por Hno. Pedro Dimond O.S.B.
Hemos visto cómo la Tradición no enseña el bautismo de deseo y cómo lo excluye la enseñanza infalible de la Iglesia sobre el sacramento del bautismo y Juan 3, 5. También hemos visto que este error se mantuvo en la Edad Media por pasajes imperfectos de textos de eclesiásticos falibles. A continuación trataré de la que es quizás la declaración más interesante sobre este tema, la carta dogmática del Papa San León Magno a Flaviano, la cual excluye los conceptos mismos de bautismo de deseo y bautismo de sangre.
Papa San León Magno, carta dogmática a Flaviano, Concilio de Calcedonia, 451:
“Dejad que preste atención a lo que el bienaventurado apóstol Pedro predica, que la santificación por el Espíritu se realiza por la aspersión de la sangre de Cristo (1 Pedro 1, 2), y no dejéis que pasen más allá de las mismas palabras del apóstol, considerando que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de vuestros padres, no con plata ni oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha (1 Pedro 1, 18). Tampoco hay que resistir el testimonio del bienaventurado Apóstol San Juan: y la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado (1 Juan 1, 7); y otra vez, ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Y quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Él es el que vino por el agua y por la sangre, Jesucristo; no en agua sólo, sino en agua y en la sangre. Y es el Espíritu el que lo certifica, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los que testifican: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres se reducen a uno solo (1 Jn. 5, 4-8). EN OTRAS PALABRAS, EL ESPÍRITU DE SANTIFICACIÓN Y LA SANGRE DE REDENCIÓN Y EL AGUA DEL BAUTISMO. ESTOS TRES SON UNO Y PERMANECEN INDIVISIBLES. NINGUNO DE ELLOS ES SEPARABLE DE SU VÍNCULO CON LOS DEMÁS”[1].
Antes de tratar de la tremenda importancia de esta declaración, daré algunos antecedentes sobre esta carta dogmática. Esta es la famosa carta dogmática del Papa San León Magno a Flaviano, escrita originalmente en 449, y posteriormente aprobada por el Concilio de Calcedonia – el cuarto Concilio general de la Iglesia – en 451 (citado en Decrees of the Ecumenical Councils [Los Decretos de los Concilios Ecuménicos], edición inglesa, Prensa de Georgetown, vol. 1, pp. 77-82). Este es uno de los documentos más importantes en la historia de la Iglesia. Esta es la famosa carta que, cuando fue leída en voz alta en el Concilio dogmático de Calcedonia, motivó a que todos los Padres del Concilio (más de 600) se levantaran y proclamaran: “Esta es la fe de los Padres, la fe de los Apóstoles; Pedro ha hablado por la boca de León”. La carta misma personifica el término ex cathedra (hablando desde la Cátedra de Pedro), como lo demuestra la reacción de los Padres de Calcedonia. Esta carta dogmática del Papa San León fue aceptada por el Concilio de Calcedonia en su definición de Fe, que fue aprobada autoritariamente por el mismo Papa San León.
Y si esto no fuera suficiente para probar que la carta del Papa San León es sin duda infalible y dogmática, téngase en cuenta el hecho que también fue aprobada por el Papa Virgilio en el Segundo Concilio de Constantinopla (533)[2] y por el Papa San Agato en el Tercer Concilio de Constantinopla (680-681)[3]. También fue confirmada infaliblemente por una serie de otros Papas, incluyendo: el Papa San Gelasio, 495([4]), el Papa Pelagio II, 533([5]), y el Papa Benedicto XIV, Nuper ad nos, 1743([6]).
Debido a la enorme importancia de la carta del Papa San León en el tema que nos ocupa, citaré un extracto del Papa San Gelasio que dice que nadie puede contradecir, ni en lo más mínimo, esta epístola dogmática del Papa San León a Flaviano.
Papa San Gelasio, Decreto, 495: “Igualmente la carta dogmática del bienaventurado Papa León a Flaviano (…) si alguno disputare de su texto sobre una sola tilde, y no la recibiere en todo con veneración, sea anatema”[7].
