden salvar. Por tanto, es condenado el concepto
mismo de la salvación para el “invenciblemente ignorante” como MUY CONTRARIO A
LA ENSEÑANZA CATÓLICA en este mismo documento del Papa Pío IX.
En segundo lugar,
nótese de nuevo que el Papa Pío IX no dice en ninguna parte que el
invenciblemente ignorante se puede salvar donde está. Él, más bien, está
reiterando que los ignorantes, si cooperan con la gracia de Dios, guardan la
ley natural y responden al llamado de Dios, pueden, por “la operación de la virtud de la luz divina y de la gracia” de Dios
[iluminados por la verdad del Evangelio]
alcanzar la vida eterna, ya que Dios ciertamente traerá a todos sus elegidos al
conocimiento de la verdad y a la Iglesia por el bautismo. De acuerdo con la definición específica de la Sagrada Escritura, “la luz divina” es la verdad del
Evangelio de Jesucristo (la fe católica), que elimina la ignorancia de
las tinieblas.
Efesios 5, 8: “Fuisteis algún tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor,
andad, pues, como hijos de la luz”.
1 Tes. 5, 4-5: “Cuanto a vosotros, hermanos [creyentes], no viváis en
tinieblas, (…) porque todos sois
hijos de la luz e hijos del día”.
Colosenses 1, 12-13: “Dando gracias a Dios
Padre, que os ha hecho capaces de
participar de la herencia de los santos
en la luz. El Padre nos libró del poder de las tinieblas y
nos trasladó al reino del Hijo de su
amor”.
1 Pedro 2, 9: “Pero vosotros sois linaje
escogido (…) pueblo adquirido para pregonar las excelencias del que os llamó de las tinieblas a su luz
admirable”.
2 Corintios 4, 3-4: “Si nuestro evangelio queda encubierto, es para los que van a la
perdición, para los incrédulos, cuyas inteligencias cegó el dios de este
siglo para que no brille en ellos la
luz del Evangelio, de la gloria de Cristo que es imagen de Dios”.
2 Timoteo 1, 10: “Y manifestada al presente
por la aparición de nuestro Salvador,
Cristo Jesús, que aniquiló la muerte y sacó
a luz la vida y la incorrupción por medio del Evangelio”.
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I (1870): “… nadie, sin embargo, ‘puede consentir a la
predicación evangélica’, como es menester para conseguir la salvación, ‘sin
la iluminación e inspiración del Espíritu Santo, que da a todos
suavidad en consentir y creer a la verdad’”[316].
Por lo tanto, no debemos
interpretar las palabras de Pío IX en Quanto conficiamur moerore sobre
los ignorantes de buena voluntad siendo salvos por recibir “la luz divina y la
gracia” en contra de su verdadero significado bíblico y tradicional: que la
divina luz y la gracia es recibida por oír el Evangelio, creer en él y recibir
el bautismo. Por siguiente, en Quanto conficiamur moerore, Pío IX dice
que la persona sincera, de buena voluntad, que es ignorante de la fe será
“iluminada” por recibir la “luz divina” (oír el Evangelio) y entrará en la
Iglesia católica para que pueda salvarse.
Me doy cuenta que el Papa
Pío IX no fue tan claro como podría haber sido en la segunda parte de Quanto
conficiamur moerore. Los herejes han tenido un día de campo con ella,
porque piensan que pueden explotar su redacción para favorecer su herejía de
que hay salvación fuera la Iglesia. Si el Papa Pío IX hubiera repetido
fuertemente las previas definiciones de los Papas, evitando una redacción débil
de sus palabras, él habría evitado el peligro de que los modernistas tergiversen
sus palabras. Este intento de tergiversar sus palabras es una vergüenza, porque
casi todas sus declaraciones sobre este tema afirman sin ambigüedad el dogma de
la Iglesia, esto es, que los herejes no se pueden salvar.
Papa Pío IX, Nostis et nobiscum, # 10, 8 de diciembre
de 1849: “En particular hay que procurar que los mismos fieles tengan fijo
en sus almas y profundamente grabado el dogma de nuestra santa Religión de que
es necesaria la fe católica para obtener la eterna salvación. (Esta
doctrina recibida de Cristo y enfatizada por los Padres y Concilios, está
contenida también en las fórmulas de profesión de fe usadas por los católicos
latinos, griegos y orientales)”[317].
Papa Pío IX, Ubi primum, # 10, 17 de junio de 1847: “Puesto
que hay una sola Iglesia universal fuera de la cual absolutamente nadie
se salva; ella contiene prelados regulares y seculares junto con los que
están bajo su jurisdicción, todos quienes profesan un Señor, una fe y un
bautismo”[318].
Papa Pío IX, Syllabus de errores modernos, 8 de diciembre de 1864, proposición
16: “Los hombres pueden encontrar en
el culto de cualquier religión el camino de la salvación eterna y alcanzar
la eterna salvación”. – Condenado[319]
Nótese de nuevo que está
condenado aquí el concepto de salvación para el “ignorante invencible”.
El concepto de salvación para el “ignorante invencible”, como es mantenido por
casi todos que lo defienden hoy, es que algunos hombres – incluyendo a los que
observan religiones no católicas – pueden encontrar y llegar a la salvación
en esas religiones porque ellos no tienen “culpa alguna”. Pero esto es
herético y fue condenado en el Índice de Errores arriba citado del mismo Papa
Pío IX.
El P. Miguel Muller,
C.SS.R., fue un sacerdote católico que vivió en la época del Papa Pío IX. Él
escribió un famoso libro titulado El Dogma Católico en el que defendió
la enseñanza de la Iglesia de que una persona que es “invenciblemente
ignorante” de la fe no puede salvarse. También defendió el verdadero sentido de
la enseñanza del Papa Pío IX sobre este tema.
P. Miguel Muller, C.SS.R., El Dogma
Católico, pp. 217-218, 1888: “La
ignorancia inculpable o invencible nunca ha sido y nunca será un medio de
salvación. Para salvarse, es necesario estar justificado, o estar en estado
de gracia. Para obtener la gracia santificante, es necesario contar con las
debidas disposiciones para la justificación, es decir, la verdadera fe divina –
al menos en las verdades necesarias para
la salvación –, la esperanza confiada en el divino Salvador, el sincero
dolor por el pecado, junto con el firme propósito de hacer todo lo que Dios ha
mandado, etc. Ahora bien, estos actos
sobrenaturales de la fe, esperanza y caridad, contrición, etc., que preparan el
alma para recibir la gracia santificante, nunca pueden ser suministrados
por la ignorancia invencible, y si la ignorancia invencible no puede
suministrar la preparación para recibir la gracia santificante, muchos menos le
puede conceder la gracia santificante en sí misma. ‘La ignorancia invencible’,
dice Santo Tomás, ‘es un castigo por
el pecado’ (De, Infid. C. x,
art. 1).
“Esta es, por tanto, una maldición, pero no una bendición o un
medio de salvación (…) Por eso Pío IX
dijo ‘aquellos que sufren ignorancia invencible acerca de nuestra
santísima religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos,
esculpidos por Dios en los corazones de todos y están dispuestos a obedecer a
Dios y llevan vida honesta y recta, pueden
conseguir la vida eterna, por la operación de la virtud de la luz divina y de
la gracia; pues Dios, que todo lo ve, escudriña y conoce la mente, el
ánimo, pensamientos y costumbres de todos, no consiente en modo alguno, según
su suma bondad y clemencia, que nadie sea castigado con eternos suplicios, si
no es reo de culpa voluntaria’.
Dios todopoderoso, que es justo,
no condena a nadie sin culpa suya, pone a esas almas que son invenciblemente
ignorantes de las verdades de la salvación, en el camino de la salvación, ya
sea por medios naturales o sobrenaturales”[320].
En estas líneas bien
escritas vemos afirmado el dogma católico. La ignorancia invencible nunca puede
salvar a un hombre; los que son invenciblemente ignorantes, si se esfuerzan por
hacer todo lo posible y son de buena voluntad, serán iluminados de la fe
católica por Dios “ya sea por medios naturales o sobrenaturales”; el P. Muller
confirma que el Papa Pío IX no estaba
enseñando la herejía de que la ignorancia invencible justifica y salva,
sino que un alma en tal estado – que está de buena voluntad y sigue la ley
natural – será iluminada por Dios acerca de la fe católica para que se pueda
salvar. De hecho, el P. Muller, al reproducir las palabras del Papa Pío IX en Quanto conficiamut moerore muestra con
más claridad la verdadera intención del Papa.
Si
bien está claro que estos documentos del Papa Pío IX no enseñan que la
“ignorancia invencible” pueda salvar a alguien, como el P. Muller confirma,
este no es el problema principal en lo que respecta a este tema extremadamente
importante de la necesidad de la Iglesia católica para la salvación. La
cuestión principal se refiere a lo que la Iglesia ha enseñado infaliblemente;
no lo que el Papa Pío IX enseñó faliblemente. ¡Ambos documentos eran
falibles, no dogmáticos, y podrían haber
contenido error! Los herejes que creen en la salvación fuera de la Iglesia les
gusta echar a la basura toda la enseñanza dogmática de la Iglesia sobre este
tema y centrarse todo el tiempo en lo que ellos creen que el Papa Pío IX enseñó
faliblemente. Ellos ignoran todas las definiciones dogmáticas (ya
citadas en este documento), mientras que intentan explotar los dos documentos
falibles del Papa Pío IX. ¡Ellos oponen sus propias interpretaciones erróneas
sacadas de unas pocas líneas en un discurso de Pío IX a los cardenales y en una
carta al clero de Italia, contra las definiciones dogmáticas del Cuarto
Concilio de Letrán, el Papa Bonifacio VIII y el Concilio de Florencia! Esto es
absolutamente absurdo y totalmente deshonesto. Un sacerdote lo expresó así:
“Sólo
imagínense, mis queridos oyentes, que se omite todo secreto de salvación
contenido en los Evangelios, en las enseñanzas de los Apóstoles, en las
declaraciones de los santos, en las enseñanzas definidas por los Papas, en
todas las oraciones y liturgias de la Iglesia – e imagínense que súbitamente
todo aquello se aclara en una o dos frases débilmente redactadas en una
encíclica del Papa Pío IX, en la que los liberales basan su enseñanza de que
hay salvación fuera de la Iglesia”[321].
La
verdad es que si los liberales reconocen lo que se dice aquí, ellos se darían cuenta
de que – aun cuando el Papa Pío IX hubiera enseñado lo que ellos pretenden (que
no lo hizo) –, sus declaraciones no eran infalibles y no tendrían ningún peso
en comparación con las definiciones dogmáticas sobre el tema. Pero no les
importa eso, porque, como un sacerdote que cree en la salvación fuera de la
Iglesia me dijo: “Me gusta lo que dijo el
Papa Pío IX”. Sí, le gusta lo que él piensa
que dijo Pío IX, y no le gusta lo que Dios ha dicho a través de las
declaraciones infalibles de la Iglesia.
En
conclusión de lo anterior, se puede decir que quienes insisten obstinadamente
en la salvación de los “ignorantes invencibles” – mientras ignoran estos
hechos, y citan obstinadamente a Pío IX para intentar demostrarla – rechazan
simplemente el dogma a favor de sus propias interpretaciones artificiales de
declaraciones falibles; interpretaciones que los llevan a conclusiones que
fueron condenadas de forma explícita por el mismo Papa Pío IX. Por lo
tanto, estas personas “eligen” sus ideas heréticas por sobre el dogma católico
– herejía, en griego significa “elección” – y al hacerlo demuestran su mala
voluntad y de hecho se burlan de Dios. Esas personas no tienen fe verdadera; no
poseen el don de la aceptación de la revelación sobrenatural de Dios; afirman
que Jesucristo no es lo suficientemente importante como para que todos los
mayores del uso de la razón deban conocerlo para salvarse, y quieren la verdad
a su manera.
San Juan
Crisóstomo (†390): “De manera que los Macabeos son honrados en que preferían
morir antes que traicionar la Ley (…) Entonces [en la antigua ley] bastaba
conocer a Dios para la salvación. Ahora no es así; es necesario el conocimiento
de Cristo para la salvación”[322].
La
herejía de que los no católicos se pueden salvar por la “ignorancia invencible”
en realidad no era un problema antes de 1800, puesto que la enseñanza de la tradición
católica de que nadie que ignore el Evangelio puede salvarse era muy clara y
mantenida por la mayoría. Pero gracias al desarrollo del modernismo en la
década de 1850, junto con el secuestro de las débiles declaraciones del Papa
Pío IX por los liberales, la teoría herética de la salvación para los
invenciblemente ignorantes irrumpió y se convirtió en la creencia de muchos
sacerdotes en la segunda mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX. Esto ha
culminado en la situación en que nos encontramos, en que casi el 100% de las
personas que se dicen ser “católicas” (e incluso católicos tradicionalistas)
creen que se pueden salvar los judíos, budistas, musulmanes, hindúes,
protestantes, etc. Debemos agradecer a la herética idea de la salvación para los
“ignorantes invencibles” por esto (habrá mucho más sobre esto más adelante en
este documento). La herejía y el modernismo se extendió tanto, que incluso en
tiempos del Primer Concilio Vaticano
en 1870, San Antonio María Claret, el único santo canonizado en el Concilio,
sufrió un derrame cerebral por la indignación que le causó oír las herejías que
se estaban promoviendo. Por supuesto, Dios no permitió que ninguna de estas
herejías se incluyera en los decretos del Concilio Vaticano I.
El
hecho es que todas las culturas son demoníacas y están bajo el dominio del
diablo hasta que sean evangelizadas. Esta es la enseñanza indiscutible de la
tradición y de la Escritura.
El
P. Francisco de Vitoria, OP, un famoso teólogo dominico del siglo decimosexto,
resume muy bien la enseñanza tradicional de la Iglesia católica sobre este
tema. Estas son sus palabras:
“Cuando
postulamos la ignorancia invencible sobre el tema del bautismo o de la fe
cristiana, no se desprende que una persona pueda salvarse sin el bautismo o la
fe cristiana. Porque los aborígenes, a quienes no ha llegado la predicación
de la fe o la religión cristiana se condenarán por los pecados mortales o por
la idolatría, pero no por el pecado de incredulidad. Sin embargo, como dice
Santo Tomás, si hacen lo que pueden, acompañado de una buena vida de acuerdo
con la ley de la naturaleza, es coherente con la providencia de Dios, que Él
les iluminará el nombre de Cristo”[323].
Todas
las personas que mueren en las culturas en las cuales no ha penetrado el
Evangelio irán al infierno por los pecados contra la ley natural y por los
otros pecados graves que cometan – porque la razón que Dios no les revela el
Evangelio es por la mala voluntad y falta de cooperación con la gracia de Dios.
El Primer Concilio Vaticano definió infaliblemente, basado en Romanos 1, que el
Dios único y verdadero puede ser conocido con certeza por las cosas que han
sido hechas y por la luz natural de la razón humana[324].
San Pablo, Romanos
1, 18-20: “Pues la ira de Dios se manifiesta desde el cielo sobre toda
impiedad e injusticia de los hombres, de los que en su justicia aprisionan la
verdad con la injusticia. En efecto, lo cognoscible de Dios es manifiesto entre
ellos, pues Dios se lo manifestó; porque desde la creación del mundo, lo
invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las
obras. De manera que son inexcusables”.
Todos
pueden conocer con certeza que hay un ser supremo espiritual, que es el único
Dios verdadero y creador del mundo y de todo lo que contiene. Todos saben que
Dios no es algo de madera o jade o piedra que ellos hayan tallado. Ellos saben
que Dios no es el árbol que adoran, ni el río que adoran, ni la roca, ni la
serpiente, ni la rana del árbol sagrado. Ellos saben que estas cosas no es el
Creador del universo. Todos saben que están adorando a una criatura en vez del
Creador. Son, como dice San Pablo en el versículo 20, inexcusables. San Agustín
explica con las siguientes palabras el hecho que haya personas que murieron
ignorantes de la fe y sin el bautismo.
San
Agustín (†428): “… Dios conoció de
antemano que si hubieran vivido y el Evangelio se les hubiese predicado, lo
habrían escuchado sin creer”[325].
Y si alguien aceptara la
verdad, si fuera lo suficientemente honesto intelectualmente como para decir:
“Dios, Tú no puedes ser este pedazo de madera, revélate a mí”, entonces Dios le
enviará un ángel si fuese necesario, así como le envió un ángel a Cornelio en
Hechos capítulo 10; y Él lo llevará con un misionero que le predicará la buena
nueva y el sacramento del bautismo.
Juan 18, 37: “Yo para esto he nacido y para
esto he venido, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye ni voz”.
Papa Pío XI, Quas primas, # 15, 11 de
diciembre de 1925: “Tal se nos propone ciertamente en los Evangelios este
reino, para entrar en el cual los hombres han de prepararse haciendo
penitencia, y no pueden de hecho entrar si no es por la fe y el bautismo, sacramento este que, si bien es un rito
externo, significa y produce,
sin embargo, la regeneración interior”[326].
San Agustín (†426): “En consecuencia,
tanto los que no han escuchado el Evangelio y aquellos que, habiéndolo
oído, y habiendo cambiado para mejor, no
perseveraron (…) ninguno de esos
se separa de esa masa que se sabe que será condenada, ya que todos van
(…) a la condenación”[327].
San Próspero de Aquitania (†450): “Ciertamente, la múltiple e
indescriptible bondad de Dios, como hemos probado en abundancia, siempre proveyó
y todavía provee para la totalidad de la humanidad, de manera que ninguno de los que perezcan puedan alegar
la excusa de que fue excluido de la luz de la verdad…”[328].
Romanos 8, 29-30: “Porque a los que de antes conoció, a esos los predestinó a ser conformes
con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos
hermanos; y a los que predestinó, a
esos también llamó; y a los que llamó, a esos los justificó; y a los
que justificó, a esos también glorificó”.
Hechos 13, 48: “Oyendo esto los gentiles,
se alegraban y glorificaban la palabra del Señor, creyendo cuantos estaban ordenados a la vida eterna”.
Como católicos, por
supuesto no creemos en la predestinación como la predicaba el hereje Juan
Calvino, según la cual no importando lo que el individuo haga, él está
predestinado para el cielo o el infierno. Esa es una herejía perversa.
Al contrario, como católicos, creemos en la verdadera comprensión de la
predestinación, que se expresa en Romanos 8, Hechos 13 y en los Padres y santos
ya citados. Esta verdadera comprensión de la predestinación significa
simplemente que la presciencia de Dios, desde toda la eternidad, se asegura que
los que son de buena voluntad y son sinceros, serán traídos a la fe católica y
llegarán a conocer lo necesario para la salvación – y que todos los que no son
traídos a la fe católica y no saben lo que ellos deben, esos simplemente no
están entre los elegidos.
OTROS PAPAS Y SANTOS
CONTRA LA IGNORANCIA INVENCIBLE
Los defensores de la
salvación por la “ignorancia invencible” podrían inquietarse al escuchar que otros dos Papas, Benedicto XIV y San Pío X,
reiteraron explícitamente el dogma de la Iglesia de que hay ciertos
misterios de la fe de los cuales nadie que quiera salvarse puede ignorarlos.
Estos misterios son los misterios de la Trinidad y la Encarnación, tal como fue
definido por el Credo de Atanasio.
Papa Benedicto XIV, Cum religiosi, # 4: “Mirad que cada ministro realice cuidadosamente
las medidas establecidas por el Santo Concilio de Trento (…) que los confesores
deben cumplir esta parte de su deber cuando alguien se encuentra en su tribunal
y no sabe lo que debe saber por necesidad de medio para salvarse…”[329].
San Pío X, Acerbo nimis, # 2, 15 de abril de 1905: “Y por eso Nuestro
predecesor Benedicto XIV escribió justamente: ‘Declaramos que un gran
número de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua desgracia por
ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para
ser contados entre los elegidos’”[330].
Toda persona por sobre la
edad de la razón, debe tener un conocimiento positivo de estos misterios de la
fe para salvarse. No hay excepciones. Y esta verdad de la fe católica es la
razón de por qué tantos Papas y santos enseñaron que cada miembro de la masa de
la humanidad que vive en la ignorancia de Cristo está bajo el dominio del
diablo y no se salvará, a menos que se incorpore a la luz admirable de Cristo
por la fe y el bautismo.
Papa Gregorio XVI, Probe nostis, #
6, 18 de septiembre de 1840: “Estamos
agradecidos por el éxito de las misiones apostólicas en América, las Indias y
en otras tierras de infieles (…) Ellos buscan a los que habitan en las
tinieblas y en la sombra de la muerte para convocarlos a la luz y la
vida de la religión católica (…) A fin
de arrebatarlos del dominio del demonio, por el baño de la regeneración y
llevarlos a la libertad de los hijos adoptivos de Dios”[331].
En su bula Sublimus Dei, el Papa Paulo III aborda
la cuestión de los indios en el “recién descubierto” Nuevo Mundo. Hablando en
el contexto de los mayores del uso de la razón, el Papa Paulo III declara que
son capaces de recibir la fe, y reitera la enseñanza de la tradición de que
ninguno de ellos puede salvarse sin la fe en Jesucristo.
Papa Paulo III, Sublimus Dei, 29 de mayo de 1537: “El Dios sublime tanto amó a la
raza humana, que Él creó al hombre de tal manera que pudiera participar, no
solamente del bien que gozan las otras criaturas, sino que lo dotó de la capacidad
de alcanzar al Dios supremo, invisible e inaccesible, y verlo cara a cara; y
por cuanto el hombre, de acuerdo con el
testimonio de las Sagradas Escrituras, fue creado para gozar de la felicidad de
la vida eterna, que nadie puede alcanzar sino por medio de la fe en Nuestro
Señor Jesucristo, es necesario que posea la naturaleza y las
capacidades para recibir esa fe; por lo cual, quienquiera que esté así dotado,
debe ser capaz de recibir la misma fe: No es creíble que exista alguien que
poseyendo el suficiente entendimiento para desear la fe, esté despojado de la
más necesaria facultad de obtenerla, de aquí que Jesucristo, que es la Verdad
misma, que no puede engañarse ni engañar, cuando envió a los predicadores de la
fe a [cumplir] con el oficio de la predicación dijo: ‘Id y enseñad a todas las
gentes’, a todas dijo, sin excepción,
puesto que todas son capaces de ser instruidas en la fe (…) haciendo uso de
la autoridad apostólica, determinamos y declaramos por las presentes letras que
dichos indios, y todas las gentes (…) deben ser convertidos a la fe de Cristo a
través de la predicación de la palabra de Dios y con el ejemplo de una vida
buena, no obstando nada en contrario”[332].
Esto nos muestra, una vez
más, que es contrario a la fe católica afirmar que se pueden salvar las almas
ignorantes de los misterios fundamentales de la fe católica.
El gran “apóstol de las
Montañas Rocosas”, el P. Pierre de Smet, quien fue el extraordinario misionero
para los indios norteamericanos en el siglo XIX, también estaba convencido – al
igual que todos los grandes misioneros católicos anteriores a él – que todos
los indios a los que no alcanzó a predicar y convertir, estarán eternamente
perdidos (véase también la sección sobre San Isaac Jogues y San Francisco
Javier).
P. De Smet, SJ., 26 de enero de 1838: “Los
nuevos sacerdotes ya serán asignados a la misión Potawatomi, y mi superior, el
Padre Verhaegen, me da esperanza que seré enviado. ¡Qué feliz sería yo si
pudiese dedicarme a la salvación de tantas almas, que perecen porque nunca
han conocido la verdad!”[333].
P. De Smet, SJ., 8 de diciembre de 1841:
“Me duele el corazón pensar que tantas almas abandonadas perecerán por falta de
sacerdotes que los instruyan”[334].
P. De Smet, SJ., 9 de octubre de 1844: “¡Que
emoción a la vista de esta vasta tierra, donde, por falta de misioneros, miles
de hombres nacen, crecen a la edad adulta, y mueren en las tinieblas de la
infidelidad! Pero ahora, por nuestros esfuerzos, la mayoría, si no
todos, conocerán la verdad”[335].
Esta verdad sobre la
salvación es la razón de que San Luis de Montfort diga lo siguiente en su obra
maestra Tratado de la Verdadera Devoción
a la Santísima Virgen (la cual recomendamos a todos).
San Luis de Montfort, Verdadera Devoción
a María, # 61: “Debajo del cielo
ningún otro nombre se nos ha dado, para que por él seamos salvos (…) Todo fiel
que no esté unido a Él, como un sarmiento lo está a la cepa de la vid, caerá,
se secará y sólo servirá para ser echado al fuego. Fuera de Él sólo hay extravío, mentira, iniquidad, inutilidad, muerte y
condenación”[336].
Esta verdad sobre la
salvación es la razón de por qué el Papa San Gregorio Magno respondió de la
siguiente manera después de ver, en un mercado de esclavos, a algunos jóvenes
de la todavía no evangelizada Gran Bretaña.
Siglo VI: “La Gran Bretaña que conoció San Gregorio completamente desconocedora de
Cristo. Un día (…) San Gregorio vio en un mercado de esclavos a un grupo de
hermosos jóvenes de cabello rubio del norte, y preguntó quiénes eran. ‘Anglos’
le respondieron, de Gran Bretaña. ‘No son anglos, sino ángeles’, respondió San
Gregorio exclamando lo triste que era
que ‘seres con rostros tan claros fuesen esclavos del príncipe de las tinieblas’
cuando ellos ‘deberían ser coherederos con los ángeles del cielo’. Y entonces resolvió: ‘Ellos serán
salvados de la ira de Dios y llamados a la misericordia de Cristo’”[337].
El Papa San Gregorio Magno
claramente sostuvo que los anglos no estaban en condiciones de salvarse, a
pesar que eran ignorantes del Evangelio. Estaban, como él dijo, esclavizados al
príncipe de las tinieblas puesto que se encontraban fuera del reino
sobrenatural de Cristo (la Iglesia católica) y bajo el dominio del diablo por
causa del pecado original. Por lo tanto, resolvió enviar a San Agustín de Canterbury
para evangelizarlos y salvarlos.
Es por esta verdad sobre
la salvación que San Francisco de Sales declaró lo siguiente en La Controversia Católica:
San
Francisco De Sales, La Controversia Católica (1672): “Sí, en verdad,
porque fuera de la Iglesia no hay salvación, fuera de esta arca todos perecen”[338].
San
Francisco De Sales, La Controversia Católica (1672): “… [que] los hombres puedan salvarse fuera de la verdadera
Iglesia, lo cual es imposible”[339].
San Francisco De Sales, La Controversia
Católica (1672): “Quién puede desmerecer la gloria de tantos religiosos
de todas las órdenes, y de tantos sacerdotes seglares, quienes, saliendo de
su país, se han expuesto a la merced del viento y la marea, para llegar a
las naciones del Nuevo Mundo, a fin de conducirlas a la verdadera fe, y para
iluminarlas con la luz del Evangelio (…) entre los caníbales, canarios (…)
brasileños, malayos, japoneses, y de otras naciones extranjeras, y se hicieron
prisioneros allá, desterrándose de su propia tierra natal para que esta
pobre gente no sea desterrada del paraíso celestial”[340].
Es por esta verdad sobre
la salvación que el Papa León XIII dijo que el descubrimiento de América por
Cristóbal Colón condujo a la salvación de cientos miles de mortales, los que, de
otro modo, se habrían perdido al morir en un estado de ignorancia de la
verdadera fe.
Papa León XIII, Quarto abeunte saeculo, # 1, 1902: “Por obra suya [de Cristóbal Colón] emergió de la inexplorada
profundidad del océano un nuevo mundo: cientos de miles de mortales fueron rescatados del olvido y de las
tinieblas a la comunidad del género humano, fueron llevados de un culto
salvaje a la mansedumbre y a la humanidad, y
lo que es muchísimo más, fueron llamados nuevamente de la muerte a la vida
eterna por la participación de los bienes que nos trajo Jesucristo”[341].
Es por esta verdad sobre
la salvación que el Papa Pelagio I, representando el espíritu y toda la
tradición de la Iglesia primitiva, declaró que todos aquellos que “no
conocieron el camino del Señor” se perdieron.
Papa Pelagio I, Fide Pelagii a
Childeberto, abril de 557: “Todos los hombres, en efecto, desde Adán (…)
confieso que entonces han de resucitar y’ presentarse ante el tribunal de
Cristo’ (Rom. 14, 10), ‘a fin de recibir cada uno lo propio de su cuerpo, según
su comportamiento, ora bienes, ora males’
(2 Cor. 5, 10) (…) a los inicuos,
empero, que por albedrío de su propia voluntad permanecen ‘vasos de ira aptos
para la ruina’ (Rom. 9, 22), que, o
no conocieron el camino del Señor o, conocido, lo abandonaron cautivos
de diversas prevaricaciones, los
entregará por justísimo juicio a las penas del fuego eterno e inextinguible,
para que ardan sin fin”[342].
San Justino Mártir, Diálogo con el judío Trifón (155 d.C.):
“No hay una sola raza de hombres – sean
bárbaros o griegos, o cualquiera sea el nombre de su denominación, ya sean
nómades o los llamados sin techo o sin rebaño que viven en tiendas – entre los cuales sus oraciones y acciones
de gracias no son ofrecidas a Dios, el Creador de todas las cosas, en el nombre
de Jesús crucificado”[343].
El hecho es que Dios ha
revelado que todos los que quieran salvarse deben creer en la fe católica (la
Trinidad y la Encarnación es “la fe católica” en sus misterios más simples –
véase el Credo Atanasiano). No debiera
ser difícil para un católico aceptar el hecho que Dios se asegurará que las
almas de buena voluntad oirán su voz y recibirán la fe católica. Después de
todo, los católicos están obligados a profesar, en el solo Credo de los
Apóstoles, la creencia en numerosos eventos sobrenaturales: el nacimiento
virginal, la Resurrección y la Ascensión. Un católico también tiene que creer
en la Sagrada Escritura que está llena de milagros y de fenómenos
sobrenaturales. La transubstanciación (la presencia real de Cristo en la
Eucaristía) también es un milagro de todos los días en que los católicos
tradicionales creen. Entonces, ¿por qué sería difícil creer que Dios quite
la ignorancia de las almas de buena voluntad sin importar dónde se encuentren,
incluso milagrosamente si es necesario? El nombre de Jesús es el único nombre bajo
todo el cielo (Hechos 4, 12) en el cual hay salvación; y los que no entran
por Jesús, son ladrones y salteadores (Juan 10).
Juan 10, 1, 9: “[Jesús dijo:] En verdad, en
verdad os digo que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas,
sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador (…) Yo soy la
puerta”.
Un caso famoso es el de la
venerable María de Agreda, quien
viajó por el don de la bilocación, desde su convento en España hasta los
desiertos de Texas para instruir a los indios en la verdadera fe. “Hay un gran
mural sobre la entrada principal de la catedral de Ft. Worth que representa
estas prolongadas visitas, así como el enorme original que cuelga en la iglesia
de Santa Ana en Beaumont, Texas”[344]. Sus
bilocaciones milagrosas a los Estados Unidos se produjeron por once años
(1620-1631), desde Texas a Nuevo México y Arizona, abarcando más de mil
quinientos kilómetros.
También se relata en
muchos lugares del Nuevo Testamento que el Evangelio fue incluso, en la época de
los Apóstoles, predicado en todo el mundo.
Hechos 1, 8: “[Jesús les dijo]… pero
recibiréis el poder del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda
Judea, en Samaria y hasta los extremos de la tierra”.
Colosenses 1, 23: “Si perseveráis
firmemente fundados y estables en la fe y no os apartáis de la esperanza del Evangelio que oísteis, y que ha sido
predicado a toda criatura bajo el cielo, y cuyo ministro he sido
constituido yo, Pablo”.
Colosenses 1, 4-6: “Pues hemos sabido de
vuestra fe en Cristo (…) En ella habéis sido instruidos por la palabra verdadera del Evangelio que os
llegó, y, como en todo el mundo, también entre vosotros
fructifica…”.
1 Tesalonicenses 1, 8: “Y así de vosotros
no sólo se ha difundido la palabra del Señor en Macedonia y en Acaya, sino que en todo lugar…”.
Romanos 10, 13-18: “Pues todo el que
invocare el nombre del Señor será salvo. Pero, ¿cómo invocarán a aquel en quien
no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les
predica? (…) Luego la fe viene de la audición, y la audición, por la palabra de
Cristo. Pero yo digo: ¿Es que no han oído? Cierto
que sí. Por toda la tierra se difundió su voz, y hasta los confines del orbe
habitado sus palabras”.
El Nuevo Testamento es
claro al decir que el Evangelio llegó “hasta los extremos de la tierra” (Hechos
1), “a toda criatura bajo el cielo” (Col. 1), y “hasta los confines del orbe”
(Rom. 10). Es muy posible que los Apóstoles hayan sido milagrosamente
transportados a las extremidades de la tierra a predicar el Evangelio y
bautizar en el mismo carro con el que el profeta Elías fue llevado
milagrosamente de la tierra – un carro de fuego.
2 Reyes 2, 11: “Siguieron andando y
hablando, y he aquí que un carro de
fuego con caballos de fuego separó a uno de otro, y Elías subía al cielo en el
torbellino”.
De hecho, sabemos que San
Felipe Apóstol fue transportado de una manera similar a la de Elías, después
que Felipe bautizara al eunuco de Candace.
Hechos 8, 38-39: “Mandó parar el coche y
bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. En cuanto subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe
y ya no le vio más el eunuco, que continuó alegre su camino”.
Hechos 2 nos dice también
que el día de Pentecostés, judíos de “todas las naciones que hay debajo del
cielo” (que habían venido a Jerusalén para el día de Pentecostés) fueron
convertidos y bautizados.
