por Hno. Pedro Dimond O.S.B.
Además de estos claros testimonios de los Padres contra la teoría del bautismo de deseo, tal vez lo más llamativo es el hecho que en la historia de la Iglesia católica no hay ni una sola tradición que pueda citarse para orar por – o dar entierro eclesiástico a – los catecúmenos que murieron sin el bautismo. La Enciclopedia Católica (1907) dice lo siguiente sobre la verdadera tradición de la Iglesia al respecto:
“Una cierta declaración en la oración fúnebre de San Ambrosio sobre el emperador Valentiniano II ha sido presentada como una prueba que la Iglesia ofrecía sacrificios y oraciones por los catecúmenos que morían antes del bautismo. No hay vestigio en ninguna parte de tal costumbre (…) La práctica de la Iglesia se muestra más exactamente en el canon (XVII) del segundo Concilio de Braga (572 d.C.): ‘Ni la celebración del sacrificio [oblationis] ni el servicio de la salmodia [psallendi] se empleará para los catecúmenos que han muerto sin bautizar”[1].
¡He aquí la enseñanza de la tradición católica! ¡Ningún catecúmeno que moría sin el sacramento del bautismo recibía la oración, el sacrificio, o el entierro cristiano! El Concilio de Braga, en 572 d.C., prohibió la oración por los catecúmenos que morían sin el bautismo. El Papa San León Magno y el Papa San Gelasio habían antes confirmado la misma disciplina de la Iglesia – que era práctica universal – prohibiendo a los católicos que orasen por los catecúmenos que hubiesen muerto sin bautiza([2]. Esto significa que la creencia abrumadora en la Iglesia primitiva y la tradición litúrgica era que no había tal cosa del bautismo de deseo, sin mencionar la posterior enseñanza infalible de la Iglesia sobre Juan 3, 5. No fue sino hasta en la Edad Media que la teoría del bautismo de deseo – que postulaba la posible salvación de los catecúmenos que morían sin el bautismo – se convirtió en una creencia extendida, sobre todo, cuando Santo Tomás de Aquino y algunos otros eminentes teólogos la hicieron suya, causando que posteriormente muchos otros teólogos, por deferencia a ellos, la adoptasen.
La verdadera enseñanza de la tradición apostólica y católica sobre este tema también se ve por la enseñanza de la liturgia católica, de la que todos los cultos católicos en la Iglesia primitiva confesaban y creían, a saber: que ningún catecúmeno o persona sin bautizar era considerada parte de los fieles (véase el capítulo sobre La única Iglesia de los fieles). Esta era la creencia de todos los Padres, y esto era lo que se enseñaba a los católicos en la liturgia.
Dr. Ludwig Ott, Manual de Teología Dogmática, Calidad de miembro de la Iglesia, p. 309: “3. Los Padres trazan una clara línea divisoria entre los catecúmenos y ‘los fieles’”[3].
Esto significa que ninguna persona sin bautizar puede salvarse, porque el dogma católico ha definido que nadie se salva fuera de la única Iglesia de los fieles.
Papa Gregorio XVI, Summo iugiter studio, 27 de mayo de 1832, sobre no hay salvación fuera la Iglesia: “Los actos oficiales de la Iglesia proclaman el mismo dogma. Así, en el decreto sobre la fe que Inocencio III publicó con el sínodo IV de Letrán, está escrito lo siguiente: ‘Hay una Iglesia universal de todos los fieles fuera de cual nadie se salva’”[4].
Notas:
[1] The Catholic Encyclopedia, “Baptism”, volumen 2, 1907, p. 265.
[2] J. Corblet, Histoire du sacrement de bapteme, (Paris: Palme, 1881), pp. 155‐56; citado por P. Jean‐Marc Rulleau, Baptism of Desire, edición inglesa, p. 36.
[3] Dr. Ludwig Ott, Fundamentals of Catholic Dogma, edición inglesa, St. Louis, MO: B. Herder Book, Co., 1954, p. 309.
[4] The Papal Encyclicals, edición inglesa, vol. 1 (1740‐1878), p. 230.