Aquí tenemos al Papa San Gelasio hablando ex cathedra para condenar a todo aquel que se desviare, incluso en un ápice, del texto de la epístola dogmática del Papa San León a Flaviano.
Ahora, en la sección de la carta dogmática del Papa San León, anteriormente citada, él trata de la santificación por el Espíritu. “Santificación por el Espíritu” es el término aplicado para la justificación del estado de pecado. La justificación es el estado de gracia. Nadie puede llegar al cielo sin la santificación por el Espíritu [la justificación], como admiten todos que se profesan católicos. El Papa San León afirma, por la autoridad de los santos apóstoles Pedro y Juan, que esta santificación por el Espíritu se realiza por la aspersión de la sangre de Cristo. Es sólo mediante la recepción de esta sangre de Redención, demuestra él, que uno puede cambiar del estado de Adán (pecado original) al estado de gracia (justificación/santificación). Es solamente por esta sangre que la santificación por el Espíritu surte efecto. Este dogma fue definido también por el Concilio de Trento.
Papa Pablo III, Concilio de Trento, sesión 5, del pecado original, ex cathedra: “Si alguno afirma que este pecado de Adán (…) se quita por las fuerzas de la naturaleza humana o por otro remedio que por el mérito del solo mediador, nuestro Señor Jesucristo, el cual, hecho para nosotros justicia, santificación y redención (I Cor. 1, 30) nos reconcilió con el Padre en su sangre; o niega que el mismo mérito de Jesucristo se aplique tanto a los adultos como a los párvulos por el sacramento del bautismo, (…), sea anatema”[8].
Papa Pablo III, Concilio de Trento, sesión 6, cap. 3, ex cathedra: “Más, aun cuando Él murió por todos, no todos, sin embargo, reciben el beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunica el mérito de su pasión”[9].
Es una verdad divinamente revelada que nadie puede ser liberado del estado de pecado y santificado sin que se le aplique la sangre de la Redención. De esto ningún católico puede dudar.
Los defensores del bautismo de deseo/sangre – y esto incluye también al Centro San Benito de EEUU, porque ellos también creen en la justificación por el deseo – arguyen que la sangre de Redención, que realiza la santificación por el Espíritu, se aplica al alma por el deseo del bautismo o por su martirio, sin el bautismo de agua. Recuerde que: los defensores del bautismo de deseo/sangre argumentan que la sangre de Redención, que realiza la santificación por el Espíritu, se aplica al alma sin el bautismo de agua. ¡Pero esto es exactamente lo opuesto de lo que definió dogmáticamente el Papa León Magno! Citaré de nuevo las partas cruciales de su declaración:
Papa San León Magno, Concilio de Calcedonia, carta dogmática a Flaviano, 451: “Dejad que preste atención a lo que el bienaventurado apóstol Pedro predica, que la santificación por el Espíritu se realiza por la aspersión de la sangre de Cristo (1 Pedro 1,2), (…) Él es el que vino por el agua y por la sangre, Jesucristo; no en agua sólo, sino en agua y en la sangre. Y es el Espíritu el que lo certifica, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los que testifican: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres se reducen a uno solo (1 Ju. 5,4-8). EN OTRAS PALABRAS, EL ESPÍRITU DE SANTIFICACIÓN Y LA SANGRE DE REDENCIÓN Y EL AGUA DEL BAUTISMO. ESTOS TRES SON UNO Y PERMANECEN INDIVISIBLES. NINGUNO DE ELLOS ES SEPARABLE DE SU VÍNCULO CON LOS DEMÁS”[10].
El Papa San León define que en la santificación, el Espíritu de santificación y la sangre de Redención ¡no se pueden separar del agua del bautismo! Por lo tanto, no puede haber justificación sin el sacramento del bautismo.
Esto excluye infaliblemente el concepto mismo de bautismo de deseo y bautismo de sangre, esto es, que sea posible la santificación por el Espíritu y la sangre sin agua.
A la luz de esta carta dogmática, además de los otros hechos ya presentados, no se puede sostener el bautismo de deseo y el bautismo de sangre; porque estas teorías separan el Espíritu y la sangre del agua en la santificación.