Hechos 2, 1-41: “Al cumplirse el día de Pentecostés,
estando todos juntos en un lugar (…) Residían
en Jerusalén judíos varones piadosos, de cuantas naciones hay bajo el cielo,
y habiéndose corrido la voz, se juntó una muchedumbre, que se quedó confusa
al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos de admiración,
decían: Todos estos que hablan, ¿no son galileos? Pues, ¿cómo nosotros oímos
cada uno en nuestra propia lengua, en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, los que habitan Mesopotamia, Judea, Capadocia,
el Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y las partes de Libia que están
contra Cirene, y los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y
árabes, (…) Ellos recibieron la gracia y se bautizaron, siendo incorporados (a la Iglesia) aquel
día unas tres mil personas”.
Una vez que estas almas de
“cuantas naciones hay bajo el cielo” se convirtieron y bautizaron, viajaron de
regreso a sus respectivas tierras y difundieron el Evangelio – facilitando la
inmediata diseminación del Evangelio en las tierras lejanas de todo el mundo.
Por eso, por ejemplo, hay evidencia del cristianismo en Partia que es
contemporánea con los primeros contactos occidentales en ese reino después de
Cristo.
Warren H. Carroll, Una Historia de la Cristiandad, vol. 1, p. 429: “La importancia de esta
conversión de un número considerable de peregrinos [en el día de Pentecostés],
quienes pronto retornarían a sus hogares en tierras lejanas y que
pudieron expandir la fe a menudo, ha sido omitida (…) Pero este hecho
probablemente explica, por ejemplo, que encontremos vestigios de cristianismo en reinos tan lejanos como el de los partos,
cuando rastreamos los contactos con occidente, después de Cristo”[345].
Puesto que estas almas se
habían convertido de una manera intensa “estupefactos” (Hechos 2, 12) – “y se
apoderó de todos los espíritus el temor,
pues muchos eran los prodigios y señales realizados por los apóstoles”
(Hechos 2, 43) – ellos se convirtieron en celosos instrumentos misioneros de
Dios que difundieron inmediatamente la fe y bautizaron en sus países de origen.
Y esto ni siquiera incluye la obra misionera que los mismos Apóstoles hicieron
en las tierras fuera del Imperio Romano. San Andrés, por ejemplo, llegó a
predicar tan lejos como Ucrania[346].
Andrés – predicó en Escitia (Ucrania
bárbara) y tal vez en Grecia
Bartolomé – predicó en el sur de
Arabia (y tal vez en India)
Judas Tadeo – predicó en Mesopotamia
(y quizás en Armenia e Irán)
Mateo – en Media o Etiopía
Matías – se desconoce
Felipe – en Asia Menor (Frigia)
Simón el celoso – en Irán
Tomás – en Partia y la India[347]
“El hecho más destacado de esta lista es
que, con la única excepción de Felipe, cada
uno de estos Apóstoles, de cuya obra misionera se conserva la más escasa
memoria, se fue más allá de las fronteras
del Imperio Romano (…) Por
lo tanto, la verdad parece ser (como deberíamos haber esperado, si bien que en
nuestra visión estrecha lo podemos encontrar difícil creer) que Cristo en realidad quiso decir
exactamente lo que Él dijo cuando habló a los discípulos, después de su
Resurrección, de llevar su mensaje hasta los confines de la tierra, y que
no tenía ninguna intención de esperar hasta que se inventaran los aviones y la
televisión para que se pueda hacer con más facilidad”[348].
Es por eso que los
célebres Padres San Justino Mártir (citado arriba), San Irineo, San Clemente y
muchos otros escriben:
San Ireneo, Contra los herejes, 180 d.C.: “La
Iglesia, extendida por el orbe del universo hasta los confines de la tierra,
recibió de los Apóstoles y de sus discípulos la fe en un solo Dios Padre
soberano universal (…) y en un solo Jesucristo Hijo de Dios (…) y en el
Espíritu Santo (…) por medio de la Virgen, la pasión y la resurrección (…) Las
iglesias de la Germania no creen de manera diversa ni trasmiten otra doctrina
diferente que la que predican las de la Iberia o de los Celtas, o las de
Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco de las iglesias
constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol (…) es uno y el
mismo en todo el mundo, así también la
luz que es la predicación de la
verdad brilla en todas partes (Juan 1, 5) e ilumina a todos los seres humanos
(Juan 1, 9) que quieren venir al conocimiento de la verdad (1 Tim. 2, 4)”[349].
San Clemente de Alejandría, Exhortación a los griegos, 190 d.C.: “El
poder divino, por otra parte, se irradia
con una velocidad inigualable y con una benevolencia fáciles de obtener, ha
llenado toda la tierra con la semilla de la salvación (…) Él se mostró como
el heraldo de la verdad, nuestro Mediador y Salvador…”[350].
También sabemos que el Espíritu
Santo les prohibía especialmente a los Apóstoles predicar el Evangelio en
ciertos lugares, debido, muy probablemente, a la mala voluntad con que se
encontrarían sus habitantes.
Hechos 16, 6: “Atravesada la Frigia y el
país de Galacia, el Espíritu Santo les
prohibió predicar en Asia”.
Hechos 16, 7: “Llegaron a Misia e intentaron dirigirse a Bitinia, más tampoco
se lo permitió el Espíritu de Jesús”.
Por otra parte, sabemos
que el Espíritu Santo dirigió específicamente a los Apóstoles – a modo de inspiración
sobrenatural – para predicar el Evangelio en los lugares donde había almas
sinceras que la necesitaban, como en Macedonia.
Hechos 16, 9-10: “Por la noche tuvo Pablo una visión. Un varón macedonio se le puso
delante, y, rogándole, decía; Pasa a Macedonia y ayúdanos. Luego que vio la visión, buscamos cómo pasar a Macedonia, coligiendo
que Dios nos llamaba a evangelizarles”.
Hechos 8, 26-29: “El ángel del Señor habló
a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el mediodía (…) Dijo el Espíritu a Felipe: Acércate y llégate a ese coche”.
Nada
de esto quiere decir, por supuesto, que no se
debe predicar el Evangelio a una persona sin la inspiración sobrenatural. Es
simplemente para ilustrar que Dios conoce las almas de buena voluntad y las
almas de mala voluntad, Él está plenamente consciente de quién está
verdaderamente deseoso de la verdad del Evangelio y quién no, y no hay nada que
le pueda detener en revelar su verdad a aquellos que son sinceros. ¡El Señor
añade a diario a la Iglesia a los que han de ser salvos!
Hechos 2, 47: “Cada
día el Señor iba incorporando a los que habían de ser salvados” –
Haydock Catholic Commentary
[Comentario Católico de Haydock] sobre
este versículo: “Más y más añadía cada día
a la Iglesia [quienes deberían ser salvos], como se expresa claramente en el
griego”.
San Pablo dice además que
los hombres (es decir, los hombres mayores del uso de la razón que quieren
salvarse) no pueden tener fe en Cristo, que es necesaria para la salvación, si
no han oído hablar de Él. “Y ¿cómo creerán sin haber oído de Él?” (Romanos 10).
Dado que los mayores del uso de la razón deben escuchar la palabra de Cristo
para tener la fe (Romanos 10), deben escuchar la palabra de Cristo para tener
la salvación, porque nadie se justifica sin la fe – la única verdadera fe
católica.
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I,
sesión 3, cap. 3, 1870, sobre la fe: “Mas porque
‘sin la fe (…) es imposible agradar a Dios’ (Hebr. 11, 6) y llegar al consorcio de los hijos de Dios; de ahí que nadie alcanzará la salvación eterna,
si no perseverare en ella hasta el fin”[351].
Papa Pío IV, Concilio de Trento, “Iniunctum nobis”, 13 de noviembre de 1565, ex
cathedra: “Esta verdadera fe católica, fuera de la cual nadie puede salvarse,
y que al presente espontáneamente profeso y verazmente mantengo…”[352].
El hecho de que nadie
puede salvarse sin la fe católica es, sin duda, la razón de por qué hay
evidencia de la llegada del cristianismo al Nuevo Mundo mucho antes que
Cristóbal Colón lo descubriese. San Brandán el Navegante (484-577 d.C.) informa
haber hecho viajes a través del Atlántico mucho antes de Cristóbal Colón[353], y se
ha descubierto evidencia arqueológica que confirma esta afirmación.
Los conquistadores
católicos de los siglos XV y XVI del norte y sur de América, quienes también
derrocaron al satánico imperio azteca, encontraron abundante evidencia de la
antigua presencia del cristianismo en el Nuevo Mundo.
“Siendo que las Indias representaban un
tercio de la humanidad, era, por lo tanto, teológicamente imposible que no
hubieran sido evangelizadas por uno de los apóstoles de Cristo (…) Santo Tomás
(que predicó supra Gangem, más allá
del Ganges) (…) Puesto que la evangelización de Santo Tomás es parte integrante
de la revelación, ¿qué signos materiales tenemos de su paso por el Nuevo Mundo?
Estas son las marcas indelebles de su presencia [o la de algún otro Apóstol]:
las fuentes milagrosas y las sorprendentes cruces encontradas aquí y allá,
desde Bahía, en el Brasil, hasta Huatulco, la variedad de ritos indígenas que
vagamente evocan el cristianismo – la confesión, el ayuno (…) la creencia en un
Dios creador, en una Virgen que concibió maravillosamente, en el diluvio
universal; la marcada interpretación de los símbolos en forma de cruz en los
templos y manuscritos (…) Todo parece dar fe de los restos de un cristianismo
corrompido por el tiempo. La figura omnipotente de uno llamado Zume en Paraguay
y Brasil, Viracocha en Perú, Bochica en Colombia, Quetzalcóatl en México,
Kukulcán en los mayas, está rodeada por un gran número de analogías cristianas”[354].
Se han descubierto
evidencias de que el cristianismo llegó a China desde el siglo primero o
segundo. “Un profesor chino de teología
dice que la primera Navidad está representada en el relieve en piedra de la
dinastía Han del Este (25-220 d.C.). En la foto (…) una mujer y un hombre
están sentados en torno a lo que parece un pesebre, con los supuestos ‘tres
reyes magos’ que se acercan desde el lado izquierdo, sosteniendo regalos; ‘el
pastor’ que les seguía de rodillas a la derecha, y ‘los asesinos’ detrás”[355]. De
hecho, San Francisco Javier (1506-1552) y el P. Matteo Ricci (1552-1616), dos
de los misioneros más influyentes de la Compañía de Jesús, “afirmaron en sus
escritos que encontraron pruebas que corroboran que Tomás había pasado por
China con éxito”[356].
Así, por estos cuatro
medios fue trasmitido el Evangelio hasta los confines de la tierra durante el
período de la revelación de Jesucristo – es decir, el período en cual su fin
está oficialmente marcado con la muerte del último Apóstol: 1) la predicación
de los Apóstoles que abarcaba todo el Imperio Romano y las amplias zonas fuera
de él, y la predicación de la multitud convertida por ellos; 2) la predicación
de todos los convertidos en Pentecostés, que llevaron el Evangelio a sus
tierras lejanas; 3) la posibilidad del transporte milagroso de los Apóstoles a
tierras lejanas donde se encontraban las almas de buena voluntad, así como
Felipe fue transportado lejos del eunuco (Hechos 8 y 4) la intervención directa
sobrenatural de Dios diciéndoles a la gente lo que necesitan creer y hacer para
ser convertidos a la fe cristiana y salvarse. Vemos esta intervención
sobrenatural directa de Dios para instruir a las almas de buena voluntad en el
caso de Cornelio y San Pablo:
Hechos 10, 1-5: “Había en Cesárea un hombre
llamado Cornelio, (…) piadoso, temeroso de Dios (…) vio claramente en visión a un
ángel de Dios que, acercándose a él, le decía: Cornelio (…) envía, pues,
unos hombres a Joppe y haz que venga un cierto Simón, llamado Pedro”.
Hechos 9, 3-7: “Cuando [Pablo] estaba de
camino, sucedió que, al acercarse a Damasco, se vio de repente rodeado de una luz del cielo (…) El entonces,
temblando y despavorido, dijo: Señor, ¿qué quieres que haga? Y el Señor le respondió: levántate y entra en la ciudad, y se te
dirá lo que has de hacer”.
También debemos tener en
cuenta un quinto factor muy importante, que arroja más luz sobre esta cuestión:
la enseñanza de Cristo es que la inmensa mayoría de la humanidad es de mala
voluntad y, por lo tanto, se condenan. Jesús reveló que son pocos los
que se encuentran en el camino de la salvación en Mateo 7, 13, y los grandes
maestros espirituales de la Iglesia católica han enseñado que no sólo la
mayoría de la humanidad está perdida (es decir, todos los que mueren como no
católicos), sino incluso la mayoría de los que profesan ser católicos.
Ya que el triste hecho de
la historia humana es que pocos son de la verdad – algo que también se descubre
por la lectura del Antiguo Testamento y las historias acerca de que pocos que
fueron encontrados dignos de entrar en la Tierra Prometida, y que pocos
permanecían fieles a la ley de Dios en proporción a la súper-mayoría de incluso el pueblo de Dios que cayó
repetidamente en la idolatría – esto ayuda en explicar por qué Dios deja en la
ignorancia a segmentos de la población mundial. Ello es porque ahí no se
encuentran almas de buena voluntad. Por lo tanto, las partes del Nuevo Mundo
que no fueron alcanzadas por el Evangelio, no fueron alcanzadas porque ahí no
se encontraban los elegidos.
Las palabras del Nuevo
Testamento que hablan de que el Evangelio era predicado en toda la creación
debajo del cielo, y las palabras de nuestro Señor de que los Apóstoles serían
testigos de Él en “los confines de la tierra” en su último discurso antes de su
ascensión, sugieren que tal vez algunos de los mismos Apóstoles fueron
transportados milagrosamente a las zonas del mundo donde se encontraban las
almas de buena voluntad. Pero independientemente de lo que obtiene de los
pasajes de las Escrituras aquí citados, el hecho es que el Evangelio fue
predicado donde se encontraban las almas de buena voluntad y, donde no se
predica, no hay salvación.
Tertuliano, Contra los Judíos (200 d.C.): “¿En quién otro han creído todas las
naciones, sino en el Cristo, que ya ha venido? Los partos y los medos y los
elamitas, y los que habitan la Mesopotamia, Armenia, y Capadocia; y los que
viven en Ponto y Asia, en Phrygia y Pamphylia; caminantes en Egipto y habitantes
de las partes de África más allá de Cirene, romanos y habitantes extranjeros;
sí, y judíos en Jerusalén, y otras gentes: incluso las diversas tribus de
gutlianos, y los límites de muchos de los moros, y de todos los confines de
España, y de las varias naciones de la Galia; y los lugares de los británicos,
inaccesibles a los romanos, pero ya subyugados a Cristo; y de los sármatas y
dacios y los alamanes y escitas, y de
los muchas tribus remotas y las provincias e islas desconocidas de nosotros que
apenas podemos enumerar…”[357].
San Luis De Montfort, El Secreto del
Rosario, 1710: “… nadie puede
salvarse sin el conocimiento de Jesucristo”[358].
Lucas 24, 47: “… y que se
predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las
naciones, comenzando por Jerusalén”.
Hechos 4, 12: “En nombre de Jesucristo (…) En ningún otro hay salvación, pues
ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos”.
SALVACIÓN PARA LOS
“INVENCIBLEMENTE IGNORANTES” REDUCIDA A SU PRINCIPIO ABSURDO
La teoría de la
“ignorancia invencible” también se puede refutar por la reducción a su
principio absurdo, que es el siguiente: si ser ignorante del Salvador podría
hacer merecedor de la salvación, entonces los católicos en realidad le están
haciendo a los no cristianos un mal servicio al predicarles a Jesucristo. San
Pablo, San Vicente Ferrer, San Francisco Javier, el P. Pierre de Smet, los
mártires norteamericanos y los otros incontables misioneros heroicos en la
historia de la Iglesia, quienes sufrieron penurias increíbles al predicar el
Evangelio a los paganos ignorantes, simplemente
estaban haciendo a estas personas más culpables y más pecaminosas delante de
Dios, según la moderna herejía de la salvación por la “ignorancia
invencible”. Si los misioneros se hubiesen quedado solamente en casa, de
acuerdo con la herejía de la ignorancia invencible, entonces los paganos
sinceros se podrían haber salvado de no haber oído hablar de Cristo por causas ajenas a la suya. Pero al
hacer el esfuerzo de predicarles a Cristo, como lo
hicieron los misioneros, estaban – según la herejía de la ignorancia invencible
– haciendo que estas personas no tuvieren
excusa alguna si faltaran vivir
según las obligaciones del Evangelio o lo rechazaban por completo. Por lo
tanto, la predicación del Evangelio a los no cristianos, según la teoría
herética de la “ignorancia invencible”, pone a los paganos en una situación en
la que es más probable que se condenen. Por tanto, la herejía moderna de la
salvación por la “ignorancia invencible” en realidad hace contraproducente para la salvación de las almas la predicación a
los paganos. Pero, tal idea es absurda, por supuesto, y demuestra el carácter
ilógico y falso de la herejía de la ignorancia invencible.
Pero, de hecho, la herejía
se ha puesto tan mal hoy en la época de la Gran Apostasía en que vivimos (véase
sección 34) que la mayoría de los “católicos” hoy fácilmente profesan que los
paganos, los judíos, los budistas, etc. que conocen del Evangelio y lo
rechazan también se pueden salvarse por la “ignorancia invencible”. Pero
esto sólo es el resultado necesario de la herejía de la ignorancia invencible;
porque si los paganos, que nunca han oído de Cristo pudieran salvarse por la
“buena fe”, entonces los paganos que rechazan a Cristo también podrían estar de
buena fe, porque ¿cuánto deben oír para perder su “ignorancia invencible”? Una
vez que nos apartamos del principio – es decir, una vez que alguien rechaza la
verdad divinamente revelada – de que todos los que mueren como
paganos están definitivamente perdidos sin excepción (Papa Eugenio IV, de
fide), se rechaza las clara
línea de demarcación, y se impone necesariamente una zona gris, un área
gris según la cual, posiblemente,
no se puede saber o establecer los límites de quién está posiblemente de buena
fe y quién no.
Hace poco estuve hablando
con un erudito que se consideraba un “católico tradicional”. Esta persona
defiende la herejía de la ignorancia invencible. Estábamos discutiendo de su
creencia de que los judíos y los otros no católicos pueden salvarse. En la
discusión, él admitió que sostenía que los judíos que odian a Cristo
posiblemente se pueden salvar. Antes de admitir eso, sin embargo, dijo: “depende
de cuánto él [el judío] haya oído hablar de Cristo. Si sólo hubiera visto un
crucifijo...”. Su punto era que si el judío solamente hubiera visto un crucifijo,
pero no hubiera oído de Jesucristo de una manera sustancial, el judío
posiblemente podría salvarse en la buena fe; mientras que si se le hubiera
predicado enteramente al judío sobre nuestro Señor Jesucristo, él probablemente
no estaría en buena fe. (Como he dicho, el erudito eventualmente admitió que
incluso en este último caso – el judío que totalmente rechaza y/o odia a Cristo
– también podría estar de buena fe, pero le mencioné el argumento que él empleó
antes de admitir ese punto para ilustrar mi siguiente punto). El “erudito” en
realidad está demostrando lo absurdo de la herejía de la ignorancia invencible
por su argumentación; él admite que el judío, que ha visto el crucifijo pero
no ha oído de Cristo, puede estar de buena fe, pero si el judío hace el
esfuerzo de indagar sobre el que está colgado en el crucifijo – o si un amigo
le predica sobre el que está colgado en el crucifijo – ¡él probablemente no
estaría buena fe! Por lo tanto, predicar a Cristo crucificado, según este “erudito” que había absorbido
totalmente la herejía de la “ignorancia invencible”, no salvaría, sino que
posiblemente condenaría al judío. Pero esto es obviamente falso y herético.
1 Corintios 15, 1-2: “Os doy a conocer,
hermanos, el Evangelio que os he
predicado, que habéis recibido, en el que os mantenéis firmes, y por el cual sois salvos…”.
La otra consecuencia
herética de la herejía de la ignorancia invencible es que significaría que los
infantes también podrían salvarse sin el bautismo, porque los infantes son las personas
más “invenciblemente ignorantes” del mundo. Por lo tanto, el argumento
incluiría que, si la “ignorancia invencible” salva a los no católicos, entonces
puede salvar también a los infantes “invenciblemente ignorantes”. Pero tal idea
ha sido condenada repetidamente por la Iglesia católica; es una verdad
divinamente revelada que ningún infante puede entrar en el cielo sin el
bautismo de agua (véase la sección “Los infantes no pueden salvarse sin el
bautismo de agua”).
JESUCRISTO CONTRA LA
IGNORANCIA INVENCIBLE
Tal vez nada en el Nuevo
Testamento es más claro que el hecho que nuestro Señor Jesucristo es el Hijo de
Dios y se deba creer en Él para obtener vida eterna.
Juan 3, 16: “Porque tanto amó Dios al
mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no
perezca, sino que tenga la vida eterna”.
Juan 3, 36: “El que cree en el Hijo tiene la vida eterna; el que rehúsa creer
en el Hijo no verá la vida, sino que está sobre él la cólera de Dios”.
Juan 17, 3: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero,
y a tu enviado, Jesucristo”.
Juan 8, 23-24: “Él les decía [a los
judíos]: Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo,
yo no soy de este mundo. Os dije que moriríais en vuestro pecado, porque, si no creyereis que Yo soy,
moriréis en vuestros pecados”.
Juan 14, 6: “Jesús le dijo: Yo soy el
camino, la verdad y la vida; nadie viene
al Padre sino por mí”.
Y nuestro Señor es claro acerca
de aquellos que no le conocen no se salvarán.
Juan
10, 14: “Yo soy el buen pastor y conozco a las mías, y las mías me conocen a
mí”.
No hay muchos pasajes en
el Nuevo Testamento que sean tan destructivos de la herejía de la “ignorancia
invencible” como Juan 10, 14. Nuestro Señor nos dice que Él clara y
definitivamente conoce a sus ovejas y que sus ovejas lo conocen a Él. Y si las
palabras de nuestro Señor no fueran lo suficientemente claras, Él va a decir,
como se registra sólo dos versículos más adelante en el Evangelio de Juan:
Juan 10, 16: “Tengo otras ovejas que no son de este
aprisco, y es preciso que yo las
traiga, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo
pastor”.
¿Podría algo ser más
claro? Casi todos los teólogos entienden estas palabras de nuestro Señor sobre
las “otras ovejas” para referirse a los gentiles. Nuestro Señor les dice a los
judíos que Él tiene ovejas entre los gentiles, que son de la verdad, y que Él
las traerá a la Iglesia y oirán su voz.
Juan 18, 37: “Yo para esto he nacido y para
esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz”.
LA OBJECIÓN “INTERPRETACIÓN PRIVADA”
OBJECIÓN:
Usted se comporta como un protestante. El protestante interpreta privadamente
la Sagrada Escritura y usted interpreta privadamente las declaraciones
dogmáticas.
RESPUESTA: Esta
objeción está refutada en la sección 3 de este documento, “Se debe creer en el dogma que una vez declaró la Santa Madre Iglesia”.
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, sesión 3, cap. 2 sobre la revelación, 1879, ex cathedra: “De ahí que también hay que mantener perpetuamente aquel sentido de
los sagrados dogmas que una vez declaró la santa madre Iglesia y jamás
hay que apartarse de ese sentido so pretexto y nombre de una comprensión más
profunda”[359].
Pero hay algunos puntos
adicionales que refutan y desbaratan la completa tontería y herética
mentalidad que está en el corazón de esta objeción. Las personas que hacen esta
aseveración no entienden la enseñanza católica ni lo que constituye fidelidad
al magisterio. En su Decreto sobre el
sacramento del orden, el Concilio de Trento declaró solemnemente que ¡los cánones dogmáticos son para el uso
de todos los fieles!
Papa Pío IV, Concilio de Trento, sesión 13, cap. 4:
“Estos son los puntos, que de modo general ha parecido al sagrado Concilio
enseñar a los fieles de Cristo acerca del sacramento del orden. Y determinó condenar lo que a ellos se opone
con ciertos y propios cánones al modo que sigue, a fin de que todos,
usando, con la ayuda de Cristo, de
la regla de la fe, entre tantas tinieblas de errores, puedan más fácilmente
conocer y mantener la verdad católica”[360].
La palabra “canon” (en el Griego:
kanon) significa un vara; una varilla
o barra recta; una vara de medir; algo que sirve para determinar, trazar, o
medir. ¡El Concilio de Trento
declara infaliblemente que sus cánones son varas de medir para que “todos”, haciendo uso de
estas reglas de fe, puedan reconocer y defender la verdad en medio de las
tinieblas! Está muy importante declaración echa por tierra la afirmación
de los que dicen que usar los dogmas para probar puntos es “interpretación
privada”.
Además, si un católico que
sigue exactamente lo que ha declarado la Cátedra de Pedro (el texto
dogmático) no encontrase la verdad, sino que está participando de una
“interpretación privada”, como ellos afirman, entonces ¿qué se sigue de esto?
¿Quién interpreta la declaración dogmática? ¿Y quién interpreta la
interpretación de la declaración dogmática? ¿Y quién interpreta la
interpretación de la interpretación de la declaración dogmática? ¿Y quién
interpreta la interpretación de la interpretación de la interpretación de la
declaración dogmática? La respuesta es que nunca se terminaría, y nadie
podría llegar a la verdad. En este sistema, el depósito de la fe – y las
enseñanzas dogmáticas de la Iglesia – serían entonces nada más que opiniones
privadas, lo cual es PROTESTANTISMO PURO.
San Francisco de Sales lo
explica bien contra los protestantes.
San Francisco de Sales (Doctor de la
Iglesia), La Controversia Católica, c. 1602, p. 228: “Los Concilios
(…) deciden y definen algunos artículos. Si después de todo esto haya
que probar otra prueba antes de que su determinación [del Concilio] sea
aceptada, ¿no se querrá también otra? ¿Quién no querrá aplicar su
prueba, y cuándo será resuelta la cuestión? (…) ¿Y por qué no una
tercera para saber si la segunda es fiel? – ¿y luego una cuarta, para probar la
tercera? Todo tendría que hacerse de nuevo, y la posteridad nunca confiará en
la antigüedad sino que seguirá siempre poniendo al revés los más santos
artículos de la fe en la rueda de sus entendimientos (…) lo que
decimos es que cuando un Concilio ha aplicado esta prueba, nuestras
inteligencias ya no tienen que revisar sino creer”[361].
¡La “interpretación”
destruye las palabras del dogma mismo! Si así fuese, entonces nunca se
terminaría, como vimos arriba – sólo tendríamos una interpretación falible,
tras interpretación falible, tras interpretación falible, tras interpretación
falible. Si la pelota no se detiene con la definición infalible (la Cátedra
de Pedro), entonces nunca se detendrá. Señalé este hecho a un bastante conocido
“apologista” de la secta del Vaticano II en una conversación telefónica. Él
argumentaba que nuestro uso de la enseñanza dogmática católica (la enseñanza de
la Cátedra de Pedro) es semejante a “interpretación privada” de los
protestantes. Él decía esto en un intento de defender algunas de sus creencias
heréticas que contradicen el dogma, como su creencia de que los no católicos se
pueden salvar. Y le respondí, “¿entonces quién interpreta el dogma? ¿Y quién
interpreta la interpretación del dogma?”. Y luego le dije, “¿quién interpreta
la interpretación del dogma… y quién interpreta la interpretación de la
interpretación… y quien interpreta la interpretación de la interpretación de la
interpretación?”. Él permaneció en un silencio sepulcral, por primera vez en la
conversación. Obviamente, él no tenía respuesta al hecho puntual expuesto
simplemente porque no hay respuesta. En la opinión herética de la enseñanza
dogmática que él defendía, la fe católica no sería más que protestantismo:
interpretación falible, privada, humana, sin que la Cátedra de Pedro pueda dar
la última palabra. La siguiente cita también ilustra muy bien este punto.
“¿Por qué San Atanasio
estaba en lo cierto? Porque él se aferraba a la definición infalible, sin
importar lo que dijeran los demás. Ni
toda la erudición del mundo, ni todo rango de oficio, pueden sustituir a la
verdad de una enseñanza católica infaliblemente definida. Incluso el más
simple de los fieles que se aferra a una definición infalible, sabrá más que el
teólogo más erudito que niegue o socave la definición. Este es el
propósito de la enseñanza infaliblemente definida de la Iglesia: librarnos de
las meras opiniones de los hombres, por más erudito que sea, por más
alto que sea su rango”[362].
Es por eso que al
adherirse al dogma, exactamente como “una vez declaró la santa madre
Iglesia” (Vaticano I) no se cae en la “interpretación privada” protestante,
sino más bien se es fiel a la verdad infalible de Cristo y a la manera
directamente infalible de conocerla (las definiciones dogmáticas de la Iglesia).
Los que se apartan de la declaración verdadera del dogma, del verdadero
significado de sus palabras, son herejes protestantes que entran en la
interpretación condenada, pecaminosa, falible y privada, contra las palabras
directas del dogma (contra las definiciones infalibles) y así destruyen toda la
fe y hacen que la infalibilidad papal sea inútil. Si lo que dice la declaración
dogmática no se pudiera seguir, entonces Cristo simplemente nos hubiera dicho que siguiéramos siempre a los que tienen
erudición o autoridad; Él no habría instituido un magisterio infalible para
ser ejercido por los Papas, que pueda clarificar los problemas de una vez por
todas sin posibilidad de error e independiente de quien esté de acuerdo o en
desacuerdo con la definición.
¿PERO NO PUEDEN LOS HOMBRES
MALINTERPRETAR UNA DEFINICIÓN DOGMÁTICA?
Por supuesto que pueden.
Los hombres pueden malinterpretar todo. Si Jesucristo (la Verdad misma)
estuviera aquí hablándonos, sin duda muchas personas malinterpretarían lo que
Él dice, como lo hicieron muchos la primera vez que vino. Del mismo modo, sólo
porque algunos puedan y malinterpreten lo que declara la Cátedra de Pedro, ello
no significa que aquellos que se adhieren fielmente a su definición
están involucrándose en una “interpretación privada” protestante. Eso es
absolutamente blasfemo contra toda la institución del papado y todo el
propósito de las definiciones dogmáticas y la Cátedra de Pedro. Las declaraciones dogmáticas de la Iglesia
católica constituyen la verdad del cielo declarada directamente a nosotros por
los Papas.
Papa San Pío X, decreto Lamentabili contra los errores del
modernismo, 3 de julio de 1907, # 22: “Los
dogmas que la Iglesia presenta como revelados, no son verdades bajadas del
cielo, sino una interpretación de hechos religiosos que la mente humana se
elaboró con trabajoso esfuerzo”. – Condenado[363]
Papa San Pío X, decreto Lamentabili contra los errores del
modernismo, 3 de julio de 1907, # 54: “Los
dogmas, los sacramentos, la jerarquía, tanto
en su noción como en su realidad, no son sino interpretaciones y
desenvolvimientos de la inteligencia cristiana que por externos
acrecentamientos aumentaron y perfeccionaron el exiguo germen oculto en el
Evangelio”. – Condenado[364]
Papa Gregorio XVI, Mirari vos, # 7, 15 de agosto de 1832: “… nada debe quitarse de
cuanto ha sido definido, nada mudarse, nada añadirse, sino que debe conservarse puro, tanto en la palabra como en el sentido”[365].
Hay una serie de otras
objeciones que se levantan contra el verdadero significado del dogma fuera de la Iglesia católica no hay
salvación y la necesidad de recibir el sacramento del bautismo para la
salvación. En esta sección, respondo a ellas. Todas estas objeciones, por
supuesto, se demuestran que son erróneas por la enseñanza infalible de la
Iglesia examinada hasta ahora; pero, una vez más, en aras de la exhaustividad,
cada una será tratada individualmente.
Lo que los defensores
modernos de la falsa doctrina del bautismo de deseo tratan de hacer es reunir
una combinación de cosas que parecen favorecer su posición, pero que en
realidad no lo hacen. Ellos lanzan una combinación de declaraciones falibles
(que no prueban su argumento), textos malinterpretados o mal traducidos (que no
dicen lo que ellos dicen), además de otras cosas que no prueban lo que se
proponen probar. El seglar promedio, sin embargo, no teniendo los hechos a su
disposición o al no estar dispuesto a hacer el esfuerzo de ver a través de
todos los argumentos falaces, puntos tergiversados y razonamientos inválidos,
salen con la impresión de que el “bautismo de deseo” debe ser una enseñanza de
la Iglesia. Pero cuando cada uno de los puntos de los defensores del bautismo
de deseo es examinado individualmente, se puede ver que ninguno de ellos
demuestra de modo alguno la falsa doctrina del bautismo de deseo; todos se
desmoronan cuando son escudriñados. Y mientras esta gente malinterpreta y
tergiversa la enseñanza de la Iglesia, ellos deshonestamente ni siguiera
intentan abordar los muchos argumentos de la más alta autoridad de la Iglesia
católica (la Cátedra de Pedro) que muestra que no hay tal cosa como el
“bautismo de deseo” ni salvación de los que mueren como no católicos (véase
sección 33). Ellos no se ocupan de esos argumentos simplemente porque no pueden
refutarlos.
Dado que algunas de las
siguientes secciones son más complejas y técnicas, los que no necesariamente
buscan o se interesan en las respuestas a estas objeciones, pueden pasar a la
siguiente sección.
EL CATECISMO DEL CONCILIO DE TRENTO
OBJECIÓN:
El Catecismo del Concilio de Trento enseñó que la propia determinación de
recibir el bautismo podría servir para alcanzar la gracia y la justificación
cuando hay imposibilidad de recibir el bautismo.
Catecismo del Concilio de Trento, Se demuestra que a los adultos se ha de
diferir el bautismo, p. 179: “Pero, aunque sea así, nunca, sin embargo,
acostumbró la Iglesia administrar inmediatamente el sacramento del bautismo a esta
clase de personas, sino que dispuso que se debe diferir por algún tiempo.
