por Hno. Pedro Dimond O.S.B.
San Agustín es citado a favor del concepto del bautismo de deseo, pero cierto es que luchó con la cuestión, a veces claramente oponiéndose a la idea de que los catecúmenos no bautizados podrían lograr la salvación, y otras veces apoyándola.
San Agustín, 400: “Que el bautismo a veces es suplido por el sufrimiento es apoyado por un argumento de peso que extrae el mismo beato Cipriano (…) Teniendo en cuenta esto una y otra vez, yo encuentro que no sólo el sufrimiento por el nombre de Cristo puede suplir lo que falta por medio del bautismo, sino incluso la fe y la conversión del corazón, si (…) el recurso no puede tenerse en cuenta para la celebración del misterio del bautismo”[1].
Hay dos puntos interesantes acerca de este pasaje. El primero se refiere al bautismo de sangre: nótese que San Agustín dice que su creencia en el bautismo de sangre se apoya en una conclusión o argumento de San Cipriano, no arraigada en la tradición de los Apóstoles o los Romanos Pontífices. Como ya hemos visto, varias de las conclusiones de San Cipriano fueron incorrectas, por decirlo amablemente, tal como su “conclusión”, que era de “tradición apostólica”, de que los herejes no pueden conferir el bautismo. Por tanto, San Agustín está revelando por esta declaración un punto muy importante: que su creencia, incluso en el bautismo de sangre, tiene sus raíces en la falible especulación humana, no en la revelación divina o la tradición infalible. Él admite que podría estar equivocado y, de hecho, él lo está.
En segundo lugar, cuando San Agustín concluye que él también cree que la fe (es decir, la fe en el catolicismo) y un deseo por el bautismo podría tener el mismo efecto que el martirio, dice: “Teniendo en cuenta esto una y otra vez…”. Al decir que lo consideraba una y otra vez, San Agustín está admitiendo que su opinión sobre el bautismo de deseo es algo que también ha salido de su propio examen, no a través de la tradición o enseñanza infalible. Es algo con que él ciertamente luchó y se contradijo a sí mismo, como se mostrará. Todo esto sirve para demostrar, una vez más, que el bautismo de deseo como el bautismo de sangre, es una tradición del hombre, nacida de la errónea y falible especulación humana (aunque sean de algunos grandes hombres), y no tiene sus raíces o se deriva de alguna tradición de los Apóstoles o de los Papas.
Curiosamente, en el mismo conjunto de obras sobre el bautismo ya citada, San Agustín cometió un error diferente, que más tarde corrigió en su Libro de Retractaciones. En ese conjunto de obras originalmente había declarado su opinión de que el Buen Ladrón, que murió en la cruz junto a nuestro Señor, era un ejemplo del bautismo de sangre. Más tarde corrigió esto, señalando que el Buen Ladrón no podía ser utilizado como un ejemplo del bautismo de sangre, porque no sabemos si el Buen Ladrón fue alguna vez bautizado([2]). Pero en realidad, el Buen Ladrón no se puede utilizar como un ejemplo del bautismo de sangre, sobre todo porque el Buen Ladrón murió bajo la Antigua Ley, no la Nueva Ley; murió antes que la ley del bautismo fuera instituida por nuestro Señor Jesucristo después de la Resurrección. Por esa razón, el Buen Ladrón, al igual que los Santos Inocentes, no constituye ningún argumento en contra de la necesidad de recibir el sacramento del bautismo para la salvación.
Catecismo del Concilio de Trento, El bautismo hecho obligatorio después de la Resurrección de Cristo, p. 171: “Porque están conformes los sagrados escritores que, después de la resurrección del Señor, cuando manda a los Apóstoles: Id e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, desde entonces todos los hombres, que habían de conseguir la salvación eterna, comenzaron a estar obligados a la ley del bautismo”[3].
De hecho, cuando nuestro Señor le dijo al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, Jesús no se refería al cielo, sino en realidad al infierno. Como los católicos saben, nadie entró al cielo hasta que nuestro Señor lo hizo, después de su Resurrección. En el día de la Crucifixión, Cristo descendió a los infiernos, como dice el Credo de los Apóstoles. Él no descendió al infierno de los condenados, sino al lugar en el infierno llamado el Limbo de los Padres, el lugar de espera de los justos del Antiguo Testamento, quienes no podían entrar al cielo hasta que viniera el Salvador.
1 Pedro 3, 18-19: “Porque también Cristo murió una vez por nuestro pecado, (…) En el cual fue a predicar a los espíritus encarcelados”.
A fin de probar el punto de que el Buen Ladrón no se fue al cielo en el día de la Crucifixión, está el hecho de que en el Domingo de la Resurrección, cuando María Magdalena se encontró con el Señor resucitado, Él le dijo: “No me toques, porque aún no he subido a mi Padre”.