Y para que nadie intente encontrar fallas en esta definición infalible con el argumento de que la bienaventurada Virgen María es una excepción a ella, hay que reconocer que el Papa San León está definiendo sobre santificación/justificación del estado de pecado.
Papa San León Magno, carta dogmática a Flaviano, Concilio de Calcedonia, 451:
“Dejad que preste atención a lo que el bienaventurado apóstol Pedro predica, que la santificación por el Espíritu se realiza por la aspersión de la sangre de Cristo (1 Pedro 1, 2), y no dejéis que pasen más allá de las mismas palabras del apóstol, considerando que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de vuestros padres, no con plata ni oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni manda (1 Pedro 1, 18). Tampoco hay que resistir el testimonio del bienaventurado Apóstol Juan: y la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado (1 Juan 1, 7)…”.
La Santísima Virgen María no tenía pecado. Ella fue concebida en un estado de santificación perfecta. Puesto que el Papa León está definiendo sobre la santificación/justificación del pecado, su definición de ninguna manera se aplica a ella.
Por lo tanto, no puede haber justificación de un pecador sin el bautismo de agua (de fide). No se puede aplicar la sangre redentora de Cristo sin el bautismo de agua (de fide). No puede haber salvación sin el bautismo de agua (de fide).
A fin de probar el punto que esta declaración dogmática elimina específicamente la teoría del bautismo de deseo, nótese cómo Santo Tomás de Aquino (al enseñar el bautismo de deseo) dice exactamente lo contrario de lo que definió el Papa San León Magno.
Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica III, q. 68, a. 2: “… parece que sin el sacramento del bautismo es posible conseguir la salvación por la santificación invisible…”.
Santo Tomás dice que el bautismo de deseo da la santificación sin el agua del bautismo. ¡El Papa San León Magno dice dogmática e infaliblemente que no se puede obtener la santificación sin el agua de bautismo! Un católico debe aceptar la enseñanza del Papa San León Magno.
Papa San León el Grande, Concilio de Calcedonia, carta dogmática a Flaviano, 451: “EN OTRAS PALABRAS, EL ESPÍRITU DE SANTIFICACIÓN Y LA SANGRE DE REDENCIÓN Y EL AGUA DEL BAUTISMO. ESTOS TRES SON UNO Y PERMANECEN INDIVISIBLES. NINGUNO DE ELLOS ES SEPARABLE DE SU VÍNCULO CON LOS DEMÁS”[11].
La importancia del pronunciamiento del Papa San León es extraordinaria. Naturalmente, elimina toda idea de salvación para los supuestamente “ignorantes invencibles”. Estas almas no pueden ser santificadas y limpiadas por la sangre de Cristo sin recibir el agua salvadora del bautismo, a la cual Dios llevará a todos los de buena voluntad.
El dogma de que la sangre de Cristo se aplica a un pecador en el sacramento del bautismo fue definido por el Concilio de Trento; sin embargo, la definición no es tan específica como la del Papa León. La diferencia está en que la definición de Trento sobre la sangre de Cristo establece el principio de que la sangre de Cristo se aplica a un pecador en el sacramento del bautismo, mientras que la definición del Papa León confirma que esto significa que la sangre de Cristo sólo se puede aplicar a un pecador por el sacramento del bautismo.
Papa Pablo III, Concilio de Trento, sesión 5, del pecado original, ex cathedra: “Si alguno afirma que este pecado de Adán (…) se quita por las fuerzas de la naturaleza humana o por otro remedio que por el mérito del solo mediador, nuestro Señor Jesucristo, el cual, ‘hecho para nosotros justicia, santificación y redención’ (1 Cor. 1, 30) nos reconcilió con el Padre en su sangre; o niega que el mismo mérito de Jesucristo se aplique tanto a los adultos como a los párvulos por el sacramento del bautismo, (…) sea anatema”[12].