Porque tampoco lleva consigo esta dilación el peligro que antes se ha dicho
amenaza ciertamente a los niños; pues a los que están dotados del uso de la
razón, el deseo y el propósito de recibir el bautismo y el arrepentimiento de
la mala vida anterior les bastará para obtener la gracia y la justificación, si
algún caso repentino les impide, poder ser lavados con la saludable agua”[366].
RESPUESTA: El
Catecismo del Concilio de Trento no es infalible. Los padres John A. McHugh,
O.P. y Charles J. Callan, O.P. escribieron la introducción de una traducción
común al inglés del Catecismo del Concilio de Trento. Su introducción contiene
la siguiente interesante cita del Dr. John Hagan, rector del Colegio Irlandés
de Roma, acerca de la autoridad del Catecismo.
Catecismo del Concilio de Trento, decimoquinta edición
inglesa, TAN Books, Introducción XXXVI: “Los
documentos oficiales en ocasiones han sido publicados por los Papas para
explicar a las personas ciertos puntos de la doctrina católica, o a las
comunidades cristianas locales; mientras que el Catecismo Romano abarca
prácticamente todo el cuerpo de la doctrina cristiana, y está dirigido a toda
la Iglesia. Su enseñanza no es
infalible, pero ocupa un lugar entre los catecismos aprobados y lo que es de fide”[367].
Que el Catecismo de Trento
no es infalible se demuestra por el hecho de que se pueden detectar pequeños
errores en su texto. Por ejemplo:
Catecismo del Concilio de Trento, TAN Books,
p. 243: “Porque la Eucaristía es el fin de todos los sacramentos, y el símbolo
de unidad y fraternidad en la Iglesia, fuera de la cual nadie puede obtener
la gracia”[368].
Aquí
el Catecismo enseña que fuera de la Iglesia nadie puede obtener la gracia. Esto
no es cierto. Las gracias predisponentes o prevenientes se dan a los que
están fuera de la Iglesia para que puedan convertirse a Dios, cambiar sus vidas
y entrar en la Iglesia. Sin estas gracias nadie se convertiría. El Papa
Clemente XI, en la constitución dogmática Unigenitus
(8 de septiembre de 1713), condenó la proposición que dice que “Fuera de la Iglesia no se concede ninguna
gracia”[369]. Por
tanto, lo que tenemos aquí es un error
en el Catecismo de Trento. Probablemente el Catecismo tenía la intención de
enseñar que fuera de la Iglesia ningún pecador puede obtener la gracia
santificante, lo que es cierto, ya que fuera de la Iglesia no hay remisión
de los pecados (Papa Bonifacio VIII, Unam
sanctam, 1302, ex cathedra)[370].
No obstante, Dios permitió que el Catecismo errase de esta manera porque no
es infalible en todo lo que enseña.
Por otra parte, en todo el
Catecismo del Concilio de Trento no hay mención alguna de los llamados “tres
bautismos”, ni hay mención del “bautismo de deseo” o del “bautismo de sangre”,
ni tampoco hay ninguna mención clara de que alguien puede salvarse sin el
sacramento del bautismo. Lo que encontramos, más bien, es un párrafo ambiguo,
que parece enseñar que se puede alcanzar la gracia y la justificación sin el
bautismo. Pero incluso en este párrafo encontramos errores. Por ejemplo, el
pasaje dice “el deseo y el propósito de
recibir el bautismo y el arrepentimiento de la mala vida anterior les bastará
para obtener la gracia y la justificación, si algún caso repentino les impide,
poder ser lavados con la saludable agua”.
No hay tal cosa como un
“caso repentino” que “impida” recibir el bautismo. Esto es claramente erróneo.
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I,
sesión 3, cap. 1, De Dios creador de todo: “TODO LO QUE DIOS CREÓ, CON SU PROVIDENCIA
LO CONSERVA Y GOBIERNA, alcanzando de un
confín a otro poderosamente y disponiéndolo todo suavemente. Porque todo está
desnudo y patente ante sus ojos, aun lo que ha de acontecer por libre
acción de las criaturas”[371].
Dios ha mandado que todos
los hombres reciban el bautismo, y Él no manda cosas imposibles.
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 6, cap. 11 de la justificación, ex cathedra: “… nadie debe usar
de aquella voz temeraria y por lo Padres
prohibida bajo anatema, que los mandamientos de Dios son imposibles de guardar
para el hombre justificado. ‘PORQUE DIOS NO MANDA COSAS IMPOSIBLES, sino
que al mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas…’”[372].
Por lo tanto, la referencia a lo repentino que sea
inevitable en el Catecismo demuestra, una vez más, que no todo lo que dice es
infalible. Un documento infalible no puede afirmar que el impedimento
repentino sea inevitable.
Si bien que el Catecismo
del Concilio de Trento no es infalible en cada frase, como se ha probado, en su
conjunto es un catecismo excelente que expresa con precisión y eficacia la fe
católica. Pero lo más importante, el
Catecismo de Trento hace declaración tras declaración enseñando clara e
inequívocamente que el sacramento del bautismo es absolutamente necesario para
la salvación de todos sin excepciones, con lo que repetidamente excluye
toda idea de salvación sin el bautismo de agua.
Catecismo del Concilio de
Trento, Comparaciones entre los Sacramentos, p. 154: “Si bien todos los
sacramentos contienen dentro de sí virtud divina y admirable, no tienen todos,
sin embargo, la misma e igual necesidad ni dignidad, ni tampoco una sola y una
misma virtud significativa. Pues, entre ellos, hay tres que se consideran
necesarios sobre todos los demás, aunque no por una misma razón. En efecto, el Salvador declaró por las siguientes
palabras que el bautismo es necesario a todos, sin ninguna excepción: Quien no renaciere del agua y del Espíritu
Santo, no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3, 5)”[373].
¡Esto significa que el
sacramento del bautismo es absoluta y universalmente necesario para la
salvación sin excepciones! Se excluye toda idea de salvación sin el bautismo de
agua. También significa que Juan 3, 5 se entiende literalmente.
Catecismo
del Concilio de Trento, Del bautismo – necesidad del bautismo, pp.
176-177: “Mas aunque debe considerarse muy útil a los fieles el conocimiento de
todas las cosas que hasta aquí se han explicado, con todo nada puede parecer
más necesario que enseñarles que LA LEY DEL BAUTISMO HA SIDO IMPUESTA POR
DIOS A TODOS LOS HOMBRES, de tal manera que, si no renacen para Dios por la
gracia del bautismo, serán engendrados por sus padres, sean fieles o infieles,
para la desgracia y muerte eterna, por lo tanto, explicarán los párrocos
con muchísima frecuencia lo que se lee en el Evangelio: Quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el
reino de Dios (Juan 3, 5)”[374].
¡Esto significa claramente
que nadie puede ser salvo sin el sacramento del bautismo y que Juan 3, 5 es literal,
sin excepciones!
Catecismo del Concilio de Trento, Definición
de bautismo, p. 163: “Porque,
diciendo el Salvador: Quien no renaciese
del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3,
5); y el Apóstol, hablando de la Iglesia: Limpiándola en el bautismo de agua con la palabra de vida (Ef. 5,
26), resulta que muy bien y propiamente se define que el bautismo es el
sacramento de regeneración por el agua con la palabra”[375].
El Catecismo de Trento también
enseña que si hay peligro de muerte para un adulto, el bautismo no debe
diferirse.
Catecismo del Concilio de Trento, En
casos de necesidad los adultos pueden ser bautizados inmediatamente, p.
180: “Más a veces, sin embargo, no debe
diferirse el día del bautismo, habiendo alguna causa necesaria y justa,
como si se diese que amenazaba peligro de muerte; y, sobre todo, si están para
ser bautizados los que ya conocen bien los misterios de la fe”[376].
El retraso habitual en
bautizar a los adultos que vemos en la historia era para la instrucción y para
probar a los catecúmenos. Este retraso no era porque se creía que los adultos
podían salvarse sin el bautismo, como ya se ha probado en la sección sobre el
Papa San Siricio.
Catecismo del Concilio de
Trento, Bautismo hecho obligatorio después de la Resurrección de Cristo,
p. 171: “Porque están conformes los
Sagrados Escritores que, después de la resurrección del Señor, cuando
mandó a los apóstoles: Id e instruid a
todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del
Espíritu Santo, desde entonces todos
los hombres, que habían de conseguir la salvación eterna, comenzaron a estar
obligados a la ley del bautismo”[377].
Catecismo
del Concilio de Trento, Materia de bautismo – conveniencia, p. 165:
“Pero respecto a esto podrán los párrocos enseñar en primer lugar que, siendo
este sacramento necesario a todos sin ninguna excepción para conseguir la vida
eterna, fue por esto muy conveniente la materia del agua, la cual
siempre se encuentra, y pueden todos fácilmente adquirirla”[378].
Tenga en cuenta que el
Catecismo enseña que el agua “pueden todos fácilmente adquirirla”, una frase
que excluye la noción misma del bautismo de deseo – que el agua no todos pueden
fácilmente adquirirla. Observe también que el Catecismo ¡declara que el
sacramento es necesario para todos para la salvación! Esto excluye
cualquier noción de salvación sin el sacramento del bautismo. Por tanto, el
Catecismo de Trento enseña repetidamente y de forma inequívoca que es la enseñanza
de Jesucristo y de la Iglesia católica de que el sacramento del bautismo es
necesario para todos para la salvación. Todo esto es claramente contrario a las
teorías de bautismo de deseo y bautismo de sangre.
Es más, el Catecismo
también enseña que los cristianos se distinguen de los no cristianos por el
sacramento del bautismo.
Catecismo
del Concilio de Trento, Del bautismo - segundo efecto: el carácter
sacramental, p. 159: “En el carácter impreso por el bautismo, ambos
efectos se ejemplifican. Por él estamos capacitados para recibir los
otros sacramentos y el cristiano se distingue de los que no profesan
la fe”[379].
Los que afirman que el
sacramento del bautismo no es necesario para la salvación de todos (por
ejemplo, todos los que creen en el bautismo de deseo) contradicen la enseñanza
misma del Catecismo de Trento.
Catecismo del Concilio de
Trento, Materia del bautismo – conveniencia, p. 165: “Pero respecto a
esto podrán los párrocos enseñar en primer lugar que, siendo este sacramento
necesario a todos sin ninguna excepción para conseguir la vida eterna, fue
por esto muy conveniente la materia del agua, la cual siempre se encuentra, y
pueden todos fácilmente adquirirla”[380].
OBJECIÓN:
En la sesión 7, can. 4 sobre los sacramentos
en general, el Concilio de Trento enseña que es posible obtener la
justificación por los sacramentos o el deseo de ellos.
RESPUESTA: La
sesión 7, can. 4 sobre los sacramentos en
general no dice nada de eso. Una torpe traducción de este canon, así como
la noción errónea de que Trento enseña el bautismo de deseo en otro lugar (que
ya ha sido refutada), ha llevado a esta afirmación errónea. De hecho, veremos
que la verdad es todo lo contrario de lo que los propugnadores del bautismo de
deseo reclaman. Echemos un vistazo al canon.
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 7, can. 4, sobre los sacramentos: “Si alguno dijere que los sacramentos
de la Nueva Ley no son necesarios para la salvación, sino superfluos, y que sin ellos o el deseo de ellos, los
hombres alcanzan de Dios, por la sola fe, la gracia de la justificación –
aun cuando no todos los sacramentos sean necesarios a cada uno –, sea anatema”[381].
Cuando se examina
cuidadosamente este canon, se ve que no está declarando que los sacramentos
o el deseo de ellos son suficientes para la justificación; sino que está
condenando a los que dicen que ni los sacramentos ni el deseo de ellos son
necesarios para la justificación. Repito, no está declarando que
cualquiera de los dos es suficiente, sino que está condenando a aquellos que dicen que ninguno es necesario. Precisamente está
condenando a los que dicen que no es necesario y que la sola fe es suficiente.
Considere el siguiente
canon que he compuesto: “Si alguno dijere
que la Virgen María posee el reinado del cielo sin el permiso de Dios o por
ser digna de él, sino que asume este reinado sólo por usurpación, sea
anatema”.
La construcción de la
frase de este canon imaginario es similar al canon que estamos discutiendo.
Analícela cuidadosamente. Después de haberla analizado, pregunto: ¿este canon
significa que la Santísima Madre posee su reinado solamente “por ser digna de él”? No, ella debe
también tener el permiso de Dios. El canon no dice que “ser digna de él” o “el permiso de Dios” es suficiente para que
María posea el reinado. Al contrario, se condena a los que dijeren que ni “el
permiso de Dios” ni “ser digna de él”
es necesario. En otras palabras, el canon condena a los que dijeren que tanto
el permiso de Dios y la dignidad de María son innecesarios, puesto que ella
asume el reinado por usurpación.
Del mismo modo, el canon 4
anterior no dice que o los
sacramentos o el deseo de ellos es suficiente para la justificación; sino que
condena a los que dijeren que ambos, los sacramentos y el deseo, son
innecesarios para obtener la justificación, ya que la fe sola es lo único que
se necesita. El canon 4 en modo alguno enseña la posibilidad del bautismo de
deseo.
SE PUEDE VER QUE ESTE CANON EN REALIDAD REFUTA EL
BAUTISMO DE DESEO CUANDO SE COMPRARA CON CÁNONES DOGMÁTICOS SIMILARES SOBRE LOS
SACRAMENTOS EN GENERAL
Además, puesto que este
canon anatematiza una posición falsa sobre la
necesidad de los sacramentos en general para la justificación
(lo que no es cierto para todos los sacramentos sobre la justificación), debe,
por lo tanto, haber salvedades para el canon. Se trata de un canon sobre los
sacramentos en general. Dicho de otra
manera, el Concilio de Trento no podría anatematizar la afirmación: “Si alguno dijere que se puede obtener la justificación
sin los sacramentos…” – ya que, en el caso de un sacramento, en el
sacramento de la penitencia, se puede obtener la justificación por el deseo de
él. El Concilio de Trento definió esto explícitamente no menos de tres veces.
Papa Julio III, Concilio de Trento, sesión
14, cap. 4, de la penitencia: “Enseña
además el santo Concilio que, aun cuando alguna vez acontezca que esta
contrición sea perfecta por la caridad y reconcilie el hombre con Dios antes
de que de hecho se reciba este sacramento; no debe, sin embargo,
atribuirse la reconciliación a la misma contrición sin el deseo del sacramento,
que en ella se incluye”[382].
Por lo tanto, dado que se puede obtener la justificación
sin el sacramento de la penitencia, con el fin de dar cabida a esta verdad
en su definición sobre los sacramentos en general y la justificación, el
Concilio tuvo que añadir la cláusula “sin ellos o el deseo de ellos” para hacer su declaración aplicable a todos los sacramentos y su necesidad o carencia del mismo
para la justificación.
Con esto en mente, se
puede ver con claridad que la sesión 7, canon 4 no asevera o declara en ningún
lugar que se puede obtener la
justificación o la salvación sin el sacramento del bautismo; sino que se trata
de una cuestión diferente en un contexto muy específico.
A fin de probar este
punto, veamos otras dos definiciones dogmáticas (una de Trento y otra del
Vaticano I) que tratan de los sacramentos en general y la salvación. Esta comparación
corroborará el punto de arriba.
► Papa Pío IV, Concilio de Trento, “Iniunctum nobis”,
13 de noviembre de 1565, ex cathedra: “Profeso también que hay siete verdaderos y propios
sacramentos de la Nueva Ley, instituidos por Jesucristo Señor nuestro y
necesarios, aunque no todos para cada uno, para la salvación del
género humano…”[383].
► Papa Pío IX, Concilio
Vaticano I, sesión 2, profesión de fe, ex cathedra: “Profeso también
que hay siete sacramentos de la nueva
ley, verdadera y propiamente llamados así, instituidos por nuestro Señor
Jesucristo y necesarios para la salvación, aunque cada persona no
necesita recibirlos todos”[384].
Antes de comparar estas
dos definiciones con la sesión 7, can. 4 de arriba, el lector debe advertir que
los Concilios de Trento y Vaticano I definen aquí infaliblemente que “los
sacramentos” como tal (es decir, el
sistema sacramental en su conjunto) son necesarios para la salvación del
hombre. Ambas definiciones añaden la calificación de que todos los siete
sacramentos no son necesarios para cada individuo. Esto es muy interesante y
prueba dos puntos:
1) Prueba que todo hombre
debe recibir al menos un sacramento para salvarse; si no, no
se podría decir que “los sacramentos” como tal (es decir, el sistema
sacramental) es necesario para la salvación. Por lo tanto, esta definición muestra que todo hombre debe recibir por lo
menos el sacramento del bautismo para salvarse.
2) Nótese que los
Concilios de Trento y Vaticano I hicieron
un énfasis especial al definir esta verdad para destacar que ¡cada persona
no necesita recibir todos los sacramentos para salvarse! ¡Esto prueba
que donde son necesarias excepciones o aclaraciones en la definición de las
verdades, los Concilios las incluirán! (Es por eso que el Concilio de
Trento declaró que nuestra Señora era una excepción a su decreto sobre
el pecado original). En consecuencia, si algunos hombres pudiesen salvarse sin
“los sacramentos” por el “bautismo de deseo”, entonces el Concilio podría
haberlo y simplemente lo habría dicho; pero no lo hizo. En estas profesiones de
fe dogmáticas no se enseña nada acerca de la posibilidad de salvación sin los
sacramentos. En cambio, se definió la verdad de que los sacramentos son
necesarios para la salvación, con la reserva correcta y necesaria de que no
todos los siete sacramentos son necesarios para cada persona.
P. Francois Laisney (creyente en el
bautismo de deseo), ¿Es el Feeneyismo
Católico?, p. 9: “El bautismo de
deseo no es un sacramento (…) no produce el carácter sacramental”.
Ahora comparemos estas dos
definiciones con la sesión 7, cap. 4. Aquí están las tres:
Papa Pío IV, Concilio de Trento, “Iniunctum nobis”, 13 de noviembre de 1565, ex
cathedra: “Profeso también que hay siete verdaderos y propios sacramentos
de la Nueva Ley, instituidos por Jesucristo Señor nuestro y necesarios, aunque
no todos para cada uno, para la salvación del género humano…”[385].
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I,
sesión 2, profesión de fe, ex cathedra: “Profeso también que hay siete sacramentos
de la nueva ley, verdadera y propiamente llamados así, instituidos por nuestro
Señor Jesucristo y necesarios para la salvación, aunque cada persona no
necesita recibirlos todos”[386].
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 7, can. 4, sobre los sacramentos: “Si alguno dijere que los sacramentos
de la Nueva Ley no son necesarios para la salvación, sino superfluos, y que sin
ellos o el deseo de ellos, los hombres alcanzan de Dios, por la sola fe, la
gracia de la justificación – aun cuando no todos los sacramentos sean
necesarios a cada uno –, sea anatema”[387].
Al comparar estas
definiciones, se advierte que la sesión 7 de Trento, can. 4 (la tercera) es muy
similar a las dos primeras definiciones dogmáticas. De hecho, ellas son casi
exactamente las mismas, pero con
dos diferencias notorias: en las primeras dos definiciones dogmáticas
no hay referencia a “sin ellos o el deseo de ellos”, y no hay ninguna
referencia al tema de la justificación. Las primeras dos definiciones
tratan simplemente de la necesidad de los sacramentos para la salvación,
mientras que la tercera (sesión 7, can. 4) trata de un tema adicional: la
justificación y la sola fe, y hace una declaración adicional al respecto.
Es claramente evidente que
la frase “sin ellos o el deseo de ellos” (no encontrada en las primeras dos
definiciones) tienen algo que ver con el tema adicional que se menciona
aquí (la justificación y la sola fe), que no se menciona en las dos primeras
definiciones. De hecho, la cláusula “sin ellos o el deseo de ellos” ¡viene directamente antes (justo después en el latín) de la referencia a la justificación en
la sesión 7, can. 4! Esto sirve para demostrar mi punto anterior de que la
referencia a “sin ellos o el deseo de ellos”, en la sesión 7, can. 4, está
ahí para tener en cuenta la verdad de que la justificación se puede obtener sin
el sacramento de la penitencia por el deseo de él, la cual Trento enseña
múltiples veces. ¡Es por eso que esta cláusula “sin ellos o el deseo de ellos” no se menciona en las dos primeras definiciones
que tratan de los sacramentos y su necesidad para la salvación! Si el
bautismo de deseo fuese verdadero, la cláusula “sin ellos o el deseo de ellos”
se habría incluido en las dos primeras definiciones antes mencionadas, pero no
lo es.
La sesión 7, can. 4,
condena la idea protestante de que alguien puede justificarse sin los
sacramentos o incluso sin el deseo de
ellos, por la fe sola. Algunos preguntarán: ¿por qué simplemente no se
condenó la idea de que alguien puede justificarse sin los sacramentos por la fe
sola? La respuesta es, como hemos dicho, ¡porque una persona puede justificarse sin el sacramento de la
penitencia por el deseo de él! Por lo tanto, Trento condena la idea
protestante de que alguien puede justificarse sin los sacramentos o sin el deseo de ellos por la sola fe.
Pero, una persona nunca puede salvarse sin la incorporación al sistema
sacramental a través de la recepción del bautismo. Es por eso que no se hace
ninguna excepción en este aspecto en ninguna de esas definiciones. Teniendo en
cuenta estos hechos, se puede ver que este canon no enseña de ninguna manera el
bautismo de deseo.
De hecho, cuando se mira
de nuevo la sesión 7, can 4, advertimos algo que es muy interesante. Nótese que
no sólo la profesión de fe de Trento y del Vaticano I, sino también la sesión
7, can. 4 condena a todo aquel que dijere que los sacramentos de la Nueva Ley
no son necesarios para la salvación. No se agregan excepciones, salvo que no
todos los siete son necesarios para cada individuo.
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 7, can. 4, sobre los sacramentos: “Si
alguno dijere que los sacramentos de la Nueva Ley no son necesarios para la
salvación, sino superfluos, y que sin ellos o el deseo de ellos, los
hombres alcanzan de Dios, por la sola fe, la gracia de la justificación – aun cuando no todos los sacramentos sean
necesarios a cada uno –, sea anatema”[388].
Después de declarar que
los sacramentos son necesarios para la salvación (el bautismo de deseo no es un
sacramento), al final ¡se añade la excepción (como lo hicieron las otras
definiciones) de que los siete no son necesarios para cada uno! Pero no se
añade ninguna excepción de que se puede obtener la salvación por el deseo de
los sacramentos en general. Nótese que NO DICE:
“Si
alguno dijere que los sacramentos de la Nueva Ley o el deseo de ellos no son necesarios para la salvación,
sino superfluos (…) sea anatema”.
No se dice en absoluto. El
“deseo de ellos” fue aparejado con la referencia a la justificación por la
razón discutida arriba. Todo esto sirve para probar nuevamente que el Concilio
de Trento no enseñó el bautismo de deseo, al contrario de lo que muchos han
afirmado.
Algunos objetarán que esto
parece un poco complicado. En realidad no es complicado para quien lo piensa
con cuidado. Y si es complicado, es complicado para los que niegan la simple
verdad de que uno debe ser bautizado para salvarse, y quienes afirman con
obstinación que para todos no es necesario renacer del agua y del Espíritu
Santo. Los que malinterpretan o se apartan de la verdad sencilla y totalmente
simple (definida en los cánones sobre el sacramento del bautismo) son los que
hacen complicado y pesado refutar sus errores y/o tergiversaciones de la
verdad. Si la gente se limitara a repetir y se adhirieran a las verdades
definidas en los cánones sobre el sacramento del bautismo sería muy simple.
El Concilio de Trento tuvo
toda la oportunidad de declarar: “Si alguno dijere que no hay tres manera de
recibir la gracia del sacramento del bautismo, por deseo, por sangre o por
agua, sea anatema”, pero nunca lo hizo. Por el contrario, él declaró:
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
can. 2 sobre el sacramento del bautismo, sesión 7, 1547, ex cathedra: “Si
alguno dijere que el agua verdadera y natural no es necesaria en el bautismo y,
por tanto, desviare a una especie de metáfora las palabras de nuestro Señor
Jesucristo: ‘Quien no renaciere del agua
y del Espíritu Santo’ (Juan 3, 5), sea anatema”[389].
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
can. 5 sobre el sacramento del bautismo, sesión 7, 1547, ex
cathedra: “Si alguno
dijere que el bautismo [el sacramento] es libre, es decir, no necesario para la
salvación (Juan 3, 5), sea anatema”[390].
OBJECIÓN:
El Papa Inocencio II enseñó que un presbítero se pudo salvar sin el sacramento
del bautismo por su deseo por él y su confesión de la verdadera fe (Denzinger
388).
“Respondemos así a tu pregunta: El presbítero
que, como por tu carta me indicaste, concluyó su día último sin el agua del
bautismo, puesto que perseveró en la fe de la santa madre Iglesia y en la
confesión del nombre de Cristo, afirmamos sin dudad ninguna (por la autoridad
de los Santos Padres Agustín y Ambrosio), que quedó libre del pecado original y
alcanzó el gozo de la vida eterna. Lee, hermano, el libro VIII de Agustín, De
la ciudad de Dios, donde, entre otras cosas, se lee: ‘Invisiblemente se
administra un bautismo, al que no excluyó el desprecio de la religión, sino el
término de la necesidad’. Revuelve también el libro de Ambrosio sobre la muerte
de Valentiniano, que afirma lo mismo. Acalladas, pues, tus preguntas, atente a
las sentencias de los doctos Padres y manda ofrecer en tu Iglesia continuas
oraciones y sacrificios por el mentado presbítero”[391].
RESPUESTA: En
primer lugar, no hay tal cosa como un presbítero
que no haya sido bautizado. La Iglesia enseña que quien no ha sido bautizado no
puede recibir válidamente el sacerdocio. Este problema por sí solo demuestra
que la declaración anterior no es infalible. En segundo lugar, la fecha de este documento es desconocida, el autor
es desconocido – no es en absoluto claro que se trata de Inocencio II – y la
persona a quien va dirigida es desconocida. ¿Podría probar algo un documento
como ese? No. Sigue siendo un misterio por qué se encuentra un documento de
dudosa autenticidad en el Denzinger, un manual de las declaraciones dogmáticas.
Esto es probablemente porque el Denzinger fue editado por Karl Rahner, un
notorio hereje, cuyo sesgo herético lo llevó a incluir esta declaración
claramente no magisterial, porque él es un creyente en el bautismo de deseo.
Para ilustrar la falta de
autoridad magisterial de esta presunta carta del Papa Inocencio II, citaré del
libro de Thomas Hutchinson, Deseo y
Engaño (pp. 31-32):
“Hablamos de la carta Apostolicam Sedem, escrita a
instancias del Papa Inocencio II (1130-1143), en una fecha desconocida a un
obispo de Cremona a quien no se le conoce el nombre. Este último había
escrito una pregunta al Papa sobre el caso de un presbítero que al parecer
había muerto sin estar bautizado. Por supuesto, está definido que, en tal caso,
él no pudo haber sido un presbítero, porque el sacramento del orden solo se
confiere válidamente a los bautizados”.
---- Aquí va el texto de
la carta que citamos más arriba ----
“Ahora, hay más que de algunos problemas relacionados con esta
carta. En primer lugar, ella depende enteramente del testimonio de San Ambrosio
y San Agustín para su conclusión. Sus premisas son falsas, porque los Padres
citados en realidad no sostuvieron las opiniones aquí atribuidas a ellos
(autor: como se ha señalado, una mera expresión sentimentalmente especulativa
no prueba que ellos la sostuvieran como enseñanza oficial)…
“Por último, incluso hay
una duda de quién escribió esta carta. Muchas autoridades la atribuyen a
Inocencio III (1198-1216). Esta duda se menciona en el Denzinger. La carta
tampoco está en armonía con la totalidad de sus declaraciones. En cualquier
caso, un intervalo de 55 años separó los dos pontificados. Entonces, se presenta una carta privada de la que se desconoce la
fecha, el autor y a quién está dirigida, como llevando sobre sí todo el peso
del magisterio solemne, carta a su vez basada en premisas falsas y
contradiciendo innumerables documentos irrefutablemente válidos y solemnes.
Si esta misiva (carta) tratara de
cualquier otra doctrina, ni siquiera se la tomaría en cuenta. Pero como
veremos, sin embargo, la mistificación y el engaño son parte de la historia
sobre este tema de la salvación. Tal vez esta carta se atribuyó a Inocencio III
debido a su afirmación de que las palabras de la consagración en la Misa no
deben en realidad ser pronunciadas por el sacerdote, sino solo pensadas interiormente
– una especie de Eucaristía por deseo. Posteriormente, Santo Tomás de Aquino lo
reprendió sobre este punto.
“Pero Inocencio III es
la clave para entender la enseñanza
original de la Iglesia sobre este tema. En su tiempo (como siempre hasta el segundo concilio de Baltimore)
estaba prohibido enterrar en tierra consagrada a los no bautizados (sean
catecúmenos o incluso hijos de padres católicos). Él explicó la
racionalidad de esta ley al escribir: ‘Ha sido decretado por los sagrados
cánones, que no debemos tener comunión con aquellos que están muertos, si no
nos hemos comunicado con ellos mientras vivían’ (Dec. III, XXVIII, xii)”. – Fin
de la cita de Deseo y Engaño.
Estas consideraciones
descartan cualquier argumento a favor del bautismo de deseo. La carta, si bien
por cierto no es infalible, podría ser una falsificación.
OBJECIÓN:
El Papa
Inocencio III enseñó que una persona que se bautizó a sí misma pudo haberse
salvado por el deseo del sacramento del bautismo.
Papa Inocencio III, al obispo de Metz, 28
Agosto 1206: “Respondemos que teniendo que haber diferencia entre el bautizante
y el bautizado, como evidentemente se colige de las palabras del Señor, cuando dice
a sus Apóstoles: ‘Id, bautizad a todas las naciones en el nombre etc.’, el
judío en cuestión tiene que ser bautizado de nuevo por otro, para mostrar que
uno es el bautizado y otro el que bautiza (…) Aunque si hubiera muerto
inmediatamente, hubiera volado al instante a la patria celeste por la fe en el
sacramento, aunque no por el sacramento de la fe”[392].
Esto prueba la teoría del bautismo de deseo.
RESPUESTA: Es cierto que el Papa Inocencio
III dice aparentemente que una persona que se bautizó a sí mismo pudo salvarse
por su deseo por el sacramento, pero es falso decir que esto prueba la teoría
del bautismo de deseo. El bautismo de deseo es refutado por la enseñanza
infalible del Papa San León Magno, el Concilio de Florencia y el Concilio de
Trento sobre la necesidad del sacramento del bautismo para la salvación. Pero
lo primero que hay que decir acerca de esta carta de Inocencio III, es que una
carta al obispo de Metz no cumple con los requisitos para un pronunciamiento
infalible. Este es un hecho que casi nadie discute.
Para probar este punto tenga en cuenta lo
siguiente: En la carta Ex parte tua, del 12 de enero de 1206, el mismo
Inocencio III enseña que el pecado original fue remitido por el misterio de
la circuncisión.
Papa Inocencio III, Ex parte tua, a Andreas, arzobispo de Lyon,
12 de enero de 1206: “Aun cuando por el misterio de la circuncisión, se
perdonaba el pecado original y se evitaba el peligro de condenación; no se
llegaba, sin embargo, al reino de los cielos, que hasta la muerte de Cristo
estaba cerrado para todos”[393].
Esto está definitivamente errado, ya que el
Concilio de Trento definió como dogma (sesión VI, cap. 1, sobre la
Justificación) que “ni siquiera los judíos por la letra misma de la Ley de
Moisés podrían librarse o levantarse” del pecado original[394].
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 6, cap. 1 de la justificación: “… habiendo perdido todos los hombres la
inocencia en la prevaricación de Adán [*excepto la Santísima Virgen, como dice
Trento en la sesión V*], hechos inmundos, y (como dice el Apóstol) hijos de ira
por naturaleza (…) ni siquiera los
judíos por la letra misma de la Ley de Moisés podrían librarse o levantarse de
ella…”[395].
En otras palabras, ni
siquiera la observancia de la circuncisión y el resto de la ley mosaica
permitió a los judíos librarse del pecado original (de fide), lo contrario de lo que enseñó Inocencio III en su carta Ex parte tua. Así que tenemos a Inocencio III enseñando un error flagrante en la
carta Ex parte tua a Andreas,
arzobispo de Lyon. Dado que Ex parte tua
es al menos tan autorizada que las otras dos presuntas declaraciones de
Inocencio II e Inocencio III, que a menudo son citadas por los defensores del bautismo
de deseo, ello prueba que son igualmente falibles y no magisteriales. Y este es
el tipo de “evidencia” que los defensores del bautismo de deseo tratan de
obtener del magisterio papal: una carta dudosa, supuestamente de Inocencio II –
sin fecha o destinatario – y una carta de Inocencio III a un arzobispo que está
al mismo nivel que Ex parte tua, que
contiene cosas contrarias al dogma católico. La evidencia a favor del bautismo
de deseo, a partir del magisterio infalible papal, es igual a cero.
De hecho, como ya hemos
mencionado, fue en tiempos de Inocencio III que estaba prohibido enterrar en
terrenos consagrados a los que no estaban bautizados (ya sean catecúmenos o
incluso hijos de padres católicos). Y es la enseñanza infalible del
mismo Papa en el Cuarto Concilio de Letrán que afirma la necesidad absoluta del
bautismo de agua para la salvación.
Papa Inocencio III, Cuarto Concilio de Letrán, constitución
1, 1215, ex cathedra:
“Y una sola es la Iglesia universal de los
fieles, fuera de la cual absolutamente nadie se salva, y en ella el
mismo sacerdote es sacrificio, Jesucristo”[396].
Entre “los fieles” solo se
incluye a los bautizados en agua, como lo prueba la sección 6 de este
documento.