Juan 20, 17: “[En el día de la Resurrección] Jesús le dice: ‘María’. Vuelta ella, le dice: ‘Rabboni’ (que quiere decir: ‘Maestro’). Jesús le dice: ‘No me toques, porque aún no he subido a mi Padre…”.
Nuestro Señor ni siquiera había ascendido al cielo en el Domingo de la Resurrección. Por tanto, es un hecho de que nuestro Señor y el Buen Ladrón no estaban juntos en el cielo el Viernes Santo, sino que estaban en el Limbo de los Padres, la prisión descrita en 1 Pedro 3, 18-19. Jesús llamó a este lugar “paraíso” porque Él estaría allí con los justos del Antiguo Testamento. Así que, como San Agustín admitió más tarde, él cometió un error al tratar de utilizar al Buen Ladrón como un ejemplo para este punto. Esto demuestra una vez más que sólo la enseñanza dogmática de los Papas es infalible, así como la tradición universal y constante. Pero el mismo San Agustín, en muchos, muchos lugares, afirma la tradición universal de los Apóstoles de que nadie se salva sin el sacramento del bautismo; y, de hecho él negó en numerosas ocasiones el concepto de que un catecúmeno puede ser salvo sin el sacramento del bautismo por su sólo deseo.
San Agustín, 395: “… Dios no perdona los pecados, excepto a los bautizados”[4].
San Agustín, 412: “… los cristianos púnicos no llaman sino al bautismo salvación. (…) ¿De dónde se deriva, a excepción de una antigua y, como supongo, tradición apostólica, por la cual las Iglesias de Cristo creen inherentemente que sin el bautismo y la participación en la mesa del Señor es imposible que alguien alcance ya sea el reino de Dios o la salvación y la vida eterna? Este es también el testimonio de la Escritura”[5].
San Agustín, 391: “Cuando nos encontremos ante su vista [de Dios], vamos a contemplar la equidad de la justicia de Dios. Entonces nadie dirá: (…) ¿Por qué éste hombre fue llevado al mandato de Dios a ser bautizado, mientras que aquél hombre, aunque vivió correctamente como un catecúmeno, fue asesinado en un desastre repentino, y no fue bautizado? Busca recompensas, y encontrarás nada más que castigos”[6].
Aquí vemos a San Agustín rechazar completamente el concepto del bautismo de deseo. ¡Nada podría ser más claro! ¡Él dice que Dios mantiene con vida a los catecúmenos sinceros hasta a su bautismo, y que aquellos que buscan recompensas de esos catecúmenos no bautizados encontrarán nada más que castigos! ¡San Agustín hasta pone un especial énfasis en afirmar que el Todopoderoso no permite que los catecúmenos no bautizados sean asesinados, excepto por una razón! Aquellos que dicen que San Agustín defendió el bautismo de deseo, por lo tanto, simplemente no están siendo coherentes con los hechos. Ellos deben agregar la reserva de que él, en varias ocasiones, rechazó la idea y estuvo en ambos lados de la cuestión. Por lo tanto, el único Padre que los defensores del bautismo de deseo claramente pueden citar a favor del concepto (San Agustín), en realidad negó el concepto del bautismo de deseo muchas veces.
San Agustín: “Por mucho que avance el catecúmeno, todavía lleva la carga de su maldad: ni se le quitara de él a menos que venga al bautismo”[7].
Aquí vemos otra vez a San Agustín afirmando la verdad apostólica de que nadie entra al cielo sin el bautismo en agua y negando explícitamente el concepto del bautismo de deseo, al decir que ningún catecúmeno puede ser liberado del pecado sin el bautismo. Todo esto demuestra que el bautismo de deseo no pertenece a la tradición universal de los Apóstoles; totalmente contraria es la tradición universal de los Apóstoles y de los Padres, esto es, que ningún catecúmeno puede ser salvo sin el bautismo en agua.
Notas:
[1] Jurgens, The Faith of the Early Fathers, edición inglesa,vol. 3: 1630.
[2] Jurgens, The Faith of the Early Fathers, edición inglesa,vol. 3: 69.
[3] The Catechism of the Council of Trent, edición inglesa,p. 171.
[4] Jurgens, The Faith of the Early Fathers, edición inglesa,vol. 3: 1536.
[5] Jurgens, The Faith of the Early Fathers, edición inglesa,vol. 3: 1717.
[6] Jurgens, The Faith of the Early Fathers, edición inglesa,vol. 3: 1496.
[7] Citado por P. Jean‐Marc Rulleau, Baptism of Desire, edición inglesa,p. 33.