por Hno. Pedro Dimond O.S.B.
Además de San Gregorio y los otros, San Juan Crisóstomo nos proporciona una gran cantidad de citas explícitamente en contra de la idea de salvación para los catecúmenos sin bautizar (los que se preparan para recibir el bautismo) por el bautismo de deseo. Que alguien más, aparte de los catecúmenos sin bautizar pudiera calificar para la salvación sin antes recibir el sacramento del bautismo no era incluso considerado como una posibilidad que valiera la pena refutar en este contexto. (¿Cuán horrorizados estarían estos Padres por la versión moderna de la teoría del bautismo de deseo, que salva a los paganos, judíos, herejes y cismáticos?).
San Juan Crisóstomo, El Consuelo de la Muerte: “Y así debería lamentarse el pagano, que no conociendo a Dios, muriendo se va directamente al castigo. Bien debe el judío lamentar, que no creyendo en Cristo, ha designado su alma a la perdición”[1].
Cabe señalar que dado que el término “bautismo de deseo” no se usaba en ese tiempo, no se encuentra a San Juan Crisóstomo o cualquier otro Padre rechazando explícitamente ese término. Ellos rechazan el bautismo de deseo cuando rechazan el concepto de que los catecúmenos sin bautizar pueden salvarse sin el bautismo, como San Juan Crisóstomo repetidamente hace.
San Juan Crisóstomo, El Consuelo de la Muerte: “Y claramente debemos lamentarnos por nuestros propios catecúmenos, en caso de que, o por su propia incredulidad o su propio descuido, dejen esta vida sin la gracia salvadora del bautismo”[2].
Esta declaración rechaza claramente el concepto del bautismo de deseo.
San Juan Crisóstomo, Homilía in Io. 25, 3: “Porque el catecúmeno es un extraño para el fiel (…) el uno tiene a Cristo por Rey; el otro al pecado y al diablo; la comida de uno es Cristo; la del otro, esa carne que decae y perece (…) Ya que no tenemos nada en común, ¿en qué, decidme, tenemos en comunión? (…) Seamos diligentes para que podamos hacernos ciudadanos de la ciudad de arriba (…) por tanto suceda que (¡que Dios no lo quiera!) que por la súbita llegada de la muerte saliéremos para allá no iniciados, aunque tuviéremos diez mil virtudes, nuestra porción no será otra que el infierno, y el gusano venenoso, y el fuego inextinguible, y los vínculos indisolubles”[3].
Esta declaración rechaza totalmente el concepto del bautismo de deseo.
San Juan Crisóstomo, Homilía III. de Phil. 1, 1-20: “¡Llorad por los incrédulos; llorad por los que no difieren nada de ellos, por los que salen sin la iluminación, sin el sello! Ellos verdaderamente merecen nuestros lamentos, merecen nuestros gemidos; están fuera de la ciudad real, con los culpables, con los condenados: porque, ‘En verdad os digo, quien no renaciere del agua y el Espíritu, no puede entrar al reino de los cielos”[4].
El “sello” es el término de los Padres para referirse a la marca del sacramento del bautismo. Y aquí vemos a San Juan afirmando la verdad apostólica mantenida por todos los Padres: que nadie – incluyendo el catecúmeno – se salva sin haber renacido de agua y el Espíritu en el sacramento del bautismo. San Juan Crisóstomo rechazó claramente toda posibilidad de salvación para quien no ha recibido el sacramento del bautismo. Él ratificó las palabras de Cristo en Juan 3, 5 con una comprensión claramente literal, que es la enseñanza unánime de la tradición y de la enseñanza del dogma católico definido.
Notas:
[1] San Juan Crisóstomo, “The Consolation of Death” [El Consuelo de la Muerte], Sunday Sermons of the Great Fathers [Sermones Dominicales de los Grandes Padres], edición inglesa, vol. IV, p. 363.
[2] San Juan Crisóstomo, “The Consolation of Death” Sunday Sermons of the Great Fathers, edición inglesa, vol. IV, p. 363.
[3] Hom. in Io. 25, 3 = PG 59 151‐152; citado por P. Jean‐Marc Rulleau, Baptism of Desire, edición inglesa, p. 34.
[4] The Nicene and Post‐Nicene Fathers, edición inglesa, vol. XIII, p. 197.