Papa Inocencio III, Cuarto Concilio de
Letrán, constitución 1, 1215, ex cathedra: “En cambio, el sacramento del bautismo (que se consagra en el agua por
la invocación de Dios y de la indivisa Trinidad, es decir, del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo) aprovecha para la salvación, tanto a los niños como a los
adultos fuere quienquiera el que lo confiera debidamente en la forma de la
Iglesia”[397].
Y aquí hay otra
declaración del mismo Papa que, si bien no infalible, insiste en la necesidad
absoluta del renacimiento en el agua.
Papa Inocencio III, carta a Thorias, arzobispo
de Nidaros: “Nos has preguntado si han de ser tenidos por cristianos los niños
que, constituidos en artículo de muerte, por la penuria de agua y ausencia de
sacerdote, algunos simples los frotaron con saliva, en vez de bautismo, la
cabeza y el pecho y entre las espaldas. Respondemos
que en el bautismo se requieren siempre necesariamente dos cosas, a saber, ‘La
palabra y el elemento’; y como de la palabra dice la Verdad: ‘Id por todo
el mundo’ etc. (Mc. 16, 15; Mat. 28, 19), y la misma dice del elemento: ‘Quien
no renaciere’, etc. (Jn. 3, 5); de ahí que no puede dudar que no tienen
verdadero bautismo no sólo aquellos a quienes faltaron los dos elementos
dichos, sino a quienes se omitió uno de ellos”[398].
Tal vez las equivocaciones
del Papa Inocencio III en su calidad falible como Papa es la razón porque
leemos la siguiente visión acerca de él apenas evitando el infierno y siendo
presuntamente condenado a sufrir en el purgatorio hasta el fin del mundo.
“En el Duelo
de la Paloma, San Roberto Belarmino († 1600) nos habla de una persona que
se le aparece a Santa Lutgarda toda vestida en llamas y con mucho dolor. Cuando Santa Lutgarda le preguntó quién
era, él le contestó: ‘Soy [el Papa] Inocencio III, que debía haber sido
condenado al fuego eterno del infierno por varios pecados graves, si la Madre
de Dios no hubiera intercedido por mí en mi agonía y obtenido la gracia del
arrepentimiento. Ahora estoy destinado a sufrir en el purgatorio hasta el fin
del mundo, a menos que me ayudes.
Una vez más la Madre de Misericordia me ha permitido venir a pedirte oraciones”[399].
OBJECIÓN:
San Alfonso de Ligorio enseñó que el bautismo de deseo es “de fide” (de fe). ¡Esto
significa que el bautismo de deseo es un dogma!
San Alfonso: “El bautismo de fuego [deseo] es la perfecta conversión a Dios por la
contrición, o el amor a Él sobre todas las cosas, con el deseo explícito o implícito del verdadero
bautismo de agua. Como dice el Concilio de Trento (sesión 14, cap. 4),
él suple a este último con respecto a la remisión de la culpa, pero no imprime
un carácter [bautismal] ni quita toda la deuda de la pena. Se llama de ‘fuego’
porque es hecho bajo el impulso del Espíritu Santo, a quien se le da este
nombre (…) Por tanto, es de fe (de fide) que los
hombres se salvan incluso por el bautismo de fuego [deseo], según el canon
Apostolicam, de pres. non bap. y del Concilio de Trento, sesión 6,
capítulo 4, donde está dicho que nadie puede salvarse ‘sin el lavatorio de la
regeneración, o el deseo de él’”.
RESPUESTA: En
primer lugar, San
Alfonso no era infalible. Es simplemente un hecho que San Alfonso cometió
algunos errores teológicos, como el que se mostrará en la siguiente discusión.
Avanzar en la opinión de San Alfonso sobre alguna materia como si ella fuera un
dogma no es católico.
En
segundo lugar, San
Agustín sostuvo que era de fide que
los niños no bautizados sufrían el fuego del infierno y San Cipriano sostuvo
que era de fide que los herejes no
pueden bautizar válidamente. Ambos estaban completamente equivocados.
La Enciclopedia Católica, vol. 9, 1910, “Limbo”, p. 258: “…Santo Tomás y
los escolásticos en general estaban en conflicto con lo que San Agustín y
otros Padres consideraban ser de fide
[si los niños sufrían el fuego del
infierno]…”[400].
San Cipriano, 254
d.C.: “… con certeza juzgamos y
sostenemos que nadie es capaz de bautizar fuera de los límites [es decir,
fuera de la Iglesia]…”[401].
En tercer lugar,
la raíz del error de San Alfonso sobre el bautismo de deseo era que él
malinterpretó la sesión 6, cap. 4 de Trento (su opinión sobre este pasaje
simplemente no se sostiene bajo un examen profundo – véase el análisis de este
pasaje). Y este error lo llevó a su falsa conclusión de que el bautismo de
deseo es una enseñanza de la Iglesia católica. El pasaje de cual San Alfonso
creyó que enseñaba el bautismo de deseo en realidad no enseña el bautismo de
deseo, sino que afirma: según está
escrito: quien no renaciere del agua, y del Espíritu Santo, no puede entrar
en el reino de Dios.
En cuarto lugar,
al enseñar el bautismo de deseo, San Alfonso estaba enseñando que alguien puede
ser santificado por el Espíritu y la Sangre de Cristo sin el agua del bautismo
y esto es contrario a lo que enseñó
infaliblemente el Papa San León Magno. Cuando ocurre un conflicto entre las
definiciones dogmáticas y las opiniones de los santos, la Iglesia, por
supuesto, sigue las definiciones dogmáticas, no importando qué tan grande o erudito
el santo pueda ser.
Papa Pío XII, Humani generis, # 21,
12 de agosto de 1950: “Y el divino
Redentor no ha confiado la interpretación auténtica de este depósito a cada uno
de sus fieles, ni un a los teólogos, sino sólo al magisterio de la
Iglesia”.
Por último,
la mayoría de los teólogos después de San Alfonso que creyeron en el “bautismo
de deseo” ni siquiera sostuvieron su opinión de que el bautismo de deseo es de fide. La mayoría de ellos dice que el
bautismo de deseo es próximo a la fe, no de fe definida. Casi ninguno
de ellos dice que es de fe definida. Este hecho demuestra que NO es de
fe, ya que dicha discrepancia no existiría entre los teólogos que afirman estar
a favor del bautismo de deseo si se pudiera demostrar que es de fe. Aquí hay
una admisión por un defensor del bautismo de deseo:
P. Jean-Marc Rulleau, El Bautismo de Deseo, p. 43: “La existencia del bautismo de deseo
es, entonces, una verdad que, aunque no
ha sido definida como un dogma por la Iglesia, es por lo menos próxima a la fe”[402].
Si el Concilio de Trento
enseñó el bautismo de deseo, entonces el bautismo de deseo sería un artículo
definido de la fe. Pero el Concilio de Trento no enseñó el bautismo de deseo,
por lo que el P. Rulleau se vio obligado a admitir que no es definido de
la fe, sino que sólo (en su opinión) “próximo a la fe”. “Próximo a la fe” y “de
la fe” no son lo mismo. El P. Rulleau (un firme defensor de la teoría) no se
vería obligado a suavizar su posición si pudiese probar que es de la fe, pero
no puede.
Por lo tanto, la
afirmación de San Alfonso está equivocada por varias razones: 1) es contraria
al dogma definido (Papa San León Magno y la compresión de Trento sobre Juan 3,
5 según esta escrito); 2) su
declaración no se puede probar – no hay definición que se pueda citar a su
favor; 3) no es compartida incluso por los teólogos que creen en el bautismo de
deseo; 4) hay errores en el mismo párrafo en que afirma esa misma opinión.
Examinemos el punto 4); hay errores en el mismo párrafo en que
afirma esa misma opinión. Para probar su posición sobre el bautismo de
deseo, San Alfonso primero hace referencia a la sesión 14, cap. 4 del Concilio
de Trento. Él dice:
“Como dice el
Concilio de Trento (sesión 14, cap. 4),
él suple a este último con respecto a la remisión de la culpa, pero no imprime
un carácter [bautismal] ni quita toda la deuda de la pena”[403].
Esto es completamente
erróneo. La sesión 14, cap. 4 del Concilio de Trento no dice que el bautismo de
deseo “suple a este último con respecto a
la remisión de la culpa”, como afirma San Alfonso. Veamos el pasaje:
Papa Julio III, Concilio de Trento, sesión 14, cap. 4, sobre el sacramento de la
penitencia: “Enseña además el santo
Concilio que, aun cuando alguna vez acontezca que esta contrición sea perfecta
por la caridad y reconcilie el hombre con Dios antes de que de hecho se reciba
este sacramento; no debe, sin embargo, atribuirse la reconciliación a la
misma contrición sin el deseo del sacramento, que en ella se incluye”[404].
El Concilio define aquí
que la perfecta contrición con el deseo del sacramento de la penitencia
puede restaurar en un hombre la gracia de Dios antes que reciba efectivamente
este sacramento. ¡No dice nada sobre el bautismo!
La misma premisa de San Alfonso – que el
bautismo de deseo es enseñado en la sesión 14, cap. 4 – es errónea.
Trento no dice nada al respecto. Si las mismas premisas sobre la que sostuvo el
bautismo de deseo fueron deficientes y erróneas, ¿cómo se puede estar sujeto a
las conclusiones que se derivan de tales premisas erradas? De hecho, el autor
increíblemente deshonesto sobre el bautismo de deseo de la Fraternidad
Sacerdotal de San Pío X, el P. Francois Laisney, ¡no incluye la referencia
errónea de San Alfonso de la sesión 14, cap. 14 de Trento cuando cita el pasaje
de San Alfonso sobre el bautismo de deseo![405]. Esto es increíblemente deshonesto, por supuesto, pero el
P. Laisney de la FSSPX la omite porque sabe que San Alfonso estaba equivocado
al referirse de esa manera a Trento; y, por lo tanto, sabe que esto crea un
gran agujero en su argumento a favor del bautismo de deseo basado, obviamente,
en el falible San Alfonso.
Y esto nos muestra, una
vez más, lo que he venido demostrando a través de este documento: que
básicamente todos los santos y teólogos que expresaron su creencia en el bautismo
de deseo se contradecían a sí mismos al explicarlo, y a su vez, cometían
algunos errores en el mismo documento.
También hay que señalar
que, si bien que San Alfonso mencionó que él cree que los adultos se pueden
salvar por el deseo explícito o implícito del sacramento del bautismo, él usa
la palabra implícito no para
significar “no conocido”, sino más bien “no expresado en palabras”; dicho de
otra manera, un adulto que sabe del bautismo y lo desea, pero no sabe
expresar su deseo en palabras. San Alfonso, a pesar de estar equivocado sobre
el bautismo de deseo, él no sostuvo la herejía moderna de la ignorancia invencible – la idea de que
un adulto se puede salvar por el bautismo sin creer en Cristo o en la Iglesia y
sin siquiera saber del bautismo –. San Alfonso con certeza condenaría tal idea
como herética.
1.
San Alfonso: “Ve también
el amor especial que Dios te ha mostrado al traerte a la vida en un país
cristiano, y en el seno de la Iglesia católica o de la verdadera Iglesia. Cuántos nacen entre los paganos, entre los
judíos, entre los mahometanos y herejes, y todos están perdidos”[406].
Es interesante considerar
que cuando se les pregunta a las personas que citan a San Alfonso a favor del
bautismo de deseo – y lo citan como si fuera infalible – si ellos están de
acuerdo con su enseñanza aquí de que todos los que mueren como herejes, judíos,
musulmanes y paganos se van al infierno, casi todos ellos evitan la pregunta
como la peste. Ellos evitan la pregunta porque, en este caso, ellos no
comparten la posición de San Alfonso. Más bien creen que los herejes, judíos,
musulmanes y paganos pueden salvarse y por lo tanto están en herejía por esta
sola razón.
2.
San Alfonso: “Debemos
creer que la Iglesia católica romana es la única verdadera Iglesia; por tanto,
quienes están fuera de nuestra Iglesia, o si se han separado de ella, no pueden
salvarse”[407].
3.
San Alfonso: “Si sois
ignorante de las verdades de la fe, estáis obligados a aprenderlas. Todo
cristiano está obligado en aprender el Credo, el Padrenuestro, y el Avemaría
bajo pena de pecado mortal. Muchos no
tienen ni idea de la Santísima Trinidad, de la Encarnación, el pecado mortal,
el juicio, el paraíso, el infierno, o la eternidad; y esta ignorancia
lamentable los condena”[408].
4.
San Alfonso: “¡Cuán
agradecidos debemos estar de Jesucristo por el don de la fe! ¿Qué hubiera sido
de nosotros si hubiéramos nacido en Asía, en África, o en América, o entre los
herejes y cismáticos? El que no cree se
perderá. Este era, pues, la gracia primera y más grande gracia que se nos
ha otorgado: nuestro llamado a la fe verdadera. Oh Salvador del mundo, ¿qué sería de nosotros si Tú no nos
hubieras iluminado? Hubiéramos sido como nuestros antepasados, que adoraban a
los animales y los bloques de piedra y madera: y en consecuencia, todos
hubiéramos perecido”[409].
Uno puede ver que, si bien
que San Alfonso estaba equivocado en su creencia de que el bautismo de deseo
podría ser eficaz en un adulto que muriera antes de recibir el sacramento, él
condenó la herejía moderna que afirma que uno puede alcanzar la salvación en
otra religión o sin la fe en Cristo y en los misterios de la fe católica.
Otro punto que vale la
pena abordar para refutar la objeción de la enseñanza de San Alfonso sobre el
bautismo de deseo es referente a lo que enseñó acerca del llamado bautismo de
sangre.
San Alfonso, Teología Moral, Libro 6, nn.
95-97: “El bautismo de sangre es el
derramamiento de la propia sangre, es decir, la muerte por causa de la fe o por
alguna otra virtud cristiana. Ahora este bautismo es comparable con el
verdadero bautismo porque, al igual que el verdadero bautismo, él remite tanto
la culpa y el castigo como si ello fuera ex
opere operato (…) Por lo tanto, el
martirio también vale para los niños viendo que la Iglesia venera a los
Santos Inocentes como verdaderos mártires. Por eso es que Suárez con razón
enseña que la opinión contraria es al menos temeraria”.
Lo que San Alfonso enseña
aquí está completamente erróneo. Él enseña que los niños pueden salvarse sin el
sacramento del bautismo por el martirio. Esto es directamente contrario a la
enseñanza ex cathedra del Papa
Eugenio IV del Concilio de Florencia.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia,
sesión 11, 4 de febrero de 1442, ex cathedra: “En cuanto a los niños advierte que, por razón del peligro de
muerte, que con frecuencia puede acontecerles, como quiera que no puede socorrérseles con otro remedio que con el
bautismo, por el que son librados del dominio del diablo y adoptados
por hijos de Dios, no ha de diferirse el sagrado bautismo por espacio de
cuarenta o de ochenta días o por otro tiempo según la observancia de algunos…”[410].
El Papa Eugenio IV define
aquí, desde la Cátedra de Pedro, que
no hay otro remedio para que los niños sean librados del dominio del diablo que
no sea por el sacramento del bautismo. San
Alfonso enseña que hay otro remedio en el martirio. La opinión de San
Alfonso sobre esta cuestión no puede sostenerse, ya que contradice al Concilio
de Florencia. Ahora, sabemos que San Alfonso es un santo que está en el cielo
porque la Iglesia así nos lo ha dicho – de hecho, él es mi autor espiritual
favorito; pero en este caso, San Alfonso está contradiciendo la enseñanza
solemne del magisterio: que el sacramento del bautismo es el único remedio para
los niños. Debemos concluir, por tanto, que San Alfonso no era obstinado en su
enseñanza sobre el bautismo de sangre para los niños; es decir, que él no
estaba consciente de que su opinión contradecía la enseñanza de la Iglesia,
especialmente la enseñanza del Concilio de Florencia. Sin embargo, si alguien
sostiene dicha opinión obstinadamente (es decir, después de haber mostrado que
contradice el Concilio de Florencia), entonces ese tal sería un hereje y
estaría fuera de la Iglesia católica.
Otro
error que encontramos en el párrafo de San Alfonso es su referencia a los
Santos Inocentes como un ejemplo del bautismo de sangre. Esto está errado
porque la muerte de los Santos Inocentes ocurrió antes de la resurrección de
Cristo – antes de que fuera instituida la ley del
bautismo una vez promulgado el Evangelio.
Catecismo del Concilio de Trento, El
bautismo hecho obligatorio después de la Resurrección de Cristo, p. 171: “Porque
están conformes los sagrados escritores que, después de la resurrección del Señor, cuando manda a
los Apóstoles: Id e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, desde entonces todos
los hombres, que habían de conseguir la salvación eterna, comenzaron a estar
obligados a la ley del bautismo”[411].
Además, nótese cómo San
Alfonso dice arriba que es temeraria (peligrosa) la opinión de que el bautismo
de sangre no es eficaz en los niños. En otras palabras, él está enseñando con
Suárez que es “peligroso” creer que los niños que mueren sin el bautismo
sacramental no podrán salvarse. Al enseñar esto, él inconscientemente
incurre en el error de John Wyclif, que fue anatemizado solemnemente en el
Concilio de Constanza.
Papa Martín V, Concilio de Constanza,
sesión 15, 6 de julio de 1415 – Condenando los artículos de John Wyclif –
Proposición 6: “Los que afirman que los hijos de los fieles que mueren
sin bautismo sacramental no serán salvos, son estúpidos e impertinentes por
decir esto”. – Condenado[412]
Esta
es una proposición interesante del Concilio
de Constanza. El archi-hereje John Wyclif sostenía
que aquellos que enseñan (como nosotros) que no es posible que se salven los
niños que mueren sin el bautismo de agua
(es decir, sacramental) son estúpidos.
Y fue anatematizado por esta proposición, entre muchas otras. Ya he citado lo
que tuvo que decir el Concilio de
Constanza sobre las anatematizadas proposiciones de John Wiclef, como la #
6 de arriba, pero la citaré de nuevo aquí.
Papa Martín V, Concilio de Constanza,
sesión 15, 6 de julio de 1415: “Los libros y folletos de John Wyclif, de
maldita memoria, fueron examinados cuidadosamente por los doctores y
maestros de la Universidad de Oxford (…) Este santo sínodo, por
consiguiente, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, repudia y condena, por
este decreto perpetuo, los antedichos artículos y cada uno en particular; y
prohíbe de ahora en adelante a todos y cada uno de los católicos, bajo pena de
anatema, predicar, enseñar, o mantener los dichos artículos o cualquier uno de
ellos”[413].
San Alfonso es en realidad
el autor más vendido de todos los tiempos, habiendo
escrito más de 111 libros, sin incluir sus cartas[414]. No es de extrañar, por tanto, que él,
siendo un ser humano falible, haya cometido inadvertidamente algunos errores en
materias que atañen a la fe. Pero su error sobre el bautismo de deseo se debe
al hecho que él pensó erróneamente que era lo que se enseñaba en la sesión 6,
cap. 4 de Trento. Esta es la principal razón de por qué él creyó en el bautismo
de deseo: él pensaba que era enseñado por Trento e interpretó erradamente los
cánones de Trento sobre el bautismo (incluido el completamente exclusivista
canon 5) como algo que de alguna manera debe entenderse a la luz del bautismo
de deseo.
Papa Paulo III, Concilio
de Trento, sesión 7, can. 5 sobre el sacramento del bautismo, ex
cathedra: “Si alguno dijere que el bautismo [el sacramento] es libre, es
decir, no necesario para la salvación (Juan 3, 5), sea anatema”[415].
Si
San Alfonso hubiera examinado más literalmente la sesión 6, cap. 4 de Trento,
seguramente hubiera visto que ella no enseña el bautismo de deseo (como se
analizó en la sección sobre el pasaje), sin que al contrario, reafirma que Juan
3, 5 debe ser entendido según esta
escrito.
También es importante
señalar que, si bien el principio de la
infalibilidad papal siempre fue creído en la Iglesia (expresado desde los
primeros tiempos por frases como “en la
sede apostólica, la religión católica siempre se ha preservado y mantenido
inmaculada la santa doctrina”), no cabe duda que a partir de la definición
del dogma de la infalibilidad papal, en el Primer
Concilio Vaticano, en 1870, hubo
mucha más claridad acerca de cuáles documentos eran infalibles y cuáles no. San
Alfonso y otros que vivieron antes de 1870 no tuvieron necesariamente este
grado de claridad, que hizo que muchos de ellos redujeran la distinción, en
ciertos casos, entre los decretos infalibles de los Papas y la enseñanza
falible de los teólogos. Ello también hizo que no vieran tan
literalmente lo que realmente dice el dogma, sino más bien lo que el dogma
podría significar a la luz de la opinión de los teólogos populares de la época.
Por ejemplo, al argumentar
que el bautismo de deseo es de fide,
San Alfonso hace referencia a la declaración de Inocencio III o Inocencio II
(ni siquiera se sabe cuál de los dos) sobre el “presbítero” que no estaba
bautizado, que ya he discutido. Pero es obvio que la carta de Inocencio (?) – o quienquiera que fuese – a un arzobispo no cumple con los
requisitos para la infalibilidad papal, y, por lo tanto, contiene un error bien
manifiesto (al referirse a una persona no bautizada como un “presbítero”). La
falibilidad de este documento probablemente fue un aspecto a cual San Alfonso
no tomó muy en consideración. Y esto prueba de nuevo lo que he dicho
anteriormente: que algunas conclusiones de San Alfonso son falibles porque,
como ocurre con todos los hombres a excepción del Papa, él no está asistido por
el carisma de la infalibilidad que Cristo sólo otorgó a Pedro y a sus
sucesores, los Papas de la Iglesia católica, y, por tanto, nadie puede
confiarse en ellos infaliblemente.
Cuando nuestro Señor le
habló a San Pedro sobre la intención que tenía Satanás de zarandear a los
Apóstoles (Luc. 22, 31-32), Él le dijo que había rogado por él: “he rogado por ti (singular), a fin de que tu fe (la de Pedro) no desfallezca…”.
Él no dijo, “he rogado por todos
vosotros, a fin de que vuestra fe no desfallezca”. Sólo le fue prometida a
San Pedro y a sus sucesores la fe indefectible cuando hablan desde la Cátedra
de San Pedro (cf. Vaticano I, sesión 4, cap. 4, Denz. 1837). Los Papas, cuando
hablan con esta fe indefectible, como lo hicieron el Papa San León Magno en su
tomo dogmático a Flaviano, el Concilio de Florencia sobre Juan 3, 5, y el
Concilio de Trento sobre el sacramento del bautismo (sesión 7, canon 5), se
excluye toda posibilidad de salvación sin el bautismo en agua, y se afirma
infaliblemente que quien no renaciere del agua y del Espíritu no podrá entrar
el reino de los cielos. Eso es lo que un católico debe respetar y creer.
OBJECIÓN:
Sé que el Concilio de Trento define, en el canon 5, que el sacramento del
bautismo es necesario para la salvación. Pero el Concilio dice lo mismo acerca del
sacramento de la penitencia.
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 7, can. 5 sobre el sacramento del bautismo, ex cathedra:
“Si alguno dijere que el bautismo [el sacramento] es libre, es decir, no
necesario para la salvación (Juan 3, 5), sea anatema”[416].
Papa Julio III, Concilio
de Trento, sesión 14, can. 6 sobre el sacramento de la penitencia: “Si
alguno dijere que la confesión sacramental o no fue instituida o no es
necesaria para la salvación por derecho divino (…) sea anatema”[417].
RESPUESTA: Este
argumento falla principalmente porque esta traducción de la sesión 14, can. 6
sobre el sacramento de la penitencia no es precisa. El latín de este canon lee:
Papa Julio III, Concilio
de Trento, sesión 14, can. 6 sobre el sacramento de la penitencia: “Si
quis negaverit, confessionem sacramentalem vel institutam vel ad salutem
necessariam esse iure divino... a.s”[418].
Esto está mejor traducido
como se encuentra en Los Decretos de los
Concilios Ecuménicos del P. Norman Tanner:
“Si alguno negare que la institución del
sacramento de la confesión o su necesidad para la
salvación son de derecho divino (…) sea anatema”[419].
Esta traducción
corresponde más correctamente a la estructura gramatical del latín, como lo
confirman los expertos en latín que he consultado. Y puede verse que esta
traducción tiene un significado que es diferente del otro anterior. En el
contexto se condena a quien negare que su necesidad (es decir, del sacramento de la penitencia) para la
salvación es de derecho divino, no a quien negare que es necesario para la
salvación. “Su” necesidad no es la misma que la del bautismo; “su” necesidad es
para aquellos que han caído en pecado mortal y no poseen las disposiciones
necesarias para la contrición perfecta. Por lo tanto, en suma, este canon
(sesión 14, can. 6) no define que el sacramento de la penitencia es necesario
para la salvación; en contexto, él dice algo ligera pero significantemente
diferente de aquello.
Pero los defensores del
bautismo de deseo también citan la sesión 14, cap. 2 de Trento para tratar de
probar el punto.
Papa Julio III, Concilio de Trento, sesión 14, cap. 2, de la penitencia: “Para los caídos después del bautismo, es
este sacramento de la penitencia tan necesario, como el mismo bautismo para los
aún no regenerados”[420].
Ellos argumentan que las
personas que han caído en pecado mortal pueden justificarse y salvarse sin el
sacramento de la penitencia por la contrición perfecta, y por lo tanto, las
personas pueden salvarse sin el sacramento del bautismo, porque Trento dice que
la necesidad del sacramento de la penitencia para los que están en pecado
mortal es la misma que la necesidad del bautismo. Pero este argumento también
falla porque sólo dos capítulos después el Concilio de Trento declara
explícitamente que uno puede justificarse sin el sacramento de la penitencia
por la contrición perfecta más el deseo por el sacramento. No se puede tomar un
capítulo de Trento fuera de contexto.
Papa Julio III, Concilio de Trento, sesión 14, cap. 4, de la penitencia: “Enseña además el santo Concilio que,
aun cuando alguna vez acontezca que esta contrición sea perfecta por la caridad
y reconcilie el hombre con Dios antes de que de hecho se reciba este
sacramento; no debe, sin embargo, atribuirse la reconciliación a la
misma contrición sin el deseo del sacramento, que en ella se incluye”[421].
El Concilio de Trento
enseña claramente tres veces que la gracia del sacramento de la
penitencia puede alcanzarse por el deseo del sacramento de la penitencia (dos
veces en la sesión 6, cap. 14; y una vez en la sesión 14, cap. 4), mientras que
en ninguna parte enseña la falsa doctrina del bautismo de deseo. Esto es un punto importante. Ello
demuestra que, incluso si uno quisiese argumentar usando la primera traducción,
aún hay una diferencia evidente entre lo que Trento enseñó clara y
explícitamente sobre la necesidad del sacramento de la penitencia y lo que no
enseñó acerca del sacramento del bautismo.
Papa Paulo III, Concilio de Trento, sesión 6, cap. 14 sobre la justificación: “De
donde debe enseñarse que la penitencia del cristiano después de la caída, es
muy diferente de la bautismal y que en ella se contiene no sólo el abstenerse
de los pecados y el detestarlos (…) sino
también la confesión sacramental de los mismos, por lo menos en el deseo y
que a su tiempo deberá realizarse, la absolución sacerdotal e igualmente la
satisfacción por el ayuno, limosnas, oraciones y otros piadosos ejercicios, no
ciertamente por la pena eterna, que por
el sacramento o por el deseo del sacramento se perdona al par de la culpa, sino por la pena temporal…”[422].
El hecho que Trento enseñe
claramente al menos tres veces que el deseo del sacramento de la penitencia es
eficaz para la justificación, mientras que en ninguna parte enseña el bautismo
de deseo, debería decir algo a los defensores del bautismo de deseo; a saber,
que el bautismo de deseo no es verdadero.
Y es por eso que la
declaración de Trento en la sesión 14, cap. 2 sobre la necesidad del sacramento
de la penitencia no equivale a las declaraciones de Trento sobre la necesidad
del sacramento del bautismo para la salvación, porque el Concilio clarifica
claramente su significado sobre la necesidad del sacramento de la penitencia
sólo dos capítulos después al definir que la contrición perfecta restaura al
hombre en la justificación sin el sacramento de la penitencia. Los decretos
dogmáticos deben ser entendidos en su contexto completo.
Unos pocos defensores del
bautismo de deseo también citarán la sesión 6, can. 29 del Concilio de Trento.
Concilio de Trento, sesión 6, canon 29
sobre la justificación: “Si alguno dijere que aquel que ha caído después del
bautismo, no puede por la gracia de Dios levantarse; o que sí puede, pero por la sola fe, recuperar la justicia
perdida, sin el sacramento de la penitencia, tal como la santa romana y
universal Iglesia, enseñada por Cristo Señor y sus Apóstoles, hasta el
presente ha profesado, guardado y enseñado, sea anatema”[423].
Ellos argumentan lo
siguiente: 1) este canon condena a todo aquel que dice que la justificación
puede restaurarse sin el sacramento de la penitencia; y 2) sabemos que la
justificación puede ser restaurada por el
deseo del sacramento de la penitencia; por lo tanto, 3) la declaración en
Trento sobre la necesidad absoluta del sacramento del bautismo (sesión 7, can.
5 sobre el sacramento) no significa que el deseo por él no puede conceder la
justificación. Pero, como es el caso de las declaraciones anteriores, este
canon (sesión 6, can. 29) no declara lo que ellos dicen. No se condena a nadie
que dice que la justificación se puede restaurar sin el sacramento de la
penitencia. Él condena a todo el que dice que la justificación puede ser
restaurada por “la sola fe” sin el sacramento de la penitencia. Por lo tanto,
el argumento de los defensores del bautismo de deseo – y su intentada analogía
con la enseñanza de Trento sobre la necesidad absoluta del sacramento del
bautismo – fracasa. El hecho es que Trento define que el sacramento del
bautismo es necesario para la salvación sin reserva; y Trento en ninguna parte
hace la misma definición incondicional sobre el sacramento de la penitencia.
Papa Paulo III, Concilio de Trento, sesión 7, can. 5 sobre el sacramento del
bautismo, ex cathedra: “Si alguno dijere que el bautismo [el
sacramento] es libre, es decir, no necesario para la salvación (Juan 3, 5), sea
anatema”[424].
OBJECIÓN:
Si es cierto que no hay tal cosa del bautismo de deseo o el bautismo de sangre,
entonces, ¿por qué ningún Papa se levantó para condenar esas teorías a medida
que aparecían en tantos catecismos desde fines de 1800?
RESPUESTA: El
bautismo de deseo y el bautismo de sangre se muestran que están excluidos de
varias maneras de la enseñanza infalible de la Iglesia católica. El hecho de
que ningún Papa se haya levantado para condenar explícitamente las teorías por
su nombre no cambia ese hecho. El hecho de que ningún Papa desde finales del
siglo XIX haya eliminado esas teorías de la inclusión en los catecismos no
prueba nada tampoco. Se ha enseñado en los catecismos de la misma época que hay
salvación en una religión no católica. Que yo sepa, la herejía de que las almas
pueden salvarse en religiones no católicas no fue eliminada por una orden
explícita por ningún Papa. ¿Esto quiere decir que estos Papas creían en la
herejía de que hay salvación en las religiones no católicas? ¿Esto quiere decir
que está bien creer en la herejía que puede haber salvación en una religión no
católica? Por supuesto que no.
Los Papas son personas muy
ocupadas – con un montón de responsabilidades – como para estar conscientes de
lo que se enseña catequísticamente a nivel diocesano. Ellos confían que sus obispos
vigilen para conservar la fe en sus respectivas diócesis – que es una de las
primeras obligaciones del obispo –, lo que desafortunadamente no ha ocurrido en
los últimos 100 años. Un ejemplo que es muy interesante considerar es el hecho
de que ¡ningún Papa jamás ordenó que
fuera eliminada la opinión de Santo Tomás de Aquino sobre la Inmaculada
Concepción de la Summa Theologica,
a pesar de que muchos de ellos constantemente la recomendaron!
Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica,
P. III, q. 14, a. 3, respuesta a la obj. 1:
“El
cuerpo de la Virgen fue concebido en pecado original, y por
eso contrajo estos defectos. Pero el cuerpo de Cristo asumió de la Virgen una
naturaleza sin culpa”[425].
Santo Tomás enseñó que
María no fue concebida inmaculada más de una vez en la Summa Theologica. Obviamente él enseñó esto antes de la definición
de la inmaculada concepción de María por el Papa Pío IX en 1854; sin embargo,
sostener en este punto la posición de Santo Tomás después de promulgado el dogma
sería una herejía. A pesar de todo, los Papas, desde 1854 recomendaron
constantemente la Summa Theologica a
los seminaristas y sacerdotes ¡sin ordenar que se retirara la opinión (ahora
herética) de Santo Tomás! Esto prueba que la teoría del bautismo de deseo
puede ser contraria al dogma definido – e incluso herética
– y sin que ningún Papa jamás ordenare que sea retirada de los catecismos, por
la razón que sea.
Sin embargo, creo que la
razón principal de por qué la falsa doctrina del bautismo de deseo nunca haya
sido condenada explícitamente por su nombre es el hecho que Dios permite que
surjan herejías para ver quién va a creer en la verdad y quién no; y la
negación de la necesidad del bautismo y la necesidad de la Iglesia católica es
la herejía clave de la Gran Apostasía.
1 Cor., 11, 19: “Pues es necesario que haya también
herejías, para que los que son aprobados, sean manifiestos entre vosotros”.
EL
CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO DE 1917
OBJECIÓN:
El Código de Derecho Canónico de 1917 permite la sepultura cristiana a los
catecúmenos no bautizados y enseña el bautismo de deseo.
RESPUESTA: Como
hemos señalado antes, el Código de Derecho Canónico de 1917 no es un documento
infalible. Definitivamente el Código de 1917 no es un pronunciamiento ex cathedra (desde la Cátedra de Pedro)
porque no obliga a toda la Iglesia, sino sólo a la Iglesia latina (no a las de
ritos orientales), según lo estipulado en el canon 1 de Código de 1917.