El pronunciamiento del Papa San León también confirma radicalmente la compresión constante de la Iglesia sobre las palabras de Jesucristo en Juan 3, 5 en su sentido absolutamente literal: Quien no renaciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, Exultate Deo, 22 de noviembre de 1439, ex cathedra: “Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos, ‘si no renacemos por el agua y el Espíritu’, como dice la Verdad, ‘no podemos entrar en el reino de los cielos’ [Juan 3, 5]. La materia de este sacramento es el agua verdadera y natural”[13].
Papa Pablo III, Concilio de Trento, del pecado original, sesión V, ex cathedra: “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (…) para que en ellos por la regeneración se limpie lo que por la generación contrajeron. ‘Porque quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios [Juan 3, 5]”[14].
Papa Pablo III, Concilio de Trento, cánones sobre el sacramento del bautismo, sesión 7, canon 2, ex cathedra: “Si alguno dijere que el agua verdadera y natural no es necesaria en el bautismo y, por tanto, desviare a una especie de metáfora las palabras de nuestro Señor Jesucristo: ‘Quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo’ [Juan 3, 5], sea anatema”[15].
Papa Pablo III, Concilio de Trento, cánones sobre el sacramento del bautismo, canon 5, ex cathedra: “Si alguno dijere que el bautismo es libre, es decir, no necesario para la salvación (cf. Jn. 3, 5), sea anatema”[16].
Se puede ver la armonía de la declaración dogmática del Papa San León Magno con todas estas otras: no hay salvación sin agua y el Espíritu porque la sangre de Cristo – sin la cual nadie es justificado – es por sí misma inseparable del agua y el Espíritu.
Los que comprenden este pronunciamiento del Papa San León deben rechazar toda creencia en las teorías de bautismo de deseo y de sangre. Deben admitir que los teólogos que creían en el bautismo de deseo y de sangre estaban equivocados. Deben dejar de creer y enseñar que la santificación por el Espíritu viene sin el agua del bautismo. Los que se niegan a hacer esto están obstinadamente contradiciendo la enseñanza de la Iglesia. Contradecir obstinadamente la enseñanza de la Iglesia es caer en herejía. Caer en herejía sin arrepentirse es perder la salvación.
Algunos pueden preguntarse por qué algunos santos y teólogos enseñaban el bautismo de deseo y de sangre incluso después de la fecha de la declaración del Papa San León. La respuesta es simple: Ellos no estaban conscientes de la definitiva declaración del Papa San León respecto a esto; erraban de buena fe; eran seres humanos falibles; no estaban conscientes de que su posición era contraria a esta enseñanza infalible de la Iglesia católica.
Pero una vez que se conoce que esta posición sobre el bautismo de deseo y de sangre es contraria a la enseñanza infalible de la Iglesia católica – como lo prueba un examen pormenorizado de la declaración del Papa León – se debe cambiar de posición si se quiere permanecer católico y salvar su alma. San Pedro ha hablado por la boca de León y nos ha confirmado que el Espíritu de santificación y la sangre de redención no pueden estar separadas de su relación con el bautismo de agua, por lo que debemos ajustar nuestra posición con esto o, de lo contrario, no tenemos la fe de Pedro.
Notas:
[1] Decrees of the Ecumenical Councils, edición inglesa, vol. 1, p. 81.
[2] Decrees of the Ecumenical Councils, edición inglesa, vol. 1, p. 112.
[3] Decrees of the Ecumenical Councils, edición inglesa, vol. 1, p. 127.
[4] Denzinger 165.
[5] Denzinger 246.
[6] Denzinger 1463.
[7] Denzinger 165.
[8] Denzinger 790.
[9] Denzinger 795.
[10] Decrees of the Ecumenical Councils, edición inglesa, vol. 1, p. 81.
[11] Decrees of the Ecumenical Councils, edición inglesa, vol. 1, p. 81.
[12] Denzinger 790.
[13] Denzinger 696; Decrees of the Ecumenical Councils, edición inglesa, vol. 1, p. 542.
[14] Denzinger 791; Decrees of the Ecumenical Councils, edición inglesa, vol. 2, pp. 666‐667.
[15] Denzinger 858.
[16] Denzinger 861; Decrees of the Ecumenical Councils, edición inglesa, vol. 2, p. 685.
SIGUIENTE CAPÍTULO O SECCIÓN