Canon 1, Código de Derecho Canónico de
1917: “Aunque en el Código de Derecho Canónico muchas veces se hace también
referencia a la disciplina de la Iglesia oriental, aquél [Código], sin embargo, se dirige tan sólo a la Iglesia latina
y no obliga a la oriental, a no ser cuando trata de aquellas materias
que por su misma naturaleza atañen igualmente a la oriental”[426].
Un Papa habla
infaliblemente desde la Cátedra de Pedro cuando su enseñanza sobre fe y
costumbres obliga a toda la Iglesia, lo que el Código de 1917 no hace:
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I,
1870, sesión 4, cap. 4: “… el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra [desde la Cátedra de Pedro]
– esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos,
define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y
costumbres debe ser sostenida por
toda la Iglesia universal (…) goza
de aquella infalibilidad…”[427].
Así, por ejemplo, la
proposición del canon 737 del Código de 1917 que dice que el bautismo es
necesario “al menos en deseo” para la salvación, no es obligatoria para la
Iglesia universal ni está respaldada por la infalibilidad. Respecto a la ley
del canon 1239, que dice que puede darse sepultura cristiana a los catecúmenos no
bautizados, contradice toda la tradición de la Iglesia católica de 1900 años
acerca de si las personas sin bautizar pueden recibir sepultura cristiana.
Canon 1239, Código de 1917: “§1. No serán
admitidos a la sepultura eclesiástica los que hubieran muerto sin el bautismo.
§2. Los catecúmenos que sin ninguna
culpa suya mueran sin el bautismo, se ha de equiparar a los bautizados”[428].
Desde la época de
Jesucristo y en toda la historia, la Iglesia católica universalmente se rehusó
dar sepultura eclesiástica a los catecúmenos que morían sin el sacramento del
bautismo, como lo admite La Enciclopedia
Católica:
Enciclopedia
Católica, “Bautismo”, vol. 2, 1907: “Una cierta declaración en
la oración fúnebre de San Ambrosio sobre el emperador Valentiniano II ha sido presentada
como una prueba de que la Iglesia ofrecía sacrificios y oraciones por los
catecúmenos que morían antes del bautismo. No
hay vestigio en ninguna parte de tal costumbre (…) La práctica de la Iglesia se muestra más exactamente en el
canon (XVII) del segundo Concilio de Braga (572 d.C.): ‘Ni la celebración del sacrificio [oblationis] ni el servicio
de la salmodia [psallendi] se empleará para los catecúmenos que han
muerto sin bautizar”[429].
Esta es la ley de la
Iglesia católica desde el principio y durante toda la historia. Por tanto,
puesto que este tema está ligado a la fe y no solamente a la disciplina; o la
Iglesia se equivocó desde el tiempo de Cristo por rehusar el entierro eclesiástico a los catecúmenos que morían sin el
bautismo o el Código del 1917 está errado al concederlo. Es lo uno o lo
otro, porque el Código de 1917 contradice directamente la ley constante
y tradicional de la Iglesia católica durante diecinueve siglos en este punto
que está ligado a la fe. La respuesta es, obviamente, que el Código de 1917 está
errado aquí y no es infalible; y la ley de la Iglesia católica de negar
durante toda la historia el entierro eclesiástico a los catecúmenos está
correcta. De hecho, es interesante notar que la versión en latín del Código de
1917 contiene muchas notas de pie de página de Papas, concilios, etc., para
mostrar de dónde fueron derivados ciertos cánones. El canon 1239.2 sobre dar sepultura eclesiástica a los catecúmenos no
bautizados no tiene nota de pie de página, ni se remite a ningún Papa, ley
anterior, ni Concilio, ¡simplemente porque no hay nada en la tradición que lo
respalde!
La
Enciclopedia Católica (1907) cita un
interesante decreto del Papa Inocencio III en donde comenta sobre la ley tradicional, universal y constante de
la Iglesia católica desde el principio que negaba la sepultura eclesiástica
a todos quienes morían sin el sacramento del bautismo.
Enciclopedia Católica,
“Bautismo”, volumen 2, 1907: “La razón de este reglamento [que prohíbe la
sepultura eclesiástica a las personas sin bautizar] viene dada por el Papa Inocencio III (Drec., III, XXVIII,
xii): ‘Ha sido decretado por los
sagrados cánones que no debemos tener ninguna comunión con los que están
muertos, si no tuvimos comunicación con ellos mientras vivían’”[430].
Tampoco el Código de 1917
es disciplina infalible de la Iglesia, como lo demuestra el hecho que contiene
una ley que contradice directamente la disciplina infalible de la Iglesia desde
el comienzo sobre una cuestión vinculada a la fe. La bula concreta que promulgó
el Código de 1917, Providentissima Mater
Ecclesia, no fue firmada por Benedicto XV, sino por el cardenal Gasparri y
el cardenal De Azevedo. El cardenal Gasparri, secretario de Estado, fue el
principal autor y compilador de los cánones. Algunos teólogos argumentarían que
sólo las disciplinas que obligan a toda la Iglesia – a diferencia del Código de
1917 – están protegidas por la infalibilidad de la autoridad de gobierno de la
Iglesia, un argumento que parece apoyarse en la siguiente enseñanza del Papa
Pío XII:
Papa Pío XII, Mystici Corporis
Christi, # 66, 29 de junio de 1943:
“Y, ciertamente,
esta piadosa Madre brilla sin mancha alguna
en los sacramentos, con los que engendra y alimenta a sus hijos; en la fe, que
en todo tiempo conserva incontaminada; en
las santísimas leyes, con que a todos manda y en los consejos
evangélicos, con que amonesta; y, finalmente, en los celestiales dones y
carismas con los que, inagotable en su fecundidad, da a luz incontables
ejércitos de mártires, vírgenes y confesores”[431].
Esto significaría que una
ley disciplinaria no es una ley de la Iglesia “católica” (es decir, universal),
a menos que ella obligue a la Iglesia universal. Pese a todo, el Código de 1917
no goza de infalibilidad. Esto se muestra por los siguientes cánones.
1) El Código de 1917
enseña que los herejes pueden estar de buena fe.
Canon 731, §2, Código de 1917: “Está
prohibido administrar los sacramentos de la Iglesia a los herejes o cismáticos, aunque estén de buena fe en el
error y los pidan, a no ser que antes, abandonados de sus errores, se hayan
reconciliado con la Iglesia”.
Un hereje, por definición infalible, está de mala fe y
atrae sobre su cabeza el castigo eterno.
Papa San Celestino I, Concilio de Éfeso,
431: “… todos los herejes corrompen
las verdaderas expresiones del Espíritu Santo con sus propias mentes malvadas y atraen sobre su cabeza una llama inextinguible”[432].
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia,
“Cantate Domino”, 1441, ex cathedra: “[La Santa Iglesia romana]
Firmemente cree, profesa y predica que
nadie que no esté dentro de la Iglesia católica, no sólo los paganos, sino
también judíos o herejes y
cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irán al fuego eterno que está
aparejado para el diablo y sus ángeles (Mat. 25, 41), a no ser que antes de su
muerte se uniere con ella…”[433].
Papa Gregorio XVI, Summo iugiter studio, # 2, 27 de mayo de 1832: “Finalmente, algunas
de estas personas descarriadas intentan
persuadirse a sí mismos y a otros que los hombres no se salvan sólo en la
religión católica, sino que incluso los herejes
pueden obtener la vida eterna”[434].
Una persona de buena fe que yerra inocentemente sobre
un dogma (libremente e impropiamente llamado un “hereje material” en las
discusiones teológicas), no es un hereje, sino un católico que yerra de
buena fe. Así que la afirmación contenida en el Código de 1917 sobre los
herejes y cismáticos de buena fe es, sin duda, definitivamente errónea
teológicamente y ello prueba que no está protegido por la infalibilidad.
2) ¡El Código de 1917
enseña que los católicos pueden estar presentes en formas de culto no
católicos, incluyendo las bodas de los no católicos y los funerales no
católicos!
Canon 1258, Código de 1917: “§1. No es
lícito a los fieles asistir activamente o tomar parte de cualquier modo que
sea, en las funciones sagradas de los
acatólicos [no católicos]. §2. Por
razón de un cargo civil o por tributar un honor, habiendo causa grave, que en
caso de duda debe ser aprobada por el ordinario, se puede tolerar la presencia
pasiva o puramente material en los funerales de los acatólicos, en las bodas
u otras solemnidades por el estilo, con tal que no haya peligro de
perversión ni de escándalo”.
Nota: este canon no está
hablando de las misas católicas o del culto católico presidido por un hereje, sino de (falsos) cultos y ritos de
acatólicos o no cristianos. ¡Esto es escandaloso! Este canon permite
asistir y estar presente en una sinagoga judía o en un templo budista o
en un servicio luterano, etc., etc., etc., para la boda o un funeral de
infieles o herejes, ¡con tal que no se
participe activamente! Esto es ridículo, porque salir de su camino para
estar presente en este tipo de servicios donde se realiza un culto falso
(con el propósito de honrar o complacer a la persona implicada en él) es un
escándalo en sí mismo. Ello es honrar a una persona que está pecando contra el
primer mandamiento. Asistir al funeral de un no católico es dar a entender que
hay alguna esperanza de salvación fuera de la Iglesia; y asistir a la boda de
un acatólico es dar a entender que Dios aprueba el matrimonio fuera de la
Iglesia. Un católico no puede ni participar activamente
en un culto falso ni asistir a un culto falso o ceremonia no católica para
honrar con su presencia “pasiva”. Por tanto, este canon demuestra que este
código no es infalible.
El Código de 1917
contradice la tradición inmemorial de la Iglesia sobre la sepultura
eclesiástica y no inválida la declaración infalible de la Cátedra de Pedro (que
obliga a toda la Iglesia) de que nadie puede entrar al cielo sin el sacramento
del bautismo.
Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 7, Can. 5 sobre el sacramento del bautismo, ex cathedra:
“Si alguno dijere que el bautismo [el sacramento] es libre, es decir, no
necesario para la salvación (Juan 3, 5), sea anatema”[435].
EL
ARGUMENTO DE QUE EL BAUTISMO ES IMPOSIBLE PARA ALGUNOS RECIBIRLO
OBJECIÓN:
Los partidarios del bautismo de deseo afirman que para algunas personas el mandamiento del bautismo es simplemente
imposible de cumplir.
RESPUESTA: Dios
no manda cosas imposible (de fide).
Por lo tanto, no es imposible para ningún hombre recibir el bautismo.
Catecismo del Concilio de Trento, Del Bautismo,
TAN Books, p. 171: “Porque están conformes los sagrados escritores que, después
de la resurrección del Señor, CUANDO MANDA
A LOS APÓSTOLES: Id e instruid a
todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo, desde entonces todos
los hombres, que habían de conseguir la salvación eterna, comenzaron a estar
obligados a LA LEY DEL BAUTISMO”.
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 6, cap. 11 sobre la justificación, ex cathedra: “... nadie debe
usar de aquella voz temeraria y por los Padres prohibida bajo anatema, que los
mandamientos de Dios son imposibles de guardar para el hombre justificado. PORQUE DIOS NO MANDA COSAS IMPOSIBLES,
sino que al mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas…”[436].
OBJECIÓN:
¿No fue condenada, en los errores de Migue de Bayo, la idea de que los
catecúmenos no tienen remisión de los pecados?
RESPUESTA:
¡No! Y el hecho de que algunos de los defensores del
bautismo de deseo intenten obstinadamente citar los errores de Miguel de Bayo a
favor del bautismo de deseo muestra simplemente: 1) su deshonestidad; y 2) su
falta de evidencia por el bautismo de deseo.
Errores de Miguel De Bayo, condenados por
San Pío V en Ex omnibus afflictionibus,
1 de octubre de 1567: “La caridad
sincera y perfecta que procede ‘del corazón puro y la conciencia buena
y la fe no fingida’ (1 Tim. 1, 5), tanto
en los catecúmenos como en los penitentes, puede darse sin la remisión de los
pecados”. – Condenado[437]
Errores de Miguel De Bayo, condenados por
San Pío V en Ex omnibus afflictionibus,
1 de octubre de 1567: “33. El
catecúmeno vive justa, recta y santamente y observa los mandamientos de
Dios y cumple la ley por la caridad, antes de obtener la remisión de los
pecados que finalmente se recibe en el baño del bautismo”. – Condenado[438]
Las proposiciones de
Miguel De Bayo antes citadas son condenadas porque ellas afirman que la caridad
perfecta puede estar en los catecúmenos y penitentes sin la remisión de los
pecados. (Nota: esto no dice nada de una manera u otra acerca de sí o no la
caridad perfecta puede estar en los catecúmenos con la remisión de los
pecados). Las proposiciones de De Bayo anteriores son falsas porque no se
puede tener caridad perfecta sin la remisión de pecados.
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 6, cap. 7 sobre la justificación, ex cathedra: “La
justificación misma (…) no
es sólo remisión de los pecados, sino también la santificación y renovación del
hombre interior (…) De ahí que, en
la justificación misma, juntamente con la remisión de los pecados, recibe el
hombre las siguientes cosas que a la vez se le infunden por
Jesucristo, en quien es injertado:
la fe, la esperanza y la caridad”[439].
La
fe, la esperanza, la caridad y la remisión de los pecados son inseparables en
una persona justificada. Por lo tanto, Miguel De Bayo fue correctamente
condenado por su declaración falsa de que los catecúmenos y los
penitentes pueden tener la caridad perfecta sin la remisión de los pecados.
Su afirmación se contradice con la enseñanza católica. Y cuando un Papa condena
proposiciones tales como las falsas proposiciones de Miguel De Bayo, condena la
proposición entera como tal. Al condenar este tipo de error, no se
hace ninguna afirmación de manera positiva o negativa sobre una u otra parte de
la declaración, ni se hace ninguna afirmación,
positivamente o negativamente, sobre si los catecúmenos pueden tener la
remisión de los pecados con caridad perfecta, la cual no es el
tema de la declaración de Miguel De Bayo. Pero sabemos, por otras enseñanzas,
que los catecúmenos sin bautizar no pueden en absoluto tener la remisión de
pecados, puesto que están fuera de la Iglesia.
Papa Bonifacio VIII, Unam sanctam, 18 de noviembre de 1302, ex cathedra: “Por apremio
de la fe, estamos obligados a creer y mantener que hay una sola y Santa Iglesia católica y la misma Apostólica, y nosotros
firmemente la creemos y simplemente la confesamos, y fuera de ella no hay salvación NI REMISIÓN DE LOS PECADOS…”[440].
Un
buen ejemplo que sirve además para mostrar cómo los defensores de bautismo de
deseo están completamente equivocados al usar a Miguel De Bayo como argumento a
favor del “bautismo de deseo” se encuentra en Denz. 646, en un error de Juan
Hus, condenado por el Concilio de Constanza:
Errores de Juan
Hus, #20: “Si el Papa es malo y, sobre todo, si es precito,
entonces, como Judas, es apóstol del diablo, ladrón e hijo de perdición, y no
es cabeza de la Santa Iglesia militante, como quiera que no es miembro suyo”.
– Condenado[441]
Basado
en este pasaje, algunas personas han concluido erróneamente que el argumento
del sedevacantismo (que un Papa que se convierte en un hereje pierde su
oficio y deja de ser cabeza de la Iglesia, ya que no es un miembro de ella)
está condenado aquí. Pero el Concilio de Constanza no condena eso en absoluto;
no está afirmando nada de un modo y otro a este respecto. Por el contrario,
está condenando la proposición entera como tal, que afirma que si
un Papa es malo (o inmoral) él no es la cabeza de la Iglesia porque no
es un miembro de ella. Y esto es falso: que un Papa sea malo no
significa que no sea un miembro de la Iglesia y, por siguiente, que él no sea
cabeza de la Iglesia. Los sedevacantistas, por el contrario, correctamente
señalan que un papa herético (no simplemente
malo) no es un miembro de la Iglesia y, por siguiente, no puede ser la
cabeza de la Iglesia (y por lo tanto pierde su oficio automáticamente
cuando se convierte en un hereje). Esta es en realidad la enseñanza de la
Iglesia.
Papa Inocencio III, Eius exemplo, 18 de diciembre de 1208:
“De corazón creemos y con la boca confesamos una sola Iglesia, no de herejes, sino la santa, romana,
católica y apostólica, fuera de la cual creemos nadie se salva”[442].
Por
lo tanto…
San Francisco De Sales
(siglo 17), Doctor de la Iglesia: “Por lo tanto, no decimos que un Papa no pueda errar
en sus opiniones privadas, como hizo Juan XXII; o ser del todo un hereje, como
tal vez fue Honorio. Ahora, cuando él [el Papa] es explícitamente un hereje,
él cae ipso facto de su dignidad y fuera de la Iglesia…”[443].
San Antonino (1459): “En el caso de que el Papa se
convirtiera en un hereje, se encontraría, por ese sólo hecho y sin ninguna otra
sentencia, separado de la Iglesia. Una cabeza separada de un cuerpo no puede,
siempre y cuando se mantenga separada, ser cabeza de la misma entidad de la que
fue cortada. Por lo tanto, un Papa que se hubiere separado de la Iglesia por la
herejía, por ese mismo hecho, cesaría de ser cabeza de la Iglesia. Él no
puede ser hereje y seguir siendo Papa, porque, desde que está fuera de la
Iglesia, él no puede poseer las llaves de la Igle”sia (Summa Theologica, citado en Actes de Vatican
I. V. Frond pub.).
San Roberto Belarmino, De
Romano Pontífice, II, 30: “Un Papa
que es un hereje manifiesto deja de ser, automáticamente (per se), Papa y cabeza, al
igual que él automáticamente deja de ser un cristiano y miembro de la Iglesia.
Por lo tanto, él puede ser castigado y juzgado por la Iglesia. Esta
es la enseñanza de todos los antiguos Padres que enseñan que los
herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción”.
San Roberto Belarmino, De
Romano Pontífice, II, 30: “Porque, en primer lugar, se demuestra con los argumentos de autoridad y de la razón que el
hereje manifiesto es depuesto ‘ipso facto’. El argumento de autoridad se
basa en San Pablo (Tito 3, 10), que ordena que el hereje debe ser evitado
después de dos advertencias, es decir, después de mostrarse manifiestamente
obstinado – lo que significa que antes
de cualquier excomunión o sentencia judicial. Y esto es lo que escribe San
Jerónimo, agregando que los otros pecadores son excluidos de la Iglesia por la
sentencia de excomunión, pero los herejes se exilian y separan por sí mismos
por su propio acto, del cuerpo de Cristo”.
San Roberto Belarmino, De
Romano Pontífice, II, 30: “Este
principio es de lo más cierto. El no cristiano de ninguna manera puede ser
Papa, como el mismo Cayetano admite (ib. c. 26). La razón de esto es que no
puede ser cabeza de lo que no es miembro; ahora, él, que no es cristiano no
es un miembro de la Iglesia, y un hereje
manifiesto no es un cristiano, como enseña claramente San Cipriano (lib. 4,
epist. 2), San Atanasio (Scr. 2 cont. Arian.), San Agustín (lib. De great.
Christ. Cap. 20), San Jerónimo (contra Lucifer) y otros; por
lo tanto, el que es hereje manifiesto no puede ser Papa”.
Papa León XIII, Satis cognitum, # 15, 29 de junio de
1896: “Nadie, pues, puede
tener parte en la autoridad si no está unido a Pedro, pues SERÍA ABSURDO
PRETENDER QUE UN HOMBRE EXCLUIDO DE LA IGLESIA TUVIESE AUTORIDAD EN LA
IGLESIA”[444].
Por siguiente, como
podemos ver, la segunda mitad de la declaración condenada de Juan Hus, “[un
Papa] no es cabeza de la santa Iglesia militante, como quiera que no es
miembro suyo”, es verdadera. Pero la proposición de Hus es
condenada tal y como es porque en el principio aseveró que esta
cesación de ser miembro (y por siguiente de ser cabeza) ocurre simplemente
por causa de ser un Papa malo, lo que es falso. Por siguiente, en su
conjunto, la proposición de Hus, como la de De Bayo, es falsa y por lo tanto,
fue condenada.
Así, el error de Juan Hus
es un valioso ejemplo para demostrar que los defensores del bautismo de deseo están
completamente equivocados al citar otra vez los errores de Miguel De Bayo
como argumento. Al condenar tal proposición de Miguel De Bayo, el Papa no hace
ninguna declaración positiva o negativa acerca de si los catecúmenos pueden
tener remisión de los pecados con la caridad perfecta, porque eso no fue lo
que aseveró De Bayo. El hecho es que los catecúmenos no pueden en absoluto tener
la remisión de los pecados porque ellos están afuera de la Iglesia.
Pero los defensores de
bautismo de deseo saben, o podrían darse cuenta si lo intentaran, que los
errores de Miguel De Bayo no prueban su punto, entonces ¿por qué algunos de
ellos continúan usando este no-argumento como argumento? ¡Es simplemente por
deshonestidad! En realidad es un escándalo que intenten aprovecharse
obstinadamente de la ignorancia de los seglares mediante el uso de estos
errores de Miguel De Bayo como argumento a favor del bautismo de deseo. La
deshonesta CMRI [Congregación de María Reina Inmaculada] de Spokane,
Washington, por ejemplo, publicó recientemente un folleto y un artículo sobre
el bautismo de deseo. El folleto y el artículo no sólo tergiversaba
totalmente la enseñanza del Concilio de Trento en la sesión 6, cap. 4 (por
usar “excepto por” en vez de “sin”), sino que usaba muy deshonestamente los
errores anteriores de Miguel De Bayo como “prueba” del bautismo de deseo. Al
usar estas tácticas en su folleto y en un artículo, la CMRI engañó a sus
lectores que no se preocupan lo suficiente por la fe para examinar el asunto
con cuidado y sopesar los méritos de su argumento – aquellos lectores que
simplemente creyeron lo que concluyó la CMRI porque les pareció que estaba bien
documentado, los que probablemente son un gran número. Así es como los herejes
matan a las almas y las llevan por el mal camino.
¿CÓMO
PUEDE SER QUE EL BAUTISMO DE DESEO SEA CONTRARIO AL DOGMA CUANDO…?
OBJECIÓN:
¿Cómo puede ser que el bautismo de deseo sea contrario al dogma cuando un santo
como San Alfonso creyó en él después del Concilio de Trento? Eso lo convertiría
en un hereje, lo cual es imposible ya que él es un santo canonizado.
RESPUESTA: En
primer lugar, la clave de la herejía es la obstinación/pertinacia. Es un hecho
que un hombre (si es que no es obstinado) podría tener una posición que es
herética, como la idea que Cristo sólo tiene una voluntad, sin ser un hereje (a
no ser que el hombre se apartase de la creencia esencial en la Trinidad y la
Encarnación; en ese caso, aun si no fuera obstinado, perdería la fe católica).
La mayoría de los católicos tradicionales con quienes he hablado, creen que
Cristo tiene solamente una voluntad, no dos. Eso es una herejía condenada por
la Iglesia. Cristo tiene dos voluntades (que no están en conflicto), porque Él
es Dios y hombre. Entonces, ¿todos estos tradicionalistas con quienes hablé son
por ello herejes? No, porque no estaban conscientes de este dogma, o no lo
entendieron por completo, y no eran pertinaces y mantenían su creencia esencial
en Jesucristo como Dios y hombre. Pero si hubieran sido pertinaces u obstinados
sobre el tema, entonces se habrían convertido en herejes.
Canon 1325, Código de Derecho Canónico de
1917: “Si alguien después de haber recibido el bautismo, conservando el nombre de cristiano, niega pertinazmente alguna
de las verdades que han de ser creídas con fe divina y católica, o la pone
en duda, es hereje”.
El mismo principio podría
aplicarse no sólo a un dogma del cual uno no está consciente, sino también a un texto que podría ser
malinterpretado en un asunto que pertenece al dogma o a la herejía.
¿Hay alguna prueba de ello? Sí.
La mayoría de nosotros
conocemos el caso del Papa Honorio I, quien fue condenado muchos años después
de su muerte por (al menos) promover la herejía monotelita (que Cristo tiene
una sola voluntad). El Papa Honorio I (630-638) fue condenado después de su
muerte por el Tercer Concilio de
Constantinopla en 680. Pero el Papa
Juan IV, quien reinó poco después de Honorio, intentó defender las cartas de
Honorio e incluso dijo que era “totalmente contrario a la verdad” afirmar que
Honorio enseñó que Cristo tenía una sola voluntad.
Papa Juan IV, Dominus qui dixit, al emperador Constancio, respecto al Papa Honorio, 641: “… Así, pues, el predicho predecesor mío [Honorio] decía
del misterio de la encarnación de Cristo que no había en Él, como en nosotros
pecadores, dos voluntades contrarias de la mente y de la carne. Algunos, acomodando esta doctrina a su
propio sentido, han sospechado que Honorio enseñó que la divinidad y la
humanidad de Aquél no tienen más que una sola voluntad, interpretación que es
de todo punto contraria a la verdad…”[445].
Bueno, aquí tenemos a un Papa católico defendiendo las dos
cartas de Honorio que fueron condenadas más tarde por los concilios dogmáticos.
Esto demuestra que se puede permanecer católico (¡incluso el Papa!) mientras que intenta erradamente justificar
como católico algo que, de hecho, es digno de condena.
Algunos podrían responder:
“bueno, el Papa Juan IV vivió antes que
fuera publicada la condenación infalible de las cartas de Honorio; es por eso
que él no era un hereje por defender estas cartas que fomentaban la herejía”.
Esta es una respuesta
engañosa. El Tercer Concilio de
Constantinopla condenó a Honorio basado en cartas que él escribió durante
su reinado. El Papa Juan IV estaba examinando exactamente las mismas cartas y
declaraciones que el Tercer Concilio de
Constantinopla condenó. Así, examinando exactamente las mismas
declaraciones, el Papa Juan IV (en su calidad falible) y el Tercer Concilio de Constantinopla (en
su calidad infalible) dijeron dos cosas completamente diferentes. Esto demuestra
que se puede malinterpretar como católico algo que, de hecho, es herético o
favorable a la herejía y permanecer siendo católico, si hay causa legítima
de confusión. [Por supuesto, esto no aplica a puntos claramente obvios,
como la necesidad de que protestantes se conviertan o que las religiones
paganas son falsas (como niegan los antipapas del Vaticano II), sino solamente
a puntos más sutiles de cuestiones dogmáticas o temas en que alguna confusión o
causa de confusión pudiera existir].
Lo mismo ocurre con el
bautismo de deseo – o, para ser más preciso, con la versión de bautismo de
deseo que ciertos santos mantenían sólo para los catecúmenos sin bautizar. Al
igual que el Papa Juan IV, de buena fe, entendió mal las cartas del Papa
Honorio, estos santos malinterpretaron la sesión 6, cap. 4 del Concilio de
Trento. Pensaban que enseñaba el bautismo de deseo, y por siguiente ellos
(equivocadamente) enseñaron el bautismo de deseo. Sin embargo, cuando se
inspecciona sus argumentos y se examina con detalle la enseñanza de la sesión
6, cap. 4, se ve que el Concilio de Trento no enseña el bautismo de deseo.
También se descubre que el bautismo de deseo no coincide con numerosos
pronunciamientos de la enseñanza infalible de la Iglesia católica. Por lo
tanto, una vez visto que estos puntos se explican con claridad, se está
obligado a abandonar esa opinión falsa que no está de acuerdo con tantos
hechos. Uno no puede continuar, en este punto, insistiendo que los hombres
pueden salvarse sin el bautismo. Los puntos tratados arriba prueban que un
santo o un Papa podrían malinterpretar un texto y, basado en esa falsa lectura,
enseñar, de buena fe, algo que es contrario a la fe.
Para concluir, si se
quiere llamar al bautismo de deseo una herejía o un grave error teológico incompatible
con el dogma, la verdad es que se trata de una opinión falsa que no puede
conciliarse con numerosas definiciones infalibles y, por tanto, ningún católico
debería en absoluto mantenerla después de conocer estos hechos.
Por otra parte, si bien que
cualquier idea de bautismo de deseo es falsa, hay que hacer una distinción muy importante entre la versión del
bautismo de deseo sostenida por ciertos santos (solamente para los catecúmenos
sin bautizar) y la versión sostenida hoy por la mayoría (que será tratada
detalladamente más adelante en este libro). Los santos que sostenían el
bautismo de deseo lo aplicaban solamente a los catecúmenos sin bautizar que
creían en la Trinidad, en la Encarnación y en la fe católica. En cambio,
casi todos que lo hoy en día creen en él, lo aplican a aquellos que ni siquiera
creen en Cristo y/o son miembros de religiones falsas. Aquellos que creen en
esta última idea (que el bautismo de deseo puede aplicarse a los judíos o
musulmanes, etc.) tendrían que abandonarla inmediatamente al ver cualquiera de
las definiciones infalibles sobre fuera
la Iglesia no hay salvación. Si no,
definitivamente son herejes que quedan excomulgados automáticamente de la
Iglesia. Uno no puede creer razonablemente que sea compatible la salvación
de los miembros de las religiones no católicas con el dogma fuera la Iglesia no hay salvación.
Por otra parte, ya que la falsa idea de que los catecúmenos sin
bautizar pueden salvarse fue sostenida por ciertos santos y enseñada en la
calidad falible por otros textos, los que sostienen el bautismo de deseo como
hacían esos santos (es decir, sólo para los catecúmenos sin bautizar) tienen
más espacio para errar en buena fe (pensando razonablemente por un tiempo que
fue la enseñanza tradicional de la Iglesia) hasta que todos los aspectos del
tema les sean a ellos presentados.
OBJECIÓN:
Hechos 10, 47 dice que Cornelio y sus compañeros recibieron el Espíritu Santo. Esto
significa que ellos fueron justificados sin el bautismo.
RESPUESTA: Hechos
10, 47 no dice que Cornelio y sus compañeros fueron justificados sin el
bautismo. Al contrario, se dice que sus pecados fueron remitidos o que fueron
“salvados”, una frase que se utiliza con frecuencia para describir a aquellos
que han sido justificados por el bautismo. El contexto de Hechos 10 trata
acerca de los que reciben el Espíritu
Santo al recibir el don de lenguas, no de recibir la remisión de los
pecados. Por lo tanto, en Hechos 10, 47 se está simplemente hablando de que
Cornelio y sus compañeros recibieron el don de lenguas. La descripción de
“recibir el Espíritu Santo” o de “estar llenos del Espíritu Santo” en realidad
se utiliza con frecuencia en las Escrituras para describir a una persona que
hace una profecía divina o recibe algún don espiritual. Esto no significa
necesariamente que alguien haya recibido la remisión de los pecados. Los
siguientes dos pasajes son ejemplos de la frase “lleno del Espíritu Santo” usada
para describir un don espiritual (profecía, etc.), no la remisión de los
pecados.
Lucas 1, 41-42: “Así que oyó Isabel el
saludo de María, exultó el niño en su seno,
e Isabel se llenó del Espíritu Santo, y
clamó con fuerte voz…”.
Lucas 1, 67: “Zacarías, su padre, se llenó del Espíritu Santo y profetizó diciendo…”.
EL
BUEN LADRÓN Y LOS SANTOS INOCENTES
OBJECIÓN:
¿Qué hay del buen ladrón y los Santos Inocentes?
RESPUESTA: Esto
ya fue tratado en la sección sobre San Agustín, pero será repetido aquí para
aquellos que lo busquen en esta sección “Otras Objeciones”. El buen ladrón no
puede ser utilizado como un ejemplo del bautismo de sangre, ante todo porque el
buen ladrón murió bajo la Ley Antigua, no bajo la Ley Nueva; él murió antes que
la Ley del bautismo fuera instituida por Jesucristo después de su Resurrección.
Por esta razón, el buen ladrón, al igual que los Santos Inocentes, no
constituye ningún argumento contra la necesidad de recibir el sacramento del
bautismo para la salvación.
Catecismo del Concilio de Trento, Bautismo
hecho obligatorio después de la Resurrección de Cristo, p. 171: “Porque
están conformes los sagrados escritores que, después de la resurrección del
Señor, cuando manda a los Apóstoles: Id
e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del
Hijo, y del Espíritu Santo, desde
entonces todos los hombres, que habían de conseguir la salvación eterna,
comenzaron a estar obligados a la ley del bautismo”[446].
De
hecho, cuando nuestro Señor le dijo al buen ladrón, “Hoy estarás conmigo en
el paraíso”, Jesús no se refería al cielo, sino en realidad al infierno.
Como católicos, sabemos que nadie entró en el cielo hasta que nuestro Señor lo hizo,
después de su resurrección. En el día de la crucifixión, Cristo descendió al
infierno, como dice el Credo de los Apóstoles. Él no descendió al infierno de
los condenados, sino al lugar en el infierno llamado el Limbo de los Padres,
que era el lugar de espera de los Justos del Antiguo Testamento, quienes no
podrían entrar al cielo hasta después de la venida del Salvador.
1 Pedro 3, 18-19:
“Porque también Cristo murió una vez por los pecados, (…) Él fue a pregonar
a los espíritus que estaban en la prisión”.
A fin de probar el punto
de que el buen ladrón no fue al cielo el día de la crucifixión, está el hecho
de que el Domingo de Resurrección, cuando María Magdalena se encontró con el
Señor resucitado, Él le dijo: “No me toques, porque aún no he subido a mi
Padre”.
Juan 20, 17: “[En el día de la
Resurrección] Jesús le dice: ‘María’. Vuelta ella, le dice: ‘Rabboni’ (que
quiere decir: ‘Maestro’). Jesús le dice: ‘No me toques, porque aún no he
subido a mi Padre…”.
Nuestro Señor ni siquiera
había ascendido al cielo en el Domingo de la Resurrección. Por tanto, es
un hecho que nuestro Señor y el buen ladrón no estaban juntos en el cielo el
Viernes Santo, sino que estaban en el Limbo de los Padres, la prisión descrita
en 1 Pedro 3, 18-19. Jesús llamó a este lugar paraíso porque Él estaría allí
con los justos del Antiguo Testamento.
LA
HEREJÍA “NO SE PUEDE JUZGAR”
OBJECIÓN:
No puedes juzgar diciendo que todos los no católicos se van al infierno. No eres
Dios. Debes dejarle a Él tales juicios.
RESPUESTA: Dios
ya nos ha revelado su juicio. Decir que no se puede estar seguro o “no se puede
juzgar” si todos los que mueren como no católicos van al infierno es simplemente rechazar el juicio de Dios
como siendo posiblemente falso, lo
que es una herejía y una blasfemia y orgullo de la peor especie. Eso es juzgar pecaminosamente como posiblemente
dignos del cielo a aquellos que Dios ha revelado explícitamente que Él no
salvará. En pocas palabras: decir que no se puede juzgar que todos los que
mueren como no católicos van al infierno (siendo que Dios lo ha revelado) es
juzgar de la forma más gravemente pecaminosa – de una manera directamente
contraria a la verdad y a la sentencia revelada por Dios.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Cantate Domino”, 1441, ex cathedra: “[La Santa Iglesia romana] Firmemente cree, profesa y
predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia católica, no sólo los paganos,
sino también judíos o herejes y cismáticos, pueden hacerse partícipes de la
vida eterna, sino que irán al fuego eterno que está aparejado para el diablo y
sus ángeles (Mat. 25, 41), a no ser que antes de su muerte se unieren con
ella…”[447].
Y
la herejía “no se puede juzgar” se ha difundido increíblemente. El 15 de
diciembre 2003 tuve una conversación con un “monje tradicionalista” llamado P.
Giardina, del Monasterio Cristo Rey en Alabama. Le pregunté si creía que todos
los que mueren como no católicos no se podían salvar. Él dijo que no sabía y
que no podría juzgar. Entonces le pregunté si creía que fuese posible que los
rabinos que rechazan a Cristo puedan salvarse, y me dijo que es posible porque
él no puede juzgar. Por rehusar asentir a lo que Dios ha revelado bajo el
pretexto de la herejía “no se puede juzgar”, esta persona terminó rechazando el
Evangelio y de la necesidad de Cristo mismo. Por el contrario, el gran San
Francisco Javier muestra que un católico debe afirmar que todos los que mueren
fuera la Iglesia se pierden definitivamente, como él lo hace cuando cuenta
acerca de un corsario pagano que murió en un barco en que él viajaba.
San Francisco
Javier, 5 de noviembre de 1549: “El corsario que comandaba nuestro barco murió
aquí en Cagoxim. Él hizo su trabajo para nosotros, en total, como queríamos (…)
Él mismo escogió morir en sus propias supersticiones; ni siquiera nos dejó el
poder de recompensarle por la bondad que pudiéramos hacerle después de la
muerte a los otros amigos que mueren en la profesión de la fe cristiana,
encomendando sus almas a Dios, porque el pobre hombre por su propia mano
lanzó su alma en el infierno, donde no hay ninguna redención”[448].
LA
HEREJÍA “SUBJETIVO-OBJETIVO”
OBJECIÓN:
Objetivamente hablando, no hay absolutamente ninguna salvación fuera la Iglesia
católica. Pero subjetivamente hablando, simplemente no lo sabemos.
RESPUESTA: Esta
es similar a la herejía “no se puede juzgar”. Los que adhieren a esta herejía
niegan la verdad dogmática; porque la herejía objetivo-subjetivo significa que
el dogma fuera la Iglesia no hay ninguna
salvación sólo es cierto “objetivamente”, lo que implica necesariamente que
los no católicos pueden salvarse “subjetivamente”, lo que significa que el
resultado final es una negación del dogma definido.
La herejía
objetivo-subjetivo es una forma ingeniosa de decir que el dogma fuera la Iglesia no hay ninguna salvación
no puede significar lo que dice. Es un diabólico doble discurso. Es equivalente
a afirmar:
“Jesucristo es objetivamente
el Hijo de Dios”.
¿Puede un católico
sostener aquello? No, no puede, porque Jesucristo no sólo es objetivamente
el Hijo de Dios; Él es el Hijo de Dios – ¡punto! ¡Pero esto es exactamente lo
que dicen los que mantienen la herejía objetivo-subjetivo!
Porque decir que un dogma (fuera la
Iglesia no hay ninguna salvación) es sólo verdadero objetivamente,
es lo mismo que decir que cualquier otro dogma (por ejemplo, que Jesucristo es
el Hijo de Dios) es sólo verdadero objetivamente. No hay forma de evitar esto.
La herejía objetivo-subjetivo asevera la herejía de
que los dogmas en realidad no son verdades divinamente reveladas, sino
solamente presunciones o normas que seguimos, y esto es modernismo condenado.
Papa San Pío X, decreto Lamentabili contra los errores del
modernismo, 3 de julio de 1907, # 22: “Los
dogmas que la Iglesia presenta como revelados, no son verdades bajadas del
cielo, sino una interpretación de hechos religiosos que la mente humana
se elaboró con trabajoso esfuerzo”. – Condenado[449]
Papa San Pío X, decreto Lamentabili,
contra los errores del modernismo, 3 Julio 1907, # 26: “Los dogmas de fe deben retenerse solamente según el sentido práctico, esto
es, como norma preceptiva del obrar, más no como norma de fe”. –
Condenado[450]
La
idea de que podemos predicar que no hay salvación fuera la Iglesia
mientras creemos en el corazón que sí hay salvación fuera la Iglesia o que puede
haber salvación fuera la Iglesia es herética. Que solamente los católicos
pueden salvarse es una verdad revelada del cielo que todo católico debe primero creer, y segundo profesar.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Cantate Domino”, 1441, ex cathedra: “[La Santa Iglesia romana] Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté
dentro de la Iglesia católica, no sólo los paganos, sino también judíos o
herejes y cismáticos, pueden hacerse partícipes de la vida eterna, sino que
irán al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles (Mat. 25,
41), a no ser que antes de su muerte se unieren con ella…”[451].
Dado que dogmas son
verdades venidas del cielo, decir que cualquier dogma (por ejemplo, el dogma
de que todos los que mueren no católicos se condenan) pueda tener una
realidad “subjetiva” que es diferente de la verdad revelada es
herejía – es una negación de esa verdad. Por siguiente, la idea de que subjetivamente
los no católicos se pueden salvar es herejía flagrante; es una negación de la
verdad revelada de que todos los que mueren como no católicos necesariamente se
condenan.
Esta es la misma herejía objetivo-subjetivo que es enseñada en el libro La Batalla
Final del Diablo, que es promovida por una serie de organizaciones
“tradicionalistas”.
La Batalla Final del Diablo,
compilado y editado por “P”. Paul Kramer, p. 69: “Esta enseñanza no debe ser entendida oponiéndose a la posibilidad de
salvación para los que no se convierten en miembros formales de la Iglesia
cuando, por causas ajenas a la propia, no saben de su obligación objetiva
de hacerlo (…) sólo Dios sabe quiénes Él salvará (en alguna manera
extraordinaria) de entre la gran masa de humanidad que no ha profesado
externamente la religión católica”[452].
Esto es completamente herético.
Es especialmente pernicioso, de hecho, porque este libro pretende defender el
dogma fuera la Iglesia católica no hay
salvación y será leído en “ambientes tradicionalistas” – al mismo tiempo
que se rechaza el dogma. La declaración anterior es una negación de la
infalibilidad papal y un repudio de la verdad divinamente revelada de
que Dios sólo salvará a los católicos y a los que se hacen católicos. La
declaración herética anterior, significa literalmente que simplemente no
sabemos si lo que Dios ha revelado es verdadero o no. Y muestra de nuevo
cuán frecuente y virulenta es la herejía objetivo-subjetivo, pasando por todo
tipo de lugares. La verdad sigue siendo, sin embargo, que la Iglesia católica
enseña que la pertenencia a la Iglesia es necesaria para la salvación. No
enseña en ninguna parte lo que les encanta decir a los herejes modernos: que ser
miembro de la Iglesia es necesario objetivamente para la salvación.
LA
OBJECIÓN “DENTRO PERO NO MIEMBRO” DE MONS. JOSEPH CLIFFORD FENTON
OBJECIÓN:
En su libro La Iglesia Católica y la
Salvación, Mons. Joseph Clifford Fenton señala que, si bien que sólo los
bautizados son miembros reales de la Iglesia, se puede estar “en” o “dentro de”
la Iglesia sin ser miembro. Por lo tanto, los no bautizados pueden salvarse sin
ser miembros de la Iglesia católica porque todavía pueden, a pesar de todo,
estar “dentro”.
Papa Pío XII, Mystici Corporis, #
22, 29 Junio 1943: “Pero entre los
miembros de la Iglesia, sólo se han de contar de hecho los que recibieron las
aguas regeneradoras del bautismo y profesan la verdadera fe”[453].
Mons. Joseph Clifford Fenton, La Iglesia Católica y la Salvación,
1958, p. 10: “Además, ellos [los Padres del Cuarto Concilio de Letrán] sabían
que no hay tal cosa como la
pertenencia real en la Iglesia militante del Nuevo Testamento, la verdadera y
única ecclesia fidelium [Iglesia de
los fieles], aparte de la recepción del sacramento del bautismo”[454].
LA “INGENIOSA”
EXPLICACIÓN DE FENTON
►Mons. Joseph Clifford Fenton, La Iglesia Católica y la Salvación,
1958, pp. 9-10: “No es, y nunca ha sido,
la enseñanza de la Iglesia católica de que sólo los miembros reales de la
Iglesia pueden alcanzar la salvación eterna. Según la enseñanza del magisterio
de la Iglesia, la salvación se puede alcanzar y, de hecho, ha sido alcanzada
por personas quienes, al momento de la muerte, no eran miembros de esta
Iglesia. La Iglesia nunca ha
confundido la noción de estar ‘fuera de la Iglesia’ con la de ser un no-miembro
de esta sociedad”[455].
RESPUESTA: Como
dice la objeción, Mons. Fenton admite que no se puede ser un “miembro” de la
Iglesia católica sin haber recibido el sacramento del bautismo, pero asevera
“ingeniosamente” que estar “dentro de/en” la Iglesia (para la salvación de
cualquier uno) no es lo mismo que ser un “miembro”.
La Iglesia católica nunca
ha enseñado lo que Fenton dice acerca de los no-miembros estando dentro de la
Iglesia católica. Esto es precisamente porque él no puede citar nada del
magisterio católico tradicional para respaldarlo. Él también asevera la
flagrante falsedad de que el magisterio de la Iglesia ha declarado que
la salvación puede ser y ha sido alcanzada por personas que no eran miembros de la Iglesia. Esto simplemente no es cierto.
¡El
Papa Pío XII aplasta el argumento de Fenton y todo su
libro al enseñar que la Iglesia son
los miembros!
FENTON CONTRADICHO
POR EL PAPA PÍO XII
Papa Pío XII, Mystici Corporis Christi, # 30, 29 de junio de 1943: “… en el
madero de la Cruz adquirió para sí a
su Iglesia, esto es, a todos los miembros de su Cuerpo místico, pues no
se incorporarían a este Cuerpo místico por el agua del bautismo si antes no
hubieran pasado al plenísimo dominio de Cristo”[456].
¡Nótese que el Papa Pío XII
identifica la Iglesia con “todos los miembros de su Cuerpo místico”! ¡Por lo
tanto, sólo los miembros están en la Iglesia! Dado que la Iglesia son LOS MIEMBROS, y
no hay salvación fuera de la Iglesia, no hay ninguna salvación si no se es un
miembro. Mons. Fenton está simplemente errado.
A fin de probar el punto,
veamos el cap. 7 del decreto sobre la justificación del Concilio de Trento.
FENTON CONTRADICHO
POR EL CONCILIO DE TRENTO
Papa Paulo III, Concilio de Trento, sesión 6, cap. 7 sobre la justificación: “De
ahí que, en la justificación misma,
juntamente con la remisión de los pecados, recibe el hombre las siguientes
cosas que a la vez se le infunden, por Jesucristo, en quien es injertado: la fe,
la esperanza y la caridad. Porque la
fe, si no se le añade la esperanza y la caridad, ni une perfectamente
con Cristo, ni hace miembro vivo de su
cuerpo”[457].
El
hombre justificado es injertado en Cristo. El concepto de ser “injertado” es
más que ser miembro: todos los justificados son injertados en Cristo como
miembros. Esto se demuestra por la declaración del Concilio de que
convertirse un miembro vivo de la Iglesia no ocurre “si no”
(“nisi”) se añade a la fe, la
esperanza y la caridad. Eso significa que sólo y cuando la esperanza y la
caridad se añaden a la fe, uno se hace miembro vivo de la Iglesia. Ahora
bien, la esperanza y la caridad se añaden a la fe en toda persona
justificada.
Una
persona recibe simultáneamente la fe, la esperanza y la caridad infundidas en
su alma en el momento de la justificación, como dice Trento arriba. Por lo
tanto, toda persona que se justifica, ya que todas ellas tienen la fe, la
esperanza y la caridad, se convierte en un miembro vivo (“vivum membrum”) de la Iglesia. Esto
contradice totalmente la enseñanza de Mons. Fenton y la Suprema haec sacra, de que alguien puede justificarse por el
bautismo de deseo (y así tener la fe, la esperanza y la caridad) sin ser un
“miembro” del Cuerpo de Cristo. Mons. Fenton está nuevamente errado.
FENTON CONTRADICHO POR EL CONCILIO VATICANO I
Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, sesión 4, cap. 2:
“Por esta causa, fue ‘siempre necesario que’ a esta romana Iglesia, ‘por su más
poderosa principalidad, se uniera toda la Iglesia, es decir, cuantos fieles
hay, de dondequiera que sean’, a fin de que en aquella Sede de la que dimanan
todos ‘los derechos de la veneranda comunión’, unidos como MIEMBROS
en su cabeza, se trabaran en una sola trabazón del cuerpo”[458].
El Vaticano I define infaliblemente que desde la Sede de Roma dimana la
comunión sobre “todos”. ¿Cuáles “todos”? “Todos” en la Iglesia, por
supuesto. Vaticano I: “todos (.).. unidos como miembros en su cabeza”
forman una estructura corporal. ¡Todos en la Iglesia son “miembros”! Ante esta
enseñanza infalible del Vaticano I, el defensor del bautismo de deseo que presenta
el argumento de Fenton se ve obligado a argumentar que la ¡comunión no emana de
la Sede de Pedro sobre “todos” en la Iglesia, sino sólo sobre los que en la
Iglesia son miembros! – ¡no sobre los supuestamente “otros” dentro de la
Iglesia sin ser miembros! Esto es tan ridículo y claramente absurdo que no
necesita más comentario excepto para decir: Mons. Fenton está equivocado otra
vez.
Podrían
citarse otros textos y puntos para refutar más a Fenton – como lo hice en un
extenso artículo en nuestro sitio web –. (Ese artículo en particular también
muestra que la propia definición de Fenton de “miembro” como “parte” sirve para
refutar su afirmación de que se puede estar dentro de algo sin ser una “parte”
de él). El hecho es que el argumento de Fenton es completamente falso y
contrario a la enseñanza de estos decretos magisteriales. Esto también prueba
que la enseñanza de la Suprema haec sacra
(la Carta del Santo Oficio contra el P. Feeney de 1949, a la que se adhieren la
FSSPX, el SSPV y la CMRI) que defiende Fenton (y que es tratada detalladamente
más adelante en este libro) es contraria a la enseñanza de la Iglesia católica,
porque ella enseña la misma cosa sobre de la pertenencia en la Iglesia que
Fenton.
“Cardenal” Marchetti-Selvaggiani, Suprema
haec sacra, “Protocolo
122/49”, 8 de agosto de 1949: “Por lo tanto, para que alguien pueda obtener la salvación eterna, no siempre es necesario
que sea incorporado en la Iglesia realmente como miembro, pero es
necesario que al menos esté unido a ella por el deseo y el anhelo”.
LAS
FALSAS APARICIONES DE BAYSIDE, MEDJUGORJE, ENTRE OTRAS
OBJECIÓN:
Nuestra Señora reveló en Bayside y Medjugorje que los no católicos se pueden salvar,
por tanto ustedes están equivocados.
“Nuestra Señora” de Bayside, 14 de agosto
de 1979: “No juzguéis a vuestros hermanos y hermanas que no han sido
convertidos. Porque en la casa de mi Padre, mi Hijo ha dicho repetidamente,
recordadlo siempre – que en la casa de mi Padre, hay muchas moradas, significando
las religiones y los credos”.[459]
RESPUESTA: Nuestra
Señora no contradice el dogma infalible y a la Cátedra de San Pedro. Decir lo
contrario sería una herejía blasfema. La supuesta declaración anterior de
“Nuestra Señora de Bayside”, que en la casa del Padre hay muchas moradas
significando muchas religiones y credos, es abiertamente herética. Esto
contradice el dogma católico, que es la enseñanza de Jesucristo. Esta herejía
en Bayside revela que el Mensaje de Bayside es una falsa aparición del demonio.
Papa
León XII, Ubi primum, # 14, 5 de mayo de 1824: “Es imposible que el Dios verdadero, que es la Verdad misma,
el mejor, el más sabio proveedor y el premiador de los buenos, apruebe todas las sectas que profesan enseñanzas falsas que
a menudo son inconsistentes y contradictorias entre sí, y otorgue premios eternos a sus miembros (…) porque por la fe divina confesamos un
solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. (…) Por eso confesamos que no hay salvación fuera de la Iglesia”[460].
El
Mensaje de Bayside contradice lo que los católicos deben creer por fe divina:
que sólo hay una fe que conduce al cielo, la fe católica, fuera de la cual no
hay salvación. Las muchas moradas en la casa del Padre que nuestro Señor
se refiere en el Evangelio representan los diferentes premios para los
católicos que mueren en estado de gracia. Los que siguen creyendo en Bayside y
rechazan estos hechos están siguiendo en engaño del diablo; están rechazando la
fe católica y abandonando la Iglesia católica. Ellos han escogido seguir el
“Mensaje” de Bayside por sobre la enseñanza de la Iglesia católica. Quienes
están conscientes de esta herejía y siguen creyendo en Bayside no son católicos
ni seguidores de nuestra Señora, sino que son seguidores del engaño que el
diablo ha creado para ellos.
Y
es triste decirlo, pero para muchos de los seguidores de apariciones falsas
como la de Bayside, los falsos mensajes se convierten en sus “dogmas” y remplazan
el verdadero dogma definido por los Papas.
¿Qué dice
Medjugorje?
“La Madonna siempre recalca que hay solo un
Dios y que los hombres han impuesto una separación antinatural. No se puede
realmente creer, ser un verdadero cristiano, si no se respeta a las otras
religiones también”[461].
– “Vidente” Ivanka Ivankovic
“La Madonna dijo que las religiones están
separadas en la tierra, pero la gente de todas las religiones son aceptadas
por su Hijo”[462].
– “Vidente” Ivanka Ivankovic
Pregunta: “¿La Virgen quiere que toda la
gente sea católica?”. Respuesta: “No. La Virgen dice que todas las
religiones son queridas para ella y su Hijo”[463].
– “Vidente” Vicka Ivankovic
Esto
es apostasía total. Se trata de un rechazo total del dogma católico; es un
rechazo total del dogma fuera de la
Iglesia católica no hay salvación; y es un rechazo total de la clara
enseñanza del Evangelio sobre la necesidad de creer en Jesucristo, el Hijo de
Dios, para la salvación. Esto prueba que Medjugorje, al igual que el resto de
las falsas apariciones modernas, es un engaño del diablo. Quienes están
conscientes de estos hechos y se niegan a rechazarla como una aparición falsa
rechazan la fe católica.
OBJECIÓN:
Nuestra Señora dijo que todo el que muera llevando el escapulario café no irá
al infierno. Esto significa que estás equivocado: los no católicos y los sin
bautizar pueden salvarse si mueren llevando el escapulario.
RESPUESTA: Todos
deberían llevar el escapulario café; ello es un signo de devoción a nuestra
Señora y un poderoso sacramental. Y nosotros también creíamos originalmente que
todo el que moría llevando el escapulario café no podría ir al infierno.
Estábamos convencidos que Dios iba a asegurarse que sólo los católicos
bautizados en estado de gracia morirían con él puesto. Pero al estudiar la
historia detrás de la promesa del escapulario café, se descubre que la
Iglesia católica nunca ha dicho que la Virgen prometió que todo el que muera
usando el escapulario café no sufriría el fuego eterno. Remito al lector a
los artículos de La Enciclopedia Católica (Volumen 13) sobre el
“escapulario” y el “privilegio sabatino”. La Enciclopedia Católica
señala que la promesa que ha sido declarada por la Iglesia en relación al
escapulario café es el privilegio sabatino, que tiene varios requisitos
adjuntos, uno de los cuales es ser católico bautizado que muera en estado de
gracia. Los autores de La Enciclopedia Católica observan que en
ninguna parte un Papa ha dicho autoritariamente que todo el que muere
con el escapulario se salvará.
En Las Glorias de María,
San Alfonso nos habla sobre el escapulario.
San Alfonso, Las Glorias de María,
edición inglesa, p. 272: “... el sagrado escapulario de Carmelo (…) También fue
confirmado por Alejandro V, Clemente VII, Pío V, Gregorio XIII, y Paulo V,
quien, en 1612, dijo en una bula: ‘Para que los cristianos puedan creer
piadosamente que la Santísima Virgen los asistirá con su constante intercesión,
por sus méritos y protección especial, después de la muerte, y principalmente
el sábado, que es el día consagrado por la Iglesia a la Santísima Virgen; las
almas de los miembros de la cofradía de Santa María del Monte Carmelo, que
hayan salido de esta vida en estado de gracia, vestido el escapulario,
observando la castidad, según su estado de vida, recitado el oficio de la
Virgen, y si no han podido recitarlo, hayan observado los ayunos de la Iglesia,
absteniéndose de carne los miércoles, excepto el día de Navidad”.
San Alfonso aquí pone en
lista las promesas del privilegio sabatino; no menciona nada sobre la supuesta
promesa de que “todo aquel que muere usando este escapulario no sufrirá fuego
eterno”. Él señala que se debe estar en estado de gracia (lo que
presupone la fe católica y el bautismo); debe ser miembro de la cofradía, etc.
Por lo tanto, es posible que una persona muera vistiendo el escapulario café y
sin embargo vaya al infierno si no es un católico o es un católico que muere en
pecado mortal. Esta es la enseñanza de la Iglesia católica. Los que dicen lo
contrario simplemente están equivocados.
18.
La herejía del alma de la Iglesia
OBJECIÓN:
Es posible ser miembro del “alma” de la
Iglesia sin pertenecer a su cuerpo. De esta manera, aquellos que mueren como
miembros de las religiones no católicas pueden unirse a la Iglesia y salvarse,
como explica el Catecismo de Baltimore (1921):
P. 512
¿Cómo se dice que esas personas pertenecen a la Iglesia?
R. Se dice que tales personas pertenecen al
“alma de la Iglesia”; es decir, son miembros de la Iglesia sin saberlo. Quienes
participan en sus sacramentos se dice que pertenecen al cuerpo o parte visible
de la Iglesia.
RESPUESTA: La
herejía del alma de la Iglesia se refuta mediante un examen de la doctrina
católica. La herejía del alma de la Iglesia es la que enseña que puede haber
salvación en otra religión o sin la fe católica por estar unido al alma de
la Iglesia, pero no al cuerpo. (Esta herejía se ha extendido por doquier y
es defendida por muchos “tradicionalistas” y sacerdotes “tradicionalistas”).
Los promotores de esta herejía se ven obligados a admitir que la pertenencia al
cuerpo de la Iglesia sólo viene con el sacramento del bautismo.
La “herejía del alma de la
Iglesia” será ahora refutada por el estudio de varios pronunciamientos
magisteriales.
En primer lugar,
esta herejía proviene de una malinterpretación del verdadero significado del
término “alma de la Iglesia”. El alma de la Iglesia es el Espíritu Santo. No
es una extensión invisible del cuerpo místico que incluye los no
bautizados.
Papa Pío XII, Mystici Corporis, 29
de junio de 1943: “Nuestro sapientísimo predecesor León XIII, de feliz memoria,
en su encíclica Divinum illud, [lo expresó] con estas palabras: ‘Baste
saber que mientras Cristo es la Cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su
alma’”[464].
En segundo lugar,
la Iglesia es esencialmente (es decir, en su esencia) un cuerpo místico.
Papa León X, Quinto Concilio de Letrán,
Sesión 11, 19 de diciembre de 1516: “… el cuerpo místico, la Iglesia (corpore
mystico)…”[465].
Papa San Pío X, Editae saepe, # 8,
26 de mayo de 1910: “… la Iglesia, el cuerpo místico de Cristo…”[466].
Papa León XII, Quod hoc ineunte, # 1,
24 de mayo de 1824: “… Su cuerpo místico”[467].
Por lo tanto, enseñar que
alguien pueda salvarse sin pertenecer al cuerpo es enseñar que alguien puede
salvarse sin pertenecer a la Iglesia, lo que es una HEREJÍA, porque la
Iglesia es un cuerpo.
Un hombre puede estar o
dentro de la Iglesia o fuera de la Iglesia. Él puede estar o dentro o fuera del
cuerpo. No hay una tercera región en que exista la Iglesia – un alma
invisible de la Iglesia. Aquellos que dicen que uno puede salvarse por
pertenecer al alma de la Iglesia, si bien que no pertenece a su cuerpo, niegan
la unidad indivisible del cuerpo y el alma de la Iglesia, lo que es paralelo a
negar la unidad indivisible de las naturalezas divina y humana de Cristo.
Papa León XIII, Satis cognitum, # 3,
29 de junio de 1896: “Por todas estas razones, la Iglesia es con frecuencia
llamada en las sagradas letras un cuerpo, y también el cuerpo de Cristo (…) De
aquí se sigue que están en un pernicioso error los que, haciéndose una
Iglesia a medida de sus deseos, se la imaginan como oculta y en manera
alguna visible (…) Lo mismo una que
otra concepción, son igualmente incompatibles con la Iglesia de Jesucristo,
como el cuerpo o el alma son por sí solos incapaces de constituir el hombre.
El conjunto y la unión de estos dos
elementos son indispensables a la verdadera Iglesia, como la íntima unión del alma y del
cuerpo es indispensable a la naturaleza. La Iglesia no es una
especie de cadáver; es el cuerpo de Cristo, animado con su vida sobrenatural”[468].
La negación de la unión
del cuerpo y el alma de la Iglesia conduce a la herejía de que parte de la
Iglesia es invisible, que fue condenada por los Papas León XIII (arriba), Pío
XI[469] y Pío
XII[470].
En tercer lugar,
la prueba más poderosa contra la herejía del “alma de la Iglesia” sigue
lógicamente de las primeras dos primeras ya discutidas. La tercera prueba es
que ¡el magisterio infalible de la Iglesia católica ha definido que
pertenecer al cuerpo de la Iglesia es necesario para la salvación!
El
Papa Eugenio IV, en su famosa bula Cantate Domino,
definió que la unidad del cuerpo eclesiástico (ecclesiastici
corporis) es tan fuerte que nadie puede salvarse fuera de ella, incluso
si derramase su sangre en el nombre de Cristo.
Esto destruye la idea que alguien puede salvarse por pertenecer
al alma de la Iglesia sin pertenecer a su cuerpo.
Papa Eugenio IV, Concilio
de Florencia, “Cantate Domino”, 1441, ex cathedra: “[La Santa Iglesia
romana] Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la
Iglesia católica, no sólo los paganos, sino también judíos o herejes y
cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irán al fuego
eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles (Mat. 25, 41), a no ser
que antes de su muerte se uniere con ella; y
que es de tanto precio la unidad en el
cuerpo de la Iglesia (ecclesiastici corporis) que sólo a quienes en él
permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios
eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la
milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando
derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere
en el seno y unidad de la Iglesia católica”[471].
Esta definición del Papa
Eugenio IV destruye la “herejía del alma de la Iglesia”, al igual que el Papa
Pío XI:
Papa Pío XI, Mortalium
animos, # 10, 6 de enero de 1928: “Porque siendo el cuerpo místico de Cristo, esto es, la Iglesia, uno, compacto y conexo, lo mismo que su cuerpo físico, necedad es
decir que el cuerpo místico puede constar de miembros divididos y
separados; quien, pues, no está
unido con él no es miembro suyo, ni está unido con su cabeza, que es Cristo”[472].
Esto en cuanto a la
“herejía del alma de la Iglesia”.
Papa León X, Quinto Concilio de Letrán, sesión
11, 19 de diciembre de 1516, ex cathedra: “Pues, regulares y
seglares, prelados y súbditos, exentos y no exentos, son miembros de la única
Iglesia universal, fuera de la cual absolutamente nadie se salva, y todos
ellos tienen un Señor y una fe.
Por eso es conveniente que, siendo miembros del único cuerpo,
también tengan la misma voluntad…”[473].
Papa Clemente XIV, Cum
summi, # 3, 12 de diciembre de 1769: “Uno es el cuerpo de la Iglesia,
cuya cabeza es Cristo, y todos forman una unidad en él (el cuerpo)”[474].
19.
El bautismo de deseo vs la enseñanza universal y constante de los teólogos
Recientemente, se publicó
un artículo del P. Anthony Cekada llamado Baptism
of desire and Theological Principals [El Bautismo de Deseo y los Principios Teológicos]. El P. Cekada es
un sacerdote “tradicionalista” que correctamente rechaza el Vaticano II pero
defiende la herejía común a casi todos hoy en día: que los que mueren como no
católicos se pueden salvar. El P. Cekada es, por tanto, una persona que rechaza
el dogma católico de que la fe católica es necesaria para la salvación. Como
era de esperar, el P. Cekada es también un fiero defensor del bautismo de deseo
(aunque, como acabo de decir, él sostiene que los miembros de las religiones
falsas, que ni siquiera desean el bautismo, se pueden salvar). Cuando le
pregunté por email si estaba de acuerdo con la enseñanza común de los herejes –
los teólogos del siglo XX previos al Vaticano II (véase la sección “La herejía antes del Vaticano II”) – de que
las almas se pueden salvar “fuera la Iglesia” por la “ignorancia invencible”,
él convenientemente optó por no responder. Eso es simplemente porque él cree
que los que mueren en las religiones no católicas se pueden salvar y rechaza el
dogma definido que declara lo contrario.
En su artículo, El
Bautismo de Deseo y los Principios Teológicos, el P. Cekada intenta
demostrar que los católicos están obligados, según el Papa Pío IX en Tuas
libenter, a aceptar la enseñanza “común” de los teólogos. Además él
argumenta que el bautismo de deseo era la enseñanza “común” de los teólogos
anteriores al Vaticano II; y concluye que los católicos están, por siguiente,
obligados a creer en el bautismo de deseo bajo pena de pecado mortal. Puesto
que su artículo ha tenido cierta influencia en los ambientes católicos
tradicionales, y puesto que el tema se relaciona directamente a un punto
principal tratado en este documento (a saber, la enseñanza universal y
constante sobre la necesidad de renacimiento del agua y el Espíritu basada
en Juan 3, 5), me parece que es necesario demostrar cómo el P. Cekada ha
pervertido completamente los mismos principios que él aplica, engañando a sus
lectores y contradiciendo a las autoridades que él cita.
TUAS
LIBENTER Y EL LLAMADO
CONENTIMIENTO “COMÚN” DE LOS TEÓLOGOS
En su carta al
arzobispo de Munich (Tuas libenter), sobre la cual el P. Cekada basa su
argumentación, el Papa Pío IX dice que los escritores católicos están obligados
a aquellas materias que, si bien no sean enseñadas por decreto explícito de la
Sede romana, no obstante están enseñadas por el magisterio ordinario y
universal como divinamente reveladas y mantenidas por los teólogos en consentimiento
universal y constante.
Papa Pío IX, Tuas libenter, carta al
arzobispo de Múnich, 21 de diciembre de 1863: “Porque aunque se tratara de
aquella sujeción que debe prestarse mediante un acto de fe divina; no habría,
sin embargo que limitarla a las materias que han sido definidas por decretos
expresos de los Concilios ecuménicos o de los Romanos Pontífices y de esta
Sede, sino que habría también de extenderse a las que se enseñan como
divinamente reveladas por el magisterio ordinario de toda la Iglesia extendida
por el orbe y, por ende, con universal y constante [universali et constanti]
consentimiento son consideradas por los teólogos católicos como pertenecientes
a la fe”[475].
Como se dijo al principio
de este documento, fue definido como dogma por el Primer Concilio Vaticano
que el magisterio ordinario y universal es infalible. En su carta al arzobispo
de Minich, el Papa Pío IX enseña que los escritores católicos están obligados a
aquellas materias que “se enseñan como
divinamente reveladas por el magisterio ordinario de toda la Iglesia
extendida por el orbe y, por ende, con
universal y constante consentimiento son consideradas por los teólogos
católicos como pertenecientes a la fe”. Nótese, que la obligación a la
opinión de los teólogos sólo se origina del hecho de que estas materias ya
fueron enseñadas como divinamente reveladas por el magisterio ordinario de
enseñar de la Iglesia y, por ende, también con el consentimiento universal y
constante. En su aplicación de esta enseñanza en su artículo, el P.
Cekada omite convenientemente el requisito “universal”. El P. Cekada también usa la palabra “común”
en lugar de la correcta traducción, “universal y constante”.
P. Anthony
Cekada, El Bautismo de Deseo y los Principios Teológicos, 1. Principio
General: “Todos los católicos están obligados a adherirse a una enseñanza si
los teólogos católicos la sostienen por consentimiento común, o la
sostienen como de fide, o de doctrina católica, o teológicamente
cierta”.
¡Nótese cómo el P. Cekada
ignora convenientemente el requisito estipulado por el Papa Pío IX, esto es,
que los teólogos deben estar en “consentimiento universal y constante”!
Si él hubiera aplicado fielmente la palabra “universal” en su artículo, el
lector atento y sincero habría reconocido fácilmente el defecto en su débil
argumentación. Y, ¿el bautismo de deseo es algo que ha sido sostenido por el
consentimiento universal y constante? Desde luego que no; de
hecho, es todo lo contrario.
P. William Jurgens: “Si no hubiese una tradición constante
en los Padres de que el mensaje evangélico de ‘Quien no renaciere del agua y el Espíritu Santo, no puede entrar en el
reino de Dios’ debe ser tomado en absoluto, sería fácil decir que
nuestro Salvador simplemente no consideró oportuno mencionar las excepciones
obvias de la ignorancia invencible y de la imposibilidad física. Pero la tradición, de hecho está ahí,
y es bastante probable que se encuentre tan constante como para constituir
revelación”[476].
Como podemos ver, ¡es
exactamente lo contrario al bautismo de deseo lo que se enseña en el
consentimiento universal y constante! Desde el principio, la enseñanza
universal y constante de los Padres y teólogos católicos es que absolutamente
nadie se salva sin el bautismo de agua. Por lo tanto, el mismo principio
que el P. Cekada intenta aplicar a favor del bautismo de deseo es el que se
aplica en su contra.
P. Anthony Cekada, El Bautismo de Deseo
y los Principios Teológicos, 2. Hecho Particular: “Sin embargo, los
teólogos católicos sí sostienen la enseñanza sobre el bautismo de deseo
y el bautismo de sangre por consentimiento común, o la mantienen como de
fide, o doctrina católica, o teológicamente cierta. 3. La conclusión (1 +
2): Por siguiente, todos católicos están obligados a adherir a la enseñanza
sobre el bautismo de deseo y el bautismo de sangre”.
El hecho de que el
bautismo de deseo se convirtiese en un error común y casi unánime entre los
“teólogos” del siglo XX no significa
nada; y es por eso que el Papa Pío IX incluyó la importante palabra “universal”
en Tuas libenter, la cual el P. Cekada ignora convenientemente.
Enciclopedia Católica, vol. 9, “Limbo”, p.
257: “Después de disfrutar de varios
siglos de supremacía indiscutible, la enseñanza de San Agustín sobre el
pecado original fue primero desafiada exitosamente por San Anselmo, quien
sostenía que no era la concupiscencia, sino la privación de la justicia
original, lo que constituye la esencia del pecado heredado. Sobre la cuestión especial, sin embargo,
del castigo del pecado original después de la muerte, San Anselmo junto con
San Agustín consideraba que los niños no bautizados compartían los sufrimientos
positivos de los condenados, y Abelardo fue el primero en rebelarse contra la
severidad de la tradición agustiniana sobre este punto”[477].
La Enciclopedia Católica
dice aquí que básicamente desde el tiempo de San Agustín (siglo IV) hasta
Abelardo (siglo XII) era la enseñanza común y casi unánime de los
teólogos que los infantes sin bautizar sufrían los fuegos del infierno después
de la muerte, una posición que fue posteriormente condenada por el Papa Pío VI.
Esto demuestra que el error “común” de un período (o incluso durante cientos de
años) no es la enseñanza universal y constante de la
Iglesia desde el principio. Este solo punto demuele completamente la tesis
del P. Cekada.
Además, la herejía de que
hay salvación “fuera” de la Iglesia por la “ignorancia invencible” fue también
la enseñanza común y casi unánime a principios del Siglo XX, lo que
demuestra una vez más que la enseñanza común (o error común) en cualquier
época en particular no remplaza la enseñanza universal y constante
de todos teólogos católicos a través de la historia sobre la necesidad
absoluta del bautismo de agua para la salvación.
Catecismo
del Concilio de Trento, El bautismo hecho obligatorio después de la
Resurrección de Cristo, p. 171: “Porque están conformes los sagrados
escritores que, después de la resurrección del Señor, cuando manda a
los Apóstoles: Id e instruid a todas las
naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo, desde entonces todos los hombres, que habían de conseguir la
salvación eterna, comenzaron a estar obligados a la ley del bautismo”[478].
Nótese aquí que el Catecismo de Trento inculca que es la enseñanza unánime
de los teólogos la necesidad absoluta del bautismo de agua para la salvación.
¡Pero esa es la misma posición que en su artículo el P. Cekada dice – en nombre
del consentimiento “común” de teólogos – es pecado mortal mantener! Es
fácil ver en estos hechos que el P. Cekada ha errado en una manera importante y
está en realidad completamente equivocado: ¡la enseñanza universal y
constante de los teólogos, como dice P. Jurgens y el Catecismo de Trento,
es la misma posición que él condena! Y su error proviene de su
conclusión falsa de que los errores “comunes” de un tiempo (un tiempo de
herejía difundida y de modernismo que llevaron a la apostasía del Vaticano II:
el período aproximadamente entre 1880 y 1960) constituyen la enseñanza
universal y constante de los teólogos católicos de todos tiempos, lo que es
claramente falso. De hecho, es ridículo. Y es por eso que en su discusión
sobre este tema él omitió convenientemente como requisito la palabra
“universal”, lo que habría hecho que fuese mucho más fácil detectar su
razonamiento inválido.
Arzobispo Patricio Kenrick
(XIX siglo), Tratado sobre el Bautismo:
“Por lo tanto, todos
los escritores ilustres de la antigüedad proclamaban en términos
incondicionales su absoluta necesidad (del bautismo)”[479].
De hecho, si el error
“común” de los teólogos en una época en particular constituyese una enseñanza
de la Iglesia que se debería seguir, entonces todos los católicos estarían
obligados a la herejía de la libertad religiosa (junto a todas las demás)
enseñadas por el Vaticano II, ya que ésta ha sido aceptada por el
consentimiento “común” de los llamados “teólogos católicos” desde el Vaticano
II. Y es por eso que el P. Cekada ofrece la siguiente lamentable respuesta a
esa misma objeción a su tesis obviamente falsa.
P. Anthony Cekada, El Bautismo de Deseo
y los Principios Teológicos, Respondiendo a la objeción sobre el
Vaticano II – D. Los teólogos y el Vaticano II: “El grupo de teólogos
modernistas europeos responsables principales de los errores del Vaticano
II eran enemigos de la teología escolástica tradicional y habían sido
censurados o silenciados por la autoridad de la Iglesia: Murray, Schillebeeckx,
Congar, de Lubac, Teilhard, etc. Cuando las restricciones fueron eliminadas
bajo Juan XXIII, ellos pudieron difundir sus errores libremente. En todo caso,
el hecho de que hayan sido silenciados previamente demuestra la vigilancia de
la Iglesia contra los errores en los escritos de los teólogos”.
Ah, ya veo, porque el P.
Cekada considera que los “teólogos” que fueron los “principales responsables”
por el Vaticano II fueron los “modernistas europeos” y los “enemigos de
teología escolástica tradicional”, él es libre de desechar su tesis entera de
que un católico está obligado a seguir el consentimiento “común” de los teólogos
bajo pena de pecado mortal. ¡Qué conveniente! El lector debería ver fácilmente
que por esa declaración el P. Cekada está argumentando hipócritamente y
refutándose a sí mismo. El P. Cekada debe estar muy dedicado a su herejía para
argumentar de una manera tan contradictoria. Además, es un argumento
desesperado su afirmación de que algunos de los más radicales teólogos del
Vaticano II hayan sido silenciados, él por siguiente está libre de rechazar el
consentimiento común de “teólogos” después del Vaticano II; porque el hecho
sigue siendo que el consentimiento “común” de los pretendidos teólogos
“católicos” desde el Vaticano II fue para aprobar los documentos heréticos del
Vaticano II, a pesar de que algunos de los más radicales hayan sido
tímidamente “silenciados” antes del Vaticano II.
Por lo tanto, para
cualquier persona que tenga ojos para ver, si uno es libre de rechazar el
consentimiento “común” de los teólogos del Vaticano II porque los considera
“enemigos de teología escolástica tradicional”, entonces del mismo modo se
puede abandonar la falible y contradictoria enseñanza de los teólogos
previos al Vaticano II sobre el bautismo de deseo, porque es manifiestamente
contraria a la “teología dogmática tradicional” (es decir, al dogma definido sobre
la necesidad de renacimiento del agua y el Espíritu), por no hablar de la
tradición universal de la Iglesia desde el principio sobre Juan 3, 5.
Además, si un católico
estuviese obligado a seguir la enseñanza “común” de los teólogos de cualquier época
en particular, y hubiera vivido durante el período arriano en el siglo IV,
entonces habría estado obligado por la herejía arriana (la negación de la
divinidad de Jesucristo), porque esta no sólo fue
la enseñanza común de los supuestos teólogos y obispos “católicos” de aquel
tiempo, sino que casi fue la enseñanza unánime.
P. William Jurgens: “En un
momento de la historia de la Iglesia, sólo unos pocos años antes de la
predicación de Gregorio [Nacianceno] (380 d.C.), posiblemente el número de
obispos verdaderamente católicos en posesión de sus sedes, en comparación a la
posesión de los arrianos, no era mayor de entre 1% y 3% del total. Si la
doctrina hubiera sido determinada por la popularidad, hoy todos seríamos
negadores de Cristo y contrarios al Espíritu”[480].
P. William Jurgens: “En
tiempos del emperador Valente (siglo IV), San Basilio fue prácticamente el
único obispo ortodoxo en todo el Oriente que tuvo éxito en retener el cargo de
su sede (…) Si ello no tiene otra importancia para el hombre moderno, un
conocimiento de la historia del arrianismo debe por lo menos demostrar que la
Iglesia católica no toma en cuenta la popularidad y el número en la
determinación y mantención de la doctrina: de lo contrario, hace mucho
que deberíamos haber abandonado a Basilio e Hilario y Atanasio y Liberio y
Ossio y nos llamaríamos arrianos”[481].
El argumento del P.
Cekada, de hecho, descartaría la posibilidad de una Gran Apostasía, y haría
imposibles las palabras de nuestro Señor en Lucas 18, 8 (Cuando viniere el
Hijo del hombre, ¿hallará fe en la tierra?), porque todos los católicos
estarían siempre obligados a seguir lo que dicen la mayoría de los teólogos
“católicos”, no importando cuán herético sean. Huelga decir, que el argumento
del P. Cekada es completamente absurdo, como es obvio al católico sincero con
sentido común.
P. Anthony Cekada, El Bautismo de Deseo
y los Principios Teológicos, B. Prueba de la Tesis. “1. Premisa mayor.
El consentimiento de los teólogos en las materias de fe y moral está
íntimamente relacionado con la enseñanza de la Iglesia de que un error en el
consenso de los teólogos necesariamente conduciría a toda la Iglesia al error.
2. Premisa menor. Pero toda la Iglesia no puede errar en la fe y
costumbres (la Iglesia es infalible). 3. Conclusión. El consenso
de los teólogos en materias de fe y costumbres es un criterio cierto de la
tradición divina”.
Hemos visto cómo esta
afirmación del P. Cekada, en su intento de aplicarla al “bautismo de deseo”, es
falsa, carente de lógica, históricamente ridícula, y fácilmente refutable.
Citaré otra vez al Papa Pío XII, que por sí mismo desdice la afirmación
anterior.
Papa Pío XII, Humani generis, # 21,
12 de agosto de 1950: “Y el divino
Redentor no ha confiado la interpretación auténtica de este depósito a cada uno
de sus fieles, ni un a los teólogos, sino sólo al magisterio de la
Iglesia”[482].
Y lo irónico y muy
importante es que los teólogos falibles que cita el P. Cekada en su artículo no
sólo disienten entre ellos mismos acerca de si el llamado “bautismo de deseo”
es de fe o simplemente próximo a la fe, sino que los “teólogos” que él cita
en realidad demuestran la posición de quienes rechazan la falsa doctrina del
bautismo de deseo.
LOS MISMOS “TEÓLOGOS” QUE
ELLOS PRESENTAN REFUTAN SU POSICIÓN
Uno de los 25 teólogos
previos al Vaticano II que cita el P. Cekada en su artículo sobre el Bautismo
de Deseo y los Principios Teológicos es el teólogo alemán Dr. Ludwig Ott,
cuyo libro Manual de Teología Dogmática es bastante popular en ambientes
católicos tradicionales. El Dr. Ott era un hereje modernista que creía en el
bautismo de deseo y la salvación “fuera” la Iglesia, como se afirma claramente
en su libro (véase la sección “La herejía antes de Vaticano II”). Pero a pesar
de ello, en su compendio de un cuarto de millón de palabras (Manual de
Teología Dogmática), el Dr. Ott se ve obligado a admitir, basado en el
testimonio abrumador de tradición católica y el dogma definido, lo siguiente:
Dr. Ludwig Ott, Manual
de Teología Dogmática, La Necesidad de Bautismo, p. 354: “1. Necesidad del
bautismo para la salvación – El bautismo de agua (Baptismus Fluminis)
es, desde la promulgación del Evangelio, necesario para todos los
hombres sin excepción, para la salvación (de fide)”[483].
¡Disculpe, pero esta
enseñanza de fide (es decir, de fe) de la Iglesia católica sobre la
necesidad absoluta del bautismo de agua para la salvación de todos sin
excepción es precisamente la razón por la que los católicos deben rechazar
la falsa doctrina del “bautismo de deseo”! El bautismo de deseo es directamente
contrario a la enseñanza de fide anterior de la Iglesia: el bautismo de
deseo es la idea de que el ¡bautismo de agua no es necesario sin excepción
para la salvación de todos hombres!
Pero, el P. Cekada, hereje
que necesita lógica, quiere hacernos creer es que, basado en el testimonio de
Ludwig Ott (y otros) debemos aceptar el bautismo de deseo bajo pena de
pecado mortal, cuando el mismo Dr. Ludwig Ott afirma que la absoluta necesidad
del bautismo de agua para todos sin excepción es de fide – ¡la misma
verdad que nos obliga a rechazar el bautismo de deseo! Así, el P. Cekada es
refutado y condenado por el testimonio de las mismas autoridades que él
presenta.
El hecho que el Dr. Ludwig
Ott procede inmediatamente en su libro a contradecir la declaración anterior
sobre la necesidad absoluta del bautismo de agua sin excepción, y
procede a enseñar el bautismo de deseo y de sangre en la misma página
– idea que él curiosamente no la califica como siendo de fide (de
fe) sino cercana a la fe –; lo que simplemente muestra que el error común del
bautismo de deseo, que ha sido aceptado casi unánimemente entre los “teólogos”
como Ott desde finales del XIX y de principios del siglo XX, simplemente no
está en armonía con la enseñanza universal, constante (y de fide) de la
Iglesia sobre la necesidad absoluta del bautismo de agua sin excepción para la
salvación.
Otro ejemplo es el famoso
libro, El Catecismo Explicado, de los PP. Spirago y Clarke. Al
igual que el libro del Dr. Ott, El Catecismo Explicado enseña el
bautismo de deseo y que hay salvación “fuera” de la Iglesia. Pero, a pesar de
ello, estos “teólogos” (los PP. Spirago y Clarke) se vieron obligados a admitir
la siguiente verdad, que es confesada universalmente por todos pretendidos
teólogos católicos.
PP. Francisco Spirago y Ricardo Clarke, El
Catecismo Explicado, 1899, Bautismo: “3. EL BAUTISMO ES
INDISPENSABLEMENTE NECESARIO PARA LA SALVACIÓN. Por lo tanto, los niños que
mueren sin el bautismo, no pueden entrar en el cielo. Nuestro Señor dice: ‘Quien
no renaciere de agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de los
cielos’ (Juan 3, 5). Él no hace ninguna excepción, ni siquiera en
el caso de los niños (…) El bautismo no es menos indispensable en el orden
espiritual que el agua en el orden natural…”[484].
Esto muestra, una vez más,
que la enseñanza universal de teólogos es que el bautismo de agua es absolutamente
necesario para la salvación, y que las palabras de nuestro Señor en Juan 3, 5
no tienen excepciones. El hecho que los PP. Spirago y Clarke contradigan esta
declaración y enseñen el bautismo de deseo (y la herejía de la salvación
“fuera” la Iglesia) sólo muestra su propia inconsistencia – y la inconsistencia
de todos los que están a favor del bautismo de deseo.
PP. Francisco Spirago y Ricardo Clarke, El
Catecismo Explicado, 1899, Bautismo: “… para los adultos, el simple deseo
es suficiente, si el bautismo real es imposible”[485].
¿Cómo puede el bautismo de
agua ser indispensablemente necesario para la salvación (como nos acaban de
decir), si el simple deseo de él es suficiente en su lugar? Eso es una
contradicción. Y que no se diga que ello no es una negación del principio de no
contradicción [un principio clásico de la lógica y la filosofía, según el cual
una proposición y su negación no pueden ser ambas verdaderas al mismo tiempo y
en el mismo sentido], puesto que no se puede decir:
·
El bautismo de agua es
indispensablemente necesario para la salvación.
Y
al mismo tiempo…
·
El bautismo de agua no
es indispensablemente necesario para la salvación (el deseo lo puede
reemplazar).
Estas dos afirmaciones son
contradictorias; pero esto es exactamente lo que se les viene enseñado a todo
el mundo en los catecismos desde finales del siglo XIX. Ellos enseñan la verdad
(1a proposición), mientras que simultáneamente y al mismo tiempo
enseñan todo lo contrario de la verdad (2ª proposición). Esto demuestra que incluso
en el tiempo de la apostasía, la herejía y el modernismo crecientes, que fue el
período desde aproximadamente 1850 a 1950, todos los teólogos y los
catecismos afirmaban todavía la verdad enseñada universalmente sobre la
necesidad absoluta del bautismo de agua para la salvación, a pesar de que
no permanecían consistentes con ella.
¡LOS TEÓLOGOS SON UNÁNIMES
EN QUE SÓLO LOS BAUTIZADOS EN AGUA FORMAN PARTE DE LA IGLESIA!
Adicionalmente devastador
para el artículo del P. Cekada es el hecho que hasta los teólogos a quienes él
cita a favor del bautismo de deseo afirman que es de la fe que sólo
los bautizados en agua forman parte de la Iglesia católica, fuera de la
cual no hay salvación. Cito al Dr. Ludwig Ott otra vez, en su Manual de
Teología Dogmática.
Dr. Ludwig Ott, Manual de Teología
Dogmática, Calidad de miembros de la Iglesia, p. 309: “3. Entre los
miembros de la Iglesia no deben ser contados: a) Los no bautizados
(…) Los llamados bautismo de sangre y bautismo de deseo, es cierto, remplazan
el bautismo por agua (sic) en lo que respecta a la comunicación de la gracia, pero
no producen la incorporación en la Iglesia (…) Los catecúmenos no
deben ser contados entre los miembros de la Iglesia (…) La Iglesia no
reivindica ninguna jurisdicción sobre ellos (D 895). Los Padres trazan una
clara línea de separación entre los catecúmenos y ‘los fieles’”[486].
Aquí vemos al Dr. Ludwig
Ott – uno de los “teólogos” citados por el P. Cekada para “probar” el bautismo
de deseo – afirmando claramente la enseñanza católica universal de que sólo las
personas bautizadas en agua están dentro de la Iglesia. El Dr. Ott no tiene
problema en admitir esto puesto que él cree en la salvación “fuera” la Iglesia
(véase la sección “La herejía antes de Vaticano II”).
Pero aquí hay tres
reconocimientos muy importantes del Dr. Ott, cada uno relacionado,
irónicamente, a las tres definiciones dogmáticas más famosas sobre el dogma fuera
la Iglesia no hay salvación.
1) La definición más
amplia sobre el dogma fuera la Iglesia no
hay salvación fue la del Papa Eugenio IV en el Concilio de Florencia. En
esta definición, el Papa Eugenio IV definió infaliblemente que es necesario
estar dentro de la unidad del cuerpo eclesiástico, lo que significa que es
necesario estar incorporado en el cuerpo eclesiástico (ecclesiastici
corporis).
Papa Eugenio
IV, Concilio de Florencia, “Cantate
Domino”, 1441, ex cathedra: “[La
Santa Iglesia Romana] Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté
dentro de la Iglesia católica, no sólo los paganos, sino también judíos o
herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que ‘irán
al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles’ (Mat. 25, 41),
a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto
precio la unidad en el cuerpo de la
Iglesia (ecclesiastici corporis) que sólo a quienes en él permanecen les
aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos
los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia
cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su
sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y
unidad de la Iglesia católica”[487].
Por favor, ponga atención
de lo que dice acerca de la necesidad de la incorporación en el ecclesiastici
corporis (el cuerpo de la Iglesia). Luego, nótese que en la cita
anterior del Dr. Ott, él admite que el “bautismo de deseo” y el “bautismo de
sangre” no producen la incorporación, es decir, ¡no incorporan al Mystici
Corporis (Cuerpo Místico)!
Dr. Ludwig Ott, Manual de Teología
Dogmática, Calidad de miembros de la Iglesia, p. 309: “3. Los llamados
bautismo de sangre y bautismo de deseo, es cierto, remplazan el bautismo por
agua (sic) en lo que respecta a la comunicación de la gracia, pero no
producen la incorporación en la Iglesia…”[488].
Con esta declaración, el Dr.
Ott admite que el “bautismo de deseo” y el “bautismo de sangre” no son
compatibles con la definición infalible del Papa Eugenio IV sobre la necesidad
absoluta de la incorporación en el cuerpo eclesiástico (ecclesiastici
corporis) para la salvación. Así, Dr. Ott prueba que el bautismo de
deseo/sangre no puede ser verdadero y en realidad es contrario al dogma.
2) La segunda definición
infalible sobre el dogma fuera la Iglesia
no hay salvación fue la del
Papa Bonifacio VIII en la bula Unam sanctam. En esta definición, el Papa
Bonifacio VIII definió infaliblemente que es necesario que toda criatura humana
este enteramente sometida al Romano Pontífice (y por lo tanto a
la Iglesia católica) para la salvación.
Papa
Bonifacio VIII, Unam sanctam, 18 de
noviembre de 1302, ex cathedra:
“Ahora
bien, someterse al Romano Pontífice, lo declaramos, lo decimos,
definimos y pronunciamos como de toda necesidad de salvación para toda
criatura humana”[489].
He
señalado el hecho de que sin el bautismo de agua nadie está sometido a la
Iglesia o al Romano Pontífice. Cito al Concilio de Trento para probar el
punto.
Papa Julio III, Concilio
de Trento, sobre los sacramentos del bautismo y penitencia, sesión
14, Cap. 2, ex cathedra: “… la Iglesia en nadie ejerce juicio,
que no haya antes entrado en ella misma por la puerta del bautismo. Porque ¿qué se me da a mí – dice el
Apóstol – de juzgar a los que están
fuera? (1 Cor. 5, 12). Otra cosa es que los domésticos de la fe, a los que
Cristo Señor, por el lavatorio del bautismo, los hizo una vez ‘miembros de su
cuerpo’ (1 Cor. 12, 13)”[490]
(Denz. 895).
¡Ahora,
nótese cómo el Dr. Ott admite que el “bautismo de deseo” y el “bautismo de
sangre” no hacen que uno esté ni sometido a ni bajo la jurisdicción de la
Iglesia!
Dr. Ludwig Ott, Manual
de Teología Dogmática, Calidad de miembros de la Iglesia, p. 309: “3. Entre
los miembros de la Iglesia no deben ser contados: a) Los no bautizados (…) Los
catecúmenos no deben ser contados entre los miembros de la Iglesia (…) La
Iglesia no reivindica ninguna jurisdicción sobre ellos (D 895)”[491].
¡Con esta declaración, el
Dr. Ott admite que el “bautismo de deseo” y el “bautismo de sangre” no son
compatibles con la definición infalible del Papa Bonifacio VIII sobre la
necesidad absoluta de estar sometido a la Iglesia y al Romano Pontífice
para la salvación! ¡El Dr. Ott nos muestra que el bautismo de deseo/sangre no
puede ser cierto (y que es, de hecho, contrario al dogma), y él aún cita el
mismo decreto que cité (D. 895 de Trento) para probar el punto!
3) La primera definición
infalible sobre el dogma fuera la Iglesia
no hay salvación fue la del Papa Inocencio III en el Cuarto Concilio de
Letrán. En esta definición, el Papa Inocencio III definió infaliblemente
que la Iglesia católica es única Iglesia de “los fieles” y que fuera de esta
“feligresía” absolutamente nadie se salva.
Papa Inocencio III, Cuarto Concilio de Letrán, constitución 1, 1215, ex
cathedra: “Y una sola es la
Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual absolutamente nadie se
salva…”[492].
He señalado que la
tradición católica, la liturgia católica y todos los Padres enseñan que sólo
los bautizados en agua forman parte de los fieles. Ahora, nótese que en la cita
anterior del Dr. Ott, él admite que el “bautismo de deseo” y el “bautismo de
sangre” ¡no hacen que uno sea contado entre los fieles! Lo cito de nuevo:
Dr. Ludwig Ott, Manual de Teología
Dogmática, Calidad de miembros de la Iglesia, p. 309: “3. Los catecúmenos no deben ser contados entre
los miembros de la Iglesia (…) La Iglesia no reivindica ninguna
jurisdicción sobre ellos (D 895). Los
Padres trazan una clara línea de separación entre los catecúmenos y ‘los
fieles’”[493].
¡Con
esta declaración, el Dr. Ott admite que el “bautismo de deseo” y el “bautismo
de sangre” no son compatibles con la definición infalible del Papa Inocencio
III sobre la necesidad absoluta de pertenecer a “los fieles” para la salvación!
Por
lo tanto, en tan sólo un párrafo, el Dr. Ott reconoce al menos tres veces,
basado en el dogma católico definido, que el bautismo de deseo y el bautismo de
sangre no son compatibles con enseñanza católica; ¡y él hace estos
reconocimientos en los puntos que son fundamentales a las tres definiciones
infalibles más famosas sobre el dogma fuera
la Iglesia no hay salvación!
Y esta serie de cruciales
reconocimientos del Dr. Ott – muy devastadores para la teoría del bautismo de
deseo – me llevan al siguiente punto: los teólogos, basados en el testimonio
de la tradición y la enseñanza católica, definen a la Iglesia católica de la
misma manera – una unión en la fe y los sacramentos.
LOS
TEÓLOGOS DEFINEN UNÁNIMEMENTE A LA
IGLESIA CATÓLICA COMO UNA UNIÓN DE SACRAMENTOS – EL
TESTIMONIO DE SAN ROBERTO BELARMINO, SAN FRANCISCO DE SALES, EL CATECISMO DE
TRENTO Y TODOS LOS TEÓLOGOS
San Roberto Belarmino,
Doctor de la Iglesia, ha dado una definición de la Iglesia católica que es
famosa por su precisión. La fórmula de San Roberto Belarmino es reconocida por
muchos como la definición escolástica más precisa de la Iglesia hasta nuestros
días.
San Roberto Belarmino (siglo XVI): “Nuestra
tesis es que hay una sola Iglesia,
no dos; y que la única verdadera Iglesia [católica] es la comunidad de hombres unidos por la profesión de la verdadera fe
cristiana y por la comunión de los mismos sacramentos, bajo el gobierno
de los legítimos pastores y, sobre todo, del único Vicario de Cristo en la
tierra, el Romano Pontífice. De esta definición se puede ver fácilmente quién
pertenece a la Iglesia y quién no pertenece a ella. En efecto, esta definición
se compone de tres partes: la profesión de la verdadera fe, la comunión de los
sacramentos y la sumisión al legítimo Pastor, el Romano Pontífice. La primera
parte excluye a todos los infieles, los que nunca estuvieron en la Iglesia,
como los judíos, turcos y paganos, o los que una vez estuvieron en ella y más
tarde salieron, como los herejes y apóstatas. La segunda parte, excluye a los catecúmenos y excomulgados,
ya que los primeros no son admitidos a los sacramentos y los segundos
están excluidos de ellos…”[494].
Aquí vemos la definición
de la Iglesia que es aceptada por todos teólogos: una unión de la fe y
los sacramentos. Según esta definición de Iglesia, no puede haber un
bautismo de deseo porque los que no han recibido ninguno de los sacramentos
(los no bautizados, incluyendo a los catecúmenos sin bautizar) no participan de
la unidad de los sacramentos y, por siguiente, no forman parte de la Iglesia católica.
¿Podría ser algo más simple y claro?
Pero es un hecho – que
puede sorprender a algunos – que San Roberto Belarmino no se mantuvo
consistente con su anterior definición de la Iglesia. En realidad, él adoptó la
falsa idea del bautismo de deseo (sólo para los catecúmenos), que se convirtió
en algo generalizado entre los teólogos a finales de la Edad Media, como se
explicó en la sección sobre la historia del bautismo de deseo. Pero al adoptar
la falsa idea del bautismo de deseo, San Roberto simplemente no permaneció
consistente con su propia definición anterior de la Iglesia, así como con la
definición unánime de los teólogos de la Iglesia.
Pero esta no fue la única
cuestión en que San Roberto no permaneció enteramente consistente; él falló en
mantenerse consistente en su lucha con la verdadera enseñanza sobre el limbo,
como señala La Enciclopedia Católica.
Enciclopedia Católica,
vol. 9, 1910, “Limbo,” p. 258: “Es
claro que Belarmino encontraba la situación [sobre el limbo] embarazosa, siendo
reacio, como era, en admitir que Santo Tomás y los escolásticos estaban
generalmente en conflicto con lo que San Agustín y los otros Padres
consideraban ser de fide [sobre el limbo], y lo que el
Concilio de Florencia parecía haber enseñado definitivamente”[495].
Por tanto, es un hecho que
los Padres, Doctores y Santos, incluyendo a San Roberto Belarmino, en realidad
se contradijeron sobre el limbo, incluso en aquello que algunos de ellos
consideraban ser de fide. Es por esto que los católicos no formulan sus
conclusiones doctrinales definitivas basados únicamente en la enseñanza de
Santos, incluyendo a San Roberto Belarmino. Los católicos formulan sus
conclusiones doctrinales definitivas en base al dogma católico y en la
enseñanza de los santos solamente cuando ellas son consistentes con el dogma.
Y la anterior definición de San Roberto Belarmino, que excluye de la Iglesia
católica a todas las personas sin bautizar, es consistente con dogma; en
cambio, sus declaraciones sobre el bautismo de deseo, no lo son.
Papa Bonifacio VIII, Unam sanctam,
18 de noviembre de 1302, ex cathedra: “… ella representa un solo cuerpo místico (…) En ella hay ‘un solo
Señor, una sola fe, un solo bautismo’ (Ef. 4, 5). Una sola, en
efecto, fue el arca de Noé en tiempo del diluvio, la cual prefiguraba a la
única Iglesia (…) y fuera de ella leemos haber sido borrado cuanto
existía sobre la tierra (…) y a este cuerpo lo llamó su única Iglesia, por razón de la unidad del esposo, la fe, los
sacramentos y la
caridad de la Iglesia”[496].
Aquí vemos que el Papa
Bonifacio VIII definió como un dogma que la Iglesia es una unión de
sacramentos. La Iglesia católica también fue definida infaliblemente como una
unión de sacramentos por el Papa Eugenio IV.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Cantate Domino”, 1441, ex cathedra: “[La Santa
Iglesia Romana] Firmemente cree, profesa y predica (…) que es de tanto
precio la unidad en el cuerpo de la
Iglesia (ecclesiastici corporis) que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su
salvación los sacramentos y producen premios
eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la
milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando
derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere
en el seno y unidad de la Iglesia católica”[497].
El significado y sentido
obvio de este texto dogmático es que la Iglesia católica es un cuerpo
eclesiástico y una unión de sacramentos, una unión de “tanto precio”.
Esta es la verdad confesada por todos los teólogos. San Francisco de Sales
enseña exactamente la misma verdad.
San Francisco de Sales,
Doctor de la Iglesia: “La Iglesia es una santa universidad o compañía
general de hombres unidos y reunidos en la profesión de una misma una fe
cristiana; en la participación de los mismos sacramentos…”[498].
Aquí vemos que San
Francisco de Sales repite la misma verdad y define de la misma manera a la
Iglesia. ¡Es así como todos definen la Iglesia! El Catecismo del
Concilio de Trento afirma la misma enseñanza:
Catecismo del Concilio de Trento, Los
miembros de la Iglesia militante, pp. 99-100: “La Iglesia militante
se compone de dos clases de personas, las buenas y las malas, ambas
profesan la misma fe y participan de los mismos sacramentos…”[499].
¿Puede haber una enseñanza
más consistente? El Catecismo de Trento concluye:
Catecismo del Concilio de Trento, p. 159:
“En el carácter impreso por el bautismo, ambos efectos son ejemplificados. Por él estamos calificados
para recibir los otros sacramentos, y el cristiano es distinguido de
aquellos que no profesan la fe”[500].
Una vez más, vemos cómo
los defensores del bautismo de deseo, como el P. Cekada, están completamente
equivocados y en realidad pervierten la verdad cuando aseveran que la
enseñanza de los teólogos nos obliga a creer en el “bautismo de deseo”. Es
exactamente lo contrario. La enseñanza unánime de los teólogos contradice la
falsa doctrina del bautismo de deseo mediante la definición de la Iglesia
como siendo la unión de sólo aquellos que han recibido los sacramentos,
definición que también es un dogma (Eugenio IV; Bonifacio VIII, de fide).
Los católicos no están obligados, y de hecho deben rechazar, las
declaraciones y especulaciones falibles de los hombres, por muy grandes que
sean, como San Roberto Belarmino, cuando no están en armonía con el dogma
católico, por no mencionar cuando ellos contradicen los mismos principios que
ellos afirman en otro lugar.
Y esto es precisamente la
razón de por qué San Roberto Belarmino no haya podido explicar
convincentemente la idea del “bautismo de deseo” cuando él ya había definido la
Iglesia católica como un cuerpo que excluye a todos los no bautizados. Él erró
tristemente al intentar explicar cómo los catecúmenos se pueden salvar cuando
sólo las personas bautizadas forman parte de la Iglesia católica.
San Roberto Belarmino, De Ecclesia
Militante: “En cuanto a los
catecúmenos hay una dificultad mayor, porque ellos son fieles
[tienen la fe] y pueden salvarse si mueren en este estado, y a pesar de que
fuera de la Iglesia nadie se salva (…) los catecúmenos están en la
Iglesia, aunque no en hecho real, sino por lo menos en resolución,
por lo tanto, ellos se pueden salvar…”[501].
Nótese la dificultad con
que se encuentra San Roberto al tratar de explicar el bautismo de deseo; él inmediatamente
transige y contradice su propia definición de Iglesia.
San Roberto Belarmino
(siglo XVI): “Nuestra tesis es que hay una
sola Iglesia, no dos; y que la única verdadera Iglesia [católica] es la comunidad de hombres unidos por la profesión
de la verdadera fe cristiana y por la comunión de los mismos sacramentos,
bajo el gobierno de los legítimos pastores y, sobre todo, del único Vicario de
Cristo en la tierra, el Romano Pontífice. De esta definición se puede ver
fácilmente quién pertenece a la Iglesia y quién no pertenece a ella. En efecto,
esta definición se compone de tres partes: la profesión de la verdadera fe, la
comunión de los sacramentos y la sumisión al legítimo Pastor, el Romano
Pontífice. La primera parte excluye a todos los infieles, los que nunca
estuvieron en la Iglesia, como los judíos, turcos y paganos, o los que una vez
estuvieron en ella y más tarde salieron, como los herejes y apóstatas. La segunda parte, excluye a los
catecúmenos y excomulgados, ya
que los primeros no son admitidos a
los sacramentos y los segundos están excluidos de ellos…”[502].
En primer lugar,
la “dificultad” de San Roberto al intentar explicar su posición (falible) de
que los catecúmenos pueden salvarse, cuando los catecúmenos están excluidos de
la Iglesia por su propia definición, es simplemente porque la idea de que una
persona sin bautizar pueda ser parte de la Iglesia no se encuentra en ninguno
de todos los Concilios y declaraciones del magisterio papal. La Iglesia
católica ha sostenido y enseñado exclusivamente que sólo los que han
recibido el sacramento del bautismo forman parte de la Iglesia y ningún
decreto dogmático ha enseñado jamás otra cosa.
Y es por eso que San
Roberto se ve obligado a admitir que los catecúmenos no están en realidad dentro
de la Iglesia, sino que, argumenta él, ellos se pueden salvar por tener la
resolución, pero no en hecho. (Nota: San Roberto aplica esta idea únicamente a
los catecúmenos, no a los paganos, ni herejes y cismáticos, como hoy en día les
encanta afirmar a los modernistas). Pero, contrariamente a la afirmación
falible y errónea de San Roberto de que los catecúmenos pueden salvarse por
estar en la Iglesia “no en hecho real, sino por lo menos en resolución”,
se ha definido que hay que pertenecer en hecho real a la Iglesia. Se ha
definido que hay que estar “en el seno y unidad” (Eugenio IV); que hay que
estar incorporado en el “cuerpo eclesiástico” (Eugenio IV); que hay que estar
“enteramente sometido al Romano Pontífice” (Bonifacio VIII); que hay que estar en
la unión de los “sacramentos” y entre los “fieles” (Eugenio IV; Bonifacio VIII;
Inocencio III). Y estas cosas sólo vienen por el bautismo de agua, como lo
atestigua la propia definición de Iglesia de San Roberto. Pero, al tratar de
explicar lo inexplicable (de cómo el bautismo de deseo es compatible con el
dogma católico) y defender lo indefensible (de cómo los catecúmenos no
bautizados pueden estar en una Iglesia definida como una unión de sacramentos),
San Roberto contradice estos principios y comete un error.
En segundo lugar,
al intentar justificar su creencia errónea en el bautismo de deseo, San Roberto
dice que los catecúmenos son “fieles”. Esto es contrario a los Padres y a la
enseñanza de la liturgia católica tradicional desde los tiempos apostólicos,
que excluían de entre “los fieles” a los catecúmenos (como se explica en la
sección sobre “La única Iglesia de los fieles”). También es contrario a la
admisión inmediata de los defensores del bautismo de deseo, como Ludwig Ott,
que ya he citado.
Dr. Ludwig Ott, Manual de Teología
Dogmática, Calidad de miembros de la Iglesia, p. 309: “3. Los catecúmenos no deben ser contados entre
los miembros de la Iglesia (…) La Iglesia no reivindica ninguna
jurisdicción sobre ellos (D 895). Los
Padres trazan una clara línea de separación entre los catecúmenos y ‘los
fieles’”[503].
El lector podrá ahora
constatar nuevamente lo
que he venido mostrando a lo largo de este extenso examen de la historia sobre
la cuestión del bautismo de deseo: de que el bautismo de deseo es una tradición
del hombre falible, errónea, que nunca ha sido enseñada por el magisterio
papal, que ha ganado impulso basada en pasajes falibles e imperfectos de
algunos hombres, sin embargo grandes, que se contradecían a sí mismos y
violaban sus propios principios en el intento de explicarlo, mientras cometían
casi siempre otros errores en los mismos documentos.
De
hecho, la declaración de San Roberto de que los catecúmenos son “fieles”
también contradice el Catecismo del Concilio de Trento.
Catecismo del
Concilio de Trento, Comunión de sacramentos, p. 110: “El fruto de
todos los sacramentos es común a todos los fieles, y estos sacramentos,
en particular el bautismo, la puerta, por así decirlo, por la cual somos
admitidos a la Iglesia, muchos son los vínculos sagrados que los unen entre sí
y los unen a Cristo”[504].
Esto significa que
aquellos que no han recibido los sacramentos no forman parte de los “fieles”,
en contra nuevamente de lo que Belarmino aseveró en su admitido “difícil”
intento de reconciliar la falsa idea del bautismo de deseo con su propia
definición de la Iglesia católica, que excluye a todos los sin bautizar. Cuando
los santos entran en “difíciles” intentos para explicar cosas especulativas que
no están claramente enseñadas por la Iglesia, ellos están destinados a cometer
errores. Y, por siguiente, los católicos no deben seguir a San Roberto en este
“difícil” (o mejor dicho, imposible) intento de explicar el bautismo de deseo,
sino más bien deben seguir a San Gregorio Nacianceno (Doctor de la Iglesia),
quien ante a la idea de que se puede considerar como bautizado él que
deseaba el bautismo pero no lo recibió, declaró: “No veo cómo”[505].
Es un hecho que San
Roberto cometió un error sobre el tema del bautismo de deseo, tal como lo hizo
con el limbo; pero lo que es más importante recordar, como ya se dijo, es lo
siguiente: si bien que el principio de la infalibilidad papal se creyó siempre
en la Iglesia (expresada desde los primeros tiempos con frases tales como en
la sede apostólica la religión católica siempre se ha conservado sin mancha y
mantenido la santa doctrina), no hay duda que después de la definición de
la infalibilidad papal, por el Primer Concilio Vaticano en 1870, hay
mucha más claridad acerca de cuáles documentos son infalibles y cuáles no. San
Roberto Belarmino y otros que vivieron antes de 1870 no necesariamente tenían
este grado de claridad, que hizo que muchos de ellos redujeren la distinción,
en ciertos casos, entre los decretos infalibles de los Papas y la enseñanza
falible de los teólogos. Eso también causó que ellos no mirasen tan
literalmente lo que el dogma de hecho declaraba, sino más bien a lo que ellos
pensaban que el dogma pudiera significar a la luz de la opinión de los teólogos
populares de la época.
Los católicos que vivimos
en la actualidad podemos decir que entendemos más acerca de la infalibilidad
papal que como lo entendieron los teólogos y doctores desde la Edad Media hasta
1870, y que poseemos una ventaja en la evaluación de esta cuestión, no sólo
porque vivimos después de la definición de la infalibilidad papal, sino también
porque podemos revisar toda la historia de las declaraciones papales de la
Iglesia sobre este tema y ver la armonía entre ellas sobre la necesidad
absoluta del bautismo de agua.
LA TRADICIÓN UNIVERSAL SOBRE EL
BAUTISMO AFIRMADO INCLUSO POR LOS CATECISMO HERÉTICOS MODERNOS
Para ilustrar más aún el
punto de que la necesidad absoluta del bautismo de agua para la salvación es
la enseñanza universal y constante de todos los teólogos incluso durante la
época de apostasía y por aquellas mismas personas que niegan esta verdad,
tomemos, por ejemplo, una reciente edición del Catecismo de Baltimore y del
Catecismo atribuido al Papa San Pío X.
EL CATECISMO DE BALTIMORE
Nuevo Catecismo de San José de Baltimore,
N. 2, P. 320: “¿Por qué es necesario el bautismo para la salvación de todos
hombres? R. El bautismo es necesario para la salvación de todos los hombres
porque Cristo ha dicho: ‘Quien no renaciere del agua y del Espíritu
Santo, no puede entrar en el reino de
Dios’”[506].
Nótese que esta edición del
Catecismo de Baltimore, que enseña el error del bautismo de deseo (como
veremos), reitera la enseñanza universal y constante de la Iglesia católica,
basado en las palabras de Jesucristo en Juan 3, 5, que el bautismo de
agua es necesario para la salvación de todos los hombres. El Catecismo de
Baltimore, por lo tanto, enseña la exacta misma verdad de fe que ha sido un eco
constante en la tradición católica desde el principio.
Hermas,
140 d.C., cita a Jesús en Juan 3, 5: “Ellos tenían que salir a través del
agua, para que pudieran recibir la vida; porque de otro modo no habrían podido entrar en el reino de Dios”[507].
San Justino Mártir, 155 d.C.: “… los
llevamos a un lugar donde hay agua, y allí ellos renacen del mismo modo de
renacimiento en que renacimos (…) en el nombre de Dios, (…) ellos reciben el
lavatorio de agua. Porque Cristo dijo: ‘Si no renaciereis, no entraréis en el reino
de los cielos’. La razón para hacer esto lo aprendimos de los apóstoles”[508].
Por lo tanto,
contrariamente a la creencia popular, los que rechazan el “bautismo de deseo” en
realidad siguen la enseñanza del Catecismo de Baltimore sobre la necesidad
absoluta de bautismo de agua. No siguen, sin embargo, la enseñanza del falible
del Catecismo de Baltimore cuando procede a contradecir esta verdad sobre la
necesidad absoluta del bautismo de agua para la salvación al enseñar el
bautismo de deseo.
Nuevo Catecismo de San José de Baltimore,
N. 2, P. 321: “¿Cómo pueden salvarse quienes sin culpa no han recibido el
sacramento del bautismo? R. Los que por causas ajenas a la suya no han
recibido el sacramento del bautismo pueden salvarse por el llamado bautismo
de sangre o el bautismo de deseo”[509].
Esta declaración
contradice abiertamente la verdad enseñada en la P. 320; que bautismo de
agua es absolutamente necesario para la salvación de todos hombres. En el
Catecismo de Baltimore se le enseña a la gente dos nociones directamente
contradictorias una después de la otra:
·
El
bautismo de agua es absolutamente
necesario para la salvación de todos;
y…
·
El
bautismo de agua no es absolutamente
necesario para la salvación de todos.
¿Pueden ambas ser verdaderas al mismo tiempo? No, no
pueden. Como católico, se debe seguir la primera declaración, que está de
acuerdo con el dogma definido y la tradición universal desde el principio de la
Iglesia, y se basa en la declaración de Cristo mismo.
Además, la edición del Catecismo de Baltimore que
estoy citando también hace las mismas admisiones devastadoras que el Dr. Ott se
vio obligado a hacer en su discusión acerca de lo que el llamado “bautismo
de deseo” no es.
Nuevo
Catecismo de San José de Baltimore, N. 2, P. 321:
“Sin embargo, sólo el bautismo de agua en realidad hace que una persona sea
miembro de la Iglesia. Él (bautismo de sangre/deseo) podría compararse con
una escalera por la cual se trepa a la barca de Pedro, como la Iglesia a menudo
es llamada. El bautismo de sangre o de deseo hace que una persona sea miembro
de la Iglesia en el deseo. Estos son los dos cabos de salvamento que se
arrastran de los costados de la Iglesia para salvar a los que están fuera de
la Iglesia por causas ajenas a la propia”[510].
Aquí vemos esta edición del Catecismo de Baltimore enseñando
que: 1) El bautismo de deseo no hace que uno sea miembro de la Iglesia; 2) El
bautismo de deseo sí hace a uno ser miembro de la Iglesia en el deseo; 3) hay
salvación fuera la Iglesia por el bautismo de deseo y de sangre.
Las primeras dos declaraciones se contradicen entre sí,
mientras la tercera es herejía directa contra el dogma fuera de la
Iglesia absolutamente nadie se salva (Papa Inocencio III, de fide).
Por lo tanto, la explicación del “bautismo de deseo” de esta edición del
Catecismo de Baltimore no es solamente falible, sino directamente herética.
Papa
Inocencio III, Cuarto Concilio de Letrán,
constitución 1, 1215, ex cathedra:
“Y una sola es la Iglesia universal de los
fieles, fuera de la cual absolutamente nadie se salva, y en ella el
mismo sacerdote es sacrificio, Jesucristo”[511].
Pero después de haber enseñado que el bautismo de deseo
“salva” a las personas “fuera” de la Iglesia, esta versión del Catecismo de
Baltimore demuestra una vez más que el bautismo de deseo es incompatible con el
dogma definido – sin mencionar su propia enseñanza sobre la necesidad absoluta
del bautismo de agua para la salvación.
EL CATECISMO
ATRIBUIDO AL PAPA SAN PÍO X
El catecismo atribuido al
Papa San Pío X nos repite la misma enseñanza de fide de la Iglesia
católica sobre la necesidad absoluta del bautismo de agua para la salvación.
Catecismo mayor de San Pío
X, Los Sacramentos, “Bautismo”, P. 16: “P. ¿Es necesario el bautismo
para la salvación? R. El bautismo es absolutamente necesario para la
salvación, porque nuestro Señor ha dicho expresamente: ‘Quien no renaciere
de agua y el Espíritu Santo, no puede entrar al reino de Dios’”[512].
Por tanto, contrariamente
a la creencia popular, los que rechazan el “bautismo de deseo” en realidad
siguen la enseñanza del Catecismo atribuido al Papa San Pío X sobre la
necesidad absoluta del bautismo de agua. Ellos, sin embargo, no siguen la
enseñanza de este catecismo falible cuando procede a contradecir esta
verdad sobre la necesidad absoluta del bautismo de agua para la salvación.
Catecismo mayor de San Pío X, Los
Sacramentos, “Bautismo”, P. 17: “P. ¿Puede suministrarse la falta del
bautismo de cualquier otra forma? R. La falta del bautismo puede
suministrarse por el martirio, que se llama bautismo de sangre, o por un acto de perfecta caridad a Dios, o de
contrición, junto con el deseo, por lo menos implícito, del bautismo, y esto se
llama bautismo de deseo”[513].
Esto es de nuevo una total
contradicción a lo dicho en Pregunta 16. Cabe señalar que este catecismo,
aunque atribuido al Papa San Pío X, no vino de su pluma y no fue promulgado
solemnemente por él. No obstante, no hay ninguna bula papal de San Pío X
que promulgue el catecismo, por lo que es solamente un catecismo falible que
salió durante su reinado y se le dio su nombre. Pero, aun cuando el mismo San
Pío X hubiese escrito este catecismo (que no lo hizo), no afectaría en absoluto
los puntos que he expuesto. Esto es porque un Papa es infalible solamente cuando
habla magisterialmente. Este catecismo no es infalible porque no fue promulgado
solemnemente desde la Cátedra de Pedro ni menos por el Papa. Además, está
demostrado que este catecismo no es infalible por el hecho de que ¡enseña la
herejía abominable que hay salvación “fuera” la Iglesia (como mostraré)!
Pero primero citaré donde
el catecismo afirma el dogma.
Catecismo mayor de San Pío X, El Credo
de los Apóstoles, “La Iglesia en Particular”, P. 27: “P. ¿Puede alguien salvarse
fuera la Iglesia católica, apostólica, y romana? R. No, nadie puede
salvarse fuera de la Iglesia católica, apostólica, y romana, al igual que
nadie pudo salvarse del diluvio fuera del Arca de Noé, que era una figura de la
Iglesia”[514].
Aquí el catecismo
atribuido al Papa San Pío X reafirma el dogma definido. ¡Sin embargo, él
procede a negar este dogma sólo dos preguntas más adelante!
Catecismo mayor del Papa San Pío X, El
Credo de los Apóstoles, “La Iglesia en Particular”, P. 29: “P. Pero si un
hombre por causas ajenas a la suya está fuera de la Iglesia,
¿puede salvarse? R. Si esta fuera de la Iglesia por causas ajenas a
la suya, esto es, si él está de buena fe, y si él ha recibido el bautismo,
o por lo menos tiene el deseo implícito del bautismo; y si, además, busca
sinceramente la verdad y hace la voluntad de Dios lo mejor que puede, ese
hombre está en verdad separado del cuerpo de la Iglesia, pero está unido al
alma de la Iglesia y por siguiente está en el camino de salvación”[515].
¡Aquí vemos este catecismo
falible negar, palabra por palabra, el dogma fuera la Iglesia no hay salvación! Nos enseña que puede haber
salvación “fuera” de la Iglesia, negando directamente la verdad que enseñó en
la pregunta 27. Esta declaración es tan herética, de hecho, que sería
repudiada incluso por la mayoría de los herejes más astutos de nuestros días,
que saben que no pueden decir que hay salvación “fuera” de la Iglesia, puesto
que ellos arguyen que los no católicos no están “fuera” sino que están de alguna
manera “dentro”. ¡Así que incluso esos astutos herejes que rechazan el
verdadero significado del dogma fuera la
Iglesia no hay salvación tendrían que admitir que la declaración anterior
es herética!
Nótese además, que el
Catecismo atribuido a San Pío X enseña la herejía de que las personas pueden
estar unidas al “alma” de la Iglesia, pero no al cuerpo. Como ya se ha
demostrado, la Iglesia católica es un cuerpo místico. Los que no forman
parte del cuerpo no son parte en absoluto.
Papa Pío XI, Mortalium
animos, # 10, 6 de enero de 1928: Porque siendo el cuerpo místico de Cristo, esto es, la Iglesia, uno, compacto y conexo, lo mismo que su cuerpo físico, necedad es
decir que el cuerpo místico puede constar de miembros divididos y separados; quien,
pues, no está unido con él no
es miembro suyo, ni está
unido con su cabeza, que es Cristo”[516].
Esta discusión sobre los
catecismos debería demostrar al lector cómo la negación desenfrenada del dogma fuera la Iglesia no hay salvación y la necesidad
del bautismo de agua ha sido perpetuada por textos falibles con imprimátur
y el por qué ha sido aceptada hoy por casi todos que se profesan católicos. Se
ha perpetuado por documentos y textos falibles que se contradicen, que
contradicen el dogma definido, y que enseñan la herejía, y que – al mismo
tiempo – en otras partes afirman las verdades inmutables de la absoluta
necesidad de la Iglesia católica y el bautismo de agua para la salvación. Y es
por eso que los católicos están obligados a adherirse al dogma
infaliblemente definido, no a los catecismos o teólogos falibles.
Papa Pío IX,
Singulari quadem: “A la verdad, cuando libres de estos lazos corpóreos,
‘veamos a Dios tal como es’ (1 Juan, 3, 2), entenderemos ciertamente con cuán
estrecho y bello nexo están unidas la misericordia y la justicia divinas; más
en tantos nos hallamos en la tierra agravados por este peso mortal, que embota
el alma, mantengamos firmísimamente
según la doctrina católica que hay ‘un solo Dios, una sola fe, un solo
bautismo’ (Ef. 4, 5): Pasar más allá en nuestra inquisición es ilícito”[517].
Papa Paulo III, Concilio de Trento,
sesión 7, can. 5 sobre el sacramento
del bautismo, ex cathedra: “Si alguno dijere que el bautismo [el sacramento] es libre, es decir,
no necesario para la salvación (Juan 3, 5), sea anatema”[518].
20.
Exultate Deo también termina la
discusión
Ya hemos discutido acerca
de la enseñanza del Concilio de Florencia sobre el bautismo en las secciones previas;
pero debido al hecho de que la enseñanza de Exultate Deo del Concilio de
Florencia excluye la posibilidad del bautismo de deseo y del bautismo de
sangre, quiero mostrar claramente que es infalible y no puede ser
contradicha.
Papa Eugenio IV, Concilio
de Florencia, “Exultate Deo”, 22 de noviembre de 1439, ex cathedra:
“El primer lugar entre los sacramentos lo ocupa el santo bautismo, que es
la puerta de la vida espiritual, pues por él nos hacemos miembros de Cristo y
del cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte
en todos, ‘si no renacemos por el agua y el Espíritu’, como dice la Verdad,
‘no podemos entrar en el reino de los cielos’ (Juan 3, 5). La materia
de este sacramento es el agua verdadera y natural”[519].
Es importante señalar que
no todo en la bula Exultate Deo (el Decreto para los armenios) trata de
fe y costumbrescostumbres y que debe ser creída por la Iglesia universal. Esas
partes no son necesariamente enseñadas ex cathedra (desde la Cátedra de
Pedro) o infalibles. Pero la cita anterior trata sin lugar a duda de fe y
costumbres, por lo que debe ser creída por la Iglesia universal y, por lo
tanto, es enseñanza ex cathedra. Algunas personas señalan el hecho de
que la Exultate Deo no tiene el mismo lenguaje solemne de la Cantate
Domino del Concilio de Florencia, de la cual todos están de acuerdo que es
infalible. Algunos concluyen, por tanto, que es posible que la Exultate Deo
pudiera no ser infalible en fe y costumbres. Pero este argumento se refuta
fácilmente. La bula Exultate Deo no sólo fue aprobada por el Papa
Eugenio IV e incluida en los decretos del Concilio, sino que fue obligatoria
para los armenios como profesión de fe, como verdadera doctrina de la religión
católica. Esto demuestra que es infalible.
Papa León XIII, Paterna
caritas, # 2, 25 de julio de 1888: “Entonces la constitución del
Concilio, Exultate Deo, fue publicada por el Papa, en la que él
les enseñó todo lo que él consideraba necesario para el correcto conocimiento
de la verdad católica; y por esto, los legados, en el nombre de su
patriarca, y de toda la raza armenia, declararon que ellos recibieron la
constitución con toda sumisión y prontitud a obedecer, ‘prometiendo en el
mismo nombre, como verdaderos hijos de la obediencia, obedecer lealmente a los
mandatos y órdenes de la Sede Apostólica”[520].
Además, la Exultate Deo
(el decreto para los armenios) fue solemnemente confirmada por una serie de
otras bulas infalibles en el mismo Concilio, incluyendo la Cantate Domino.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia,
“Cantate Domino”, sesión 11, 4 de febrero de 1442, ex cathedra: “La
Santa Romana Iglesia abraza, aprueba y acepta todos otros sínodos
universales que fueron convocados legítimamente, celebrados y confirmados por
la autoridad de un Romano Pontífice, y especialmente este santo sínodo de
Florencia, en el que, entre otras cosas, se lograron santísimas uniones con
los griegos y los armenios y han sido
publicadas muchísimas definiciones saludables con respecto a cada una de
estas uniones, tal como está contenida en la totalidad de los decretos
previamente promulgados, que son los siguientes: Letentur coeli; Exultate
Deo…”[521].
En la sesión 13 del
Concilio de Florencia, el Papa Eugenio IV promulgó una otra Bula – sobre unión
con los sirios – en la que él de nuevo aprueba infaliblemente la doctrina
contenida en la Exultate Deo (el decreto para los armenios). La bula
termina con el Papa Eugenio IV invocando la ira de Dios sobre todo el que la
contradijere. Aquí está la parte pertinente del texto.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia,
bula de la unión con los sirios, sesión 13, 30 de noviembre de 1444: “Eugenio,
obispo, siervo de los siervos de Dios, para perpetua memoria (…) ordenamos y decretamos que
él (el arzobispo Abdala) debe recibir y abrazar, en el nombre de las personas
antedichas, todo lo que ha sido definido y establecido en varias ocasiones
por la santa Iglesia romana, en especial los decretos sobre los griegos y los
armenios (Exultate Deo) y los jacobitas, los cuales fueron
emitidos en el sagrado concilio ecuménico de Florencia…”[522].
Además, la misma Exultate
Deo comienza su sección sobre los sacramentos – en que se contiene la cita
sobre la necesidad del sacramento del bautismo – con el lenguaje autoritativo
que prueba que ella es la enseñanza infalible de la Iglesia católica.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia,
“Exultate Deo”, 22 de noviembre de 1439: “Eugenio, obispo, siervo de los
siervos de Dios, para perpetua memoria (…) Para la más fácil doctrina de los
mismos armenios, tanto presentes como por venir, reducimos a esta brevísima fórmula la verdad sobre los
sacramentos de la Iglesia”[523].
Por lo tanto, no hay
ninguna duda que la enseñanza contenida en la Exultate Deo, referente a
los puntos de fe y costumbres para ser creídos por la Iglesia universal, es
infalible y dogmática. Ella no puede contener error. En consecuencia, cuando la
Exultate Deo define que si no renacemos por el agua y el Espíritu, como dice la Verdad, no podemos entrar en el reino de los cielos, esto excluye
toda posibilidad de salvación sin el bautismo de agua. Lo que es interesante de
esta definición en particular es que no es más que una cita de Juan 3, 5
incorporada en la definición del Concilio. Más bien, es el Concilio de
Florencia enseñando lo mismo que Juan 3, 5, presentándola en sus propias
palabras. Es decir, el Concilio de Florencia define la doctrina
que se encuentra en Juan 3, 5, no sólo citando la Escritura.
Papa Eugenio IV, Concilio
de Florencia, “Exultate Deo”, 22 de noviembre de 1439, ex
cathedra: “El primer lugar entre los sacramentos lo ocupa el santo
bautismo, que es la puerta de la vida espiritual, pues por él nos hacemos
miembros de Cristo y del cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el primer
hombre entrado la muerte en todos, ‘si no renacemos por el agua y el Espíritu’,
como dice la Verdad, ‘no podemos entrar en el reino de los cielos’ (Juan 3, 5).
La materia de este sacramento es el agua verdadera y natural”[524].
Sostener que alguien puede
entrar en el reino de los cielos sin haber renacido de agua y el Espíritu es
contradecir esta enseñanza infalible.
Ya he tratado de Juan 3,
5, por lo que ahora acudiré a otros pasajes del Nuevo Testamento que afirman la
necesidad absoluta del sacramento del bautismo para la salvación.
EL GRAN MANDATO: MATEO 18 Y MARCOS 16
Mateo 28, 18-20: “Y acercándose Jesús, les dijo: Me ha
sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y
del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo
os he mandado”.
En la última escena
registrada en el Evangelio de San Mateo, conocida como El Gran Mandato –
PRECISAMENTE LA ÚLTIMA INSTRUCCIÓN QUE JESUCRISTO DA A LOS APÓSTOLES ANTES DE
SALIR DE ESTE MUNDO – Jesucristo da a sus Apóstoles dos mandatos: enseñar a
todas las naciones y bautizar. Dado que este es el último mandato de
Cristo a sus Apóstoles, estas palabras tienen un significado especial. Esto
debería decir a todos algo sobre la importancia del bautismo. El sacramento del
bautismo está inextricablemente unido, por nuestro Señor Jesucristo mismo, con
el mandato de enseñar la fe cristiana a todas las naciones. El Evangelio de San
Marcos revela la misma verdad en su versión de la escena de la Ascensión, la
última escena de su Evangelio.
Marcos 16, 15-16: “Y les dijo (Jesús): Id por todo el
mundo y predicad el Evangelio a toda
criatura. El que creyere y fuere bautizado
se salvará, más el que no creyere se condenará”.
Aquí vemos a nuestro Señor
Jesucristo mismo diciendo que los que se bauticen se salvarán, indicando
claramente que los que no sean bautizados no se salvarán. Pero
algunos se preguntan, ¿por qué no dijo nuestro Señor, “él que no creyere y
no fuere bautizado será condenado”, después de decir que el que creyere y
fuere bautizado se salvará? La respuesta es que los que no creyeren no
van a recibir el bautismo, por lo que no es necesario mencionar bautismo de
nuevo. Además, nuestro Señor dice eso mismo (que los que no son bautizados no
se salvarán) en Juan 3, 5.
Por tanto vemos que, en
el preciso último mandato de nuestro Señor a los Apóstoles, la noción de
creencia y de recibir el bautismo están envueltas; son una y la misma fórmula
que es necesaria para la salvación. Creer y recibir el sacramento del
bautismo son uno y el mismo evento salvífico.
San Francisco Javier, 31 de diciembre de
1543: “Después de todo esto él [uno de los paganos] me pidió que le explicase
los misterios principales de la religión cristiana, con la promesa de
mantenerlos en secreto. Yo le respondí que no le diría ninguna palabra sobre ellos
a menos que me prometiera antes publicarlos por todas partes [decirlos a todos]
lo que yo debería decirle de la religión de Jesucristo. Él hizo la promesa, y
entonces le expliqué cuidadosamente aquellas palabras de Jesucristo en que
se resume nuestra religión: ‘El que creyere y fuere bautizado se
salvará’ (Marcos 16, 16)”[525].
En Romanos capítulos 5 y 6
encontramos a San Pablo explicando cómo los hombres han nacido en el estado de
pecado original, porque el pecado del primer hombre, Adán, ha hecho que sus
descendientes nazcan desprovistos del estado de gracia. San Pablo explica
además que Cristo nos reconcilia con Dios, nos quita el pecado original y nos
hace miembros de la familia de Dios. En Romanos 6, 2, San Pablo dice que los
cristianos han muerto al pecado. Y en Romanos 6, 3, San Pablo explica cómo
se consigue morir al pecado.
Romanos 6, 3-4: “¿O
ignoráis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados
para participar en su muerte? Con Él hemos sido sepultados por el
bautismo para participar en su muerte”.
En este fuerte lenguaje,
San Pablo y la palabra infalible de Dios identifican el sacramento del bautismo
como el medio por cual uno muere al pecado. También identifican el sacramento
del bautismo como el medio por cual uno es incorporado a Cristo Jesús.
EL CONCILIO DE TRENTO CONFIRMA ROMANOS 6, 4
Según la declaración
infalible de San Pablo en la Sagrada Escritura, la Iglesia católica ha definido
que no hay condenación en quienes son sepultados juntos con Cristo a la
muerte por el sacramento del bautismo.
Papa Paulo III, Concilio de Trento, del pecado
original, sesión V, ex cathedra: “Quien no renaciere del agua y del Espíritu
Santo, no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3, 5) (…) Porque en
los renacidos nada odia Dios, porque
‘nada hay de condenación en aquellos que verdaderamente por el bautismo
están sepultados con Cristo para la muerte’ (Rom. 6, 4)…”[526].
Y aquí hay un otro
Concilio regional que, aunque no dogmático, enseña la misma verdad que la
declaración dogmática anterior: a saber, que sólo siendo sepultado por el
sacramento del bautismo a la muerte, se puede esperar la remisión del
pecado, la incorporación a Cristo y la salvación.
San Remigio, obispo de Lyons, Concilio de Valence III, 855, can. 5:
“Igualmente creemos ha de mantenerse firmísimamente que toda la muchedumbre de los fieles, regenerada ‘por el
agua y el Espíritu Santo’ (Juan 3, 5) y por esto incorporada verdaderamente
a la Iglesia y, conforme a la
doctrina evangélica, bautizada en la
muerte de Cristo (Rom. 6, 3), fue lavada de sus pecados en la
sangre del mismo…”[527].
1 Corintios 12, 13: “Porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un solo
Espíritu, para constituir un solo cuerpo, y todos, ya judíos, ya
gentiles, ya siervos, ya libres, hemos bebido del mismo Espíritu”.
Aquí vemos a San Pablo y
la palabra de Dios enseñando vigorosamente que uno se incorpora al cuerpo de
Cristo y al Espíritu Santo por el sacramento del bautismo.
EL CONCILIO DE TRENTO CONFIRMA 1 CORINTIOS 12, 13: SI
NO HAY BAUTISMO DE AGUA, NO HAY INCORPORACIÓN AL CUERPO DE CRISTO
Basado en este mismo texto
[“Porque hemos sido bautizados en un solo Espíritu, para constituir un solo
cuerpo”], la Iglesia católica enseña infaliblemente que sólo a través del
sacramento del bautismo uno es incorporado en el cuerpo de la Iglesia.
Papa Julio III, Concilio de Trento,
sobre los sacramentos del bautismo y la penitencia, sesión 14, cap. 2, ex
cathedra: “… como quiera que la Iglesia en nadie ejerce juicio, que
no haya antes entrado en ella misma por la puerta del bautismo. Porque ¿qué se me da a mí – dice el
Apóstol – de juzgar a los que están
fuera? (1 Cor. 5, 12). Otra cosa es
que los domésticos de la fe, a los que Cristo Señor, por el lavatorio del
bautismo, los hizo una vez ‘miembros de su cuerpo’ (1 Cor. 12, 13)”[528].
Es un dogma, basado en 1 Corintios, que quienes no han recibido el lavacro del bautismo están “fuera” de la Iglesia; no son “miembros de su cuerpo”; no son “de los domésticos de la fe”; y la Iglesia no ejerce “juicio” sobre ellos. Ya he discutido el significado profundo de esta declaración dogmática en la sección 7 sobre “La sujeción al Romano Pontífice”, pero la voy a repetir muy brevemente por el bien del lector. Es de fide que